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Ramón López Velarde y el sueño de la inocencia

9 05 2011

ALFONSO GARCÍA MORALES (Universidad de Sevilla).  Nacional, moderno o católico son caracterizaciones concurrentes que tratan de explicar, sin lograr agotar su misterio, la irremplazable singularidad de la literatura de Ramón López Velarde.

 En el poema “Tenías un rebozo de seda…”, escrito hacia 1915 e incluido al año siguiente en La sangre devota, López Velarde se presenta recordando el olor, el color y el tacto de esa prenda tan mexicana de su amada Fuensanta. La evocación sentimental se tiñe de sensualidad hasta romperse con un inciso burlón entre paréntesis: “(En abono de mi sinceridad / séame permitido un alegato: / entonces era yo seminarista / sin Baudelaire, sin rima y sin olfato)”.

El poeta señala así dos épocas para su vida y su literatura: un antes, el de su inocencia infantil en la provincia tradicional y católica del centro-norte de México, dentro del círculo protector del hogar, la parroquia y el seminario; y un después, cuando, arrastrado hasta la capital, descubre los refinamientos de los sentidos, la zozobra de la conciencia y el estremecimiento de la nueva literatura. Entre una y otra, el cisma de la Revolución.

Aunque los biógrafos han ido dando cada vez más importancia a sus primeros años y han empezado a rescatar la ignorada cultura católica de provincias, en realidad apenas sabemos de ese mundo perdido de entonces más de lo que el propio escritor contó en continuas evocaciones llenas de nostalgia e ironía. Nació en 1888, cuando el dictador Porfirio Díaz iniciaba su tercer mandato, en el pueblo de Jerez, estado de Zacatecas, en una familia muy religiosa de clase media. Era el primogénito de los nueve hijos que llegaron a tener el abogado José Guadalupe López Velarde y la joven Trinidad Berumen Llamas, perteneciente a una familia de medianos propietarios locales. Fue bautizado por su tío paterno el presbítero Inocencio López Velarde, que se ordenó sacerdote al año siguiente y que moriría en la Revolución a manos de tropas villistas. En 1898 su padre fue nombrado notario público en la ciudad de Aguascalientes, donde se vivían momentos de prosperidad gracias a la llegada del ferrocarril y las inversiones mineras. Allí Ramón estudió primeras letras en el Colegio Particular de Niñas de Nuestra Señora de Guadalupe, y posiblemente en el Colegio Particular del Señor San José para varones. En 1902 ingresó en el Seminario Conciliar y Tridentino de Zacatecas, y se distinguió por su afición al estudio y las humanidades. Dos años después pasó al Seminario Conciliar de Santa María de Guadalupe de Aguascalientes, donde formó parte de la Academia Latina León XIII.

La educación en la ortodoxia y la moral católicas más estrictas marcó para siempre su personalidad. En el poema “Ánima adoratriz” (1919) dijo haber nacido “místicamente armado contra la laica era”, esto es, predispuesto contra los “errores” liberales y materialistas condenados por Pío IX, y de manera más directa contra el Estado mexicano, cuyos enfrentamientos con la Iglesia desde la Independencia habían culminado en las guerras de Reforma de mediados de siglo. Es cierto que el pragmatismo de Porfirio Díaz y de la jerarquía eclesiástica bajo el papado algo más aperturista de León XIII, suavizó las tensiones, y que durante la pax porfiriana se produjo una restauración del catolicismo mexicano, que acrecentó y renovó sus efectivos, organización e influencia. Pero la desconfianza de fondo nunca desapareció. Un seminarista como López Velarde no podía dejar de estar precavido contra el jacobinismo, el laicismo, el protestantismo yanqui, el positivismo, el modernismo o la revolución social, máscaras diferentes de la amenazante modernidad.

Antes de que la historia convirtiera sus temores en realidades mucho más terribles de lo imaginado y pusiera a prueba sus convicciones ideológicas, llegó la adolescencia y la previsible aparición del sexo. La conciencia de pecado obsesivamente centrada en el sexto mandamiento, el ideal de pureza y la demonización de la carne le provocaron conflictos insuperables, que están en la raíz del dualismo exaltado o pesimista, melancólico o angustiado de su literatura.

Durante sus años como seminarista siguió pasando las vacaciones escolares en Jerez y conoció a Josefa de los Ríos, una pariente lejana (era cuñada de su tío materno Salvador), ocho años mayor que él, muy tradicional, recatada y delicada de salud, de la que se enamoró. Aunque procuró llevarlo en secreto, levantó la suspicacia de la familia y don Guadalupe le prohibió la relación.

En 1905 dejó el Seminario e ingresó en el Instituto de Ciencias de Aguascalientes, donde hizo estudios preparatorios para la carrera de Leyes. El centro laico le entreabría la puerta a un mundo de experiencias e ideas que lo atraía y asustaba. Por entonces descubrió la poesía como medio de explorar su permanente crisis interior. De ese año data su primer poema conocido, “A un imposible”, un desmañado poema sentimental sobre las “nupcias” frustradas con una novia inalcanzable, Josefa, a quien algo después bautizó poéticamente como “Fuensanta”.

Además de haber interiorizado mucha literatura religiosa, López Velarde conocía los clásicos grecolatinos expurgados, los españoles de los Siglos de Oro, la mediocre literatura romántica y posromántica hispánica, y sus rezagados continuadores de la provincia mexicana. Prácticamente nada de modernismo, salvo prejuicios. Si bien su gran admiración, la única de entonces que conservaría siempre, fue el excepcional poeta potosino Manuel José Othón, culminador de la tradición neoclásica e impugnador del modernismo, que, tras su muerte y la publicación de “Idilio salvaje”, fue reivindicado por las nuevas generaciones como un clásico moderno. Con este escaso bagaje y con más entusiasmo que orientación, López Velarde se lanzó a sus primeras y poco afortunadas aventuras literarias.

Como contó en la crónica “Bohemio” (1916), junto a los compañeros de instituto Enrique Fernández Ledesma, Pedro de Alba y José Villalobos Franco, logró formar una cofradía literaria “superficial y aturdida” y lanzar la revistita Bohemio, de la que se conocen tres números sueltos entre 1906 y 1907. Él se ocultó bajo pseudónimo –su padre tampoco veía bien sus aficiones literarias- para publicar “Suiza”, un poemita descriptivo sobre una aldea en los Alpes, de artificioso y disparatado clasicismo, indicativo de que aún no sabía mirar literariamente su entorno inmediato. Los amigos de Bohemio consiguieron al menos llamar la atención del abogado Eduardo J. Correa, mal poeta académico pero diligente editor y periodista de la prensa católica del interior, que los invitó a colaborar en sus publicaciones. De mediados de 1907 a mediados de 1908 López Velarde envío para El Observador, que Correa dirigía en Aguascalientes, unos pocos poemas sentimentales -“Promesa”, “Del suelo nativo”, en que la “novia imposible” empieza a localizarse en Jerez-, y una serie de crónicas de sociedad en la que presta atención a las celebraciones del culto católico prohibidas por una legislación anticlerical que ocasionalmente se ponía en práctica, o a la preocupante norteamericanización de las costumbres. Su poesía y su prosa forman ya un sistema de vasos comunicantes y mantendrán una evolución paralela en temas y estilo, desde el dulzón romanticismo inicial hasta la fuerte modernidad última. Correa también animó al grupo de Bohemio a participar en la polémica sobre “la segunda Revista Azul”, un episodio menor de la guerra literaria modernista pero de implicaciones complejas y valor simbólico en la cultura mexicana de la época.

