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Gregorio Pueyo (1860-1913), librero y editor

9 05 2011

Miguel Ángel Buil Pueyo

“No hay libros malos; todos dan dinero. Y si la mercancía es de ley, gloria” (Gregorio Pueyo)

Recientemente ha visto la luz el libro Gregorio Pueyo (1860-1913), librero y editor, del que soy autor y cuya edición, con prólogo de la profesora Amelina Correa Ramón y bajo los auspicios del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y del Instituto de Estudios Madrileños, ha quedado al cuidado de Ediciones Doce Calles. 

Me gustaría que la revista digital Magazine Modernista sirviera de escaparate a estas palabras de presentación de esta obra a la que he dedicado varios años de investigación, recopilando datos e informaciones varias en bibliotecas, hemerotecas y archivos.

Se equivocaba el periodista y crítico literario Eduardo Gómez de Baquero, “Andrenio”, cuando afirmaba en una crónica de la revista Nuevo Mundo de comienzos de 1914 sobre la fisonomía literaria de 1913 que había sido éste un año vulgar en el que no había ocurrido nada de particular, y erraba, decía, porque a finales del mes de febrero de ese año había fallecido el librero y editor Gregorio Pueyo, protagonista por derecho propio de ese mundillo literario. Rafael López de Haro llegó, incluso, a utilizar el marbete de “Generación Pueyo”. 

A diferencia del Viajero a través del Tiempo, protagonista de la novela de H. G. Wells  “La Máquina del Tiempo”, ¡que viajó ni más ni menos que al año 802.701!, investigar sobre su pionera labor editorial me ha llevado, no tan lejos y al pasado, a esos años finiseculares que enmarcaron su peripecia profesional. Escribir este libro me ha deparado una verdadera fuente de sorpresas y gratificantes descubrimientos sobre una época interesantísima y es que no es un delirio por mi parte, tampoco una exageración, ni siquiera un atrevimiento, afirmar que en Gregorio Pueyo convergen muchos asuntos que marcan y configuran el fin de siglo. A su sombra, retrotraerse a esos años, sin correr los riesgos de aparatos diabólicos, propensos a sustos y sobresaltos inesperados, es entrar enseguida en contacto con el movimiento modernista, la bohemia, también la golfemia, ¡por sus actos les conoceréis!, la masonería, la teosofía, el espiritismo y las ciencias ocultas, etc., etc.

Al modernismo, que ha generado ingente bibliografía en todas sus manifestaciones, irá ya siempre unido, y en un primerísimo lugar, su nombre; son innumerables los testimonios en este sentido y extravagante y poco conocido es el de Emiliano Ramírez Ángel quien, en un artículo titulado “Elogio del Bocadillo”, tras enumerar un buen número de ellos, el de jamón, el de salchichón o el de anchoas, llega a preguntarse con rechifla cómo no hizo Gregorio Pueyo un catálogo de bocadillos modernistas.

Grandísima importancia en la divulgación del modernismo, desplazado posteriormente por otros “ismos”, tuvo el poeta nicaragüense Rubén Darío, cuya manera de versar va a ser rápidamente asimilada por un buen número de poetas, que le consideraban maestro indiscutible y grandes admiradores suyos fueron Juan Ramón Jiménez, Eduardo de Ory, Gregorio Martínez Sierra, Ramón del Valle-Inclán, Antonio Machado o Francisco Villaespesa, por sólo citar a algunos de los más conocidos. Pero Rubén Darío no fue el único ya que, sin necesidad de atravesar el Atlántico, en España se encontraba  el poeta malagueño Salvador Rueda, acaso el más importante poeta del premodernismo español. Gregorio Pueyo será uno de los más importantes valedores de estos poetas, avanzados por su moderna manera de componer, libre de las ataduras métricas decimonónicas.

