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Yo soy y mi poesía es… Confesiones de dos poetas modernistas

9 05 2011

Rigoberto Guevara

Muchos poetas modernistas sentían la obligación de purificar el arte y contrastar la belleza abstracta con el evidente materialismo intensificado en el crucero de los siglos XIX y XX.  Para muchos, el crucero de los siglos constituyó también una angustia existencial que en muchos casos era aliviada mediante el arte, despreciado también por la sociedad.  El gran Rubén Darío (Nicaragua, 1867-1916) se destaca por luchar por el arte, sobrevivir en un mundo hostil hacia los poetas y con su verso llevar a cabo una labor casi divina y redentora, dentro de una vida bohemia desenfrenada.  Cuando publica su mejor libro, Cantos de vida y esperanza (1905), Darío está enterado de los ataques que han sufrido sus versos de antaño y la batalla artística en la que se ha metido.  Ya en el prefacio se auto nomina como el que inició algo grande: “el movimiento de libertad que me tocó iniciar en América [es decir, el Modernismo] se propagó hasta España, y tanto aquí como allá el triunfo está logrado”, afirma.  La libertad a la que se refiere, sin embargo, será mitigada por las masas que leen su obra.  Después de enumerar algunos elementos métricos en la Europa culta, afirma en el mismo prefacio: “en cuanto al verso libre moderno. . . ¿no es verdaderamente singular que en esta tierra de Quevedos y Góngoras, los únicos innovadores del instrumento lírico, los únicos libertadores del ritmo, hayan sido los poetas del Madrid Cómico y los libretistas del género chico?” 

La evidente falta de innovación es alarmante para él, pero no obstante se ve obligado a ceder “la libertad que le tocó iniciar” y escribir para los que leen.  Así confiesa: “hago esta advertencia porque la forma es lo que primeramente toca a la muchedumbre”, y luego declarar: “yo no soy un poeta para las muchedumbres.  Pero sé que indefectiblemente tengo que ir a ellas”.  La atención a la forma en la poesía dariana, nos dice, se debe más a una obligación para el mercado que paga y no a su amor hacia lo formal del arte.  Lo que Darío está dejando claro es que su libertad artística, innovadora y sin riendas, el ejercicio intelectual y la tarea sublime que le tocó ejercer se ven obligados a acomodar la chatura intelectual de los lectores.  Él, en último término, hace culto a la forma porque es lo que la muchedumbre valora y es quien consume, de ahí que el poeta nicaragüense se sienta obligado a producir un arte particular.  Ya en el primer poema de dicho libro (“Yo soy aquel…”) Darío sale a la lucha en una defensa del arte, juntada a una autodefinición del hombre y el artista (con sus temas y sus símbolos inescapables).  Nos interesa este conocido poema para una comparación con quien fue, sin lugar a dudas, el que cierra en movimiento “iniciado” por Darío: el mexicano Enrique González Martínez, cuyo llamado a torcerle el cuello al cisne le ha servido en muchos casos para ser equivocadamente etiquetado como el que da palos a Darío por utilizar dicho pájaro en versos banales.

Enrique González Martínez (México, 1871-1952), así como Darío, entrará a la poesía con mucha dedicación, sacrificando  la mayor parte de su vida al verso y dejando al lado su carrera en medicina.  El arte interiorizado del mexicano se va a contrastar con lo que muchos han llamado “el primer modernismo preciosista” que, equivocadamente o no, incluye gran parte de la poesía  que Darío escribe, y dar paso a un enfoque más meditativo y desvestido de adornos. Esta constante atención a servirse de la poesía para la meditación existencial profunda ha motivado a algunos críticos a calificar la poesía del mexicano como monótona que sólo de vez en cuando se dedica a otros asuntos ajenos a la paz interior y la armonía del gran Todo.  No hay duda que el González Martínez de “Intus”, de “Busca en todas las cosas” o el de “Irás sobre la vida de las cosas…”, entre muchos otros poemas y de otros de sus libros, ampliamente aplica la poesía para las incógnitas vitales características del Modernismo. Es precisamente por este dedicado enfoque que nos interesa tanto el poema “El condenado” (Ausencia y canto, 1937) donde nos va a confesar, al igual que el Darío de “Yo soy aquel…” lo que ha sido él, el arte, los resultados y las desilusiones artísticas y vitales.  En cuanto a la vida de González Martínez, nunca se le ha acusado de haber sido un bohemio desenfrenado, pero como Darío, buscaba también redención, pureza y alivio en el arte, así como también la atención a la inescapable consciencia de la condición humana [1].

