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Pilar de Valderrama no fue, en ningún momento, Guiomar

26 04 2012

MIGUEL ÁNGEL BAAMONDE. El anterior número de Magazine Modernista da acogida a un trabajo que firmado por Vicente Pérez Díaz alude de forma indirecta a otro mío anterior en tiempo y publicación en el que sostengo, y creo haber demostrado, lo inexistente de la relación, tanto tiempo defendida, mantenida y dada a conocer por Pilar de Valderrama, de ser ella la Guiomar del Cancionero machadiano.

En dicho artículo, aparte de abogar por la unidad indisoluble de Pilar de Valderrama  con Guiomar, aporta dos propuestas cuya interpretación refrenda, de acuerdo con su forma de ver el tema y pensarlo, dicha conexión; es por lo que, aparte de la alusión tanto a mi persona como a la obra que cita en la bibliografía, creo importante responder a dicho trabajo, dejando de manifiesto que es bueno que existan estas discrepancias, dado que a la larga siempre acaban redundando en beneficio del personaje investigado. Pero en su trabajo me achaca “resistencia” a aceptar lo que él, y algunos otros todavía, defienden como verdad, y creo conveniente aclarar que no es resistencia “a identificar a Guiomar con Pilar de Valderrama” [1], sino total y decidida convicción de que tal unicidad no existe ni existió jamás. Con esto no pretendo negar la relación entre la poetisa y Antonio Machado, algo tan absurdo como dudar de la propia existencia de ambos. La relación existió, y ahí están las cartas para demostrarlo; que la misma fuese gratificante para uno u otro, o para ambos, o arroje un carácter totalmente negativo, como sostenemos algunos, es otra cuestión en la que no se debe entrar ahora. Demostrado queda –creo- en mi libro: GUIOMAR, ASEDIO A UN FANTASMA [2].

Pero Vicente Pérez Díaz considera erróneo el camino seguido para alcanzar la conclusión final; así lo indica en su trabajo: “Quizá eso –una mala interpretación- sea lo que ha dado pie a que todavía haya quien, resistiéndose a identificar a Guiomar con Pilar de Valderrama, considere, en una reinterpretación de toda la poesía y filosofía de Machado, que con ese nombre se refiera a Leonor (Baamonde 2006; 2009)” [3]. La alusión, un tanto confusa, necesita aclaración de algunas de sus afirmaciones. Para empezar,  me resisto a esa identificación de “resistente”; algo similar podría decirse de la actitud de Pérez Díaz a aceptar lo contrario a lo que él sostiene; en segundo lugar, yo no “reinterpreto”,  sino que acomodo mis largas lecturas de y sobre el poeta al esclarecimiento que partiendo de las mismas he ido formando, orientado todo ello a explicar, y dilucidar, los poemas a Guiomar que conforman su Cancionero, lo que en ningún momento puede confundirse con una “mala interpretación”; y por último, yo  no afirmo que Guiomar sea en ningún momento Leonor. Y sostengo, con Pablo del Barco al que también cuestiona en su ponencia del Congreso Internacional de 2007 [4], con motivo de la llegada del poeta a Soria, que sí es un apócrifo, pero no del propio AM sino de Abel Martín [5], nacido para ilustrar poéticamente sus conclusiones en torno al Eros, condensando en su figura los comentarios a los cuatro sonetos eróticos, en función todo el conjunto del recuerdo de la vaga figura de Rosa María [6], novia o esposa (que esto queda un tanto confuso en los rasgos que del filósofo nos va dejando su discípulo Juan de Mairena, única fuente para reconstruir su periplo biográfico), posiblemente fallecida en vida del filósofo y que es el móvil (clarísimo el paralelismo entre apócrifo y personaje real) de su orientación hacia la filosofía.

