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Una idea de cultura modernista a través de Sanín Cano

9 05 2011

Ángela Murillo

En muchos momentos y circunstancias socio-históricas se ha configurado y definido “todo un modo de vida”, esto es, la cimentación de una visión y acción de un grupo, un tiempo, un espacio y/o un movimiento, delineados mediante su diversidad de manifestaciones, los sucesos y  cambios que suscitaron, los valores que promulgaron, su concepción del mundo, sus modos de sentir y de actuar. El Modernismo visto no sólo como movimiento literario sino como un estado generalizado en la cultura occidental, -debido a que no sólo Latinoamérica vivía un momento de conmoción, sino que este fenómeno repercutió en todos los países de occidente- construyó, mediante sus obras,  una mirada específica y bien particular de su momento histórico y de su que hacer estético, que trazó actitudes, comportamientos, e ideas renovadoras y rebeldes. Desde esta perspectiva puede hablarse de una cultura modernista.

El concepto  de cultura que Raymond Williams teje en su obra Cultura y Sociedad sirve de  base para la comprensión del enfoque que se da – en este artículo-  a la palabra cultura.  Para Williams la palabra cultura inicialmente había significado “cuidado del crecimiento natural” y luego un proceso de formación humana; en ese momento fue utilizada como cultura de algo: cultura de un individuo, cultura del estado etc. En el siglo XIX significó, primero, un “estado general o hábito de la mente”; segundo,  significó “el estado general del desarrollo intelectual, en el conjunto de una sociedad”; tercero, aludía a “el cuerpo general de las artes”, y cuarto, -ya avanzado el siglo- llegó a significar “todo un modo de vida material, intelectual y espiritual” (15).  La transformación semántica del concepto cultura –arguye Williams- está íntimamente relacionado con cada época, con sus implicaciones socio-políticas, con los cambios gestados por los diferentes sectores y clases, con las diversas concepciones artísticas, lo cual permite inferir que la totalidad de eventos  y manifestaciones  de  un grupo, en un momento histórico, consolidan su cultura. De esta manera,  Williams plantea que la historia de la Cultura es “un registro  de nuestras reacciones mentales y sentimentales  al cambio de condiciones de nuestra vida común” (245).  Para el caso del Modernismo, es necesario evidenciar cuáles fueron dichas condiciones y cómo los modernistas reaccionaron ante tales. 

El Modernismo es entendido como uno de los procesos históricos y artísticos más importantes y determinantes para el desarrollo y transformación de la sociedad Latinoamericana. El mundo a finales del siglo XIX fue una época convulsa: la entrada de diversas fuerzas económicas, intelectuales y artísticas hizo que se respirara un aire difuso y que se iniciara un proceso vertiginoso de cambios. La Modernidad llega o se instaura con ideas progresistas-materialistas calando fuertemente en la mentalidad de los hombres, creando una forma de vida diferente. Las transformaciones en América se observan hacia la segunda mitad del siglo XIX, y se hacen evidentes a partir de 1870: se inicia la industrialización, se tiende a la urbanización, se da la emersión y posicionamiento del capitalismo, se desarrolla  la educación pública, la estructura social se vuelve más compleja, dando lugar a la aparición de una nueva burguesía; surgen metrópolis modernas en el continente, se abren canales económicos de producción y distribución a nivel  internacional etc. Los artistas se percatan que el mundo ha sufrido grandes cambios y tras de ello una sensación de hastío y desasosiego los embarga. Igualmente, la guerra hispano-cubana-norteamericana de 1898 marca pautas de cambio; conlleva a los hombres de letras a asumir una posición, protestando, –en muchos de los casos- mediante sus escritos, contra la intromisión de los Estados Unidos y contra todas las formas de la modernidad que atentaran contra la sensibilidad artística. Meyer-Minnemann  considera que estas novedades trajeron consigo “la percepción, por primera vez, de los intelectuales latinoamericanos, de una igualdad  y una contemporaneidad  esenciales,  con respecto al desarrollo de Europa” (22), lo cual les permitió enfocar sus fuerzas hacia la consolidación de una nueva forma de expresión literaria.  Esto a su vez ensancha la posibilidad de entrar en contacto con el resto del mundo, con las letras y los avances que se venían gestando [1].

