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“Delirium Tremens”. Pedro J. de la Peña

26 04 2012

Presentamos este relato de Pedro J. de la Peña como novedad modernista.

“Delirium Tremens”. Pedro J. de la Peña

 -Tengo demasiada salud- pensó Rubén.

    Desde su infancia los murciélagos había acompañado su vida. Ahora, más que acompañarla, la absorbían.

  “El mínimo y dulce  Francisco de Asís/  está con un rudo y torvo animal” .

-Otra copa- pidió Rubén al camarero del “Café de la Paix”, iluminado por la luz del balcón como un abate dieciochesco.

   Debía, antes que nada, destrozar su excesiva salud.

   París, todavía Paris. Los ciclistas americanos que aparcaban sus bicicletas en el amarradero del Hotel Drouot y se iban luego a ver el espectáculo  del negro Taylor, las bailarinas exóticas del Moulin o los payasos del Barnum Barley -“greatest show on earth!”  – como si estuvieran en New York. Montparnasse en manos de los yanquis: ¡Cuánto se había degenerado París!.

-Pauvre Lelian! –  había escrito Rubén en una servilleta en el antiguo “Mercure” recordando a Verlaine, antes de que la gloria se volviese rastrera baratija. Y ahora le parecía haber escrito aquella lastimera opinión sobre sí mismo.

    El ocultista Gerard Encausse -su amigo “Papus”- se lo dijo una vez:

-Tienes el alma de Verlaine.

   O quizá el alma de Francisco de Asís. ¡Un alma limpia de alcohol, borracha de misticismo!. Dios era bueno y él también iba, de joven, descalzo y desnudo por los carrizales de Metapa. Pero ahora había lobos, buitres y murciélagos que revoloteaban dentro de sus pupilas, dentro de sus entrañas, dentro de su cerebro. Los sentía y lo quemaban por dentro.

   Entre los lobos, el más peligroso era el de Gubbio. Una fiera suele, aún después de amansarse, volver por sus fechorías y saldar deudas de sangre. Un interminable cuenco de sangre, que rebosaba sus heces y caía como un caliz maldito  desde el altar de la patria.

    No lo vivió. Lo recordó más bien entre murciélagos futuros antes de haberlo vivido. Lo recordó como si lo hubiese visto anticipadamente. En su noche de sombras volátiles que graznaban en torno a su cerebro envuelto en una enorme, voluminosa y grasa cabeza de elefante.

   El lobo acecha y mata. Y remata a mordiscos los sesos estragados, los sesos doloridos por los recuerdos de Rubén.

   Un “bazzoka” había sido. Un “bazooka” el que destrozó  el carro del animal Anastasio  -“Tachito”- Somoza. En Argentina, sí. Pero antes él había sido embajador en Madrid del dictador Zelaya.¿A qué gentes tenía que servir un poeta para poder hablar de cisnes? ¡Y cómo se convertían los cisnes en murciélagos de sólo recordarlo!.

    Todo empezó años antes o años después. No lo sabía. Cuando él era Rufo, un mercenario de las legiones de Roma, que se acostó con Cleopatra y vió la suntuosidad de las pirámides a través de su nariz. Entonces se llamaba Félix Rubén y no tenía madre. O la tuvo y apareció después, hermosa y muy desgraciada, para decir que lo quería y no volver a repetirlo jamás. Se ha enterado de que se apellida “García Sarmiento”. Aquel día fue el del primer murciélago, al que pintó de blanco y dió  la forma de un signo interrogante.

    Luego, tras de “Tachito”, no logró sufrirlo. Tenía que seguir viendo a los murciélagos. No podía ya vivir sin ellos, sin el horror. Sin sus ciegos balanceos en el patio, sobre la ropa tendida en los balcones, que esquivaban con giros inesperados y rotundos. Por eso era tan difícil acertar a golpearlos con el manejo del tirachinas que las ondas de sus antenas captaban al instante precipitándose fuera del proyectil con un ágil recorte de sus alas extendidas. No, no podía dañarlos. Tenía que aprender a convivir con ellos, con sus bocas sedientas y sus garras manchadas. Pero no era fácil.

     Cuando se hizo mayor y se llamaba Rufo- es decir, algunos siglos después- había visto subir a los penitentes vestidos con blancas enaguas que se flagelaban las espaldas camino del volcán Momotombo. Había que bautizar al volcán para que la tierra no temblase y el cura se acercó al cráter para echarle el agua bendita y perdió pie y cayó entre los humos, viéndose su tiara cómo la tragaba la llama de la tierra. Entonces él ejercía de legionario romano y compartía el lecho con Cleopatra y hacía olvidar, entre los suyos, los brazos de Marco Antonio y escuchaba las grandes voces de su tía madrina Bernarda:

-¡Félix Rubén, Félix Rubén, el coyote ha despedazado al hijo de la vecina!.