Al margen de todo lo anterior, que exigiría unos planteamientos más amplios de los que aquí tratan de exponerse, conviene centrarse ahora en los “aparentes” (y subrayo la palabra) descubrimientos e interpretaciones que Pérez Díaz da a conocer en su trabajo ahora comentado, calificándolos como iluminador en el caso del soneto, y  clave para acceder a la solución aclaratoria del nombre de Guiomar, respecto al segundo. Cada uno es muy dueño de valorar sus descubrimientos como se le antoje, siempre y cuando se trate de reales y verdaderas certezas que aporten soluciones a las incógnitas que todavía persisten en torno a la figura del poeta, pero dar por sentado que los mismos son categóricos avances en el desbroce de parte de esos nuevos caminos que hay que transitar resulta un tanto excesivo.

Pero vayamos por partes. En primer lugar, el soneto al que se refiere, que cierra la segunda entrega del cancionero guiomariano, y que dice así [7]:

 Abre el rosal de la carroña horrible
 Su olvido en flor, y extraña mariposa,
 Jalde y carmín, de vuelo imprevisible,
 Salir se ve del fondo de una fosa.
 Con el terror de víbora encelada,
 Junto al lagarto frío,
 Con el absorto sapo en la azulada
 Libélula que vuela sobre el río,
 Con los montes de plomo y de ceniza,
Sobre los rubios agros
Que el sol de mayo hechiza,
Se ha abierto un abanico de milagros
-el ángel del poema lo ha querido-
En la mano creadora del olvido…
………………………………………………………….

Tiene un claro antecedente en el poema IV de “Soledades, Galerías y otros Poemas”, de 1907, que bajo el título de “En el entierro de un amigo” [8], responde a temprana inquietud en torno al hecho físico de la muerte. Nada hay en ese poema que anticipe el que tratamos de comentar, y es lógico, puesto que es poesía de los comienzos. En él se cuenta un hecho concreto con acumulación de detalles puramente realistas –“… había rosas de podridos pétalos; de los gruesos cordeles suspendido (el ataúd); sonó con recio golpe; y esos versos únicos y definitivos: “Un golpe de ataúd en tierra es algo/ perfectamente serio.”; lo contrario de lo que ocurre en el que ahora nos ocupa. En éste, mas se trata de una visión onírica, una especie de sueño de un determinado acontecer, que choca brutalmente con lo real del hecho en sí. En mi trabajo mencionado lo gloso con amplitud, lo que de alguna manera me exime de volver a hacerlo, ciñéndome en esta ocasión a la estrofa que menciona como paralela del soneto firmado por Pilar de Valderrama: “Si yo me muero antes, volverás, llegarás a mi tumba/ a llorar y a llevarme una muda oración/ y una rosa sangrienta cortarás de su rama/ que subirá a buscarte desde mi corazón [9]”.

Vistos los fragmentos transcritos, resulta difícil –a mi modo de ver, al menos- encontrar similitud entre el primer cuarteto del soneto machadiano y esa quinta estrofa del poema de Pilar de Valderrama que él señala como paralela, no siendo la mención a la rosa que se pretende arrancada de un rosal que crece al lado de la tumba y esa otra que crece al borde de la abierta fosa donde reposa una “carroña horrible” más aplicable a imagen onírica que a evidente realidad; comparativamente esa rosa, un tanto triste y casi marchita que se abre al lado de esa fosa ensoñada nada nada tiene en común con la lozana que el visitante separa de su rama [10] ni guarda relación alguna demostrativa para la sustentada tesis de la unicidad. Además, Pérez Díaz incurre en otro error, este externo, al considerar que el poema de PV es, como apunta, “impublicable por la evidente referencia a su amor al poeta” [11], pues si bien figuraron por vez primera en el Apéndice de sus cuestionadas Memorias, se incluye póstumo, en “De mar a mar” [12], último libro de poemas publicado ya fallecida la poetisa [13].

