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Rubén Darío y Gómez Carrillo difieren sobre “la estupenda verdad” de Paul Verlaine

26 04 2012

JUAN MANUEL GONZÁLEZ MARTEL. La crónica de Enrique Gómez Carrillo sobre Verlaine contiene una contundente crítica a la tesis de Edmond Lepelletier en su biografía sobre Verlaine. A la vez, es una réplica tajante al artículo de Rubén Darío, en el cual el poeta centroamericano se muestra de acuerdo con los presupuestos del biógrafo francés.

La presencia de Paul Verlaine en las letras hispánicas, a pesar de ser capítulo con amplia bibliografía, todavía necesita más informaciones y nuevos análisis que apuren los extremos de la influencia de la obra y de las actitudes ante la vida de este simbolista de lengua francesa. Y entre los aspectos pendientes de una reconsideración en el marco del estudio de la recepción del poeta galo, repaso “La leyenda de Verlaine”, una desatendida crónica de Enrique Gómez Carrillo, de 1907, que fue replica a otra anterior, del mismo año, de Rubén Darío, “La vida de Verlaine. Realidad y leyenda”.

La crónica del modernista guatemalteco contiene una contundente crítica a la tesis de Edmond Lepelletier en su Paul Verlaine, Sa vie. Son oeuvre, y, a la vez, es una replica tajantemente al artículo de Rubén Darío, en el cual el poeta americano se muestra de acuerdo con los presupuestos del biógrafo francés.

Por ser ambos escritos una manifestación del completo desacuerdo de los dos modernistas centroamericanos ante dicha biografía de Verlaine, son textos que aportan cierta información y matizan puntos de vista para conocer mejor el capítulo de la recepción de poeta simbolista en las letras hispánicas y al apartado de la prolongada, aunque irregular, amistad de Darío y Gómez Carrillo. Unas crónicas que reflejan, además, un momento tenso en esa pequeña historia del trato, que comenzó en Guatemala en 1890, de estos dos literatos. Y, lateralmente, advierte de la necesidad de revisar ese compleja relación personal, profesional y literaria, a pesar de se apartado menor en sus respectivas biografías.

Más que simple constatación de un desacuerdo sobre la personalidad de Paul Verlaine, surgido es a partir de la lectura de una biografía, el contraste de opiniones que subrayo, lo interpreto como exponente de los divergentes enfoques modernistas en la recepción de las literaturas de otros ámbitos literarios e idiomáticos, de sus escritores más influyentes, en las letras de lengua española.

¿La realidad o la leyenda de Verlaine?

 “La leyenda de Verlaine”, en “El Liberal” de Madrid, del 22 de octubre de 1907, es una crónica con la que Enrique Gómez Carrillo replicaba al artículo de Rubén Darío “La vida de Verlaine. Realidad y leyenda” que acababa de publicar en “La Nación” de Buenos Aires. El cronista, residente en París desde enero de 1891, y que en este 1907 dirigía la revista “El Nuevo Mercurio”, la publicación que venía presentando una encuesta sobre el Modernismo, manifiesta su disconformidad con la tesis de Edmond Lepelletier  en su recreación de la vida de Verlaine con el objeto de “rehabilitar” la vida del poeta y, al tiempo, rechaza tajantemente la lectura de Rubén Darío, que valora el libro sobre el “melodioso mártir” como “piadoso y definitivo”, en especial la interpretación que el nicaragüense hacía de la “leyenda” de Lélian.

Asimismo, interesa en la crónica de Gómez Carrillo las esbozadas ideas sobre cuál debiera ser el objetivo fundamental de un acercamiento biográfico a un escritor y cuál la actitud del biógrafo en caso de que la vida que se pretenda desvelar, por no haber discurrido por lo socialmente convencional, haya sido objeto de contradictorias apreciaciones sobre su personalidad. El modernista guatemalteco exige que a Paul Verlaine, de una parte, y, por extensión, a Rubén Darío, con sus complejas andaduras existenciales, aceptadas las diferencias de personalidad, ámbitos y calidades literarias, se respete “la estupenda verdad de su vida real”, aceptándose las verdades biográficas, sin secreto ni enmienda alguna. Opina que la labor del crítico debe limitarse, en estos excepcionales casos, a borrar las “aún muchas calumnias manchan la fama [de su obra]”, a defender exclusivamente la calidad de su obra de creación.

Si a Gómez Carrillo, en su madurez, le pareció que tenía motivo fundado para convertir a Darío en diana de su crónica, fue a raíz de la lectura del artículo “La vida de Verlaine. Realidad y leyenda”. Independientemente de los recientes reconocimientos que le había dedicado a sus méritos líricos, por los cuales el poeta le había dado las gracias -“Le agradezco sus elogios para mi pobre obra de ahora y de antaño” [1]-, en esta ocasión Enrique arremete contra Rubén, no por cuestiones estrictamente personales, ni por esas distintas alusiones críticas que a menudo se regalaron a costa de sus libros, ni por conveniencias editoriales y periodísticas o, simplemente, por los necesarios dineros, como en ocasiones anteriores.

