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“La línea roja”. Un relato espiritista de Leonor Canalejas

26 04 2012

MÓNICA HURTADO MUÑOZ (Universidad de Granada).  La andaluza Leonor Canalejas es una figura por seguir descubriendo. En este relato de corte espiritista la reencarnación es uno de los preceptos fundamentales y se erige en leit motiv de este texto.

Leonor Canalejas (Sevilla 1869 – Barcelona 1945) es una de las mujeres que en el cambio de siglo mejor representan los cambios vividos por el género femenino en España en tanto que fue maestra [1], agente de significativas obras benéficas y, muy tardíamente, escritora. Estos fueron los tres primeros caminos, que, recorridos por pioneras como Concepción Arenal, permitieron a la mujer ir debilitando paulatinamente la férrea conciencia de que el sexo femenino debía desarrollar todas sus actividades de puertas para adentro de su casa.

De familia liberal -sobrina del catedrático Francisco de Paula Canalejas, prima hermana del que sería Presidente del Consejo de Ministros, José Canalejas, y hermana del poeta Federico Canalejas [2]-, recibió en Madrid formación superior como maestra y debido a las novedades introducidas en  el campo de la educación de la mujer, que proponían la formación de maestras para las escuelas de niñas de todo el país, lo que requería un alto número de docentes que las formaran, pudo ejercer tempranamente como Profesora en la Normal Central, recién acabados sus estudios. Tras convertirse en Profesora Numeraria y conseguir también el título de Institutriz, contrajo matrimonio a los treinta y cinco años con Miguel Farga, pedagogo que sería luego Presidente de la Juventud Liberal Democrática de Barcelona y Jefe del Negociado del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes más tarde. Ambos se trasladaron a Barcelona. Allí, Leonor emprende una interesante labor al frente de la Federación Femenina contra la Tuberculosis [3], causa con la que se muestra muy solidaria tras el episodio de la enfermedad y muerte de su hermano, que sin duda marcó su vida tal como mostrarán más tarde sus novelas y su dedicación a los afectados por esta dolencia.

Disuelta la Federación en 1916 por falta de fondos públicos que la sostuvieran, Leonor no abandona su lucha personal contra los efectos de la tuberculosis.  En 1927 termina, y en 1928 publica su primera novela, Una mujer decente. El mismo año ve la luz Los Per-Álvarez. Leonor ha comenzado su carrera literaria debido a la necesidad de sufragar los gastos del Albergue de los niños pobres en el Campo, lo que podría explicar esta vocación tan tardía. El proyecto, pionero en España, pretende ser una continuación de la llamada entonces “obra Gráncher” [4], que llevaba a los niños enfermos a localidades de montaña o costa donde presumiblemente se alojaban con familias -no consta la existencia de una residencia específica-. Allí recibían baños de sol y una dieta sana, para ser devueltos más tarde a sus familias en buen estado de salud.

Estas dos primeras obras ven la luz bajo el pseudónimo de Isidora Sevillano, quizás debido a la intención de la autora de salvaguardar su apellido [5], o de no ser relacionada con él, por tratarse de un nombre muy conocido en el panorama político del momento.

Más tarde aparecen Ignacio (1930), Todo y nada (1931), Lo que es y lo que parece (1933) y La vida (1935). Todo y nada, donde aparece el texto que llama hoy nuestra atención, es una recopilación de textos breves que Leonor Canalejas había ido publicando en el Suplemento Femenino del diario Las Noticias, en el que colaboró entre 1928  y 1934. La obra está prologada por el presbítero Lorenzo Riber, miembro de la Real Academia Española, que se confiesa incapaz de aplicar “un frío criterio literario” al libro inspirado por tan noble fin como es ayudar a los niños necesitados e influir en las futuras generaciones de maestras a través de la Agrupación de alumnas y ex-alumnas de la Escuela Normal, con las que Leonor Canalejas lleva a cabo su obra social, germen de su obra literaria.

“La línea roja” encabeza el apartado del libro titulado “Cuentos, leyendas y diálogos” y representa sin duda uno de los estilos más peculiares cultivados por la autora.

En el breve relato se describe un triángulo amoroso provocado por la infertilidad de la esposa legítima y la necesaria  búsqueda del marido de un modo de perpetuar su nombre. La mujer, Pilar, frustrada por no poder concebir hijos, alberga en su mente la idea recurrente de quitarse la vida dejándose decapitar por el tren. El estado depresivo inicial evoluciona hasta la comprensión resignada de la situación de abandono que ha sufrido por parte de Aurelio al conocer la noticia de que la amante de éste, Serafina, se halla encinta. “La esposa estéril debe desaparecer para dejar paso al hijo ilegítimo”, piensa la mártir antes de acabar con sus dolores y su desesperación llevando a efecto sus premeditadas intenciones.