Es así como, el sujeto modernista se sitúa  en un mundo contradictorio, sacudido, que lo lleva a procurarse un lugar dentro de la modernidad y las ideas progresistas; a su vez atacándolas y viviéndolas. David Jiménez define con exactitud  lo que significó la modernidad para los pensadores y escritores del fin de siglo: “por un momento significó apego a novedades y espíritu frívolo, pero también deserción moral y religiosa, sensualismo, abandono de las normas clásicas en el arte  y de los principios reguladores de la tradición  y del patriotismo. Los modernos aparecieron como  enamorados  de las formas, enfermizos  buscadores de sensaciones raras, adoradores de una belleza puramente externa, ajena al bien moral y la verdad” (128). Es sin duda esta mezcla de reacciones y sensaciones las que reflejan la época de crisis, la repulsión a los viejos principios, la caída de las bases que sustentaban el modo de vida de los pueblos latinoamericanos; su posición fue la crítica a las desproporciones de la modernidad burguesa, la adopción falsa de los privilegios y beneficios que se gestaban,  para con ello  permitirse un lenguaje nuevo y una forma de resistencia, de manera que los llevara a encontrar una auténtica experimentación estética.      

Pero el Modernismo, más que un movimiento literario que juega, absorbe, rechaza los cambios de fin de siglo y de un sujeto-artista ambivalente que goza de los deleites de la modernidad y que a su vez los ataca,  debe pensarse como conciencia y expresión de la época de fin de siglo; así lo plantea Rafael Gutiérrez Girardot, quien atribuye al Modernismo un carácter mucho más amplio, olvidándose de las barreras geográficas o de ubicarlo como originario de Latinoamérica, pues parte del hecho de que “el cambio histórico y espiritual de la época no sólo afectó a Francia, sino a todo el mundo llamado occidental; y que aunque las manifestaciones de este cambio son diferentes en los diversos países occidentales, su efecto fue igual sustancialmente  en todos ellos, teniendo en cuenta el diverso grado de resistencia a toda renovación en cada uno de tales países” (89).  Según Girardot, ese cambio y/o crisis espiritual e histórica estuvo dada por “la era del capital y la expansión de la forma burguesa de vida” (97), que produjo una visión, acción y reacción diferentes, acabando con las fronteras nacionalistas, dando cabida a nociones universalistas; así como provocó la escisión del arte de lo social, lo político y lo religioso, para obrar por sí mismo, generando  antidogmatismo y profanación a las instituciones sagradas (el fenómeno de la secularización); pero tal vez lo más palpable es la desazón, la incertidumbre y la pérdida de un norte claro que se siente en el ambiente, lo que se refleja en las obras de los modernistas (Léase epígrafe: poema de Rubén Darío) .

Uno de los intelectuales más reveladores de la concepción modernista es el colombiano Baldomero Sanín Cano (1861-1957), este hombre de letras, crítico de su momento histórico, sensible a la conmoción que se presentaba,  realiza un análisis profundo y certero del Modernismo y es uno de los que se adscribe y defiende el movimiento, como uno de los grandes admiradores y críticos de la producción de los modernistas (especialmente autores como José Asunción Silva,  Rubén Darío y Guillermo Valencia), pero sobre todo es quien advierte una nueva forma de pensar como respuesta a los cambios culturales que traía la modernidad en Latinoamérica.

Para Sanín Cano  los hechos que acaecen en esta época deben impregnarse en la producción literaria; en su Ensayo “De lo Exótico”  publicado en 1894 en la revista Gris, él afirma que “lo que cuenta verdaderamente  en una obra literaria moderna es su capacidad para captar y dar forma a las inquietudes  e ideas vivas de la época; acertar con las ideas  modernas es lo que distingue  a los grandes talentos (80). De esta manera éste pensador establece que la literatura debe articularse con los procesos históricos y que teniendo en cuenta las novedades y variaciones generadas en el fin de siglo, lo exótico corresponde al exotismo de las ideas, de los estados del alma  y de los sentimientos inexplorados. El Modernismo establece -según Sanín Cano- que la obra no se explica como simple reflejo de los sucesos que corresponden a la época de creación del escritor, sino que perteneciendo  éste a un espíritu de época y un florecimiento de ideas, éstas se verán plasmadas consciente o inconscientemente en su obra.