Esta diferencia de pareceres de finales de 1907 se debía a los comentarios de Darío sobre Paul Verlaine. El escrito de Gómez Carrillo denunciaba la que consideraba una oblicua posición crítica del nicaragüense en su ejercicio de cronista literario. Y, curiosamente, este ataque a Rubén, con su severa exposición, no impedía que llevase aparejada, cual compensación, un elogioso reconocimiento de la entidad poética del centroamericano.

“Recordando que hace cuarenta y tantos años Verlaine le escribió [carta del 8 de noviembre de 1872] desde la cárcel para pedir que defendiera su buena reputación, el folletinista Lepelletier, […] acaba de publicar una especie de defensa del autor de Sagesse”, remitiéndose a Paul Verlaine. Sa vie.- Son oeuvre (Paris: Mercure de France, 1907), es la frase con que inicia el asunto de la crónica.

Y si Gómez Carrillo se atrevía a pergeñar tal crónica, era porque sabía que sus lectores más atentos sabían que él había sido el primero en hablar de Verlaine en las letras hispánicas, y no solo con algunas citas sino con amplios artículos sobre el poeta “maldito”, en los que, también fue el primero en emplear la palabra “leyenda” aplicándola a la compleja imagen de Lélian. El cronista guatemalteco, en París desde 1891, recién cumplidos los dieciocho años, había conocido casualmente a Verlaine y, luego, en el entorno de la revista y los banquetes de “La Plume”, estuvo atento a su obra y sus últimos cinco años de su vida, al tiempo que trató a muchas de sus amistades.

“¿Bohemio, yo?”, en 1891.

Al menos en tres ocasiones, hablando del siempre discutible y atractivo tema de la bohemia, Gómez Carrillo, recordaba un lejano primer contratiempo con Rubén Darío, a 1891, en días de “El Diario de la Tarde”, durante esa estancia del nicaragüense en Guatemala y en semanas en que él ya preparaba las maletas para partir de viaje a Europa. Enrique repetía cómo el poeta se había molestado por el calificativo bohemio que él le había aplicado en un suelto sobre el ambiente literario guatemalteco.

Con el título con el que parecía iniciar un cuento o el verso de un poema, “Este era un rey de Bohemia…”, Rubén había escrito una crónica que delataba aquel enfado. No le había gustado ser citado por su redactorcillo, aún con diecisiete años, como una de las figuras de la bohemia guatemalteca, al punto de interpretar lo de Enrique como una burla –“¿qué hermoso y amable ángel ha puesto la atmósfera del encanto en tu cabeza?”-, replicó con desproporcionada justificación…

Un amigo mío ha tenido un ensueño. Me acaba de nombrar nada menos que a la bohemia literaria de Guatemala. ¿Qué cosa es eso? ¿En dónde estamos? ¿Se sonambulea o se nos burla? ¿Qué es esta novela tan fin de siglo? ¡Decididamente, mi amigo tuvo un ensueño!
¿Bohemia, y en Guatemala, y en el año de gracia de 1891?

Su afirmación era que ni la bohemia ni “los bohemios literarios… ya no existen ni en el parisiense barrio Latino”, tras mencionar a los gitanos, con simple asociación al origen y vida errante, al modo de Henry Murger en Les nuit d´hiver, en el segundo de los poemas “Dédicace. De la vie de bohème”, en la primera estrofa. De “Comme un enfant de Bohème,/ Marchant toujours au hasard,/ Ami, je marche de même/ Sur le grand chemin de l´art”.

La bohemia ideal, la de “los pasados bohemios”, era un tiempo acabado, habiéndose pasado a “La lucha por la vida, la fuerza de nuevas empresas, las agitaciones políticas, el moderno periodismo, etc., [que] lo han cambiado todo”. El bohemio como gente desparecida o ya integrada, alejada de

[L]os días llenos de locura, penurias y entusiasmos. […] Los bohemios de hoy son los perdidos de la literatura. Son, en el aristocrático mundo de las letras, los que hacen bailar el oso y la mona, recogiendo los cuartos en el sombrero mugriento. Son los holgazanes en prosa y los desvergonzados en verso; son el asco de la profesión, la lepra de la imprenta, la triste y áspera flor de la canalla. […]

El “señor hidalgo”, el “amigo mío”, el novato Enrique había rosado un asunto que no había imaginado que fuese tan sensible para su director. Y a esa anécdota recurría Gómez Carrillo ala tratar de la acepción “bohemio” si Darío se cruzaba por medio con tal tema, en relación con la personalidad de determinados autores o si había que bromear con el dandysmo o lo aristocrático en la opinión y comportamiento del poeta [2].