En abril de 1907 el periodista conservador y sensacionalista Manuel Caballero reflotó la mítica Revista Azul de Manuel Gutiérrez Nájera bajo el lema “¡Guerra al decadentismo! Restauremos el arte limpio, sano y fuerte”. Un programa extemporáneo y provocativo porque el modernismo, el movimiento que Revista Azul había promovido en México, hacía tiempo que había dejado atrás su polémico decadentismo inicial y había sido aceptado por el público burgués. Caballero estaba atizando los rescoldos de viejos prejuicios y aprovechando oportunistamente la campaña integrista del nuevo papa Pío X, quien ese año condenó el “modernismo teológico” como síntesis de todas las herejías. De esta forma buscaba en realidad atacar al grupo de Revista Moderna, considerado el continuador de Revista Azul, con el que mantenía una antigua rivalidad, y dentro de éste, al ministro de Educación Justo Sierra, su enemigo personal, cuyos planes de reformar desde dentro la educación positivista volvían a suscitar la oposición católica. La iniciativa de Caballero provocó el rechazo decidido de un grupo de jóvenes intelectuales de la capital, liderado por Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes y Antonio Caso, que se había dado a conocer en Revista Moderna y había fundado una prolongación juvenil de ésta, Savia Moderna (1906); y que más tarde se constituyó en Sociedad de Conferencias (1907), Ateneo de la Juventud (1909) y finalmente Ateneo de México (1912), razón por la que se le conoce como Generación del Ateneo o del Centenario. Sus miembros se consideraban los legítimos herederos de la tradición modernista mexicana, a la que quisieron dotar de una base filosófica y humanista, clásica y universal.

Ante la reaparición de Revista Azul -“segunda época” según su director, “apócrifa” según ellos-, publicaron una “Protesta literaria” y organizaron una manifestación de desagravio a Gutiérrez Nájera bajo el lema “Arte Libre”. Caballero trató de defenderse con las “contraprotestas” de escritores conservadores de provincias que se negaba a reconocer a los metropolitanos como los representantes naturales de la intelectualidad mexicana. Entre ellas, la de la “Juventud de Aguascalientes” firmada por Eduardo Correa y sus adalides de Bohemio. Pero lo cierto es que la campaña de la nueva Revista Azul se basaba en una identificación tan parcial como tardía entre modernismo y decadentismo, tuvo muchas dificultades para justificar teóricamente sus ataques y para proponer verdaderas alternativas literarias, cayó en continuas contradicciones, los escritores consagrados le hicieron el vacío y al sexto número tuvo que suspenderse. Lo único que consiguió fue dar a los ateneístas la ocasión propicia para autoproclamarse públicamente como la “nueva generación intelectual” y para convertirse en los mejores aliados del proyecto educativo de Justo Sierra. A su vez, nadie pareció recordar siquiera que entre los anacrónicos y derrotados “mochos” y “académicos” de provincia estaba el joven López Velarde, quien enseguida se libró de sus prejuicios, se apropió de manera conflictiva pero también personal del modernismo, y terminó superando en modernidad poética a los propios ateneístas.

1908 fue un año importante para López Velarde. En enero se trasladó a San Luis a estudiar Leyes y en noviembre murió su padre, a quien dedicó una elegía que nunca publicó, con algunos versos directos y sentidos: “Todo lo evoco, Padre: tus quejidos;/ tus palabras postreras; la voz triste/ con que te habló tu hermano sacerdote;/ la mañana de otoño en que moriste”. La familia quedó en la ruina y los tíos maternos tuvieron que hacerse cargo de ella. Acordaron que la madre y los pequeños volvieran a Jerez, y que Ramón terminase derecho y Jesús, su siguiente e inseparable hermano, hiciera medicina. La responsabilidad como cabeza de familia pesó siempre en el ánimo del primogénito y explica muchos de sus comportamientos posteriores.

El ambiente de la escuela de leyes -puede pensarse que incluso la muerte del padre-, contribuyeron a liberalizarlo algo literaria y políticamente. Por primera vez leyó a los modernistas. En los artículos que siguió enviando a los periódicos de Correa se retractó de la “sandez antimodernista”, de su pasado que, aunque inmediato, veía como “la remota puericia, colmada de retóricas de deplorable facilidad y pedantes hipos”, y aceptó un modernismo “racional” y “sano”, no decadente. Sus poetas predilectos hasta 1915 fueron el mexicano Amado Nervo y el español Andrés González Blanco, ambos provincianos y exseminaristas como él.

Los libros de Nervo, de Perlas negras y Místicas (1898) a En voz baja (1909), le revelaron el repertorio del modernismo, las diferentes maneras de expresar artísticamente el “Reino interior”, la inquietud de “Psiquis” oscilante entre la fe y el escepticismo, el erotismo y el misticismo. González Blanco le condujo hasta la poesía de la “provincia”, una temática ya explorada por la novela decimonónica, pero que a partir de los simbolistas tardíos Georges Rodenbach y Francis Jammes volvía a sonar con nuevos matices, y con la que los públicos lectores nacionales de clase media, muchos de ellos procedentes de la emigración a las capitales, podían identificarse mejor que con la elitista y exotista del primer modernismo. Los poemas de González Blanco se difundieron desde 1905 por revistas españolas y mexicanas, y en 1910 aparecieron reunidos en Poemas de provincia. A partir de un débil pretexto argumental -el poeta, bajo la figura de un confuso exseminarista, evoca su frustrado primer amor espiritual-, el libro despliega un prolijo catálogo de motivos “provincialistas”: la paz muerta de una ciudad eclesiástica (en su caso transfiguración de la vetusta Oviedo), el vagabundeo por callejas y plazas recoletas, el secreto de casonas y conventos tras cuyas ventanas se marchitan mujeres y suenan pianos lastimeros, el aburrimiento de las tardes de domingo, la lluvia, la estación por la que los trenes pasan como la vida, el deseo de huir y la renuncia. Un pequeño mundo que, confrontado con el de la gran capital, muestra su doble faz de poesía y prosa, refugio y prisión, nostalgia y hastío. López Velarde encontró en Poemas de provincia un ejemplo concreto de cómo tratar literariamente su realidad y su historia sentimental.

Desde 1908 comenzó a referirse a Josefa de los Ríos con el nombre poético de “Fuensanta”. Seguramente pensaba ya consagrarle un libro exclusivo. Animado por Correa, que se ofreció a publicarlo en El Regional de Guadalajara, preparó en 1910 una primera versión de La sangre devota, subtitulada Salmos viejos en lírica nueva, dedicada a la memoria de su padre, cuyo manuscrito se conserva en la Academia Mexicana. Afortunadamente el proyecto no se realizó y el libro se editó seis años después con el mismo título pero muy modificado. Para entonces la Revolución lo había transformado todo.

Como muchos mexicanos, sobre todo jóvenes profesionales de clase media, López Velarde descubrió en 1908 la pasión política. Porfirio Díaz anunció que México estaba listo para la democracia y que él pensaba retirarse el año del Centenario. Aunque no tardó en desdecirse y en postularse nuevamente a la presidencia, la inquietud desatada fue imparable. A comienzos de 1909 López Velarde leyó La sucesión presidencial, donde Francisco I. Madero exponía sus ideas para una transición pacífica a la democracia. En octubre publicó un valiente artículo titulado “Madero”, en el que elogia su figura (“Este fronterizo vale, por su hombría, más que los políticos sin sexo de la ciudad de Méjico”) pero le recrimina la ingenuidad de pensar que el dictador estaba dispuesto a ceder siquiera la vicepresidencia. En 1910 Madero pasó a encabezar un movimiento de oposición abierta pero aún dentro de la legalidad. En marzo visitó San Luis para recabar apoyos. López Velarde lo conoció personalmente y poco después participó como secretario en la fundación del Partido Antirreeleccionista Potosino. En marzo Madero se presentó como candidato a la presidencia y emprendió una gira por los estados, que incluyó nuevamente San Luis. El gobierno respondió aumentando la represión. En junio Madero fue detenido y trasladado a San Luis, donde permaneció preso mientras se celebraban las fraudulentas elecciones y las fastuosas fiestas del Centenario. Parece que López Velarde colaboró como pasante con sus abogados defensores. Pero no hay dato que confirme la leyenda de que intervino en la redacción del “Plan de San Luis”, por el que, una vez agotado hasta el último recurso y consumada la reelección de Díaz, Madero convocó a los mexicanos a levantarse en armas. Y ya sea por sus obligaciones familiares o por cualquier otra causa, durante los meses de lucha López Velarde permaneció en San Luis terminando los estudios y siguiendo con preocupación los acontecimientos.