El Darío de 38 años de edad y ya con una media docena de obras cuando se publica su Cantos de vida y esperanza, inicia su poema “yo soy aquel…” identificándose con su arte pasado (Azul, Prosas profanas), para pasar a describir su pasión por éste, el gran esfuerzo que requiere, los símbolos e imágenes presentes en su verso (“el dueño fui de mi jardín de sueño…”), como también los que han influenciado su verso, como Verlaine y Hugo (estrofas 1-3), sirviéndose de autoridad y legitimidad artística ahora que es ya un poeta maduro.  Estrofas cuatro y cinco rememoran su niñez casi perdida (“…, ¿fue juventud la mía?”) su precocidad adolescente y la intervención divina que lo salvó (“sino no cayó, fue por que Dios es bueno”).  González Martínez, ya con 66 años y trece libros de versos cuando sale publicado “El condenado”, por su parte, inicia el poema en total desilusión ante el arte, después de una larga jornada artística que ha terminado agotándolo.  La primera estrofa reza: “Tendido  a sol y luna, / paso y repaso en mi desierta playa / mi camándula negra de fortuna”. Ocupado día y noche repasando una y otra vez lo que hizo en la vida como poeta, juzga que ha sido una mala jugada de la vida.  La siguiente estrofa, a manera dariana, declara: “Yo soy aquel que un día / pidió serenidad a las estrellas. . . / ¡y aquí estoy, esperando todavía!”, identificándose como el que tenía entera intención en apaciguar la vida mediante la pureza del arte, pero ya con tono muy negativo (la camándula negra de fortuna), sigue en una espera que claramente ya anticipamos va a ser una desilusión.  Este “yo soy aquel” es un claro contraste entre el beneficio del arte dariano para las cosas vitales y la pérdida de una vida dedicada al arte de González Martínez,  aún cuando se ha hecho un gran esfuerzo para superar la condición humana de angustia existencial, común para ambos poetas aquí estudiados.  La tercera estrofa presenta un vacío de una producción artística inútil y hasta vergonzosa: “Proyecto el rollo de mi cinta muda; / miro mi ayer, y cruza cada hora / ruborizada a fuerza de desnuda”. Así como Darío, la cuarta estrofa torna a la niñez, la cual califica similarmente al nicaragüense, casi inexistente, llamándola “fantasma de niñez”. 

En las siguientes estrofas,  Darío se dedica a explicar su arte, enterado que ha sido mal entendido y mal juzgado por algunos lectores que ven el mármol de la estatua y no la tímida alma desnuda del artista.  Describe un arte que armoniza y canta, que trae al verso castellano lo mejor del pasado artístico con una seriedad y convicción inigualable. Ante todo, Darío advierte, su gran sinceridad en el arte, de ahí que declare en el último verso de la estrofa doce: “si hay un alma sincera, ésa es la mía”.  En otras palabras, el Darío de este poema ve el arte muy útil y necesario en la vida, luchando a capa y espada por defenderlo de los que no saben apreciarlo.  En este poema, Darío se presenta lleno de “ilusiones infinitas” con el arte.

González Martínez entra ya en la quinta estrofa  a describir lo que hizo con su poesía: “lancé mi pompa de jabón al ciego / giro de los del aire, y la precoz ventisca / rompió el cristal del irisado juego”. O sea, manifiesta una inhabilidad de alcanzar alturas con sus versos que aumentan a, literalmente y como se dice en inglés, hot air.  Pero no se trata de no haber trabajado lo suficiente, antes pues, se ha empeñado durante toda su vida a purificar el arte y con ello, buscar lo más sublime y puro.  La estrofa siete revela un esmero, dedicación, sacrificio y lucha con y por el arte: “quise forjar mi vida en una inmensa / fragua de amor con fuelles de huracanes / ¡y hacerla yo, sin otra recompensa!”, declara.  Es decir, quiso crear su vida en un fuego de amor soplado con aire tan fuerte como un  huracán, el verso, sin esperar ninguna recompensa. La octava estrofa revela otra alternativa con el arte: “o ser nieve sin mácula en la cima / del monte tutelar, que sólo tiene / el sol, la nube y la tormenta encima”.  Con esta otra alternativa busca mediante el arte las alturas en lo más apuesto, la lejanía de lo impuro, superar todo lo mundano y sólo ser afectado por lo más sublime y poderoso de la naturaleza. 

