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Crónicas marcianas, 1. José Martí, grado cero de Nuestra América

9 05 2011

EMIL VOLEK (Arizona State University).  Los “Cuadernos de apuntes” de José Martí (1853–95) nos brindan una perspectiva privilegiada sobre el “taller” del futuro mártir. Interesan sus dos primeros cuadernos, compilados durante su primer exilio en España (1871-74). Martí aprovecha cabalmente la estadía forzada: es estudiante, lector voraz, poeta en ciernes y activista político en la causa cubana.

Los cuadernos reflejan sus variados intereses en aquel entonces. Entre los primeros apuntes encontramos uno que llama la atención porque, a primera vista, parecería ser una hoja perdida de su ensayo tardío “Nuestra América” (escrito en 1890, publicado en el comienzo mismo de 1891; sobre el contexto histórico de éste ver Santí, para un nuevo análisis, mi “Nuestra América / Our America at the Crossroads”). Vale la pena citarlo completamente:

Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento.—Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad.

Y si hay esta diferencia de organización, de vida, de ser, si ellos vendían mientras nosotros llorábamos, si nosotros reemplazamos su cabeza fría y calculadora por nuestra cabeza imaginativa, y su corazón de algodón y de buques por un corazón tan especial, tan sensible, tan nuevo que sólo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las leyes con que ellos se legislan?

Imitemos. ¡No! —Copiemos. ¡No!—Es bueno, nos dicen. Es americano, decimos.—Creemos porque tenemos necesidad de creer. Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debe en muchos puntos asemejarse. La sensibilidad entre nosotros es muy vehemente. La inteligencia es menos positiva, las costumbres son más puras ¿cómo con leyes iguales vamos a regir dos pueblos diferentes?

Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!

Y acto seguido apunta:

Y si el estado general de ilustración en los Estados Unidos os seduce, a pesar de la corrupción, de su metalificación helada, ¿no podremos nosotros aspirar a ilustrar sin corromper? —La realiza… [sic]

Yo quiero educar a un pueblo que salve al que va a ahogarse y que nunca vaya a misa. (OC 21: 15–16)

Es asombrosa la semejanza de estos apuntes juveniles con el discurso de “Nuestra América”. Pero no puede ser una hoja perdida o sustraída del manuscrito posterior (lo revelaría el cotejo de las dos ediciones casi simultáneas del ensayo, la mexicana y la de Nueva York). Los dos cuadernos se conservaron entre los papeles de Martí en poder de su adoptivo “hermano mayor”, el mexicano Manuel Mercado (1838–1909), papeles que la familia de éste, pasados los cataclismos de la Revolución, entregó a Cuba en los años cuarenta. Los cuadernos habrán sido abandonados por Martí, junto con su novia, en su precipitada fuga de México ante las aparentes amenazas de parte de los porfiristas quienes estaban por entrar victoriosos a la capital mexicana en diciembre de 1876. Al año, Martí vuelve cuando menos a recuperar a la novia, que luego será la sufrida esposa del mártir.

La diferencia que se supone ontológica (“de vida, de ser”)—o sea, fundamental—entre “ellos” y “nosotros” se plantea en términos culturales y morales que se volverán clásicos: ellos, utilitarios (materialistas vulgares), nosotros, caracterizados por el sentimiento, imaginación, sensibilidad (noble idealismo). La diferencia tajante, insalvable (“Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debe en muchos puntos asemejarse”), produce un “nosotros” como entidad de una radical “otredad”. No hay—ni debe haber—puentes: interacción, aprendizaje mutuo, conversación, intercambio. Lo que ha quedado marcado firmemente son dos mundos absolutamente diferentes y separados en sus valores y moralidad. Imitar, ¿qué? Copiar, aún menos. No importa de qué pueda tratarse. El apriorismo valorativo es absoluto. En este esquema axiológico, sólo el idealista es un hombre completo. Cuadra esta exigencia perfectamente con la condición de poeta, de soñador. (Y soñar, como se dice, no cuesta nada…)

Los valores apuntados implican también una condena moral del “otro”, y no dejan de evocar aun cierta xenofobia de parte del presumido portavoz de “nosotros”.

