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Crónica: “Un banquete a Rubén Darío”

26 04 2012

Alejandro Bermúdez

En compañía del Dr. Luis F. Corea, diplomático Centroamericano, radicado en New York-donde ejerce feliz y provechosamente su profesión de abogado-y del que escribe estas líneas, llegó Rubén Darío, el ilustre y benemérito poeta, a honrar con su visita y con su serena majestad las oficinas de labor y pensamiento de LAS NOVEDADES.

Era una mañana fría, pero hermosa y transparente que convidaba a los gratos esparcimientos del espíritu. Los visitantes encontramos franco el paso hacia las oficinas del prestigioso y antiguo periódico español que representa los intereses de la latinidad en esta vasta metrópoli del dólar, de la actividad, del cálculo y de las grandes empresas hacia nuevos y mejores futuros.

El doctor Corea hizo las presentaciones de estilo y luego nuestro efusivo apretón de manos al Dr. Peynado, al Sr.  [Manuel de J. ] Galván [ Velázquez], a [Manuel Florentino] Cestero y a los otros colaboradores de la antigua Revista neoyorkina.

El doctor Francisco J. Peynado, actual director, maneja con nerviosa actividad el movimiento de esta rica y transcendental Empresa, pero no deja de ser el correcto diplomático de la frase culta, del acento mesurado, y fino, de la verba reposada y jurisperita que así refiere un rasgo típico de nuestras políticas contiendas como dilucida un serio problema internacional en que el Secretario de Estado procedió con alteza y se conquistó un aplauso. Se conversa de todo: de la guerra europea, de la  dolorosa contienda mexicana, de la próxima retirada de los marinos americanos de Veracruz, del nuevo giro que se piensa dar a LAS NOVEDADES, del aumento constante de su edición, de los intereses hispano-americanos que sustenta; de la serena intelectualidad de Bryan, de la prudencia y espíritu justiciero de Wilson, y de otras muchas cosas en que en que intervienen la autoridad de Peynado, la experiencia de Corea, la palabra apostólica de Rubén, la pericia periodística de Galván y el entusiasmo de Cestero, que no dejaba de mirar con su ojos sombreados de ojeras, y profundamente escudriñadores la frente pulida y apolínea del supremo artista de los “Cantos de Vida y Esperanza”.

A las dos de la tarde salimos todos para el lunch. En una mesa del “Kaiser´s Hoff” se reanuda la animada conversación, entre sorbo y sorbo de magníficos cocktails, mientras el planchado waiter prepara la copiosa orden de acuerdo con el exquisito gusto del Dr.Peynado, que es el anfitrión.

(…)

Rubén Darío habla lentamente, pero con acento conmovido, de sus horrores por la guerra que está destrozando el Viejo Mundo; de la inmensa retrogradación que implica para la humanidad ese trágico suicidio de la Europa civilizada, de su gira por el continente americano. (…).¡Paz y Unión!,-dijo-, son los lemas que acabo de escribir sobre mi escudo y bajo el ala eucarística de mis heráldicos Cisnes!

Y todos aprobamos y aplaudimos.

Después se habló de muchas cosas: de arte, de literatura, de política, de derecho internacional, de panamericanismo. (…)

Los distinguidos comensales se manifestaron de acuerdo con mi posición, imparcial y sincera.

A las 4 y minutos del tarde terminó la fiesta animada y cultísima. Rubén Darío iba callado y pensativo por las frías y convulsas calles (…).

Alejandro Bermúdez  (Las Novedades, Nueva York, 26-XI-1914)

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