   Era en Masaya, en el poblado indio. “Tachito” había pedido a los aviones que bombardearan el pueblo con bombas de gasolina para que todo ardiera al ser allí las techumbres de paja en vez de teja en ringleras, como en León. Luego, la Guardia Nacional había colgado de los árboles a los jefes rebeldes para dar escarmiento. Perros ahorcados, como el joven vecino. Lobos o coyotes, lo mismo daba. Siempre, de un modo u otro, en una u otra latitud, se producía alguna matanza sin mayor fundamento que acrecentar el miedo.

-¿Por qué matas? ¿Para qué matas? – le preguntaba él al lobo gigantesco.

-“Por me proteger, por me alimentar” .

     Mentira. Las extensas alas del murciélago sonaban a falso, como unas contraventanas que la lluvia ha descompuesto y se agitan sin fin golpeando ruidosas contra el alféizar con chirridos de bocas desdentadas.

    Él había servido al dictador Zelaya. Sí, eso había sido antes de lo de Egipto ¿o después?. No sabe. Pero había sido. José Santos Zelaya, el presidente del que había sido cónsul y embajador. Lejanamente recordaba los memorandums que tuvo que escribir. Nicaragua no debía ser el territorio para el paso del Canal y Managua sería la capital de la República Centroamericana. Guerra al Salvador, guerra a los débiles que se opusieran a la megalomanía de Zelaya. Pero había otro lobo más grande, otro peor, que devoró también a Zelaya y a todos sus partidarios liberales.

   San Francisco hablaba entonces con el lobo y le reconvenía. Él le daría alimento, él lo protegería de sus enemigos, los mastines, sin que hubiese que colgarlos de los árboles, y nadie le haría daño si dejaba en paz a las ovejas y a los pastorcillos que caminaban mansamente hacia el portal de Belén. El lobatón hacia como que sí, movía las orejas gachas y asentía entregando su pata de uñas como garfios amarillentos. Pero bajo esa aparente mansedumbre sólo esperaba la oportunidad de ver pasar la caravana de beduinos que llevaban hacia el Portal quesos y blanca leche y una piel desollada y virginal de cordero recién parido para cubrir con ella los pies del niño y que no se enfriase.

-Habráse visto el lobo. Tiene el alma de Rimbaud- señalaba con gran hondura psicológica el órfico “Papus”.

   Era verdad. Era malo aquél lobo, aquella hiena, aquel coyote, que había conocido en Metapa, en Mallorca, en Egipto cuando era Félix, cuando era Rubén, cuando era Rufo, y en todas partes los lobos asolaban la tierra, quebraban los rebaños y mataban con saña a los cazadores que acudían a darles su merecido y también se merecían la muerte.

-Ya hablé con él. Todo es inútil – le dijo Francisco de Asís-  Anda, sírveme otro trago.

    Estaba la botella de coñac debajo de la cama. Tembló en su mano el vidrio y se desbordó parte del líquido sobre la sábana. ¡Pauvre Lelian!   . No se había afeitado y tenía revuelto el pelo, sucia la boca y fácil la orina, que se derramaba caliente y olorosa sobre el cubrecama. Encima, el Cristo oscuro, el Cristo negro que le regaló Amado Nervo en París. El Cristo que presidía, también con las alas desplegadas, la pared blanca, la mesilla rota, el armario  de vitrinas claras en donde aparecía, como un fantasma sin cuerpo, su traje de Embajador puesto en pie, con las chorreras y las bocamangas sin cabeza ni manos que les sirvieran de adorno. “Nací yo, en un pueblecito o aldea…” decía, debajo de un farol. ¿Y era justo que aquel aldeano, aquel Embajador, hubiera de morir tan desoladamente, entre fugaces revoloteos de murciélagos y sardónicas risas de hiena?.

   Pedro Joaquín Chamorro. Sí, Pedro Joaquín. También asesinado, también muerto como él por decir la verdad en medio de orgías de alcohol en el Quartier Latin. Su mujer, Rosario Murillo, no, Francisca Sánchez: “No salgas, no bebas, no vayas con esos borrachos de Verlaine y Rimbaud, que son tu perdición”.  Francisca, la española, el consuelo final tras tantas decepciones amorosas. Pero Francisca era como un caracol paciente que ha perdido la casa y se arrastra, al estilo de las babosas. Así la ve en sus sueños. “Ése es mi mal:  soñar”    respondía él. Y salía de casa creyendo que la naturaleza de los lobos podía convertirse en la naturaleza de los corderos.