Desde la primera semblanza

Gómez Carrillo elaboró con entusiasmo su semblanza sobre el poeta simbolista, dividida en tres apartados, de “El Hombre, El Poeta y La Escuela”, en los primeros días de su estancia en París. La publicó el 13 de marzo en el “Diario de Centro América” de Guatemala, cuando apenas llevaba cuatro semanas en la capital francesa. Y volvió sobre la personalidad de Verlaine en el verano, en 27 de julio, en el mismo periódico. Y en ambos escritos empleará el vocablo ´leyenda´ al conjugar ciertos extremos de la personalidad del poeta. Y este artículo lo presentará nuevamente en 1892 en Esquisses, su primer folleto literario, editado en Madrid. “Versalles, diciembre de 1891” es lugar y fecha con que cerró este “Paul Verlaine (Notas para un estudio)”, remitiéndose a días en que el poeta permanecía hospitalizado, antes de mediados de diciembre de 1891. Elimina esa fecha y cambia el título cuando recoge el trabajo en Almas y cerebros (1898): “Una visita a Paul Verlaine. Verlaine en el hospital.- La figura de Verlai¬ne.- El poeta pobre.- Anécdotas.- La obra.- La leyenda”.

Después de incluirlo en su segunda publicación, Sensaciones de arte (París: Biblioteca Azul, 1893), el estudio sobre Verlaine lo desglosará en subtítulos en Almas y cerebros (París: Garnier, 1898), donde hallamos de nuevo “La leyenda”: V. Paul Verlaine.- Una visita a Paul Verlaine. Verlaine en el hospital. La figura de Verlaine. El poeta pobre. Anécdotas. La leyenda.- La muerte de Verlaine. Una carta de Alejandro Sawa. La cólera de Verlaine. El editor de Verlaine. Anécdotas. Y “leyenda” es término que seguirá siendo empleado por Carrillo en las posteriores crónicas en las que mencionará al poeta. Así, en “Crónicas parisienses. El banquete de La Plume”, al hablar de las comidas literarias que hacia pocas semanas habían empezado a celebrarse por iniciativa de León Deschamps, escribió:

A la derecha de Zola, […] estaba sentado Paul Verlaine, el maestro de la poesía nueva, el poeta sorprendente a quien la leyenda literaria representa como a un nuevo Homero conduciendo, a través del país latino, sus jóvenes homéridas. Su enorme cabeza desnuda y su barba cana y descuidada hacían pensar en un Sócrates instintivo, en un Sócrates borracho y vagabundo. Mirándolo, Aureliano Scholl se acordaba con tristeza de Alfredo de Musset…

¿“Fauno místico” o “alma lamentable”? Esos “cronistas ligeros y desvergonzados”…

Gómez Carrillo se tuvo que sentir aludido por Darío cuando leyó lo de esos “cronistas ligeros y desvergonzados” o “tantos plumíferos parisienses e internacionales, cuyos recuerdos barriolatinescos y báquicos no han contribuido sino a la universal transformación del fauno místico en una especie de tipo lastimoso y mendicante, saturado de todos los alcoholes y roído por toda suerte de bajos vicios”.

Con inmediata réplica, sarcástico, Gómez Carrillo empieza dirigiéndose al biógrafo francés y al poeta nicaragüense, manifestando su desacuerdo con el enfoque de “rehabilitación” o “aclaración de hechos con irrecusables documentos”, e incluso con la justificación de que se estuviese cumpliendo “con cordialidad una disposición testamentaria”. Pasa, enseguida, a ridiculizar tanto las apreciaciones biográficas de Lepelletier como las de Darío -retoma la contraposición empleada por Darío, lo que entiende por ´realidad´ de Verlaine, cuestionando la interpretación que éste hace de la “leyenda” de Verlaine- por aceptar, y divulgar, lo argumentado por el crítico galo en su deseo y esfuerzo por disimular la irregular vida familiar, el alcoholismo, la bisexualidad, las penurias económicas y la mala salud que lo recluyeron en el hospital público en distintas temporadas de la última década de su vida.

Gómez Carrillo defendía la entidad humana del lírico galo, frente a esa reconversión de Verlaine que se hacía cuando apenas se había cumplido una década de su muerte. Sin separar vida y leyenda, el guatemalteco manifiesta su absoluto respeto por la que había sido el “alma lamentable de Verlaine” [3], la compleja personalidad del poeta, la realidad de sus virtudes y pecados, por todo lo que configuró su libérrima andadura existencial. Y esgrimía que se debía atender prioritariamente a la calidad de su obra, y no debía temerse el responder con la verdad si para comprender ciertos extremos existenciales de la poesía de Paul Verlaine se tenía que invocar la realidad de su modo de vida. En su opinión la de Verlaine, asumida y trascendida en su poética, “fue la más bella de las vidas, por lo mismo que fue la más legendaria”. Para Gómez Carrillo, como lo resume en crónica de 1899, Lélian había sido:

El más grande, el más noble, el más sincero, el más sencillo de los artistas de nuestra época, y sin embargo, el más desgraciado. ¿Sin embargo?… tal vez por lo mismo.

