Top

Darío: ¿poeta trágico o “bon vivant”?

15 02 2009

IGNACIO LÓPEZ-CALVO. El alejamiento del patetismo existencial que predomina en gran parte de la obra de Darío invita a una reevaluación de su figura y de su obra. Esto se hace obvio no sólo en muchos otros textos en prosa sino también en sus poemas, donde se percibe a veces un tono desenfadado y popular que poco tiene que ver con lo agónico, metafísico y filosófico de otros textos.

En este ensayo propongo una lectura diferente tanto de la obra como de la figura de Rubén Darío, quizás más separada de la imagen de sí mismo que el trató de dibujar tanto en sus versos como en textos autobiográficos. Cuando se habla de la vida y obra de Rubén Darío, la crítica, guiada por la misma obra del nicaragüense, tiende a enfatizar el patetismo de su penuria económica, el alcoholismo que fue deteriorando su salud física y mental y el intento de suicidio en La Habana. En efecto, el poeta habla en sus cartas y escritos autobiográficos de sus problemas de salud y de crisis psicológicas que lo llevan a tener alucinaciones, instantes de exaltación mística y un pavor obsesivo por la muerte. Esta interpretación de la figura de Darío como un pensador apolíneo y un ser agónico es, sin duda, la más común entre sus críticos.

Cabe notar, no obstante, que en la extensa obra de Darío, sobre todo en su obra en prosa, aparecen también párrafos que sugieren otro tipo de discurso, menos trágico, menos melodramático y más decadentista, quizá más propio de la imagen del bon vivant finisecular a lo Enrique Gómez Carrillo, su amigo guatemalteco. En este sentido, en otro artículo ya mencioné la afición de Darío al chisme más típico de la prensa amarilla de hoy e incluso la explicación que le tiene que dar a Gómez Carrillo cuando este último le acusa en una carta de haber estado hablando de su vida privada. No sería ésta la única vez que se le acusara de algo parecido. Así, a pesar de esa “fatal timidez, que todavía me dura” (Obras completas, I, 42), que confiesa en la sección 11 de La vida de Rubén Darío escrita por él mismo, en la quinta sección no tiene reparos en reconocer que llegó a correr la voz infundadamente de haber tenido relaciones con una prima lejana de la que dice haber hablado en su cuento “Palomas blancas y garzas morenas”.

El propio Darío nos cuenta en La vida cómo le pidió consejo a su amigo guatemalteco Gómez Carrillo para integrarse a la vida decadente de la bohemia parisina finisecular: “Y yo seguí con placer aquellas agradables indicaciones, y esa misma noche estaba en Montmartre, en una boite llamada “Cyrano”, con joviales colegas y trasnochadores estetas, danzarinas, o simples peripatéticas” (Obras completas, I, 147-148). Como se observa en este párrafo, Darío no pone ningún reparo a la propuesta que le hace el guatemalteco de convertirse en un vividor como él. De hecho, ya en la séptima sección del mismo texto autobiográfico, Darío asocia desenfadadamente la labor del poeta (a los trece años) con la vida bohemia: “Como era de razón, comencé a usar larga cabellera, a divagar más de lo preciso, a descuidar mis estudios de colegial. Como se ve, era la iniciación de un nacido aeda” (Obras completas, I, 32, énfasis mío).

El alejamiento de ese patetismo existencial que predomina en gran parte de su obra poética se hace obvio no sólo en muchos otros textos en prosa sino también en sus poemas, donde se percibe a veces un tono desenfadado y popular que poco tiene que ver con lo agónico, metafísico y filosófico de otros textos. Un poema que viene a la mente, por ejemplo, es “La negra Dominga”, escrito en La Habana en julio de 1892, en donde se sintetizan no el pesimismo existencial sino las ganas de vivir y disfrutar de la vida, aunque también la objetivación, animalización y erotización exótica de la apasionada mujer afrocubana, que aparece siempre dispuesta a entregarse a los brazos de su patrón metropolitano.

En otro ensayo ya he comentado cómo en el poema “La Cartuja”, incluido en Canto a la Argentina y otros poemas, Darío lleva a cabo un contraste retórico entre la vida monacal y su propio “furor sexual” (v 12) de “fauno” (v 57). Y esa misma sexualidad culpable, que al mismo tiempo hace alarde indirectamente de su libido y sus instintos epicúreos, reaparece en otros dos poemas del mismo libro: “La dulzura del Ángelus” y “Spes” de Cantos de vida y esperanza. El tono jovial y dionisiaco se percibe asimismo en la descripción de las prostitutas parisinas que observmos en “Esas damas…”, una que aparece en el primer libro de La caravana pasa (1902): “Preciosas estatuas de carne, pulidas y lustradas como dijes, como joyas, flores, ó animales encantadores, estuches de placer, maestras de caricias, dignas de una corona de emperatriz, ducales, angelicales, y tan brutas, tan ignorantes, tan plebeyas en su mayoría!” (120). Quizá el propio género en que se puede enmarcar este texto, la crónica, dirigido por lo general a un público más amplio, influye en la escritura de Darío. Ese tono picaresco y humorístico reaparece unas líneas más tarde en la crónica al hablar de una gallega que había servido en una casa de huéspedes en Madrid: “Todos los estudiantes supieron en su pensión de á dos pesetas lo que era el amor de la sirvientita, cuya cara primaveral era un plantío de sonrisas, y cuya generosidad no tuvo límites” (122). A lo largo de la crónica, da la sensación de que el nicaragüense no tiene reparos en dejar saber al lector de su profundo conocimiento de este submundo de la prostitución.