Además, ha tenido la posibilidad de orientar sus versos al sufrimiento humano, llorar por el mundo y dedicar su arte a esta noble causa, según revela la décima estrofa: “o darme en holocausto a los dolores / de la fraterna grey, y en noble lluvia, /  regar mi sangre convertida en flores”.  Estas opciones, sin embargo, no las persigue demasiado: “frené el impulso de tan alto empeño”, porque “mi humildad alimentó la llama /  de un ideal romántico y pequeño”, confiesa.  La opción por algo menor es una alternativa quizá más asequible, como “ser diamantino vaso de agua pura / … / de una flor de divina arquitectura”, o tal vez “arder como una lámpara bendita / …/  en el rincón de la sagrada ermita”.  Otra vez, luchar por algo más pequeño y más realístico, o simplemente vivir por el arte aunque sea inútil, según indica la estrofa doce: “o ser ave de líricos engaños / que embauca al extraviado peregrino / burlando el sortilegio de los años”.   Entonces, con el arte ha intentado alcanzar desde lo más grande, puro y sublime hasta lo más humilde y noble, entrar en lo muy personal y propio o proyectarse ante la condición humana, llorando sus desventuras y trayendo cierta belleza a la fealdad y sufrimiento (“regar mi sangre convertida en flores”).  En todos estos intentos de superar la condición vital con el verso se ve defraudado y hasta golpeado por el arte: “Y me lancé al azar de rima en rima, / hasta que al fin la torre de mis sueños / crujió en su base y se me vino encima”, confiesa. Las ilusiones ante el arte del poeta mexicano han expirado después de una lucha artística intensa y, contrario a Darío, ya no le queda ninguna ilusión ni hace ninguna defensa: es toda su propia culpa, como ilustraremos más tarde.

Darío, por su parte, se ve también influenciado por el mundo, así confiesa en la estrofa quince: “Como la esponja que la sal satura / en el jugo del mar, fue el dulce y tierno / corazón mío, henchido de amargura / por el mundo, la carne y el infierno”.   Esta amargura que crean las preocupaciones e inquietudes por el placer carnal, la existencia bajo una religión que promete dos alternativas, una que sería la más probable juntada con eso de la carne y, la condición del mundo, amargan la vida.  A diferencia de González Martínez, como hemos indicado en el párrafo anterior, Darío apunta más a una influencia personal que el mundo tiene en él y no pretende aliviar el dolor universal o embellecer sus lágrimas mediante el arte.  Así anuncia en la estrofa catorce: “Mas por gracia de Dios, en mi conciencia / el Bien supo elegir la mejor parte; / y si hubo áspera hiel en mi existencia, / melificó toda acritud el Arte”.  Contrario a González Martínez, el nicaragüense se ha servido del arte para endulzar la amargura vital propia. La torre que se le viene encima a Darío es la del elitismo, como ha indicado en la estrofa anterior: “la torre de marfil tentó mi anhelo, / quise encerrarme dentro de mi mismo, / y tuve hambre de espacio y sed de cielo / desde las sombras de mi propio abismo”.  En este Darío, la poesía aun reina y su potencial es infinito, como se observa en otras partes del poema.  González Martínez decaerá en una queja de dolor y sufrimiento precisamente por la impotencia del arte a cambiar su situación de acongoja vital durante una larga vida.

El Darío optimista y entusiasmado por el arte de “Yo soy aquel…”  hará culto a la poesía, su aspecto mágico, su musicalidad, su deleite, y ante todo, la tarea seria que es ser poeta. Las estrofas dieciséis a la veintiuna las dedica a describir lo que hay en su poesía.  Este “bosque ideal y fecundo” tiene la armonía del gran Todo.  En las estrofas dieciocho y  diecinueve Darío describe algunas características de su poesía: “Bosque ideal que lo real complica”, es lo primero que nos revela, para luego dar ejemplos: “allí el cuerpo arde y vive y Psiquis [2] vuela; / mientras abajo el sátiro fornica, / ebria de azul deslíe Filomela”.  En la poesía, pues, hay un mundo de doble o más sentidos, lo imposible es posible, lo idealizado vive con lo más real: Filomela en su torre (ninfa y mujer de Eros a quien ella le quema accidentalmente la cara tratando de verle en la oscuridad que era cuando la visitaba) vuela mientras el cuerpo arde y vive en un amor puro y potente. Al mismo tiempo, el sátiro fornica con Filomela, desvestida y e intoxicada de placer sexual. 