La idea de autonomía del arte es uno de los conceptos primordiales del Modernismo, el cual es resaltado por Sanín Cano. “El arte se basta a sí mismo”  no debe ser explicado por ninguna otra esfera del conocimiento, es autotélico; su manifestación es un pensamiento renovador  y purificador después de que la literatura había tenido que cargar con el peso de otras doctrinas que buscaban respaldarse en ella o ahogar la voz  poética con las ideas de éstas; así, Sanín Cano manifiesta que el arte debe alejarse de las doctrinas imperantes, debe evitar ser didáctica, moralizadora, devota y patriota, ahora se le exige que no sea sino artística, que obedezca sólo a las leyes de la belleza. El esteticismo fue el manifiesto  inicial  de la modernidad, una de las fórmulas  fundamentales  de la emancipación artística, nos dice David Jiménez (119); Sanín Cano divulga durante años este planteamiento,  dando cabida a una visión totalmente diferente de la literatura. En ello se percibe claramente la conciencia de emancipación que desea sembrar y el proceso de secularización que empieza a gestarse en Latinoamérica. Él sostiene que: “la poesía no puede subordinarse a nada, no debe ponerse al servicio de ningún poder, de ninguna doctrina, de nada distinto de la poesía misma. Ni política, ni religión, ni moral son instancias superiores que legitimen o justifiquen el arte” (Divagaciones filológicas, 230).

Lo anterior también se ve  explicado en otra de las ideas fundantes del Modernismo –absolutamente relacionada con las precedentemente expuestas-  y que el intelectual colombiano acentúa; se trata del cosmopolitismo. Sanín Cano critica duramente el fervor nacionalista que muchos escritores y pensadores quieren perpetuar en la literatura; según éste, las denominaciones  que implican  una clasificación  de la literatura por países son artificiales y no tienen más piso que la lengua  en la que están escritas: “quitándole el guía material  y externo de los idiomas, los clasificadores  andan a tientas  en el laberinto de la producción literaria” (Divagaciones filológicas, 217).  Apela por ideas universalistas que permitan involucrar la literatura en una misma esfera que traduzca la esencia de la humanidad. El crítico buscaba  la inserción de las letras Latinoamericanas a  la corriente de universalidad cosmopolita, deseaba crear un verdadero intercambio intelectual, una verdadera internacionalización, en lugar de  limitarla a la tradición clásica  y a la relación con España. El nacionalismo, para Sanín Cano, es producto de mentes reducidas y anquilosadas que no ven en la internacionalización una oportunidad de enriquecer la nación: “el patriotismo en literatura no consiste en apegarse exclusivamente  a las imágenes del entorno propio, como querían los románticos,  para fundar una tradición y una identidad. El Nacionalismo  en literatura supondría actuar más bien al revés: abrirse a todos los influjos nuevos y extraños para enriquecer lo propio” (Jiménez, 79). Los modernistas consideraron el hecho del cosmopolitismo como una apertura para nutrirse, para encontrar nuevas sensaciones y conocimientos exóticos que permitieran dar origen a su propia literatura.   De ahí la influencia que tuvo para los modernistas los grandes pensadores, intelectuales, escritores, artistas del momento y las  diferentes corrientes de pensamiento y de creación.  En Letras Colombianas (1944) Sanín Cano subraya que: “las ideas filosóficas que reinaban en el ambiente  intelectual de la época  fueron determinantes  para configurar  este periodo de las letras suramericanas. Si bien los modernistas  se caracterizaron por  una búsqueda  obsesiva  de inéditas  formas de expresión, tal búsqueda no podría entenderse correctamente  sino como necesidad de concordancia  con los cambios de pensamiento” (17).  Es justamente la suma de la avidez intelectual y la sensibilidad moderna, las que posibilitan la textura del Modernismo. 