Je suis venu calme orphelin
Riche de mes seuls yeux tanquilles
Vers les hommes des grandes villes
Ils ne m´ont pas trouvé malin.

No; los hombres de las grandes ciudades no le encontraron malin a pesar de los Poemas Saturnianos, a pesar de la Buena Canción, a pesar de Sagesse, a pesar de Amor, a pesar de las Fiestas Galantes…fue “tracé ligne à ligne par la logique d´une influence maligne”.
¡Pobre gran poeta!

Subraya que Lepelletier “[…] de lo que se empeña en defenderlo [a Verlaine] no es de las calumnias que manchan aún su fama, no, sino de la estupenda verdad de su vida real”. Presenta al crítico francés como un “folletinista”, y “un buen burgués incapaz de comprender la belleza del desorden y la grandeza del pecado”, mas lo disculpa por las probadas razones de vieja amistad que subyacían en su esfuerzo por “normalizar” la biografía del poeta. Reiteraba que la posición de Lepelletier, por proceder de un amigo, llegaba a comprenderla [4], pero lo que de ninguna manera aceptaba era que Darío justificase esa imagen burguesa del poeta que, a destiempo, se estaba promocionando: una reconversión de la “la leyenda” de Verlaine, “de sus vicios, de su bohemia, de sus ajenjos”, que pretendía que “En el fondo, Verlaine fue un buen ciudadano con ideas de honrado padre de familia”. No le bastaba esa tímida defensa que Rubén parecía hacer del “desventurado maestro”, del “melodioso mártir”, frente a las críticas de Max Nordau, ni menos la tópica recomendación de que habría que buscar “el oro cordial del hombre”, con el tópico argumento de que “el desventurado maestro” no fue bohemio por gusto, sino por necesidad.

A Lélian, por “su genio”. Su vida “[E]ra simple franqueza”.

Gómez Carrillo, que conoció a Verlaine, de lectura y trato entre 1891 y 1896, no se extrañaba de que la absurda imagen del poeta que se divulgaba, y que hacía “reír a todos los que conocieron al gran fauno; esto que habría encolerizado a sus amigos verdaderos”, hubiese sido aprobada, por convencionalismos sociales, por “algunos poetas extranjeros”, que “lo recogen y lo repiten, asegurando que la leyenda verlainiana no fue sino una leyenda”; como no le sorprendía que, asimismo, algunos críticos de Londres o Berlín repitiesen dicha mentira. Pero no admitía que tal parecer fuese divulgado por quien era uno de los influyentes críticos que “que hablan para nosotros” los lectores de lengua española.

Se mofaban de Lepelletier, según Gómez Carrillo, todos aquellos que habían conocido la verdadera vida del poeta, los “amigos complacientes -Moréas, Du Plessys, Mendès, Maurras, La Jeunesse, Sawa, etc.- que lo quisieron, no a pesar de sus defectos, sino por su defectos y su genio”; los que sabían cuál había sido la vida de Verlaine, cuyas “infantiles locuras pasaron la mayor parte de las veces sin que la sociedad burguesa tuviera de ellas noticia”, o los atentos lectores que intuían en el poema verlainiano la realidad de unas experiencias trasformadas poéticamente. Le sorprendía, por consiguiente, que Darío, que no ignoraba esa verdad, divulgase la seudo normalización emprendida por Lepelletier; y le extrañaba que, entre los hispanos, fuese precisamente él, que había alcanzado a conocer al poeta, y observado su entorno en aquellas semanas parisinas del verano de 1893. Precisión ésta, otra más, por parte de Enrique que confirma nuevamente que Darío fue presentado a Verlaine, aunque no suministre más detalles, que hay que sumar a los datos que Rubén cuenta en su necrológica de Paul Verlaine para “La Nación” en 1896 (y que incluirá en Los raros), y lo repite, luego, en crónicas de 1911 y 1912: “Films de París. I. Bullier. II. Jean Moréas” (“La Nación”, 4.03.1911) y “La hija [sic, por Vida] de Verlaine. Realidad y leyenda” (recuperada en Todo al vuelo. Madrid: Renacimiento, 1912, y en Obras Completas, vol XVIII, de Mundo Latino).