   Mayasa, Pedro Joaquín, el “bazooka”  , los asesinos del asesino -el hombre es lobo para el hombre- Y, contra todos ellos, sólo la ingenua piedad de Francisco de Asís suponiendo posible el milagro.

       No miedo, pánico es lo que siente.

    La muerte ronda, revolotea con alas agitadas. No siempre ha sido bueno. Ha sido borracho, pecador, putero, y la zozobra y la inquietud agitan este momento con visiones aterradoras: árboles con ahorcados, indígenas quemados vivos, generales rebeldes a quienes han cortado los testículos para metérselos en la boca, medallones de cabezas con aureolas de sangre, servidas en una bandeja. ¡El Rojo de la ira imponiéndose sobre el  Azúl de la mansedumbre!.

      Pero tampoco malo. No, él no quería aquella sangre, no quería a los lobos a los que tuvo que servir. Él era el dueño de la fantasía. Él era aquel que “ayer no más decía/ el verso azul y la canción profana”  . Dios era bueno y le perdonaría los pecados del divino tesoro de su juventud. Pero ¿también los otros? ¿Los de los versos sutiles escritos sobre el cementerio de las tumbas de tantos dictadores enloquecidos?. ¡Y quién sabe!.

    Por eso él reconvino duramente al lobo de Gubbio:

 “Es ley que tu vivas

de horror y muerte?

¡La sangre que vierte

tu hocico diabólico, el duelo y espanto

que esparces, el llanto

de los campesinos, el grito, el dolor

de tanta criatura de nuestro Señor,

no han de contener tu encono infernal?.

   Los lobos no saben gran cosa de poesía. Fingen que escuchan mientras miran por el rabillo del ojo otras piezas fáciles y débiles a las que cazar. Se había vuelto loco el “Tachito” cuando mataron a su padre, el general Somoza. “Bombardeen, bombardeen León, Masaya, lo que haga falta. Exterminen a esos rebeldes”.   Y le iban saliendo, mientras dictaba crímenes, las orejas de punta, la recia barba larga y el vello escarolado de las manos. Un crimen lleva a mil crímenes como el agua hirviente que, tras la primera burbuja, no cesa ya de burbujear y explota indefinida y simultánea todo el vapor de la cazuela hasta que se reseca.

   Con la muerte, también él tiene seca la piel, seco el ronco pecho que ya ni traspira.

-Tengo sed. Quiero beber.

   Pero no hay nadie. Ve, por entre la reja del ventanal, la ancha luz del  atardecer, El Momotombo con su cráter ígneo,  escupiendo la lava retenida en el vientre. “Félix Rubén ¡por qué has vuelto a beber, por qué has vuelto a pecar!”  . No es culpa suya: la sed le oprime, la sed lo aterra. El Infierno es un lugar en donde no podrá beber. Más que nada, lo teme por eso. Porque arderán sus entrañas, como las del volcán. Porque se tragará a los curas y las cruces, sin aceptar la pila bautismal. Porque no sabrá si es García o Darío, Félix o Rubén, santo o pecador, lobo de Gubbio o Francisco de Asís. Porque no sabrá cómo aplacar el ardor del cerebro, lleno de oscuros buitres, y menos aún el de las entrañas, lleno de babosas despanzurradas por su bota de alcohólico irreductible.

    Esa luz de la tarde cae, de pronto, roja y azúl sobre su cama. Azúl cobalto, roja de sangre de pichón. Los murciélagos dejan de volar todos a una misma vez. Caen sobre su hábito de cartujo, sobre su barba, sobre su costado, como si el aire ya no pudiera sostenerlos, cubriéndolo como una lava negra y fría que se descompone sobre él como un estertor monumental.

-¡El Cristo, el Cristo! -grita, mirando hacia el crucifijo que le regaló Amado Nervo.

    Pero no es un Cristo lo que ve, sino un vampiro de envergadura formidable que extiende sus grandes alas para tapar el ventanal. Esa negrura se situa  opacamente sobre su grasa y cenicienta cabeza de elefante. Todo su cuerpo, toda su mente está a oscuras ya, cuando se hace completo el gran silencio de la muerte.

                Y, por encima de él, una rendija de purísimo azul, humilde como un lirio del campo, abre una rendija por donde su alma alucinada trata de escapar.

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