Parece lógico, por tanto, cuestionar si la interpretación clásica de Darío como un ser agónico contrastando los textos en los que el autor implícito, es decir, la imagen que de sí mismo quiere dar el autor en sus páginas, sí refleja esa postura vital, con los otros muchos textos en que la cosmovisión es otra muy distinta. Así, su aparente rechazo a la vida bohemia que está acabando con sus finanzas y con su salud aparece, en efecto, en el octavo verso del primer “Nocturno” de Cantos de vida y esperanza (1905), “el falso azul nocturno de inquerida bohemia”, y reaparece cuatro años más tarde en Historia de mis libros (1909):

“En cuanto a la bohemia inquerida, ¿habría gastado yo tantas horas de mi vida en agitadas noches blancas, en la euforia artificial y desorbitada de los alcoholes, en el desgaste de una juventud demasiado robusta, si la fortuna me hubiera sonreído y si el capricho y si el capricho y el triste error ajenos no me hubiesen impedido, después de una crueldad de la muerte, la formación de un hogar?…” (Obras completas, I, 220)

Ahora bien, ¿es de veras tan “inquerida” esa bohemia? Volviendo al contraste entre el autor real y el autor implícito, cabe cuestionarse hasta qué punto se debe creer todo lo que de sí mismos dicen los autores en los textos autobiográficos. No sería de extrañar que el autor de Los raros soñara desde muy joven con imitar el estilo de vida de sus ídolos simbolistas. En concreto, hablamos de ese “otro crucificado” como llama en la crónica “En el gran palacio” al también alcohólico Paul Verlaine, quizás el “poeta fuerte” (como lo llamaría Harold Bloom) que más influyó al joven Darío. Las teorías de la recepción pueden ser útiles para interpretar esta faceta de la obra dariana. La noción que propone Wolfgang Iser del “lector implícito” sugiere que el texto mismo crea una especie de lector ficticio. Es ése el lector ideal que el autor espera conseguir. En este contexto, es probable que Darío tuviera una imagen mental de un lector (utilizo aquí el masculino a propósito) que espera de él la imagen del poeta que lleva una vida dramática y agónica.

Sus textos, por tanto, proyectan un sistema de estructuras que invitan una respuesta determinada por parte de los lectores y los predisponen a leer el texto de cierta manera. Darío ha convertido su propia vida en un drama del que él lógicamente es el gran protagonista. Pero consideramos aquí que a veces se vislumbra otro personaje que se escapa de este elaborado discurso trágico con el que Darío se propone convertirse en otro de los poetas malditos del París finisecular que, con su afición a los “paraísos artificiales”, se niegan a respetar las reglas de la urbanidad. A riesgo de lastimar el “horizonte de expectativas” del lector tradicional de Darío, nos planteamos aquí la otra cara de la moneda: el Darío bohemio y vividor, unas veces cómico, otras morboso, como en “El desquite de la muerte”, y otras incluso frívolamente chismoso como se ve en su crónica “Ludus”, por ejemplo: “Y aquellos hombrecitos que corren los caballos, monos de seda, ligeros y osados, con los colores tales ó cuales, logran conquistas amorosas que tan solamente tuvieron un tiempo los tenores, y que hoy pudieran apenas disputarles los toreros. Dígalo ese muchacho yanqui, de dieciocho años, Rieff” (160).

Además del poeta trágico, por tanto, hay otro escritor que celebra la vida y la esperanza (como reza uno de sus títulos) en textos como “En París”, incluido en Peregrinaciones, en el que se alaban la belleza de París, su vitalidad cultural, el cosmopolitismo, el aroma de las flores. Ese buen humor nos lleva a veces al chiste, como vemos en “Los anglosajones”, donde nos explica, con su típico rechazo (a pesar de la admiración que siente por la vitalidad de sus economías) a la cultura anglosajona, que “las relaciones entre París y Londres son absolutamente necesarias. Porque si no, ¿adónde mandaría M. Prevost a planchar sus camisas?” (Obras completas, III, 423).