Se sabe que, inmediatamente después de la caída de Díaz, López Velarde hizo un viaje a México, probablemente con el objetivo de posicionarse en la nueva situación, y que intentó, sin conseguirlo, ver a Madero. En octubre de 1911 obtuvo el título de abogado y durante poco más de un mes actuó como Juez de Primera Instancia en el pueblecito de Venado, estado de San Luis, e hizo varias protestas de fe en el nuevo y ya cuestionado presidente: “Francisco I. Madero, a cuya obra extraordinaria debemos los mejicanos poder vivir una vida de hombres”, escribió en El Regional. Volvió a viajar a México, fue recibido por Madero, pero lo único que logró fue un puesto insignificante de actuario de juzgado, que abandonó a los pocos días. Su hermano Jesús habló de su repugnancia para ejecutar mandamientos judiciales, pero cabe imaginar su decepción. Seguramente la filiación católica y la no participación en hechos de armas levantaban suspicacias y obstaculizaban su ascenso dentro del nuevo régimen.

Durante la campaña antirreeleccionista Madero se había mostrado conciliador con la Iglesia, y López Velarde llegó a esperar que los católicos fueran aceptados y participaran lealmente en un México más democrático y tolerante. Pero nada más estallar la Revolución leyó alarmado las declaraciones de apoyo al dictador de varios obispos. Temía, como finalmente sucedió, que la Iglesia fuera identificada en su conjunto con la contrarrevolución. Cuando la caída de Díaz era inminente, un grupo de personalidades católicas fundó, con la bendición de parte del episcopado, el Partido Católico Nacional, de inspiración demócrata cristiana, que durante el gobierno interino apoyó la candidatura de Madero. En junio de 1912 Eduardo J. Correa fundó su órgano periodístico, La Nación de México. Durante la presidencia democrática de Madero, López Velarde militó en el Partido y escribió un considerable número de artículos políticos para La Nación. Empezó haciendo propaganda para las elecciones legislativas de ese año, a las que él mismo se presentó sin éxito como candidato suplente de Jerez. Y en los meses siguientes fue muy crítico con el “jacobinismo” de las autoridades maderistas de San Luis y Aguascalientes –algunos antiguos colegas suyos, otros oportunistas de última hora-, y con la “bárbara” revolución social encabezada por Zapata. En ningún momento se pronunció contra el legítimo y honrado presidente, incapaz de hacer frente a la ferocidad de revolucionarios y reaccionarios.

En febrero de 1913, días después de firmar su último artículo para La Nación, presenció con tristeza y horror los acontecimientos de la “Decena trágica”: el golpe contrarrevolucionario, el asesinato de Madero y la usurpación del poder por el general Huerta. También fue testigo de cómo los responsables del Partido Católico se plegaron a la dictadura huertista, y de cómo los revolucionarios constitucionalistas encabezados por Carranza acusaron a la Iglesia de colaboracionismo. La Revolución sumó en su espiral de violencia las persecuciones anticlericales. No se sabe con certeza si López Velarde viajó por última vez a Jerez, a ayudar a su familia a trasladarse a la capital, que era pese a todo un lugar más seguro que el interior. Él se retiró a San Luis y aguardó poniendo un bufete de abogado. Los últimos meses del año escribió para El Eco de San Luis, con el pseudónimo “Tristán”, la serie de prosas “Renglones líricos”, que vuelven sobre la figura de Fuensanta y proyectan en ella sus temores y sombras. La imaginó -como a sí mismo, a la Iglesia y a la provincia-, más sola, agonizante y amenazada de muerte que nunca. En enero de 1914, en un clima de creciente inseguridad, optó por reunirse con su familia en México. En junio, días antes de la toma de Zacatecas, que decidió la caída de Huerta, las tropas villistas asesinaron a su tío el sacerdote Inocencio. Enseguida las facciones revolucionarias se enfrentaron entre sí. Carranza y su general Obregón, contra Villa apoyado por Zapata. El año terrible de 1915, en que los ejércitos se disputaron la capital y el caos pareció llegar al límite, terminó con el triunfo del carrancismo y con la esperanza de que el futuro no podía ser peor.

1915 marcó también una divisoria para López Velarde. Emergió de la experiencia de caos, terror y aislamiento, transformado, decidido a hacerse escritor, con una conciencia más lúcida de su oficio, que le llevó a encontrar en poco tiempo su sitio dentro de la literatura mexicana. En los seis años siguientes dejó escrita su obra de madurez. Ésta se corresponde con el periodo en el poder de Carranza, cuando intelectuales de diferente procedencia se esforzaban por adaptarse al nuevo régimen, y tiene su epílogo durante los primeros momentos de consenso de la presidencia de Obregón, cuando Vasconcelos logró unirlos a todos bajo el impulso del nacionalismo cultural.

Dentro del panorama poético de esos años el maestro consagrado era Enrique González Martínez, el autor del famoso “Tuércele el cuello al cisne” (1910), cuya poesía reflexiva y moral había sabido adaptar, según la autoridad crítica de Henríquez Ureña, lo más profundo del simbolismo al carácter clasicista, mesurado y discreto propio de la tradición mexicana. Los únicos que escaparon de su influencia y ofrecieron alternativas, fueron Ramón López Velarde y José Juan Tablada. De edades y procedencias distintas, los dos se hicieron amigos durante los turbulentos años del maderismo y el huertismo, y presintieron la necesidad de una renovación poética. López Velarde la iba a llevar a cabo desde dentro de México, ahondando y minando los fundamentos mismos de la poesía modernista; Tablada, desde el exilio y adoptando las novedades de la vanguardia internacional. En 1922 los jóvenes poetas que habían seguido a González Martínez reaccionaron contra su paralizante moderación posmodernista y se reconocieron en el atrevimiento y la curiosidad de los adelantados López Velarde y Tablada. Si González Martínez fue, como dijo Henríquez Ureña, el “dios mayor” del parnaso mexicano modernista, López Velarde y Tablada fueron, como añadió Xavier Villaurrutia, “el Adán y la Eva” con cuyo pecado se fundó la poesía contemporánea de México.

En 1915 López Velarde se reencontró con sus amigos Pedro de Alba y Fernández Ledesma, a los que se sumaron otros provincianos instalados en la capital: el pintor Saturnino Herrán, el escritor Artemio del Valle Arizpe y el periodista Jesús B. González. Se integró en nuevas publicaciones y editoriales: Revista de Revistas dirigida por José de Jesús Núñez y Domínguez, Vida Moderna de Carlos González Peña, la colección “Cvltvra” de Agustín Loera y Chávez y Julio Torri. Conoció a los escritores Rafael López, Alfonso Cravioto, José D. Frías o “Ricardo Arenales”. Asistió a los cursos del filósofo espiritualista Antonio Caso, quien en los momentos más duros de la Revolución trató de mantener viva la herencia del disperso Ateneo; y en ellos conoció a otra mujer decisiva para su literatura, “la dama de la capital”, cuya identidad, nunca revelada abiertamente por López Velarde ni tampoco por quienes la conocieron hasta más de medio siglo después, correspondía a Margarita Quijano, maestra de la Normal, diez años mayor que él, una mujer de cultura y posición social superiores a la lejana, modesta y ya insuficiente Josefa, que lo deslumbró y con la que inició una relación que también terminó en fracaso.