La pareja de adúlteros conoce la noticia a través del periódico que leen un domingo por la mañana, todavía en la cama. El episodio se presenta de forma muy cruenta: “La cabeza de la víctima, separada violentamente del tronco, rebotó en la acera y fue a dar contra la pared”, reza el diario. El marido, sobrecogido, siente una intensa tristeza y un arrebato lo lleva a correr para hacerse cargo del cadáver, lo que provoca los celos de Serafina, que intentará retenerlo aludiendo a su preñez, sin ningún éxito.

Pasados los días primeros del incidente, Aurelio vuelve a los brazos de Serafina, aunque todo es ahora diferente. “Nunca más se habló de la muerta, pero la muerta siempre estaba allí, y su presencia enfriaba los besos, distanciaba los abrazos, cubría con una gasa negra imperceptible cuanto hablaban y hacían los dos amantes”. La mala conciencia revestida de gasa negra se sitúa entre ambos enturbiando para siempre su felicidad. La degradación moral es evidente: ambos eran más felices llevando a cabo su infidelidad cuando la esposa estaba viva, aún a sabiendas del sufrimiento que le provocaban. El distanciamiento de Serafina del canon establecido para la mujer, albergando un hijo ilegítimo en su seno y maldiciendo a la esposa muerta que le continúa “amargando la vida” incluso ya desaparecida, así como el mal comportamiento del marido sin escrúpulos que abandonó el seno familiar, van a tener su fruto el día del alumbramiento, que suponía en principio para Serafina que el porvenir le quedase asegurado. La niña que les nace presenta una delgada línea roja alrededor del cuello, hecho que la matrona, ignorante de la situación, interpreta alegremente como un antojo de la madre durante la gestación de un collar del mismo color. Sin embargo, tanto Serafina como Aurelio conocen su significado y reaccionan rápidamente. Ella, intentando que él no perciba la mancha cubriendo a la criatura con numerosas prendas; él, al hallar la evidente señal en el cuerpo de su hija, depositándola en la falda de su madre y desapareciendo para siempre. El final queda así en corte abrupto, con una somera explicación: “Inútiles fueron cuantas gestiones hizo Serafina para atraerlo de nuevo a su lado. Los separaba una línea roja casi imperceptible”.

El triunfo de la bondad de la esposa muerta se impone. La niña es, aparentemente, una reencarnación de la fallecida, que viene a hacer justicia situándose entre los amantes para siempre y consiguiendo, en efecto, anular su pasión.

Si Leonor Canalejas conoció y leyó o no a Kardec [6] es muy difícil saberlo. Otras autoras, como Bertha Wilhelmi, también maestra en sus primeros años y dedicada a la lucha antituberculosa después [7], se acercaron al espiritismo en los últimos años de su vida. Podemos hablar de narradoras con producciones más extensas al respecto, como Amalia Domingo Soler [8] que hizo del relato de experiencias mediúmnicas el núcleo de su producción literaria.

Si Leonor continúa esta línea es complejo de dilucidar, puesto que es ésta la única de sus obras que se ampara en la temática ocultista, pero que estuvo influida por las corrientes espiritistas en la redacción de “La línea roja” es innegable. La reencarnación, uno de los preceptos fundamentales del espiritismo, se erige en leit motiv de este relato. En muchos de los Cuentos espiritistas [9] de Domingo Soler se narran episodios de reencarnación, aunque por lo general detallan experiencias de espíritus que vienen al mundo a traer o restaurar la felicidad perdida, siendo el caso del texto de Leonor Canalejas discordante en este sentido. Vista desde la perspectiva dogmática de esta pseudociencia tan en boga en el XIX, la reencarnación supone el entrelazado de pasado y presente a través de una relación causal cuya comprensión es indispensable para el perfeccionamiento del ser y para la construcción de su porvenir. Y así sucede en el texto de Canalejas: Aurelio y Serafina son privados de la felicidad al confirmar el alcance de su falta.

Leonor Canalejas fallecería viuda en Barcelona en 1945. Toda su obra, redactada al gusto de la época y destinada a un público femenino ávido lector de novelas de corte costumbrista y temática fundamentalmente amorosa, se enmarca en un realismo total. No podemos olvidar que la motivación filantrópica que subyace a sus ejercicios literarios exige que se trate de obras fácilmente vendibles para lo cual deben estar en sintonía con el gusto del tipo de público que iba a consumirlas. Algunos de sus relatos y artículos periodísticos encierran experiencias oníricas, o relatos de motivación alegórica y clara intención moralizante. Es posible que la redacción de “La línea roja”, uno de los textos redactados para el libro, que no había aparecido en prensa, se hiciera propiamente para ser colocado al principio de Todo y nada atrayendo así al posible lector con una pequeña dosis del misterio que estaba de moda consumir en la época, asegurándose mayores ventas.