En la sección número treinta y dos de La vida, Darío nos dibuja, como su carta de presentación al mundo de la bohemia parisina, el momento en que Gómez Carrillo le presentó al español Alejandro Sawa: “Como yo, usaba y abusaba de los alcoholes; y fue mi iniciador en las correrías nocturnas del Barrio Latino” (Obras completas, I, 103). Sus aventuras nocturnas en el bohemio Barrio Latino continuarían con la compañía del griego Jean Moréas (quien, a pesar de lo que había oído el nicaragüense, no sabía una palabra de castellano) y del también poeta Maurice Duplessis. Pues bien, ¿cómo se representan este aparentemente inacabable jolgorio y su incasable vida nocturna? Hallaremos la respuesta en unos versos de la famosa “Epístola a la señora de Leopoldo Lugones”:

Y me volví a París. Me volví al enemigo
terrible, centro de la neurosis, ombligo
de la locura, foco de todo surmenage,
donde hago buenamente mi papel de sauvage,
encerrado en mi celda de la rue Marivany,
confiando sólo en mí y resguardando el yo.
(Obras completas, V, 1023)

En cualquier caso, en claro contraste con las aventuras que nos cuenta en La vida, su experiencia parisina en la “Epístola” es de soledad encierro en su “celda”. ¿A qué Rubén Darío debemos creer? Cabe preguntarse. ¿Al de la prosa, al del verso, a los dos o a ninguno? Sorprende, por cierto, que el propio Darío cite este hermoso poema en su texto autobiográfico sin, al parecer, darse cuenta de las notables contradicciones que presenta.

Llegado a Buenos Aires como cónsul de Colombia, su vida bohemia, de la que Darío se ufana veladamente, continúa: “Claro es que mi mayor número de relaciones estaba entre los jóvenes de letras, con quienes comencé a hacer vida nocturna, en cafés y cervecerías. Se comprende que la sobriedad no era nuestra principal virtud” (Obras completas, I, 112). Y una vez más, explica más adelante que siguió “buscando, por la noche, el peligroso encanto de los paraísos artificiales” (Obras completas, I, 116). En La vida se encuentran, asimismo, muestras del carácter jovial y del buen sentido del humor del vate. Especialmente divertida es su anécdota sobre el artículo necrológico que escribió sobre Mark Twain para La Nación con el que pudo pagarles una cena opípara a sus amigos sólo para enterarse después de que el gran escritor norteamericano seguía vivo. El disfrute de la buena mesa y de la vida bohemia continuará en Madrid. De su estancia en la capital, recuerda algunas aventuras agradables, muy distintas al eterno sufrimiento existencial que nos presenta la crítica con mucha frecuencia: “Teníamos inenarrables tenidas culinarias, de ambrosías y sobre todo de néctares, con el gran don Ramón María del Valle Inclán, Palomero, Bueno y nuestro querido amigo de Bolivia, Moisés Ascarruz” (Obras completas, I, 144).

Tantas páginas dedica Darío en La vida a las correrías de su vida nocturna que, en ocasiones, parece ciertamente que hace alarde de ella, a pesar de hablar en otras ocasiones de esa “inquerida bohemia”: “Otras cuantas aventuras de este género me acontecieron, pues en esa época yo hacía vida de café, con compañeros de existencia idéntica, y derrochaba mi juventud, sin economizar los medios de ponerla a prueba”. En la misma línea, en su novela El oro de Mallorca, Benjamín Itaspes, el protagonista autobiográfico se autojustifica:

“Pero, Dios mío, si yo no hubiese buscado esos placeres que, aunque fugaces, dan por un momento el olvido de la continua tortura de ser hombre, sobre todo cuando se nace con el terrible mal del pensar, ¿qué sería de mi pobre existencia, en un perpetuo sufrimiento, sin más esperanza que la probable de una inmortalidad a la cual tan solamente la fe y la pura gracia dan derecho? ¿Si un bebedizo diabólico, o un manjar apetecible, o un cuerpo bello y pecador me anticipa “al contado” un poco de paraíso, voy a dejar pasar esa seguridad por algo de que no tengo propiamente una segura idea?”

Vuelve a aparecer, por tanto, el Darío al que le gusta gozar de la vida, especialmente la nocturna pese a todas sus famosas angustias existenciales. ¿Y no será este otro poeta el que más se parezca al Darío real? ¿No cambiaría en cierto modo las interpretaciones más aceptadas que se han hecho de su obra, quizás demasiado influidas por el espíritu humanista de conectar hasta la médula al autor con su obra?

Ignacio López-Calvo, University of California, Merced.

Obras citadas

Darío, Rubén. Obras completas. Madrid: Afrodisio Aguado, 1950-1955. 5 vols. (OC)

—. “Esas damas…” La caravana pasa. Vol. 3. Ed. Günther Schmigalle. Berlín: Verlag Walter Frey, 2001. 111-30.

—. “El desquite de la muerte”. La caravana pasa. Vol. 3. Ed. Günther Schmigalle. Berlín: Verlag Walter Frey, 2001. 99-110.

—-. “Ludus”. La caravana pasa. Vol. 3. Ed. Günther Schmigalle. Berlín: Verlag Walter Frey, 2001. 151-70.

—. El oro de Mallorca. Ed. Carlos Meneses. Madrid: Juan Pastor, Editor. Col. Devenir-El Otro, 1991

López-Calvo, Ignacio. “De la crítica literaria al chisme y los celos en la crónica de Rubén Darío”.  Rubén Darío: cosmopolita arraigado. Ed. Jeffrey Browitt and Werner Mackenbach. Managua, Nicaragua: Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (en prensa, 2009).

—. “Dos visiones contradictorias de la Iglesia Católica en la obra de Rubén Darío.” Ínsula 699 (marzo de 2005): 17-19.

Bottom