El término decadentismo se acuña a finales de Siglo XIX y se convierte en otra de las características primordiales de los  modernistas. Ser decadente significó dejarse llevar por el éxtasis de los sentidos, embelesarse en la experiencia estética hasta colmar el espíritu. La definición del arte como reflejo de la belleza estética fue entendida como decadente,  el término se tergiversó hasta darle un carácter peyorativo. Sanín Cano defendió profundamente el carácter decadentista de la nueva tendencia estética, basándose en planteamientos de Nietzsche y Baudelaire; sostenía que “el arte se entendía dentro de una valoración que poseía nuevos parámetros, referidos específicamente  al sentimiento de la forma y a la respuesta  de la sensibilidad, sin poner de por medio verdades trascendentales  o idealidades abstractas como justificación última de la obra” (Letras colombianas, 87).  Max Grillo, otro de los críticos importantes de fin de siglo XIX y principios del XX, define el decadentismo como el concepto que agrupa la mayoría de los rasgos modernistas:  tendencia a la innovación, derivada de la fatiga con lo existente y al ansia de originalidad como su inevitable  secuela; el cultivo de la intensidad de los sentidos, el refinamiento de la emoción y el interés por los detalles; y finalmente la libertad  individual  erigida  en un principio único y el desprestigio  de modelos y autoridades consagrados (Letras colombianas, 133).   La noción de decadentismo fusionó las aspiraciones y anhelos que se pretendían en el nuevo ámbito finisecular, manteniendo  latentes los ideales  que sostenían y alimentaban el trabajo y la obra de  los modernistas.

El ansía hacia el despertar individual es otro de los rasgos del Modernismo. Sanín Cano  en el texto El Humanismo  y progreso del hombre da un valor importante al hecho de querer encontrar la autonomía individual, este proceso se hacía posible gracias al fomento de la búsqueda personal mediante el trabajo artístico. Manifiesta que “el gran aporte del humanismo, desde el Renacimiento  hasta la Ilustración, consistió  en despertar  la conciencia del ser individual. Hasta el siglo XV  el hombre era una pieza del organismo social, una energía perteneciente al estado” (12).  En Latinoamérica ese despertar del ser individual se da con la entrada de la modernidad. Muchos escritores perciben que  la poesía auténtica no provenía de las corrientes nacionalistas  o compromisos con la patria, más bien se generaba desde la emancipada individualidad, alejada de la cultura autóctona,  de los prototipos imitables, de los cánones fijos y absolutos. 

David Jiménez, en su análisis sobre Baldomero Sanín Cano, plantea que la noción de cultura que éste maneja esta interrelacionada con la visión intelectual cosmopolita-universalista enraizada en el Modernismo. Sostiene que:

Sanín Cano  cultivó la universalidad  y la hizo  coincidir  con la noción de cultura. Cultura no en el sentido de identidad étnica, sino como expresión  abarcadora  del hombre  en general  o de  la humanidad en un  determinado estadio  de su desarrollo. Humanismo moderno, en contraposición a un humanismo clásico  de museo, sin conexión con  los problemas de la actualidad. Sanín Cano veía esa cultura representada no en los pueblos, sino en las grandes obras de la filosofía, la ciencia, el arte  y en ciertas individualidades simbólicas. Con frecuencia se le convierte en mundo ideal, aislado de  la vida material concreta. Conforme esta última se degrada, el otro asciende en su  pureza y adquiere  su distintivo  de modelo  y el carácter imperativo de la fuerza moral. Puntos de resistencia en  los que la cultura  se obstina contra las tendencias menos honrosas de la civilización (Jiménez, 122). 

Cultura en Sanín Cano corresponde al desarrollo intelectual de los pueblos, que contribuye en la consolidación del hombre como ser individual y libre, que realiza búsquedas constantes e innovaciones, para traducir mediante sus manifestaciones artísticas, la manera como percibe y se opone a la realidad material. 

Con la exposición de los planteamientos y reflexiones de Baldomero Sanín Cano más importantes Sobre el Modernismo, puede establecerse, de alguna manera, lo que caracterizaría a la cultura modernista. Al igual que Williams, se observa que el Modernismo –ratificado con Sanín Cano-, tiene presente que no se puede generar concepto de cultura sin tener en cuenta los procesos históricos, políticos, sociales que estaban sucediendo; se aclaró desde un principio que los cambios y trasformaciones de la época finisecular fueran abrumadores y esto por supuesto trajo consigo un cambio de mentalidad y de relación con el entorno. Siguiendo a  Raymond Williams, el concepto de cultura debe ser entendido como un registro de nuestras reacciones  mentales y sentimentales, al cambio de condiciones de nuestra vida común;   es basándose en este principio que se puede entender el surgimiento del Modernismo, como movimiento literario,  como trasformación de pensamiento y   como conciencia de una época histórica determinada.  