La estrofa diecinueve es aun más atrevida. Aquí Darío, siguiendo la advertencia que nos ha hecho anteriormente sobre lo que es la poesía (“bosque ideal que lo real complica”, y además, “perla de ensueño y música armoniosa”) hace una descripción de un erotismo excepcional: “en la cúpula en flor del laurel verde; / Hipsipila sutil liba en la rosa, / y la boca del fauno el pezón muerde”, describe.  Esta cúpula en flor del laurel verde, libada sutilmente por Hipsipila no es nada más que una imagen de una felación, reciprocada por el fauno “abajo” de igual manera: un cunnilingus.  Lo descrito como real es complicado mágicamente en la poesía. Claro, la siguiente estrofa conecta muy bien cuando describe cómo obtiene Pan su famosa flauta: “Allí [en la poesía] va el dios en celo tras la hembra, / y la caña de Pan se alza del lodo; / la eterna vida sus semillas siembra, / y brota la armonía del gran Todo”, describe. Según la mitología, Pan perseguía una de las ninfas para violarla y las hermanas de ésta, para salvarla, la convirtieron en caña.  Pan cortó la caña e hizo una flauta con ella.  Entonces, cada vez que Pan toca su flauta, está haciendo un cunnilingus a esa que se le escapó, e ahí la armonía de la vida y la magia del “bosque ideal que lo real complica”, es decir, el verso dariano [3].

Además de lo erótico en la poesía, Darío califica el arte como lo más grande que el hombre puede producir, igualándolo a Divinidad. La estrofa veintidós deja esto claro: “Vida, luz, verdad, tal triple llama / produce la interior llama infinita. / El arte puro como Cristo exclama: ¡Ego sum lux et veritas et vita!”.  Las siguientes dos estrofas aclaran el gran esfuerzo que requiere la producción de un arte puro y la imposibilidad de lograrlo por las limitaciones del hombre.  Confiesa que  su esfuerzo ha sido precisamente eso: luchar por el arte más puro posible (estrofa 25: “Tal fue mi intento, hacer del alma pura / mía una estrella, una fuente sonora, / con el horror de la literatura y loco de crepúsculo y aurora”) y con ello sufre los ataques y desprecios de la sociedad (estrofa 21: “el alma que entra allí debe ir desnuda, / …/ sobre cardo heridor  y espina aguda: / así sueña, así vibra y así canta.”, ataques que también se describirán en la penúltima estrofa).  Este deseo de proyectarse como fuente y como estrella, ante la vida y la muerte, pues, apunta a la esencia más profunda de la existencia humana donde Darío quiere purificar todo mediante el arte, al igual que González Martínez en muchos otros de sus poemas.

Enrique González Martínez también hace constante hincapié en ver lo más universal y dejar a un lado lo individual (como hace en el poema “busca en todas las cosas”, por ejemplo), pero como Darío, terminará tirando hacia su propia existencia utilizando el arte como un medio de purificación personal, aunque ambos nunca olvidan el dolor humano.  En “El condenado”, después que la torre de sus sueños se le viene encima, González Martínez lamenta la ingratitud hacia la poesía: “!Ni gajo de laurel, ni opalescente / halo de santidad, ni fresca rosa, ni noble espina en la desnuda frente!, declara, denunciando la misma indiferencia hacia el arte que Darío ha también hecho después de haber dado tanto de la vida por la poesía.  Como el “Yo soy aquel . . .” de Darío, González Martínez dedica algunas estrofas a su vida pasada que van desde su búsqueda de gloria, el deseo de la carne, en encuentro de una mujer amada y la subsiguiente pérdida de ésta (estrofas diecinueve y veinte: “abrí mi corazón a quien venía / … / Y me besó en los labios y fue mía”, y después añadiendo: “y todo mi pasado y mi presente / se volvió luz . . .  Se me apagó una tarde, / y hoy vivo de la sombra de la ausente.”)  Después de esta soledad, en la antepenúltima estrofa el poema revela la conclusión sobre lo que contemplaba en la primera estrofa donde estudiaba su vida dedicada al arte, ordenada y repetidamente, y hace la declaración final sobre el haberse dedicado al verso y buscado en éste refugio, gloria, pureza y redención: “Miro al final de trágica faena, / borrado el surco, la simiente vana . . . / ¡Aré en las ondas y sembré en la arena!”  La inutilidad de dar la vida al arte, pues, no puede ser más evidente en este poema.

Darío, por su parte, dedica la penúltima estrofa a delatar los ataques que sufre el artista y el efecto que han tenido, así indica: “Pasó una piedra que lanzó una honda; / pasó una flecha que aguzó un violento. / La piedra de la honda fue a la onda, / y la flecha  del odio fuese al viento”. Darío, entonces, cubierto de teflón, no deja que nada le pegue o se le pegue, estando protegido por el arte y una ocupación divina.  La última estrofa nos va a revelar el secreto: “La virtud está en ser tranquilo y fuerte; / con el fuego interior todo se abrasa; / se triunfa del rencor y de la muerte, / y hacia Belén… ¡la caravana pasa!”   El último verso presenta a un Darío que sique en busca de redención mediante el arte.  La caravana hacia Belén, siguiendo la estrella de la llegada del redentor, según la historia bíblica, nos ilustra precisamente esto.