El pretender, por tanto, equiparar esa rosa inicial del soneto con esa otra rosa señalada en “Testamento de un amor imposible” es pura fantasía conjetural, pues nada se aporta como posible elemento equiparativo, limitándose el autor a afirmar, sin más, que eso es así: “Repasemos el quinto cuarteto y volvamos al primero de la Canción VIII de Machado. ¿Hacen falta más comentarios? Ahora el sentido de esa Canción VIII comienza a ser tan claro como nos tiene acostumbrados Antonio Machado en la mayoría de sus versos. (…) Nos faltaba la clave. (…) Busquemos esas claves convencidos de que Machado era sencillo y claro en sus imágenes”, añadiendo como final de toda su conjetura: “Espero haber proporcionado a los investigadores con esa misma rosa emergiendo de la misma fosa, una primera base de aproximación al significado de estos versos” [14]. El párrafo nada dice a favor de esa presunta aportación; y tal y como se expresa el autor del trabajo, no aporta tampoco esas claves, pues señala la falta de algunas sin aclarar cuales pueden ser, o al menos así lo manifiesta, al preguntar: “¿Cuántas más os faltan para tantos otros versos machadianos que seguimos intentando explicar con mistificaciones?” ¿En qué quedamos? ¿Se trata de un poeta claro, que es comprensible a la primera, salvo en algún que otro esporádico poema, o abundan en él esos versos incomprensibles a los que tan difícil nos resulta acceder? Concluye el párrafo que se comenta afirmando de forma irrefutable “que aunque no hubiera otras mil pruebas de ello bastaría para certificar que, para Machado, Guiomar no es otra que Pilar de Valderrama” [15]. ¿Es suficiente? Quede la pregunta a la espera de otras respuestas.

Por lo que concierne al segundo punto, dada su simplicidad pide una exposición de carácter menos especulativo. Dice Pérez Díaz que para él supuso “un deslumbramiento” y “un tesoro que quiero compartir” [16],  algo excesivo por su parte, pero aceptable si en realidad tuviese esas características. Lamentablemente, no es así, pues lo que Pérez Días expone como tal, viene a ser producto de una intuición más que resultado de un proceso investigador. No conozco, y lo lamento, los trabajos que señala como antecedentes o guías de su “deslumbramiento” [17], pero si, en efecto, algo de valor encierran los mismos sobre el punto a dilucidar, debería haberlo aportado como prueba documental de lo que afirma; en caso contrario todo se queda en el terreno de la más endeble especulación. Señala que la finca palentina en la que el matrimonio Martínez Romarate-Valderrama solía pasar los veranos está cercana a Paredes de Nava, antiguo feudo de la familia Manrique, y dado que el más ilustre miembro de dicha familia, Jorge Manrique, estaba casado con Guiomar de Castañeda, el enamorado Antonio Machado ilustró sus poemas a la musa de sus sueños con tal nombre. Es algo tan peregrino que habría que suponer que el poeta conocía la existencia de la finca familiar (algo que no se prueba en ningún momento a través de las controvertidas Memorias de la poetisa ni de la correspondencia conservada) y que aceptado este conocimiento tuviese también el  de la cercanía del viejo feudo manriqueño. De todos es conocida la devoción machadiana hacia Jorge Manrique –“entre los poetas míos, tiene Manrique un altar”-, y no es descartable el que su Guiomar deba su patronímico a esa devoción-admiración, pero entre esta posibilidad, que no se niega, aunque también se barajen otras –ver tanto mi trabajo mencionado, como el de Justina Ruiz de Conde sobre este punto [18]-, y lo que apunta Pérez Díaz nada indica que el poeta haya podido ampararse en dicha cercanía para rendir homenaje de perdurabilidad a su controvertida última musa, dado que el localismo vecinal que se aduce señala tan solo el conocimiento del mismo por parte de sus gentes, pero no de los ajenos a la comarca. Y bien pudo ser Antonio Machado uno de ellos pues por mucho amor que sienta hacia Pilar de Valderrama nada evidencia su interés por las posesiones más o menos cercanas de la misma.