Difería totalmente de la posición de Rubén Darío. Como reveladora primera cita de la crónica, Carrillo copia el siguiente párrafo:

¡Ah la leyenda verlainiana y la realidad de las cosas! Yo quisiera que todos aquellos cerrados criterios, que todas las mal informadas personas para quienes el nombre del pauvre Lélian es una dicción sospechosa, leyeran, apartando por un instante las dispares y repetidas informaciones cara a los cronistas ligeros y desvergonzados escribas, leyeran y meditaran con calma los conceptos de este volumen fidedigno. Hace no mucho tiempo se publicó en Francia –Francia tiene estos arranques generoso- una rehabilitación, también muy documentada, de la vida de Poe, otro tan mordido y enlodado desde los días del odioso Griswold.  Tales obras honran a los que comprenden y consuelan, a los que no aspiran a ver en el mundo tan solamente el lado oscuro o rojo de la Perversidad. Coincide con la publicación del libro de Lepelletier la de una obra póstuma y antigua, paralela a Sagesse. Voyage en France par un français. Se ha dicho, con sobra de superficialidad, que dicho bouquin no agrega nada a la personalidad intelectual del autor. Quizá. Mas hay una cosa cierta, y es que, dichosamente, ella ayuda a conocer el oro cordial del hombre. Del buen hombre, por siempre niño.

Y, de inmediato, disiente tajantemente: “Niño, sí; pero niño terrible, niño perverso, niño indomable, niño salvaje”, respaldándose con cita de Anatole France, quien había afirmado que el poeta “fue un sátiro, un ser semi dios y semi fiera que asustaba cual una fuerza natural y que no se sometió a ninguna ley”. Y añade el cronista “A ninguna ley, en efecto, a ninguna ley social, a ninguna ley moral, a ninguna ley humana”, asegurando que “El dolor mismo fue siempre incapaz de contener sus ímpetus”, y, así, “envejecido más que viejo, claudicante y miserable, pasó los últimos años de su vida riéndose de sus enfermedades en su único hogar, que era la taberna”.

“Contra esto también grita Rubén Darío, a pesar de saber que es la verdad”, y el cronista copia otro de los párrafos del artículo en que Darío esquiva esa evidencia.

No hay en suma [en ellas], sino el propósito de revelaciones que interesan a un público de curiosos de intimidades literarias y de aficionados a cuentos de café y cervecería. Están en la misma línea que esa malhadada fotografía de la serie de nos contemporaines chez soi, [que se han reproducido en magazines e ilustraciones extranjeras] [5] y en la cual aparece “en su casa” el infeliz gran poeta, ante una mesa tabernaria en que se ve el brebaje fatal a su existencia y a su reposo espiritual por tantos años. Tal crueldad iconográfica hace, con justicia, estallar la cólera fraternal de Lepelletier.

Y como Darío cuestionaba el carácter íntimo de la amistad de Rimbaud y Verlaine, restando veracidad a esa relación íntima, Carrillo, con un “¿No recuerda Lepelletier el proceso Rimbaud?”,  insiste que hasta el mismo Lepelletier no la negaba, aunque responsabilizando al joven poeta de ser el “luciferino” responsable [6]. Darío había comentado:

¡Ah! Aquí quería yo llegar. Pues bien [7], los amigos de asuntos tortuosos se encontrarán desilusionados al ver que lo referente a la famosa cuestión Rimbaud, se precisa con documentos en que toda perspicacia y malicia, queda en derrota, hallándose, en último resultado, que tales o cuales afirmaciones o alusiones en prosa o verso no representan sino aspectos de simulación, tan bien estudiados clínicamente por ingenieros. Los testimonios son fehacientes en una correspondencia escrita a raíz de los sucesos que provocan señaladas cartas de toda intimidad y franqueza, en que se ve el ala desnuda y toda ausencia de pose o de mentirosa urdimbre. Otros libros se han publicado sobre Paul Verlaine antes que este piadoso y definitivo.

Comentario de Rubén Darío que, de nuevo, Gómez Carrillo, rotundamente, contradice:

No querido Rubén, lo que usted llama simulación, era simple franqueza. Ni en público ni en privado, Verlaine negó jamás sus culpas, toda sus culpas. Yo me acuerdo que un día en que alguien le leía una defensa de sus costumbres, el viejo poeta se contentó con decir: -Solo los imbéciles pueden creer que llamarme burgués es alabarme.
Hasta ayer, en efecto, solo los imbéciles habían escogido este modo de elogio farisaico, que consiste en escribir:
-Podéis admirar a ese hombre, pues está averiguado que no se emborrachaba, que no tenía malas costumbres, que no era loco…

No acepta, tampoco, el tono de seguridad con el que Darío, se dirige a los “cronistas ligeros y desvergonzados”: “Mucho pesará a los adoradores de la soucoupe el saber que Verlaine era un hombre de ideas burguesas que si vivió la vida de bohemia, fue forzado por la dureza de la suerte, por los caprichos circunstancias que amontona la casualidad”. Insistente observación con la que, en su opinión, Darío propagaba una falsificada imagen de la personalidad de Verlaine, respaldando con “su autoridad” -tan influyente en los medios literarios hispánicos, desde la “La Nación”, una de las tribunas de opinión más acreditadas del ámbito de lengua española- una desvirtuada identidad del lírico simbolista ante el lector hispánico, y, por ende, de su obra poética.