Las nuevas experiencias se correspondieron con los descubrimientos literarios. Si sus primeras lecturas modernistas podían resumirse en las obras menores de Nervo y González Blanco, las que determinaron su salto cualitativo a la modernidad incluyen a Valle Inclán, Herrera y Reissig, Luis Carlos López, Tablada o Efrén Rebolledo, y pueden cifrarse en tres grandes nombres: el Lugones crítico del modernismo, el Laforgue crítico del simbolismo, y el Baudelaire crítico del romanticismo.

Leopoldo Lugones fue introducido en México por Tablada, y López Velarde lo consideró “el poeta sumo”, “el más excelso o el más hondo poeta de habla castellana”, el único que podía heredar (no González Martínez) “la corona y el cetro” de Darío. En la varia obra lugoniana, muy especialmente en el Lunario sentimental (1909), aprendió el uso poético de lo antipoético, el vocabulario inusual, la imagen sorprendente y la rima humorística, y comprendió que, con la modernidad, la poesía se había convertido en “un sistema crítico” de sí mismo. A su vez, Lugones lo llevó a la poesía disonante, irónica y tristísima de su modelo Jules Laforgue. Pero López Velarde, siempre inconfundible, es menos intelectual y frío que Lugones; y su religiosidad lo salva de la desolación de Laforgue.

En cuanto a la influencia de Baudelaire, es un tema debatido, pero predomina la opinión de Villaurrutia de que López Velarde reconoció en el autor de Las flores del mal no sólo al prototipo -el poeta moderno por antonomasia-, sino a un espíritu afín. No importa que lo leyese en francés o traducido, en las versiones de Eduardo Marquina de 1905 y 1916 o en la edición de André Gide de 1917, que lo hiciese por extenso o en antologías, como en la muy difundida del simbolismo que publicaron Díez Canedo y Fortún en 1913, lo que importa es que López Velarde fue más allá de los motivos fetichistas y macabros que atrajeron a los primeros decadentes mexicanos (Tablada, Bernardo Couto o el dibujante Julio Ruelas), y que de algún modo penetró en la médula de su literatura. Modernos antimodernos, católicos conflictivos, desgarrados para siempre entre el cielo y el infierno, Baudelaire y López Velarde comparten dramas similares: los que se derivan de la fascinación y el miedo al cuerpo, y de la conciencia sentida como don y pecado original, que simultáneamente acerca y aleja al hombre de Dios, que lo hace una criatura a su imagen y semejanza, y un desterrado del paraíso. Sin la lectura de Baudelaire, López Velarde no hubiera hablado en sus poemas y prosas más patéticos y sensuales de “lo cruel” y “lo maligno”, del “cuerpo famélico” y la “pordiosería del alma”, de los hombros y las frentes agobiados por “las pesas del horror, de la santidad, de la belleza y del asco”, del “temperamento de un maniqueo para pesar la trascendencia del mal”, de la batalla “sin tregua entre las conclusiones de esterilidad y la gracia de Eva”, de los instantes en que “la intensidad de la vida coincide con la intensidad de la muerte”, o de “la simultaneidad sagrada y diabólica del universo”. Como dijo Paz siguiendo a Villaurrutia: “Baudelaire es un espíritu incomparablemente más rico y profundo pero López Velarde es de su estirpe”. La riqueza incluye mayor maestría formal, y la profundidad, mayor valentía. López Velarde no se rebela sino excepcionalmente y no lleva su rebelión al límite, no reniega ni emprende el viaje hacia lo desconocido, termina siempre implorando perdón y pidiendo reintegrarse a la fe de sus mayores.

A partir de 1915 López Velarde volvió con nuevos ojos, con creciente distancia y con creciente nostalgia, a su mundo infantil. Recuperó el viejo manuscrito de La sangre devota, lo retocó, le quitó y añadió poemas, y lo publicó en enero de 1916 en la editorial de Revista de Revistas. La portada de Saturnino Herrán representa una joven enlutada sobre el fondo de la Iglesia de Churubusco. La antigua dedicatoria personal a su padre ha desaparecido, sustituida por otra literaria a “los espíritus de Gutiérrez Nájera y Othón”, que representarían lo aceptable del modernismo y lo salvable del academicismo, el encuentro entre la capital y la provincia. El libro está concebido como un cancionero o, mejor, un devocionario en honor a Fuensanta y a la provincia lejanas. Pero la unidad temática no oculta que en él se barajan poemas de épocas y calidades diferentes. Los más antiguos, los anteriores a 1915, son desafinados ejercicios sentimentales y es difícil que alguien pueda hoy encontrarles más que un trasnochado encanto kitsch. Aun así resultan imprescindibles para entender la manera en que López Velarde configuró literariamente, desde el principio hasta el final de su vida, la imagen de Fuensanta y cómo, a través de ésta, fue dando sentido a su propia historia interior.

Ya se ha dicho que desde 1908 empezó a hablar de “Fuensanta”. Sobre el origen de este sobrenombre poético los estudiosos han propuesto hipótesis diversas, no concluyentes, señalando heroínas homónimas que aparecen en literatos mexicanos y españoles del posromanticismo y modernismo, hoy olvidados pero que López Velarde pudo conocer: Rubén M. Campos, Fernández Grilo, Eduardo Symonds y hasta el “Nobel” Echegaray. A estas coincidencias Octavio Paz sumó otra: el cuadro “Ángeles y Fuensanta” (1909) del andaluz Julio Romero de Torres, cuya pintura simbolista, atávica y provinciana, abrasada de erotismo y misticismo, López Velarde y Saturnino Herrán habrían visto en reproducciones. En realidad Fuensanta es un nombre de pila tradicional que López Velarde debió elegir simplemente por su motivación religiosa. Por la virtud del nombre la Josefa de los Ríos real se transfiguró e identificó con una imagen: la de la mujer espiritual que, a partir del modelo primigenio de la Virgen María, atraviesa la cultura occidental.

La Fuensanta de López Velarde presenta, como señaló Octavio Paz, rasgos de aquella “Dama de la Tradición” que hace su aparición con el amor cortés y la poesía provenzal, y que tiene sus mayores representantes en la Beatriz de Dante y la Laura de Petrarca. Con ellas comparte el nombre secreto o simbólico (la cifra o senhal occitano), la inaccesibilidad por prohibición, lejanía o muerte, la idealización y la fidelidad absoluta del amante, y su función como guía espiritual, ángel custodio o mediadora celeste. Además, añadió Paz basándose en Denis de Rougemont, esta concepción del amor y de la mujer se corresponde con la cosmovisión maniquea, una de las tentaciones heréticas que radican en el corazón dualista del cristianismo. Ahora bien, a partir del siglo XIX, con la secularización y con la incipiente pero imparable liberación de la mujer, esta imagen tradicional masculina comienza a desmoronarse. Incluso cuando parece apuntalarse es por el hecho mismo de amenazar ruina. Así ocurre con Fuensanta, a la que López Velarde convierte en un mito personal en el que proyectar sus arraigados pero tambaleantes sentimientos hacia la mujer, la provincia y el catolicismo tradicionales.

Su amor se confunde con la religiosidad y ambos con el temor y el deseo de la muerte. Cada uno de sus tres poemarios, y los tres en conjunto, cuentan una historia imaginaria de amor que presenta, simultánea y sucesivamente, devoción, profanación y necrofilia. Fuensanta, la novia siempre lejana, suspirante, agonizante de La sangre devota, muere en el primer poema de Zozobra, pero no desaparece, permanece como ausencia y termina resucitando en los poemas postreros del póstumo El son del corazón. En esta parábola interior resuenan relatos e imágenes del gran código bíblico y del catecismo: la expulsión del paraíso, el hijo pródigo, la boda del prometido y la esposa. Desde el comienzo López Velarde sabe que su sueño de inocencia -la boda con Fuensanta, el regreso a la provincia, la regresión a la infancia- es imposible, y decide proyectarlo en un más allá cada vez más lejano y definitivo. Sólo en la muerte, con el cese de la con-ciencia diabólica (diábolos: el que separa), el hombre caído y dividido deja de ser dos y de estar solo, recobra la ino-cencia paradisiaca y se reintegra en la unidad divina.