Mónica Hurtado Muñoz
Universidad de Granada

Notas

[1] El Magisterio, una de las pocas profesiones que se permite ejercer a la mujer de la época, abre las puertas a la formación académica femenina que, en adelante, avanzará en clara progresión geométrica gracias a la influencia de las primeras maestras en la vida de las primeras alumnas. Son, por tanto, las maestras, pioneras en el desarrollo profesional de la mujer, que alcanzará en ellas cotas significativas. Leonor Canalejas fue Directora de la Escuela Normal de Barcelona entre 1934 y 1936, puesto que le permitía ejercer su influencia en la vida pública a través de conferencias, actos benéficos y publicaciones en prensa y revistas.
[2] Nacido en Lucena (Córdoba), donde la familia materna tenía raigambre, en 1873. Es autor de un único libro de poemas editado póstumamente por su padre, que pagó una pequeña tirada de impresión en memoria de su hijo. Véase  CRUZ CASADO, Antonio, “Un bohemio lucentino en Madrid: Federico Canalejas Fustegueras”, Bohemios, raros y olvidados, Antonio Cruz Casado, ed., Córdoba, Diputación Provincial / Ayuntamiento de Lucena, 2006, pp. 339-362.
[3] Tras el Congreso Nacional de la Tuberculosis celebrado en Barcelona en 1908, se celebrará otro en 1910 ya con carácter internacional, en el que Leonor Canalejas recibe la medalla de oro y es instada a ponerse al frente de esta institución colaborativa femenina. Inicia una ingente labor que incluye cuestaciones, rifas, meriendas benéficas (en 1911 celebra una en el Park Güell) y concursos de madres pobres, además de visitas a familias afectadas por esta enfermedad. En 1916, Leonor anuncia en prensa su tristeza por la desaparición de esta Federación por falta de fondos públicos.
[4] Bacteriólogo francés, estudioso de la tuberculosis y otras dolencias que afectaban a los niños, se considera el principal promotor de la creación de los hospitales para tuberculosos y uno de los primeros que se preocupó de las enfermedades de los niños que vivían en las zonas rurales. Junto a Alfred Fournier se le estima como el promotor de la higiene social del siglo XX, que se desarrolló principalmente a patir de 1918. Las colonias de niños enfermos trasladados a espacios saludables se extienden por toda Europa y reciben su nombre.
[5] SIMÓN PALMER, María del Carmen, “La ocultación de la propia personalidad en las escritoras del siglo XIX”, AIH, Actas IX (1986), p. 94.
[6] Considerado promotor del Espiritismo tras tener varias experiencias con las mesas giratorias, es autor -o coautor si tenemos en cuenta su afirmación de que los propios espíritus le dictaron el texto desde el más allá-  de El libro de los espíritus, que contiene todos los principios de la doctrina espírita.
[7] Y, curiosamente, también tras la pérdida de un hermano a causa de esta enfermedad. Los paralelismos entre las autoras son muy curiosos. Ambas coincidieron en el Congreso Pedagógico celebrado en Madrid en 1892, pero se desconoce si había entre ellas algún tipo de relación o colaboración que diera lugar a vidas y obras -benéficas- tan afines.
[8] Ampliamente estudiada por Amelina Correa Ramón. Adalid de la lucha por la instrucción pública, la sevillana Domingo Soler se erige como otra de las mujeres representativas de los cambios fraguados por el fin de siglo en la vida de la mujer.
[9] DOMINGO SOLER,  Amalia, Cuentos espiritistas, selección, prólogo y edición a cargo de Amelina Correa, Madrid, Ediciones Clan, 2002.

Obras consultadas

CANALEJAS Y FUSTEGUERAS, Leonor, (Isidora Sevillano), Todo y nada. Barcelona, Tipografía Emporium, 1931.
CRUZ CASADO, Antonio, “Un bohemio lucentino en Madrid: Federico Canalejas Fustegueras”, Bohemios, raros y olvidados, Antonio Cruz Casado, ed., Córdoba, Diputación Provincial / Ayuntamiento de Lucena, 2006, pp. 339-362.
DOMINGO SOLER, Amalia, Cuentos espiritistas, selección, prólogo y edición a cargo de Amelina Correa, Madrid, Ediciones Clan, 2002.
KARDEC, Allan, Qué es el espiritismo, Buenos Aires, Editorial Kier S.A., 2003.
SIMÓN PALMER, María del Carmen, “La ocultación de la propia personalidad en las escritoras del siglo XIX”, AIH, Actas IX (1986), pp. 91-97.

Ilustración de Maribel Beltrán sobre Leonor Canalejas y “La línea roja”.

 

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