Por lo anterior, creo conveniente no dedicar mayor espacio del que aquí se dispone para intentar una refutación razonada de dicha afirmación, poniendo aquí punto final a la respuesta, por alusiones, al trabajo de Vicente Pérez Díaz, al que remito a mi correo particular si desea proseguir el coloquio por derroteros menos públicos, o con la libertad de disponer de nuevo de estas páginas. 

Miguel Ángel Baamonde

Notas

[1].- Dos secretos de Antonio Machado y Pilar de Valderrama: La oscura Canción VIII y el nombre de Guiomar. En Magazine Modernista 16 (2011).

[2].- Alupa Editorial, Valencia 2009.

[3].- Dos secretos…

[4].- Guiomar sigue siendo Pilar de Valderrama. (En la poesía de Antonio Machado Guiomar no nació antes de 1928). En Journal of Hispanic Modernism, núm. 1-2010.

[5].- Tal y como se desprende de “De un Cancionero Apócrifo”, y de algunas notas y poesías de Juan de Mairena. Remito para ampliación a mi trabajo señalado en la nota [2].

[6].- Ver en un “De Cancionero Apócrifo”, CLXVIII: Mairena a Martín, muerto.

[7].- Otras Canciones a Guiomar-VIII.

[8].- Poema IV de “Soledades, galerías y otros poemas”.

[9].- Dos secretos…; “Sí, Soy Guiomar”; Plaza % Janés, Barcelona, 1981; pág. 53; “De mar a mar”, Torremozas, Madrid, 1984; págs. 22-23.

[10].- Más en consonancia con la poesía de los Álvarez Quintero: “Lamentación amorosa” –“Era un jardín sonriente…”-, de la obra “Amores y amoríos” (Acto III). Tomado de “Poesías líricas en el teatro español”, edición preparada por Justo García Morales para Aguilar Editor, Colec. Crisol, núm. 281, Madrid 1950, págs. 549-551.

[11].- Dos secretos…

[12].- Ver nota (9).

[13].- Falleció esta en 1979.

[14].- Dos secretos…

[15].- Ibd.

[16].- Ibd,

[17].- Ibd.

[18].- “¿Por qué Machado la llamó Guiomar?” en, “Antonio Machado y Guiomar”, de Justina Ruiz de Conde, Edic. Insula, Madrid 1964; págs. 157-192.    

Bibliografía

Álvarez Quintero, Hnos.- Amores y amoríos. Cita tomada de “Poesías líricas en el teatro español, recopilación a cargo de Justo García Morales, Colec. Crisol, núm. 281, Aguilar editor, Madrid 1950.

Baamonde Miguel Ángel.- Guiomar, asedio a un fantasma; Alupa Editorial, Valencia 2009

Barco, Pablo del.- Guiomar, el apócrifo femenino de Antonio Machado; en Antonio Machado en Castilla y León. Congreso Internacional (Soria 7-8 Mayo2007 y Segovia 1º-11 Mayo 2007), Junta de Castilla y León, Valladolid 2008; págs. 531-546.

Machado, Antonio.- Poesías Completas, Espasa Calpe, S.A., 4ª edición; Madrid 1936.

Pérez Díaz, Vicente.- Dos secretos de Antonio Machado y Pilar de Valderrama: La oscura Canción VIII y el nombre de Guiomar. Magazine Modernista, Mayo 2011.

Pérez Díaz, Vicente.- Guiomar sigue siendo Pilar de Valderrama (En la poesía de Antonio
Machado, Guiomar no nació antes de 1928), en Journal of Hispanic Modernism, núm. 1, 2010.

Ruiz de Conde, Justina.- Antonio Machado y Guiomar, Madrid-Insula 1964.

Valderrama, Pilar de.- Sí. Soy Guiomar, Plaza & Janés, Barcelona 1981.

Valderrama, Pilar de.- De mar a mar, Ediciones Torremozas, Madrid 1984.  

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