En Williams la idea de cultura a mediados del  siglo XIX está relacionada con el adjetivo “cultivado”, es decir con el desarrollo intelectual de los individuos,  con la capacidad de un grupo específico  para comprender los avatares sociales e históricos.  En Sanín Cano observamos que aunque no se hable de  los “cultivados”, sí se hace énfasis en un grupo: los intelectuales, quienes eran los que protagonizaban las discusiones en torno a los sucesos sociales y las implicaciones de los cambios y novedades artísticas y fueron los que entendieron la transformación arrolladora que iniciaba y los alcances que esto iba a tener para la gente en general, pero también para el arte y los artistas.   

Sanín Cano y muchos pensadores, críticos, escritores, artistas y aún políticos de la época, dan inicio a una serie de discusiones que van constituyendo el corpus que sostendrá el movimiento y la conciencia modernista.  Así, con  este escritor , podemos vislumbrar que la reflexión, las ideas de emancipación y liberación del individuo y las naciones, el rompimiento de los límites geográficos en la búsqueda de una cultura universal, instauraron las bases para la consolidación de la mentalidad de la época.  La insistencia de Sanín Cano por acabar con los pensamientos doctrinarios produjo en los grupos intelectuales un fuerte remezón, muchos artistas habían asumido ya esta postura y en el ambiente se respiraba la imperiosa necesidad de la liberación de las ataduras morales; esto, a pesar  de que la iglesia y el estado tenían aún gran credibilidad entre  la población y algunos intelectuales.

El Modernismo que acoge, que justifica y que se explica según  los supuestos de Sanín Cano, propone una mirada crítica y reflexiva de la realidad; las expresiones de desazón y de hastío frente al capitalismo, la naciente burguesía, el materialismo desmedido y el acaparamiento de la industrialización con respecto  al resto de sectores, son muestra de la respuesta que se gesta mediante el cambio poético. La cultura en el Modernismo estuvo trazada entonces, con conceptos como cosmopolitismo, secularización, emancipación, decadentismo, sensibilidad y sensorialidad, con el desarrollo de pensamiento crítico y con el perfeccionamiento del individuo hacia la consolidación de su libertad y autonomía, estos todos propósitos de la mentalidad modernista.

Ángela Murillo

Notas

[1] Francia constituye la  perspectiva  más atractiva para los modernistas latinoamericanos,  dadas sus innovaciones literarias, y la vida y cultura Parisina, que resultaba un gran atractivo para los modernistas que perseguían mayor contacto con las vivencias sensoriales, artísticas y hasta sensuales que está ciudad ofrecía.  Además Francia brindaba la oportunidad de rodearse con los pensamientos  y las tendencias estéticas en boga  (Simbolismo, Parnasianismo, Naturalismo, Decadentismo), de las cuales evidentemente se nutren para realizar sus propias creaciones.     

Obras citadas 

BELROSE, Maurice. La época del Modernismo en Venezuela. Caracas: Monte Ávila, 1999.  

CALINESCU, Matei. Cinco caras de la Modernidad. Madrid: Tecnos, 1991.

GUTIÉRREZ GIRARDOT, Rafael. Aproximaciones: Ensayos. “El modernismo incógnito”. Bogotá: Procultura, 1986.

JIMÉNEZ P., David. Historia de la Crítica Literaria en Colombia. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1992.

MEYER-MINENEN, Klaus. La novela Hispanoamericana de fin de siglo. México: Fondo de Cultura Económica, 1991.

SANIN CANO, Baldomero. Divagaciones filológicas y apólogos literarios. Manizales: Arturo Zapara, editor, 1934.

—.  Letras colombianas. México: Fondo de Cultura Económica, 1944

—. El humanismo y el progreso del hombre. Buenos Aires: Losada, 1955.

—. “De lo Exótico”. Boletín Cultural y Bibliográfico. Bogotá, Vol. 4, No. 6. (Junio, 1961)

WILLIAMS, Raymond. Cultura y sociedad. Buenos Aires: Nueva Visión, 2001.

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