Los poemas más tempranos de La sangre devota, de un romanticismo convencional y galante, con atisbos modernistas aprendidos de Nervo, constituyen una ofrenda lírica destinada a honrar y consolar fúnebremente a Fuensanta. “Amada, es primavera”, “Mientras muere la tarde”, “Ofrenda romántica”, “Canonización”, “Pobrecilla sonámbula” o “Hermana, hazme llorar”, la presentan aureolada con los atributos de la mujer sublime y frágil, como virgen, novicia, madre o hermana. Su espiritualidad, postración, inmovilidad y sueño la aproximan hasta casi asimilarla a un cadáver. La idolatría por La Dama es también el culto oculto por La Muerta; la mitificación de la mujer tiene un revés de compasión y de inconfesado miedo misógino. “Viaje al terruño” y “Poema de vejez y de amor” plantean la fantasía del regreso y de las nupcias incruentas de los amantes en la tumba: “en connubio sin mácula yacentes;/ una pareja fallecida en flor”, “carne difunta, espíritus en vela”, “dos sombras adormidas/ en el tálamo estéril de una santa”.

En los poemas más tardíos y valiosos del libro López Velarde contempla su propia veneración por Fuensanta y por la provincia desde el escenario de la metrópoli y desde una actitud más distante e incisiva. En “Me estás vedada tú”, “¿Qué será lo que espero?” y “En las tinieblas húmedas…”, Fuensanta se vuelve un recuerdo inerme y desvalido, un enigma y una culpa cada vez más inexplicables:

En las alas oscuras de la racha cortante

me das, al mismo tiempo, una pena y un goce:

algo como la helada virtud de un seno blando,

algo en que se confunden el cordial refrigerio

y el glacial desamparo de un lecho de doncella.

López Velarde perfila con autoironía su propio personaje, la figura esquiva, entre desafiante y exculpatoria, de quien se adelanta a confesar sus debilidades antes de ser acusado: antiguo seminarista y reaccionario, sacristán fallido, pecador aferrado a la superstición del pasado, pobre diablo, donjuán chusco, sentimental y cómico, soñador destinado a caer una y otra vez en las acechanzas de la ciudad, a zozobrar “En el piélago veleidoso”:

Entré a la vasta veleidad del piélago

con humos de pirata…

Y me sentía ya un poco delfín

y veía la plata

de los flancos de la última sirena,

cuando mi devaneo

anacrónico viose reducido

a un amago humillante de mareo

Una autorrepresentación más moderna de lo usual entre románticos y modernistas, un yo poético antiheroico pero que no llega al extremo del payaso ni del cínico, pues es capaz de perderlo todo menos la dignidad y la fe.

El aprendizaje de López Velarde durante la elaboración de La sangre devota podría ejemplificarse en “Mi prima Águeda”, probablemente la mejor y más antologada composición del libro, síntesis personal de la corriente de modernismo provinciano e ironía sentimental propia del posmodernismo. Recrea el azoro del yo adolescente y pueblerino ante las visitas de la prima Águeda, y convierte a Eros y Tánatos en presencias familiares:

 Águeda era

(luto, pupilas verdes y mejillas

rubicundas) un cesto policromo

de manzanas y uvas

en el ébano de un armario añoso.

López Velarde siempre termina poniéndose serio y para cerrar La sangre devota elige dos poemas cargados de añoranza y culpa. En “A la patrona de mi pueblo”, seguramente escrito para la ocasión, se presenta volviendo arrepentido a Jerez, al Santuario de Nuestra Señora de la Soledad, ante cuyo altar debió haberse celebrado su boda: “Señora: llego a Ti/ desde las tenebrosas anarquías/ del pensamiento y la conducta”. Pero no es una vuelta definitiva, es sólo una visita y se despide con un doble ruego a la Virgen: que conforte a Fuensanta, quien permanecerá en el pueblo abdicando de la vida, y que a él le conceda regresar en el último suspiro, después de haber conocido el otro lado del paraíso. “Y pensar que pudimos”, un viejo poema reelaborado a modo de epílogo, es una fantasía y un lamento sobre lo que hubiera sido su vida en común con Fuensanta. El hijo pródigo sigue atrapado entre nostalgias inversas, soñando con quedarse y también con partir.

Los críticos de la época saludaron La sangre devota como la introducción en la poesía mexicana de la temática provinciana. Hubo alguno que señaló que, en su sencillez, apuntaba extrañas y difíciles maneras “lugonianas”. Y Julio Torri llegó a vaticinar: “López Velarde es nuestro poeta de mañana, como lo es González Martínez de hoy, y como lo fue de ayer, Manuel José Othón”. Poco después Genaro Estrada lo incluyó en Poetas nuevos de México (1916), la importante antología histórico-crítica que sirve de broche al modernismo de ese país, con varios poemas de La sangre devota y con los dos que figurarían al frente del siguiente libro, ya en preparación, Zozobra: “Hoy como nunca”, inspirado en la agonía de Josefa de los Ríos, quien se había refugiado muy enferma en México, donde murió en mayo de 1917; y “Trasmútase mi alma”, un reconocimiento de su nuevo amor por Margarita.

En febrero de 1917 México estrenó una Constitución revolucionaria más nacionalista y radical en materia social y religiosa de lo que su propio impulsor Carranza hubiera deseado. Cuando en mayo éste tomó posesión como presidente tuvo que hacer grandes equilibrios para mantener la ley sin aplicarla, y así neutralizar las exigencias de obreros y campesinos, apaciguar a los Estados Unidos, que amenazaban con intervenir militarmente para defender sus intereses petrolíferos, y empezar a recuperar la nula confianza de la Iglesia. López Velarde entró a trabajar como secretario particular de Manuel Aguirre Berlanga, Secretario de Gobernación, que había sido su compañero en la Escuela de Leyes y en el Partido Antirreeleccionista de San Luis. Parecía que por fin el futuro empezaba a sonreírle. Entre marzo y julio codirigió con González Martínez y Efrén Rebolledo la revista de actualidad y literatura Pegaso. Eduardo J. Correa y los antiguos correligionarios en el Partido Católico lo veían como un oportunista vendido al enemigo jacobino. López Velarde simplemente intentaba sobrevivir, adaptándose sin abdicar de sus convicciones, y deseando -como en el fondo el carrancismo en el gobierno y buena parte del episcopado- moderación y entendimiento entre la Iglesia y la Revolución. En este tiempo hizo alguna explícita declaración sobre la Guerra Europea, en la línea aliadófila de Pegaso; sobre política interna tuvo la prudencia de no volver a pronunciarse, pero en sus escritos siguió siempre defendiendo, más o menos entre líneas, que la esencia nacional de México, su único factor realmente unificador y capaz de resistir la temida absorción estadounidense era el catolicismo, la “médula guadalupana” de la patria.

Esta moderación política contrasta con su creciente intransigencia artística. A partir de 1915 y La sangre devota, López Velarde fue poniendo en sus poemas y prosas una osadía y una responsabilidad cada vez más acuciosas. Varias de estas prosas son verdaderas artes poéticas, en las que la poesía es concebida como una exploración espiritual y verbal, ardua y arriesgada. La titulada “La derrota de la palabra” asimila el acto creador a un combate a muerte con el lenguaje, y a un encuentro amoroso entre el poeta y su alma:

Oh alma, sibila inseparable, ya no sé dónde concluyes tú y dónde comienzo yo: somos dos vueltas de un mismo nudo fulgurante, de un mismo nudo de amor! (…) El alma finca sus delicias en trasmitirnos su confidencia; pero exige para ello una soledad y un silencio de alcoba. Yo anhelo expulsar de mí cualquiera palabra, cualquiera sílaba que no nazca de la combustión de mis huesos.