Gómez Carrillo, incisivo como nunca, recurre al testimonio de Sawa.

El guatemalteco no frena su ofensiva. Después de reconsiderar la crónica de Rubén, confiesa que, en verdad, no había terminado de sorprenderle que Darío se hubiese alineado con Lepelletier y que cuestionase unas circunstancias biográficas del conocimiento de los compañeros del círculo simbolista, tanto de sus coetáneos como de los más jóvenes que le trataron en la última década de su vida. Y, con inesperado quiebro, pasa al ataque, convirtiendo a Lepelletier y a Darío en un único destinatario de su comentario y, así, la alusión personal sobrevuela a ambos críticos.

Sitúa al poeta en la misma diana que a Lepelletier cuando lanza los dardos de sus adjetivaciones: habla de la actitud farisaica e imbécil, y, con equívoco paralelismo retórico, hace recaer los desordenes de la vida de Verlaine -“malas costumbres”…, borracheras…, irregular vida familiar…-, del lado de Darío, como si de un tenso cara a cara se tratase.

Que Lepelletier estalle, está bien. Lepelletier es un buen consejero municipal, defensor de todas las hipocresías sociales. ¡Pero usted, querido Rubén! Usted que acompañado por Alejandro Sawa, aún alcanzó a ver a Verlaine en su taberna, entre los efebos y sus discípulos; usted que es poeta y no maestro de moral, usted no tiene derecho a propagar una mentira literaria tan grande y tan triste como la de Verlaine buen hijo, buen padre, buen esposo, buen ciudadano y buen burgués. Los faunos no son nada de eso. Son faunos. Y el autor de Paralelamente, como su abuelo Villon, fue un fauno lírico [8].

El testimonio cercano de un lector

Aún podía opinar un atento un testigo de excepción, en este octubre de 1907, que supo de la crónica de Darío al leer lo escrito por Gómez Carrillo: Alejandro Sawa. El escritor andaluz, que, al año siguiente, con ocasión de la publicación en 1908 de la traducción al castellano de Manuel Machado de Fiestas galantes (Madrid: F. Beltrán), calificará el prólogo de Gómez Carrillo de “un sorprendente pórtico”, y que, con esa lectura iba “a revivir mis días en París y a viajar con un altísimo poeta”, considera al amigo guatemalteco como uno de los tres grandes divulgadores de Verlaine:

Nadie, en efecto, ni en Francia ni fuera de allí, se ha ocupado tan asazmente del artífice de Poemas saturnianos como nuestro Gómez Carrillo; Stuart Merrill en Inglaterra y el holandés Vivamk [9], homéridas también, le van muy en zaga. El porvenir los biógrafos del poeta tendrán que referirse a Carrillo siempre que quieran establecer la autenticidad de un dicho, de un gesto, de un verso de Verlaine.

 No hace falta esforzarse para imaginar los comentarios de Sawa al respecto.  En los distintos recordatorios de Alejandro de la figura de Paul Verlaine, siguiendo sus dos textos principales -con variantes según los años: 1901, 1902, 1903, 1907, 1908)- [10], la conclusión primordial, cual definitivo juicio personal, siempre fue:

Conocí lo que valen los honores, las distinciones, los grados, los testimonios de la estimación pública y he visto de cuánta vulgaridad y cálculo, de cuánto rebajamiento también, se compone el honorariato entre los regulares del mundo. Hay que felicitarse, pues, de que el más grande poeta de fines del siglo XIX haya vivido en ontlaw, a menudo huésped de las prisiones, borracho, depravado, peor aun. Me place que la confesión de tales costumbres haya estallado en la cara de la sociedad, vieja hipócrita, que prescribe que la falta que se oculta está casi perdonada. Pero ante la conciencia, no hay perdón sino para el pecado que se declara, para la falta que hizo sufrir y derramar lágrimas al pecador. Y con lágrimas lustrales se renovó, se purificó y se elevó la poesía de Paul Verlaine. ¡Ah “si la vieille folie” no lo hubiera asaltado en su camino, no hubiéramos podido entonces admirar el canto angélico de Sagesse y Parallèlement…!

