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Gregorio Pueyo, librero y editor

9 05 2011

Amelina Correa Ramón

 

En un conocidísimo e impresionante cuento incluido por Jorge Luis Borges en El jardín de senderos que se bifurcan (1941), titulado “La Biblioteca de Babel”, se propone la llamativa propuesta/especulación de la existencia de un universo compuesto por todos los libros probables y posibles, que existe infinitamente y desde la eternidad: 

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto.

Dueño y señor de un cierto tesoro intacto y secreto se sentiría también, probablemente, el editor y librero Gregorio Pueyo Lamenca (1860-1913), afincado en Madrid desde las últimas décadas del siglo XIX y en cuyas calles (varias sucesivas) establecería su casi mítica casa editorial y librería, que iban a frecuentar escritores noveles y consagrados, habitantes todos ellos de algún modo de esa “biblioteca de Babel”. Y es que aunque el amor por la lectura no ha sido de manera tradicional –y por desgracia- considerado precisamente un bien patrio en nuestro país, siempre ha existido una minoría de hombres y mujeres que han sentido auténtica pasión por los libros. De hecho, se podrían recordar quizás unas ilustradoras palabras de la sevillana librepensadora Amalia Domingo Soler, autora ella misma de una amplia nómina de títulos de los más diversos géneros, en las que relataba con emoción: “Desde niña atraían poderosamente mi atención las grandes librerías, y entraba en ellas con religioso respeto”.

La devoción por las letras debió de impulsar también, sin duda, la aventurada trayectoria de Gregorio Pueyo, quien pasaría etapas de penuria económica tras su llegada a Madrid desde su Panticosa natal, aunque finalmente lograría sacar adelante con éxito la empresa a la que consagró su vida. El catálogo de sus obras resulta vastísimo, y contiene algunos de los principales nombres de nuestra historia literaria de entresiglos, como Antonio y Manuel Machado, Enrique Díez-Canedo, Gregorio Martínez Sierra, Salvador Rueda, o Ramón María del Valle-Inclán, entre otros. Vinculados también con el naciente (y luego triunfante) modernismo se encuentran los nombres de autores hispanoamericanos como Amado Nervo, José Santos Chocano o Enrique Gómez Carrillo. Así mismo, Pueyo dio a conocer traducciones de algunos de los más influyentes escritores del panorama europeo del momento, como pueden ser Gabriele D’Annunzio, Anatole France o Mauricio Maeterlinck.

Además de todo ello, el emprendedor librero depositó su confianza en jóvenes promesas, escritores desconocidos de los tantos que llegaban a la capital cada año persiguiendo denodadamente un éxito que se demostraba siempre huidizo y efímero. Es el caso del ya mencionado Sassone, pero también del luego muy popular José María Carretero, que sería conocido como El Caballero Audaz, o de un jovencísimo Fernando Fortín, de quien Pueyo edita en 1907 el poemario La hora romántica, cuando sólo cuenta con diecisiete años.

De ahí que Max Henríquez Ureña, en su estudio Breve historia del modernismo, constate que en la fecha en que vio la luz una de las antología definitorias de este movimiento artístico y literario, como es La Corte de los poetas. Florilegio de rimas modernas, que publicó el prolífico Emilio Carrere en 1906, “los modernistas tenían en Madrid su editor y librero: Gregorio Pueyo. En un catálogo de libros que la casa Pueyo ofrecía en venta se incluían algunos títulos de autores hispanoamericanos cuyas obras no habían sido editadas en España”.

Esa identificación directa del librero con el modernismo incentivó, probablemente, la transmutación literaria de éste en el personaje valleinclaniano de Zaratustra, en la genial obra Luces de bohemia. Deformado en los espejos cóncavos y convexos que Valle-Inclán usó para su creación del esperpento, así nos aparece en la segunda escena de la obra, en una caricatura que incluye tanto a la librería como a su dueño:

La cueva de ZARATUSTRA en el Pretil de los Consejos. Rimeros de libros hacen escombro y cubren las paredes. Empapelan los cuatro vidrios de una puerta cuatro cromos espeluznantes de un novelón por entregas. En la cueva hacen tertulia el gato, el loro, el can y el librero ZARATUSTRA, abichado y giboso -la cara de tocino rancio y la bufanda de verde serpiente-, promueve, con su caracterización de fantoche, una aguda y dolorosa disonancia muy emotiva y muy moderna.