Mientras que el nicaragüense finaliza su poema con entusiasmada esperanza en el arte, el mexicano entra en la penúltima estrofa en total miedo: “y aquí estoy, en pavor ante el abismo / de la grave conciencia acusadora… / ¡reo que tiembla enfrente de sí mismo!”, confiesa.  El terror ante el vacío es producido por él mismo quien se auto acusa de haber mal logrado la vida con un arte que no ha encontrado tierra fértil para crecer; el esfuerzo ha sido totalmente inútil y ya no hay ninguna esperanza de mejorar las cosas. El poema concluye, en total oposición con Darío, en un martirio masoquista: “Me erijo en propio juez, y me sentencio, / réprobo y solo, a la mayor tortura: / a no pedir perdón de mi locura / y a morir en mazmorras de silencio”.  El final, pues, es de aceptación de que la vida dedicada a la poesía ha sido totalmente inútil en todo: una locura, y se auto sentencia al sufrimiento eterno y a una muerte lenta de dolor (mazmorras o mazamorra se refiere a una infección que corroe la piel de los pies y es generada por el fango), soberbiamente rehusándose a pedir perdón por haberse equivocado [4]. Entonces, la identificación de González Martínez con el arte es una de fracaso total, mientras que Darío declara todo lo contrario.  

Rigoberto Guevara. University of Nebraska-Lincoln

Notas

[1] Nuestra intención no es fijar los sentimientos de estos dos poetas basado en un poema de cada uno.  Las emociones existenciales de la mayoría de los modernistas eran más móviles que una veleta.  Lo que tratamos de ilustrar es que dos poetas que dedicaron su vida al arte básicamente confesarán sus experiencias con éste después de haberse “probado” como grandes figuras artísticas de formas muy diferentes, a pesar de sus intenciones.  Darío sufrirá una congoja existencial muy grande y la belleza del arte era un refugio y, al borde del suicidio mediante el alcohol, verá siempre al arte como lo único que puede darle alivio.  Enrique González Martínez, por su parte, propondrá “una mejor forma” de utilizar el arte para encontrar mayor paz y mejorar la meditación existencial y angustia vital, junto con otro “movimiento de libertad” que le tocó iniciar para la mejora del verso modernista (sí, su famoso “tuércele el cuello al cisne” es precisamente su más directa declaración y denuncia).

[2] Ya se ha visto cómo las referencias mitológicas de Darío no siempre corresponden con todos los detalles de las mitologías y básicamente termina “apoderándose” de un uso particular.  Sería ese aspecto del arte que nos describe como “bosque ideal que lo real complica” en el poema aquí estudiado.

[3] En su último libro quince años más tarde, en el poema “El grillete” (El nuevo narciso, 1952), Enrique González Martínez indicará lo siguiente: “creí ser en el aire una nota del viento, / creí ser en el agua una gota sin nombre; / en el alma del mundo un sutil pensamiento . . . / ¡pero pesan los grillos en mis plantas, y siento / que tortura mi carne la miseria del hombre”.   Como hemos dicho, ninguno de los dos poetas aquí estudiados olvida la condición humana aunque busquen en la poesía alivio personal.  Darío claramente hace referencias iguales en poemas como “A Colón” o “Canto de esperanza”.

[4] Algunos otros poemas donde Darío usa descripciones similarmente eróticas son “Leda”, describiendo el encuentro del cisne con Leda “y viola [la vio] en las linfas sonoras a Leda, buscando su pico los labios en flor.  / Suspira la bella desnuda y vencida, / y  en tanto que al aire sus quejas se van, / del fondo verdoso de fronda tupida / chispean turbados los ojos de Pan”;  “ ¡Ante todo gloria a ti, Leda!”, donde describe también al cisne en el acto con Leda: “ ¡Melancolía de haber amado, / junto a la fuente de la arboleda, / el luminoso cuello estirado / sobre los blancos muslos de Leda!; “Por un momento, ¡oh Cisne!…”,  donde divulga sus deseos propios de imitar al cisne en estos quehaceres: “Por un instantes, ¡oh Cisne!, en la oscura alameda / sorberé entre dos labios lo que el Pudor me veda, / y dejare mordidos Escrúpulos y Celos”.

Bibliografía

Darío, Rubén. Obras completas. Madrid: Afrodisio Aguado, 1950-55, 5 vols.

González Martínez, Enrique. Obras completas. Ed. Antonio Castro Leal. México: Colegio Nacional, 1971.

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