Con los comentarios de Darío del lado de la tesis de Lepelletier, opinaba Gómez Carrillo que Rubén Darío se convertía en víctima “de su propio sistema” de consideraciones. Y para rebatirlo imagina que, en el futuro, uno de los admiradores del nicaragüense se convirtiese en “su Lepelletier” particular y que asegurase que él, Rubén Darío, “no bebe sino agua y que vive como padre de familia al lado de su esposa y de sus hijos”… Y en ambiguo juego de agravar o disminuir tan afiladas alusiones, para “tranquilizar” al poeta le asegura que si eso ocurriese, como “no habrá medio de quejarse, entonces, ni de preguntar si se trata de ironías malignas!”, no había de qué preocuparse, porque “cuando el momento llegue” él mismo se convertiría en el defensor de su verdad biográfica…

“Es un bohemio que hace una vida errante […] que recibió del cielo el don de sacar de su flauta de sátiro las más divinas armonías”.

Por eso se remontaba  Gómez Carrillo a ese señalado lejano primer contratiempo con Darío, en días de “El Diario de la Tarde”, recordando cómo al poeta se había reaccionado ante el calificativo bohemio. De ahí que, ahora, en “La leyenda de Verlaine”, el guatemalteco recupere el vocablo bohemio, como anecdótico antecedente, aunque esta vez para convertirlo, enriqueciéndolo con una particular acepción, y que, indirectamente, parece inspirada en una valoración propia: bohemio, como actitud ante la vida y como destino del artista. Finaliza, así, con frases que se nos antojan así mismo como uno de los acertados juicios sobre la concepción de la personalidad de Darío de los emitidos por el cronista sobre el poeta: [11]

[Y]o escribiré, en este mismo sitio, un artículo, y dirigiéndome a su Lepelletier [a quien fuere su “mentiroso” futuro biógrafo] le diré: “No, señor; el poeta de Prosas profanas no es un burgués. Es un bohemio, un gran bohemio de camisa limpia y de levita nueva, pero un bohemio siempre; un bohemio que hace una vida errante y que lleva a todas partes sus caprichos, sus locuras, sus tristezas, sus inconsciencias y su genio. Es un niño que recibió del cielo el don de sacar de su flauta de sátiro las más divinas armonías. Es un hijo espiritual de Verlaine”.

*

¿Qué efecto había producido a Rubén esta crítica? Aparentemente, ninguno. La crónica no fue alterada cuando fue reeditada… Y de tal reedición solo despista, si acaso, el decidido cambio de título: “La vida de Verlaine. Realidad y leyenda” pasa a titularse “La hija de Verlaine”. Donde se leía ´leyenda´, figura ahora ´hija´, sorprendente quiebro que dirige la atención a la situación familiar de Verlaine, que glosa unos apartados de la crónica.

Cuatro años después viene a la memoria el contenido de esta polémica, cual ligeras rectificaciones, cuando Rubén Darío presenta su autobiografía en La vida de Rubén Darío escrita por él mismo, en cuaderno de la revista “Caras y Caretas” de 1911 o en el volumen de Maucci (Barcelona, 1912), en el capítulo XXXIIl. Tras el “Yo soñaba con París desde niño”, en lo poco que escribe sobre Verlaine, aparte de su anécdota personal, evoca: “Cierta noche en el café D´Harcourt, encontramos al Fauno, rodeado de sus equívocos acólitos. […] Se conocía que había bebido harto. […] las noches que volví a encontrarle, se hallaba más o menos en el mismo estado; aquello, en verdad, era triste, doloroso, grotesco y trágico”. ¡No asoman las justificaciones de 1907, ni las de Lepelletier ni las suyas, por parte alguna! Y en otro momento, en alusiones como “mi conocimiento del gran Fauno”, “Muchas gentes rodeaba al Sócrates lírico”. ¿Ecos de la discusión con Gómez Carrillo?

En tanto que Gómez Carrillo olvidó su escrito: no la recuperó cuando hizo selecciones para sus varios libros de crónicas. En cambio, Darío, aunque en 1907 no contestó a Gómez Carrillo, cuando en 1912 decide un nuevo volumen de artículos, Todo al vuelo, como le había propuesto la editorial Renacimiento, eligió esta crónica de “La Nación” de 1907 para el apartado “Varia”. La crónica de Darío fue más conocida que la de Gómez Carrillo. El texto del guatemalteco ha sido ignorado, o poco invocado, en las bibliografías del estudiado capítulo de la recepción de Paul Verlaine [10] en las letras de los países hispánicos. No se facilitado la conjunta lectura de estos dos escritos de 1907, a fin de contrastar las diferencias de opinión que apuntan ambos literatos con respecto a Paul Verlaine. Mientras la réplica de Gómez Carrillo quedó en la discreta página tercera de “El Liberal”, la crónica de Darío en “La Nación”, con el texto ligeramente retocado, pasó en años siguientes a las ediciones de 1912 y de 1920 de Todo al vuelo. Y así, la crónica de Gómez Carrillo, injustificable sin el enlace con el escrito Rubén Darío que la motivó, aparenta ser otro más de sus enfados o sus fugaces polémicas. Pero, el gran poeta sabía que, aún sin aparentarlo, la ligera y eficaz crónica del llamado “Príncipe de los cronistas”, tenía recursos suficientes para clavar, bajo la frívola desenvoltura de su prosa, el certero aguijón que permitía otras lecturas.
 