“El predominio del silabario” se refiere a la tarea literaria como una consagración solitaria, no entendida por los más, a los episodios minuciosos e inadvertidos de la realidad de dentro y de fuera: “El roce de las ideas, el contacto con una vitrina de las piececillas desmontadas de un reloj, los pasos perdidos de la conciencia, el caer de un guante en un pozo metafísico”.

En el citado “La corona y el cetro de Lugones” la modernidad impone al escritor la exigencia continua y extrema de repensar el lenguaje heredado y repensarse a sí mismo:

El sistema poético hase convertido en sistema crítico. Quien sea incapaz de tomarse el pulso a sí mismo, no pasará de borrajear prosas de pamplina y versos de cáscara (…) Hemos perdido la inteligencia del lenguaje usual, y el Diccionario susurra.

La publicación de estas prosas y de los poemas destinados a Zozobra provocaron desconcierto. En el panorama literario mexicano, todavía aparentemente tan tranquilo y ajeno a las convulsiones históricas, la evolución de López Velarde se convirtió en motivo de discusión. Entre sus detractores estaban algunos jóvenes discípulos de González Martínez, continuadores de la tradición ateneísta, encabezados por Jaime Torres Bodet, que consideraban que al sencillo cantor de la provincia el éxito de su primer libro se le había subido a la cabeza, llevándolo a la extravagancia, el afán de asombrar y la oscuridad gratuita. En la revista San-ev-ank le dedicaron la parodia satírica “A las gatas anónimas de mi pueblo. Del libro en preparación Lo que sobra, original del autor de La sangre rebota“. Si se recuerda el famoso motivo de los gatos en Las flores del mal, la burla está clara: López Velarde convertido en un Baudelaire payo, un dandy de pueblo. Salieron en su defensa escritores menos vinculados al Ateneo, entre ellos su amigo Tablada, que desde el exilio escribió:

Después de La sangre devota López Velarde, que anuncia un nuevo libro, Zozobra, ha publicado algunas poesías bellísimas. Se acendra, depura su manera; se aparta del pasado y de la rutina a medida que avanza en su estética propia. La crítica lo tacha de oscuro y difícil, pero la crítica es posterior a la manifestación artística.

Zozobra se publicó a finales de 1919 en la editorial México Moderno. La palabra “zozobra” se refiere a los irresolubles conflictos entre el espíritu y la carne, la formación tradicional y la inquietud contemporánea, el ayer y el hoy, la infancia y la madurez, la seguridad y la libertad. Sintetiza las ecuaciones vitales con las que tantas veces el poeta, y tras él la crítica, intentaron descubrir y definir su personalidad contradictoria: sus conocidas fórmulas duales (“la dualidad funesta”, “la moral de la simetría”, “la devoción católica y la brasa de Eros”, “la lucha de la Arabia feliz con Galilea”, “el León y la Virgen”, “el vigor sensual y la atrofia cristiana”, el clamor “pagano y nazareno”, “ultramontano e islamita”) y sus figuras de oscilación y suspensión (el péndulo, la balanza, la cuerda floja, el reloj y sobre todo el corazón). Pero el título también alude a las incertidumbres y sufrimientos causados por la Revolución. Y si se pone en relación con el modernismo mexicano, cabe entenderlo como el reverso de Serenidad (1914) de Amado Nervo, de quien López Velarde dijo que en sus últimos años, a fuerza de buscar la simplicidad, había terminado perdiendo la magia; incluso como una respuesta al maestro González Martínez, cuya previsible prédica de sosiego espiritual y poético nunca le cautivó.

El contexto polémico en que se escribió Zozobra explica que apareciera precedido del soneto prólogo de Rafael López “A Ramón López Velarde”, en el que se habla de su “audacia lírica”, de su desafío “al solemne dios, el lugar común”, de sus adjetivos que han enloquecido a la Academia, y de su equívoco personaje, entre beato y libertino, que tiene desorientadas a las mentes rutinarias: “Imagino tu sensualidad de católico/ en la misa del Arte. Sutilmente diabólico/ distraes a los fieles/ con tu ambigua actitud.// Diácono que con manos perfumadas de sándalo,/ en tu cáliz elevas hostias rojas, escándalo/ de Sancho, que comulga lívido de inquietud”.

López Velarde dio al libro cierto orden simbólico. Comienza con el citado “Hoy como nunca”, su despedida luctuosa, eternamente prolongada y por ello no realmente efectiva a Fuensanta: “No soy más que una nave de parroquia en penuria,/ nave en que se celebran eternos funerales,/ porque una lluvia terca no permite/ sacar el ataúd a las calles rurales”; “mi vida sólo es una prolongación de exequias/ bajo las cataratas enemigas”. El duelo no cerrado deja a Fuensanta, su mundo y sus símbolos, insepultos. Sigue “Transmútase mi alma…”, que a su vez abre el ciclo más numeroso de poemas, el inspirado en la “dama de la capital”. Ésta, a diferencia de la pasiva y penumbrosa “dama de la provincia”, es imaginada con metáforas vehementes, como “torbellino”, “volcán” o “criatura solar” quemante y súbita, reveladora y cegadora. Representa el peligro y al mismo tiempo la oportunidad de escapar de Fuensanta y de asumir definitivamente la vida adulta. Pero la oportunidad se frustra. Según los testimonios biográficos, Margarita Quijano rechazó la petición de matrimonio por alguna razón: la decisión de quedarse soltera, la diferencia de edad o, tal vez, la diferencia social. El ciclo se cierra con “La lágrima”. El poeta se instala en un dolor y una soledad casi voluptuosas, añade a su personaje de perdedor la máscara del solterón que se complace en el sabor salado de la esterilidad y en la amargura por el hijo no tenido:

lágrima en que navegan sin pendones

los mástiles de las consternaciones;

lágrima con que quiso

mi gratitud salar el Paraíso;

lágrima mía, en ti me encerraría,

debajo de un deleite sepulcral,

como un vigía

en su salobre y mórbido fanal.

El protagonista lírico de Zozobra también se exhibe zarandeado por prototipos opuestos y bien conocidos de mujeres. De una parte entona panegíricos “A las jerezanas”, esas “buenas mujeres y buenas cristianas” cuyo sacrificio al varón las destina –como no deja de reconocer con encomio y tal vez con terror- a acabar sus días “marchitas, locas o muertas”; “A las provincianas mártires” y “Las desterradas”, sobre las paisanas víctimas y exiliadas de la guerra. De otra, rinde homenajes a las bailarinas internacionales de gira por la capital (Antonia Mercé y Tórtola Valencia), Salomés que encarnan el poder sexual sobre el hombre. Es el mismo personaje que proyecta su interior estrafalario en evocaciones provincianas, como “El viejo pozo”, sobre el pozo del patio familiar, confidente de sus antiguos sueños ahora fracasados; y “Memorias del circo”, en la que la “troupe” tragicómica del Circo Bell de la infancia vuelve a desfilar desacompasadamente hasta dejarlo ante el triste espejo del verso final: “en el viudo oscilar del trapecio”. Y reconoce su violencia interior en la figura de un zezontle llevado prisionero a la ciudad, cuyo canto nocturno nace de un cruel célibato; y en las vírgenes rebeldes y sumisas, a las que dedica estos sorprendentes versos, probablemente inspirados en las mujeres escorpiones del dibujante Ruelas: “y las que en la renuncia llana y lisa/ de la tarde, salís a los balcones/ a que beban la brisa/ los sexos, cual sañudos escorpiones!”.

Zozobra contiene varios poemas del López Velarde más libre y exigente: “Mi corazón se amerita”, “Tierra mojada”, “El retorno maléfico”, “El mendigo”, “Hormigas”, “Ánima adoratriz”, “La última odalisca”, “Todo”. Poemas que fuerzan la estética modernista más allá del decorativismo fin de siglo y del costumbrismo provinciano; que hablan sobre la experiencia ávida, sobresaltada y dolorosa del mundo con un tono “trágicamente sacerdotal, mortalmente funambulesco”; que logran, mediante una combinación explosiva de “fósforo y sangre”, la “plenitud cordial y reflexiva”, en que “la intensidad de la vida coincide con la intensidad de la muerte”.