La diferencia “ontológica” impide, a su vez, cualquier trasvase social más pragmático: las leyes de ellos son incompatibles con nuestro mundo. Esto implica necesariamente también a la lúcida Constitución norteamericana como la ley fundamental de la sociedad.

Notamos el concepto del Estado sumamente abstracto y esquemático: reducido a los valores morales y a la mínima telaraña legal. Una especie de superestructura ideal, nebulosa, que hace sentir bien a un pensador (Vasconcelos dirá en broma que este espécimen volador en las nubes, que ha proliferado tanto en la historia de Hispanoamérica, es un especialista en generalidades), a un literato como legislador de gabinete, pero como ha mostrado suficientemente la historia de las sociedades latinoamericanas (signifique este término lo que signifique), no tiene nada que ver con las realidades sociales reales en ellas.

Otra consecuencia importante: entre tantos “otros” tan diferentes, ¿dónde ha quedado a parar la barca de “la humanidad”? La comunidad humana universal, propugnada por la Ilustración, se quiebra en pedazos: quedan focos—mónadas—de diferencias incompatibles, inconmensurables, hasta el absurdo al que lleva el Romanticismo estirado a sus consecuencias leibnizianas (movimiento repetido con creces por la notable despisteme posmoderna). El llamado humanismo martiano, ¿no será entonces cobertura oportunista, populista, hoja de parra retórica que tapa el autotelismo romántico del poeta y de la comunidad imaginada por él, y que se saca como señuelo cuando el profeta de la guerra de la liberación cubana (que será “corta” y “fraterna”, opina) necesita convocar a su bandera un “frente popular” más amplio?

El “nosotros” que se opone a los norteamericanos se sobrentiende que son los hispanoamericanos. La oposición que destaca el “corazón cubano” parece restringirlo, pero es obvio que la identidad literal (el “nosotros” cubano) funciona también forzosamente como sinécdoque. Esta amplificación de la representatividad del “nosotros” se afirma por la postulación del “Norte” como el polo de los valores negativos, que implica un “Sur” como su opuesto. En este contexto sorprende luego el uso del adjetivo “americano”, dos veces, empleado en el sentido restringido de ‘norteamericano’, precisamente tal como se utiliza, para la irritación de los latinoamericanos, desde los Estados Unidos. Es paradójico cuando Martí como americano paradigmático que quiere ser afirma como algo negativo “Es americano, decimos nosotros”, donde ‘americano’ es sinónimo de ‘malo’ (para aquel “nosotros”).

En torno a la diferencia cultural, moral, se apiña luego un cúmulo de imágenes extravagantes y de retórica exaltada. “Su corazón de algodón y buques”, imagen casi vanguardista (ultraísta), que no implica la contradicción de “blando y duro”, sino que es una metonimia de los artículos y los medios de exportación de los Estados Unidos. Aquél se confronta con un corazón “tan especial, tan sensible, tan nuevo” que sólo puede ser cubano… El neologismo de ‘metalificación’ como sinónimo concreto de ‘monetarización’, pero más bien en el sentido de “transformación de todo en dinero”—rasgo denunciado comúnmente en la modernidad—, y también símbolo de la frialdad, del utilitarismo y de la corrupción. El estilo dialéctico (sí/no) y dialógico (exclamaciones, interrogaciones, preguntas retóricas). En total, es una retórica muy distinta de la monótona retórica emocional y declamatoria que encontramos en la primicia juvenil de El presidio político en Cuba (1871), que Martí escribe de un vuelo a la llegada a España y con la cual intenta emplazar la conciencia de los españoles. Es una retórica ácida y combativa que anuncia los discursos arrolladores de su exilio norteamericano (1880-1895).

El distingo planteado por Martí anuncia también la incompatibilidad de la América hispana con la razón moderna. En él, “nosotros, nuestra vida y nuestra pureza aspiran a otra cosa”. En Martí el pensamiento hispanoamericano abre el camino de Macondo (ver mi “Martí” y “Argirópolis”).