Paradójicamente, los descendientes de aquel que vivió entre libros y que hizo de éstos en buena medida su razón de ser, no han heredado con el paso del tiempo ninguno de sus incontables volúmenes, que parecen haberse perdido y dispersado sin destino cierto. Tan sólo se han conservado unas pocas fotos, algún objeto personal y algún aislado resto del que debió de ser riquísimo epistolario con intelectuales y escritores contemporáneos. Y precisamente a uno de esos fragmentos epistolares debo el conocimiento del autor del presente libro, Miguel Ángel Buil Pueyo, bisnieto del mítico librero, de quien parece haber heredado el carácter emprendedor y la pasión por la letra impresa. En efecto, hace ya varios años que recibí un amable correo electrónico en el que, identificándose previamente, ponía a mi disposición una exótica tarjeta postal, recibida por su bisabuelo y remitida por un escritor a cuyo estudio he dedicado muchos años de mi vida, como es el orientalista Isaac Muñoz. La tarjeta había sido enviada desde el Hotel Villa de France, en Tánger, el día 9 de abril de 1911, y en ella el escritor muestra su interés por adquirir varias obras de Rubén Darío y Francisco Villaespesa, que solicita le envíe Pueyo, además de conminarlo a que manifieste si “quiere o no” publicar una de sus novelas, cuyo título no menciona, para, en caso contrario, “hacer otras gestiones”.

A partir de aquí se inicia la historia de una amistad que ha estado siempre marcada, de una u otra manera, por la literatura y el arte de ese fascinante periodo que fue el fin de siglo. Miguel Ángel y yo hemos intercambiado lecturas, datos, nombres, fotografías y revistas, acerca de los autores más raros y de los títulos más curiosos, y debo decir que, demostrando siempre una generosidad sin límites, muchos de mis trabajos de investigación tienen hacia él una deuda impagable. Miguel Ángel Buil siempre está presto para buscar el dato exacto en hemerotecas y bibliotecas, con paciencia infinita y fino olfato detectivesco, tal que si fuera un perfecto Sherlock Holmes de la literatura.

Y es así como ha reconstruido una peripecia vital y libresca tan interesantísima como es la de su antepasado, el bisabuelo inmortalizado por Valle-Inclán, y que fue ampliamente conocido en todo el mundillo cultural de entresiglos. De ahí el incuestionable interés que ofrece este volumen, de edición cuidadísima, con abundante reproducción de ilustraciones de cubiertas editoriales y de fotografías de autores de la época –muchos de ellos, sin duda “raros y olvidados”-, y que contribuye en buena medida a iluminar las sombras de un periodo histórico tan complejo como marcado por la profunda crisis finisecular. Para cualquiera que se dedique al estudio de esta etapa, sin duda Gregorio Pueyo (1860-1913) Librero y editor constituye una fuente ya imprescindible, así como un filón inagotable de datos. Miguel Ángel Buil ha logrado no sólo rescatar prácticamente desde la nada la biografía de Gregorio Pueyo, sino que también ha restablecido el riquísimo y muy amplio catálogo de las publicaciones que llevó a cabo, cuyos datos de edición se ofrecen en un completísimo y exhaustivo listado.

Y todo eso lo ha hecho desde el trabajo y el rigor, pero guiado siempre por un vital entusiasmo que recuerda sin duda alguna el origen etimológico de la palabra, derivada, como es sabido aunque se suele olvidar, del griego theos, “dios”, Así pues, alguien entusiasmado viene a ser alguien guiado por un cierto grado de transporte o éxtasis, que lo lleva a acometer con fervor y entrega las más arduas tareas. (En cualquier caso, yo tampoco puedo concebir la investigación de otra manera…).

Entusiasmo, pues, que recuerda nuevamente a Borges y sus míticas y recreadas bibliotecas infinitas:

Desde el primer Adán que vio la noche / Y el día y la figura de su mano, / Fabularon los hombres y fijaron / En piedra o en metal o en pergamino / Cuanto ciñe la tierra o plasma el sueño. / Aquí está su labor: la Biblioteca. / Dicen que los volúmenes que abarca / Dejan atrás la cifra de los astros / O de la arena del desierto. El hombre / Que quisiera agotarla perdería / La razón y los ojos temerarios.

Amelina Correa Ramón. Universidad de Granada

BUIL PUEYO, Miguel Ángel, Gregorio Pueyo (1860-1913). Librero y editor, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas / Instituto de Estudios Madrileños / Ediciones Doce Calles, 2010, 176 págs.

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