Mi corazón leal, se amerita en la sombra.

Yo lo sacara al día, como lengua de fuego

que se saca de un ínfimo purgatorio a la luz;

y al oírlo batir su cárcel, yo me anego

y me hundo en la ternura remordida de un padre

que siente, entre sus brazos, latir un hijo ciego.

 

Mi corazón leal, se amerita en la sombra.

Placer, amor, dolor… todo le es ultraje

y estimula su cruel carrera logarítmica,

sus ávidas mareas y su eterno oleaje.

Por momentos parece que el poeta, liberado, va a entregarse al misterio íntegro de la existencia, conmovido –como se dice en “Todo”- “con la ignorancia de la nieve/ y la sabiduría del jacinto”. Pero el miedo y la contrición pueden más, y el libro se repliega y cierra con “Humildemente”. Otra vez el poeta imagina que, antes de morir, vuelve a Jerez para postrarse ante el Santísimo que pasa en procesión: “Cuando me sobrevenga/ el cansancio del fin,/ me iré, como la grulla/ del refrán, a mi pueblo,/ a arrodillarme entre/ las rosas de la plaza,/ los aros de los niños/ y los flecos de seda de los tápalos”. El hijo pródigo sueña que está de nuevo en casa del padre, que la virtud cristiana de la humildad vence al pecado de la soberbia, que el tiempo se anula y el Edén provinciano se restituye. Es el sueño del regreso a la inocencia que va a dictar los poemas más significativos –“La suave patria” y los nuevos poemas a Fuensanta- de sus difíciles años finales.

Las discusiones sobre el segundo estilo de López Velarde tuvieron como colofón la dura reseña que González Martínez en persona dedicó a Zozobra: “El ansia de esquivar el cliché poético y de huir del lugar común, sirve de estímulo para echarse a buscar lo inesperado y, lo diremos de una vez, lo despatarrante”.

López Velarde no se había recuperado aún de sus descalabros sentimentales y literarios, cuando vio llegar un terrible revés. En 1920 Carranza cometió el error fatal de querer desplazar al favorito a la sucesión presidencial, el general sonorense Álvaro Obregón, quien se sublevó con el ejército. López Velarde, adiestrado en el peligro, intentó alejarse obteniendo algún puesto diplomático (“Antes de echar el ancla en el tesoro/ del amor postrimero, yo quisiera/ correr el mundo en fiebre de carrera,/ con juventud, y una pepita de oro/ en los rincones de mi faltriquera”). Demasiado tarde. Los rebeldes acosaron la capital. El 7 de mayo el gobierno emprendió la huida a Veracruz en un gran convoy de trenes. Él tuvo que acompañar a su jefe Aguirre Berlanga, pero a los pocos kilómetros consiguió bajar y volver a pie a su casa. Dos semanas después se conoció la noticia del asesinato de Carranza. De nuevo se encontraba sin trabajo, sin dinero, absolutamente derrotado (“Soy el mendigo cósmico y mi inopia es la suma/ de todos los voraces ayunos pordioseros”; “estoy colgado en la infinita/ agilidad del éter, como/ de un hilo escuálido de seda”…). Era imposible prever la serie de circunstancias históricas y personales que iban a conjuntarse en 1921, esa “hora oficial o astronómica” como él la llamó, para terminar dándole la vuelta a su situación y para provocar, irónicamente a destiempo, su inmediato triunfo póstumo y su conversión en el primer mito literario de la Revolución.

Obregón inauguró su presidencia apelando a la reconciliación y la reconstrucción nacionales. Aprovechó la buena racha de las exportaciones petrolíferas; los éxitos de imagen de la gran campaña educativa y cultural puesta en marcha por su ministro José Vasconcelos; y la existencia misma de un enemigo exterior, los Estados Unidos, que se negaban a reconocerlo pero que ya no pensaban seriamente en una intervención militar. También, aunque en principio no tenía interés en ello, la conmemoración del otro Centenario, el de la consumación de la Independencia, que había de celebrarse en septiembre, y al que decidió a imprimir un carácter mexicano, popular y revolucionario, que lo distinguiese del elitista, extranjerizante y derrochador Centenario de 1910. Pero sobre todo aprovechó la necesidad que los mexicanos, exhaustos por una década de guerra, tenían de creer de nuevo.

López Velarde había prometido no volver a ocupar el menor cargo público, pero la situación económica familiar se hizo insostenible. Sus amigos Pedro de Alba, Fernández Ledesma y Cravioto intercedieron ante Vasconcelos, que lo invitó a sumarse a la tarea intelectual de reconstrucción. Entró a dar clases de literatura en la Universidad y a colaborar en proyectos promovidos por la Secretaría de Educación. En México Moderno, la revista posdata del modernismo mexicano, publicó poemas y prosas destinadas a sus libros en preparación El son del corazón y El minutero respectivamente. Para el número inaugural de El Maestro, la revista cultural de la causa vasconcelista, reservó el ensayito “Novedad de la Patria”; y para el número tres, el poema “La Suave Patria”. Fueron sus dos especiales contribuciones a la efemérides del Centenario, con los que logró salir airoso de un difícil trance: participar en el clima general de consenso y celebración sin traicionar sus convicciones personales y su dignidad literaria; decir una palabra pública de alegría y esperanza desde el duelo y el desencanto interior.

“Novedad de la patria” puede leerse como un anticipo del poema. Frente al falso modelo porfirista, después de los sufrimientos de la Revolución, propone empezar a redescubrir -con amor, sin ira, con renovado entusiasmo e infinita prudencia- un México más auténtico:

El descanso material del país, en treinta años de paz, coadyuvó a la idea de una Patria pomposa, multimillonaria, honorable en el presente y epopéyica en el pasado. Han sido precisos los años de sufrimiento para concebir una Patria menos externa, más modesta y probablemente más preciosa (…); nuestro concepto de Patria es hoy hacia dentro (…), una Patria, no histórica ni política, sino íntima (…). Hijos pródigos de una Patria que ni siquiera sabemos definir, empezamos a observarla.

En el proemio de “La Suave Patria” vuelve a justificarse (“Yo que sólo canté de la exquisita/ partitura del íntimo decoro,/ alzo hoy la voz a la mitad del foro”) y se compromete a no caer en los peligros del himno épico: “Navegaré por las olas civiles/ con remos que no pesan”; “Diré con una épica sordina”. Y en efecto, evita escrupulosamente la temática histórica y política, y el tono protocolario y altisonante. Reduce al silencio el panteón, amasado en sangre y lodo, de padres de la patria y de hazañas oficiales. Sólo exceptúa a Cuauhtémoc (“Joven abuelo: escúchame loarte,/ único héroe a la altura del arte”), el último emperador azteca, de cuya noble derrota también se celebraba en 1921 el cuarto centenario. A cambio ofrece un sorprendente himno íntimo y subjetivo, hecho de recuerdos y detalles pintorescos, cotidianos, nimios, que para él ilustran “lo criollo neto”, la esencia “impecable y diamantina” de México, detalles elegidos, montados y recreados con primor de “diamantista”, en una animada y vistosa sucesión de estrofas, rimas, imágenes y vocablos:

Patria: tu superficie es el maíz,

tus minas el palacio del Rey de Oros,

y tu cielo, las garzas en desliz

y el relámpago verde de los loros.

 

El Niño Dios te escrituró un establo

y los veneros de petróleo el diablo.

 

Sobre tu Capital, cada hora vuela

ojerosa y pintada, en carretela;

y en tu provincia, del reloj en vela

que rondan los palomos colipavos,

las campanadas caen como centavos.