Asoma también cierto resentimiento histórico: “ellos vendían mientras nosotros llorábamos”. Según se interprete el “nosotros” irá la referencia o bien a la guerra de Independencia o a la guerra cubana de los “diez años” (1868–1878, todavía en progreso cuando Martí escribe sus apuntes), o bien, en general, a la tensa situación en Cuba bajo la colonia en la época de la Independencia americana.

Martí está dispuesto a hacer una mínima concesión al Norte: las leyes americanas le han dado “alto grado de prosperidad”; pero la descalifica inmediatamente: es una prosperidad corrupta y maldita, comprada a costa del alma… Total: no vale la pena.

En el pensamiento hispanoamericano posterior, detrás de la “cultura” y de la postura de “alta moralidad” se esconderán muchas otras cosas: la crítica a la democracia de masas moderna (por parte del intelectual modernista, desde su torre de marfil, como vate, sacerdote, guía espiritual; y más tarde, por el intelectual marxista, desde su torre de la “vanguardia política”, descreído del pueblo en nombre del mito de Pueblo ajustado a las conveniencias políticas); bajo la denuncia del utilitarismo—o materialismo—vulgar, el rechazo a la modernidad norteamericana (la “hipermodernidad” en su época que—como ya había visto Sarmiento—no venía de la vieja y resentida Europa y amenazaba por “americanizar” el mundo), y luego rechazo a la modernidad a secas. Aunque los pensadores hispanoamericanos se cuidarán de rehusar la prosperidad como tal, la denunciarán como deleznable materialismo vulgar (y más tarde—con especial insistencia en las revoluciones fracasadas—como el desalmado consumismo), mejor sustituido por la poesía. Asomará también el viejo conservadurismo bajo las alas del nuevo nacionalismo y hasta un chovinismo populista.

Para concluir

El Apóstol habrá quedado enganchado tempranamente en el proyecto de la “cultura latina”, que había lanzado Napoleón III (autoproclamado emperador francés entre 1852 y 1870) como velo de sus propios diseños imperiales, tramados para contrarrestar la pujante expansión moderna del mundo sajón y la vieja amenaza rusa. Irónicamente, fue México el que probó los pasteles de esta “cultura” imperial en 1862. Desde su comienzo, la “latinidad” fue un proyecto defensivo, conservador, ya que Francia, hasta pasadas las guerras napoleónicas, quedaba a la zaga de la “Revolución industrial”, la base verdadera de la modernidad. Al creciente poder material del mundo anglosajón en pleno desarrollo y a los aterradores números de la Rusia zarista (Francia habrá salido bien escarmentada de sus aventuras en las estepas rusas), el “panlatinismo” les opone “el imperio de la raza y de la cultura latina” (Zea 199). En Francia, si bien los delirios de poder del emperador no han impedido los procesos de la modernización, sí han llevado al país a la bancarrota, a la derrota política y militar (primero por los mexicanos desarrapados de Benito Juárez y luego por la majestuosa Prusia), y a las convulsiones de la Comuna de París de 1871.

Cuando los latinoamericanos abrazan este proyecto desde finales de los años cincuenta (estando en París, el chileno Francisco Bilbao lo capta desde su primer momento), hacen caso omiso de las tentativas imperiales francesas en América Latina y sitúan la amenaza inequívocamente en el Norte (ver Zea, también Roig). La vaga “latinidad’, según Vasconcelos, también ha ayudado a diluir, cuando menos en México, el todavía espinoso tema de la herencia “hispánica”.

Parecería que con el cántico de la “latinidad” todos los latinoamericanos habidos y por haber hayan salido ganando en el baratillo “la-la-lá” de las ideas finiseculares. Pero debido a estos supinos “latines culturales” de sus intelectuales más prestigiosos, la América Latina ha perdido, desafortunadamente, el tren de la modernidad. Lo único que logrará de aquel impresionante “giro cultural identitario” será modernizar su literatura, y eso apenas.