Hay que contar, por consiguiente, con esta pareja de crónicas si se quiere ir disponiendo de todos los detalles en torno a la recepción de Verlaine en las letras en lengua española y, en particular, para dilucidar el desarrollo de dos puntos de vista en las valoraciones de estos dos fundamentales modernistas ante Paul Verlaine, de las personalidades de la poesía simbolista europea más influyentes en el Modernismo hispánico.

NOTAS

[1] Carta nº 167: 18.08.1907. Archivo Rubén Darío. Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense. Madrid.

[2] Escrito en “Apuntaciones y párrafos” de Crónica literaria, IX, Obras Completas de Mundo Latino.
 
[3] En El alma encantadora de París (1902) y Hombres y superhombres (1920).

[4] Remy de Gourmont, si no expresado del mismo modo que Lepelletier, su justificación es parecida: “fueron las circunstancias más que sus propios gustos” (1911), aunque sin negar ninguna de éstas. Verlaine intime”. La Dépêche, Toulouse, 12.08.1911.

[5] Suprimido en el texto de 1912.

[6] Para Gómez Carrillo “los petas malditos” eran: Verlaine, Villiers de L´Isle Adam, Tristán Corbière, Arturo Rimbaud, Jules Laforgue y Stéphane Mallarmé. De Rimbaud, en 1899, había dicho: “…está considerado como un loco. Tal vez lo fue – un loco genial en todo caso”.

[7] Este comienzo –“¡Ah! […] bien”- lo elimina Darío en su corrección de 1912.

[8] En el mes de marzo de 1907 Gómez Carrillo había hablado de Las Fiestas galantes. Había firmado que “ninguna obra mejor que está encarna el corazón de Verlaine, un corazón en donde las frivolidades y las pasiones se mezclaron tiernamente”.

[9] Ortografía de la primera edición de Iluminaciones en la sombra (1910). Darío escribe el apellido del holandés, Bivanck.

[10] Reproducimos el texto de la versión: “Verlaine. Líneas de aniversario”. El Globo, Madrid, 29.11.1902.

[11] A tal incidente, hay que remitirse en alusiones como la contenida en la segunda edición de La bohemia sentimental, en la dedicatoria a Rafael Espínola. Repite la frase que habría de popularizarse tanto, el “Cuando Rubén Darío talento (¡Oh, póstumo!)”, para parodiar aquella fecha en que “estuvo a punto de asesinar a un amigo suyo que le llamó bohemio”, a aquel enero de 1891. Y en crónica que recoge en Sensaciones de París y Madrid, pp. 90 y 96, repite: “La bohemia, siempre la bohemia. Hace seis u ocho años [1891, 1893] un joven poeta entonces desconocido en Madrid, estuvo a punto de asesinar a un periodista amigo suyo que le había llamado bohemio. -¡Bohemio yo! – gritaba el autor de Azul. -¡Pues no faltaba más! […] La bohemia es todo y no es nada. – Y cuando el susceptible Rubén Darío se enfada porque un amigo le llame bohemio, […]”.

 

BIBLIOGRAFÍA

Archivo Rubén Darío. Madrid: Biblioteca Histórica, Universidad Complutense de Madrid.

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Gómez Carrillo, Enrique. (1892). Esquisses. Madrid: Librería Viuda de Hernando. _____(1899). La bohemia sentimental. París: La Campaña. _____. (1900). Sensaciones de París y Madrid. Paris: Garnier Frères. _____. (1902). “El alma lamentable de Verlaine”, El alma encantadora de París. Barcelona: Maucci._____. (1920). Ídem. En: Hombres y superhombres. _____. (1907a). “Las fiestas galantes”. El Liberal, Madrid, 8.04.1907. _____. (1907b). “La leyenda de Verlaine”, El Liberal, 22.10.1907.

González Martel, Juan Manuel. (2012). Enrique Gómez Carrillo, espada cosmopolita del Modernismo hispánico. Biografía. En preparación.

Gourmont, Remy de.  (1911). “Verlaine intime”. La Dépêche, Toulouse, 12.08.1911.

Lepelletier, Edmond.  (1907). Paul Verlaine. Sa vie.- Son oeuvre. Paris: Mercure de France.

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Verlaine, Paul. (1909). Fiestas galantes. Poemas saturnianos. Traducción de Manuel Machado. Madrid: Colección Ánfora, Lib. de Gregorio Pueyo, 1909. _____. (1917). Ídem. 2.ª ed.: Madrid: Francisco Beltrán, 1917. _____. (1962). Oeuvres poétiques complètes. Paris: Gallimard.

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