 

Patria: tu mutilado territorio

se viste de percal y de abalorio.

 

Suave Patria: tu casa todavía

es tan grande, que el tren va por la vía

como aguinaldo de juguetería.

 

Y en el barullo de las estaciones,

con tu mirada de mestiza pones

la inmensidad sobre los corazones.

López Velarde reduce la heterogeneidad física y cultural de México a la provincia interior; y, a su vez, identifica a ésta con su mito de la mujer tradicional. A lo largo del poema la Patria-mujer se va transfigurando sin dejar de ser la misma: novia con la que el poeta entabla una relación amorosa, sensual y sentimental, ella es quien siempre dice sí, la generosidad que se regala alegremente a sí misma, quien, ante los oprobios y ruinas de la historia, limpia y renueva la casa, llena la alcancía y la alacena, organiza la fiesta y el festín, y por encima de todo, quien mantiene el sagrario de la intocable esencia católica de la nacionalidad.

Pese a su oportunidad, popularidad e instrumentalización política, que han provocado reservas en algunos lectores, “La Suave Patria” no es un poema oportunista sino excepcional y al mismo tiempo coherente con la trayectoria de López Velarde, un poema diferente pero análogo a sus mejores y más inquietantes poemas finales –“El sueño de la inocencia” o “El sueño de los guantes negros”- en los que se plantea una vuelta consciente y alucinada, sombría y alegre, como de moribundo que encuentra una extraña paz, a su añorado pero imposible mundo infantil, provinciano y católico, al pueblo natal destruido y milagrosamente renacido, y a Fuensanta resucitada. López Velarde es el hijo pródigo o, para intentar decirlo más sutil y borgeanamente, el hijo pródigo que decide soñar, en el momento de su muerte, con el regreso.

El 19 de junio de 1921, días después de salir publicado el poema, López Velarde murió, a los 33 años, oficialmente de una bronconeumonía (extraoficialmente nunca dejaron de correr rumores: enfermedad venérea, depresión). Parece que alguien le habló del poeta y le mostró “La Suave Patria” a Obregón, el presidente aficionado a los versos, y que éste autorizó a Vasconcelos disponer los funerales por cuenta del gobierno. Empezó así la mitificación oficial.

La cultura de la Revolución institucionalizada, cuyos enfrentamientos con la Iglesia pronto llevarían a las guerras cristeras, no dudó en apropiarse del católico López Velarde y lo convirtió en el “poeta nacional”, en el descubridor del nuevo México. Surgieron imitadores de lo más externo y decorativo de su literatura: el mexicanismo de feria popular, cohetería, percal y abalorio. Paralelamente, los integrantes del grupo de vanguardia Contemporáneos no dejaron de reivindicar su irrepetible modernidad. Ambas imágenes, la del poeta nacional y la del poeta moderno, llegaron a oponerse en los momentos álgidos del nacionalismo revolucionario, que fueron asimismo los del enfrentamiento entre el Estado y la Iglesia.

Dos libros póstumos prolongaron la fama de López Velarde: El minutero (1923) y El son del corazón (1932), publicados por sus amigos a instancias oficiales. El minutero y Zozobra son libros –para usar un adjetivo característico del poeta- “consanguíneos”. Hay todo un “sistema arterial” que une los poemas y las prosas poéticas de uno y otro: si “Novedad de la Patria” adelanta “La Suave Patria”, “No me condenes” se corresponde con “Mi pecado”, “El retorno maléfico” con “En el solar” y “Fresnos y álamos”, y los poemas a las bailarinas son el embrión de “El bailarín”. El título mismo “el minutero” hace pensar en el corazón, el reloj y los minutos que marcan tantas composiciones de Zozobra: “el reloj de agonías, cuyo tic-tac nos marca/ el minuto de hielo” de “Hoy como nunca”; “los minutos de inmemorial espera” de “La tejedora”; los “hiperbólicos minutos” en que “la plétora de vida/ se resuelve en renuncia capital/ y en miedo se liquida” de “El minuto cobarde”; “el minuto fraudulento” de “La mancha de púrpura” y el “perdurable” de “Día 13”; el furor de “vivir en el cogollo/ de cada minuto” de “Todo”; el minuto mágico de “Humildemente”, en que al paso del Divinísimo, las calles de Jerez, el reloj de la torre -“de redondel de luto/ y manecillas de oro”- y el corazón de imán del poeta, se quedan como una “juguetería sin cuerda”. El título también hace pensar en la brevedad (minutus: pequeño), la precisión del mecanismo verbal, la móvil complejidad interior y la intensidad palpitante de vida y muerte que caracterizan a sus mejores composiciones: “Obra maestra”, “En el solar”, “Las santas mujeres”, “El bailarín” o “José de Arimatea”. Se ha repetido que El minutero representa frente a Zozobra lo que Le Spleen de Paris frente a Les fleurs du mal. Su carácter póstumo, su obsesivo tratamiento del tiempo, como en una tensa cuenta atrás, la inclusión de varias necrológicas, como las dedicadas al amigo Saturnino Herrán, el hecho de aparecer precedido de un melancólico homenaje poético de Tablada y de cerrarse con un solemne soneto de Rafael López (“Queda aquí, para siempre, detenida/ por un polvo de tumba, la preclara/ mano que estos minutos señalara/ en el reloj del tiempo y de la vida”), dan a todo el libro una gravedad de epitafio. Por su concentración y originalidad El minutero queda como una de las obras maestras de la prosa artística del modernismo mexicano, comparable en calidad a la aérea musicalidad de Visión de Anáhuac (1917) de Alfonso Reyes, y al brillo esteticista de Ensayos y poemas (1917) de Julio Torri.

En El son del corazón, junto a “La Suave Patria” y a poemas que reiteran, perdiendo algo de tensión, los conflictos de Zozobra, López Velarde vuelve a sorprender con una serie, que, desde una lectura póstuma, produce una impresión premonitoria. Poemas de miedo ante el tránsito y la corrupción del cuerpo, y de búsqueda de consuelo final en Fuensanta: “Gavota”, “En mi pecho feliz”, “La Ascensión y la Asunción”, “¡Qué adorable manía” y sobre todo la pareja, de ambiente fantasmagórico, “El sueño de la inocencia” y “El sueño de los guantes negros”. El primer sueño devuelve al poeta al Santuario de la Virgen de Jerez: “Soñé que comulgaba, que brumas espectrales/ envolvían mi pueblo, y que Nuestra Señora/ me miraba llorar y anegar su Santuario”. La fe vence a la conciencia, la inocencia a la experiencia: “y yo era ante la Virgen, cabizbaja y benévola,/ el lago de las lágrimas y el río del respeto…”. “El sueño de los guantes negros” transcurre en una capilla misteriosa de una necrópolis de la ciudad de México: “Soñé que la ciudad estaba dentro/ del más bien muerto de los mares muertos./ Era una madrugada de invierno/ y lloviznaban gotas de silencio”. Allí el cadáver del poeta y el cadáver de Fuensanta parecen desposarse por fin. Lo turbador de esta visión de amor, religiosidad y muerte, está reforzado por el carácter inacabado o destruido, materialmente descarnado del mismo poema, en cuyo manuscrito hay palabras que faltan o resultan ilegibles, como si el misterio rubricase con su caligrafía el final de la historia poética.

La mitificación de López Velarde como primer escritor nacional y moderno de México culminó en 1988, con la celebración del centenario de su nacimiento y –nuevas coincidencias significativas- con el principio del fin del PRI y la recuperación de la imagen de López Velarde como poeta católico. La novela de Juan Villoro El testigo (2004), sobre el México de la transición, está presidida por la leyenda de López Velarde y cuenta irónicamente entre sus historias el intento de convertirlo en santo. Nacional, moderno o católico son caracterizaciones concurrentes que tratan de explicar, sin lograr agotar su misterio, la irremplazable singularidad de la literatura.

Alfonso García Morales. Universidad de Sevilla

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