En Martí, aquello que se ha tomado como resultado de su experiencia americana (el famoso “viví en el monstruo”), está claramente anunciado en uno de sus apuntes más tempranos, cuando todavía no había asomado en el Norte ni la nariz. Así, el sentido de la futura larga experiencia vital se ha anticipado maravillosamente a la experiencia misma y—no cabe duda—la ha “encausado” en su cauce apriorístico. Con el tiempo, sólo el volumen vitriólico ha ido en aumento…

No es la única vez que esto haya pasado en la vida del poeta visionario, aunque sea, tal vez, la más sorprendente y espectacular. No bien el joven aprendiz de Apóstol llega a México, se mete con todo el cuerpo y hasta las orejas en la política mexicana, más mexicano que los jacobinos fanáticos (aquellos fanáticos criminales, autodenominados “desfanatizadores”) en torno a Lerdo de Tejada, hasta que alguien tiene que llamarle la atención; pero de allí no tarde en llegar a Guatemala y a ponerse inmediatamente a explicar a los guatemaltecos cómo deben ser y qué deben hacer para estar a la altura de la historia; luego vendrán a los venezolanos…; todos con resultados poco halagadores (Martí se habrá acordado, en cada ocasión, de las palabras de Bolívar: “¡José, José! Vámonos, que de aquí nos echan; ¿a dónde iremos?”).

Estos y otros trances del profeta tantas veces fallido en sus predicciones nos obligan a hacernos la inquietante pregunta: ¿qué entendió de la realidad cubana misma, más allá del obsesivo proyecto de la independencia? Independencia entendida como la solución mágica de todos los problemas. (Más tarde, será la revolución, de Mariátegui en adelante.) Y luego: ¿qué entendieron aquéllos que lo siguieron a lo largo de un siglo y ahora lloran porque ya nadie compra los trastos viejos de la Revolución… Sólo su temprana muerte lo absolvió de la necesidad de dar respuesta a estas preguntas.

Coda: Al final del segundo apunte se plantea la oposición entre la caridad (la metáfora de salvar a quien se está ahogando) vs. la religión institucionalizada (la sinécdoque de la misa);  este tema ya nos lleva a la crónica marciana próxima, al Martí pascaliano romántico moderno… metido en la Realpolitik mexicana e hispanoamericana…

Emil Volek. Arizona State University

Bibliografía mínima

Martí, José. Obras completas, 26 vols. Havana: Editorial Nacional de Cuba, 1963–1973. (Se citará como OC seguido por volumen y página.) Print.

Santí, Enrico Mario. “‘Our America’, the Gilded Age, and the Crisis of Latinamericanism.” José Martí’s “Our America”: From National to Hemispheric Cultural Studies. Eds. Jeffrey Belnap and Raúl Fernández. Durham: Duke UP, 1998. 180–90. Print.

Roig, Arturo Andrés. “Historia del ‘nosotros’ y de lo ‘nuestro’.” Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano. México: F.C.E., 1981. 24–43. Print.

Volek, Emil. “José Martí, Nuestra (Macondo)América.” Caribe 9.1 (2006): 19–40. Print. Also in Universum (Universidad de Talca, Chile) 22.1 (2007): 301–17. Print.

—. “From Argiropolis to Macondo: Latin American Intellectuals and the Tasks of Modernization.” Latin American Issues and Challenges. Eds. Lara Naciamento and Gustavo Sousa. Nova Science Publishers, 2009. 49–79. Print.

—. “Nuestra América / Our America at the Crossroads: Splendors of Prophecy, Misery of History, and Other Mishaps of the Patriotic Utopia (Notes on the Bicentennial Recourse of the Method and on Martí’s Blueprint for Macondo).” Luis Martín-Estudillo y Nicholas Spadaccini, eds. Hispanic Literatures and the Question of a Liberal Education. Hispanic Issues (in preparation).

Zea, Leopoldo. “América y el problema de su identidad.” La filosofía como compromiso de liberación. Eds. Liliana Weinberg y Mario Magallón. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1991. 196–209. Print.

Caricatura de José Martí y sus máscaras a cargo de nuestro ilustrador José Ramírez en exclusiva para Magazine Modernista.

 

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