En este final de siglo, no bastándoles los limitados horizontes de su pueblo, van llegando a Madrid desde todos los puntos de la Península, para conquistar la Puerta del Sol, un buen número de escritores y bardos, todos con muchas prisas pues todos traen en sus maletas muchos manuscritos ¡únicos a nivel mundial e irrepetibles! pero poco dinero en sus faltriqueras y que, como no triunfen rápido, se tendrán que volver, fracasados, ¡¡Dios no lo quiera!!, a sus lugares de origen, en lejanas provincias y, aun sobrándoles entusiasmo, algunos terminarán muriendo, por incomprensión, como pájaros ateridos de frío. Francisco Grandmontagne había afirmado, muy acertadamente, que “es mucho más alimenticia una sardina que un alejandrino”. Pero es un hecho que Madrid es el “rompeolas de todas las Españas”, que dijo Antonio Machado, y aquí es donde hay que estar si se quiere llegar a ser alguien y hacerse un hueco en el ambiente literario.

Desde Madrid se mueven todos los hilos a nivel nacional, aquí está el Gobierno con toda su parafernalia, fondos de reptiles incluidos (esas subvenciones opacas que el gobierno de turno hace a la prensa para que ésta no se muestre excesivamente beligerante); están también los periódicos más influyentes; hay una animada vida social, están los cafés, frecuentados por nocharniegos impenitentes, donde, en animadas tertulias, se siguen defendiendo a capa y espada las tendencias y las ideas que ya huelen a rancio pero también las nuevas, esas que hay que propagar por todos los medios y aquí es donde juega un papel muy importante no sólo la prensa escrita sino también el mundo editorial, los libreros y los impresores. No todos se van a atrever a editar libros de poetas jóvenes (¡pero si es que algunos de ellos no alcanzan aún ni los veinte años y hasta es posible que se hayan escapado de sus casas!) y ello por mucha gracia y ligereza que sus poemas, fruto de su adolescencia, contengan. Los editores se brindan, ¡sí!, a editar el undécimo libro de ese poeta nuevo pero, ¡ay!, no el primero … Alguno de ellos ha tenido suerte y ha encontrado finalmente, después de muchos contratiempos, un editor que está dispuesto a correr con la aventura de sacar a la luz su libro a cambio, es cierto, de muchas cesiones.

Ese editor va a ser Gregorio Pueyo. No es el único, es obvio, pero sí uno de los que, desde su librería de la Calle de Mesonero Romanos, van a jugársela a una sola carta porque, como él mismo decía, “estas cosas de la literatura tienen su pro y su  contra. Hay autor que nunca se vende. Otros se venden cuando menos se espera, y los hay, que una  vez  muertos  los  reputan  genios y entonces se venden de un modo prodigioso. Es el eterno calvario y no hay modo de sustraerse a él”. Y es en esta calle y en su librería del número 10 donde, en palabras de Eduardo Zamacois, comenzó a tomar bríos de editor, apostando por un buen número de escritores, entre los que se encuentran esos “melenudos modernistas”, algunos de los cuales con el tiempo ganarían merecida fama: José María Carretero, más conocido posteriormente por su seudónimo de “El Caballero Audaz”, Fernando Fortún, Germán Gómez de la Mata, Rafael López de Haro, Augusto Martínez Olmedilla, Fernando Mora, Miguel Pelayo, Luis de Oteyza, Antonio Porras Márquez, Felipe Sassone, Francisco Vera, etc.  Es también en esa dirección donde se suele improvisar una tertulia que frecuentarían Valle-Inclán, Felipe Trigo, los peruanos Santos Chocano y Felipe Sassone, Eduardo Barriobero, Francisco Villaespesa, Emilio Carrere, o Dorio de Gádex, bohemio éste último de mi predilección.

En cuanto a la bohemia y la golfemia,  desde que Henry Murger escribió Escenas de la vida bohemia, libro que, como dijo Alonso Zamora Vicente, “está en la base de actitudes y conductas”, ya sabemos que la primera, la bohemia, es artística y creadora. Alejandro Sawa sería el prototipo del auténtico bohemio, actitud y comportamiento que llevó hasta sus últimas consecuencias. La segunda, la golfemia, es la de los hampones literarios, que no poseen esa genialidad, y que viven de la desvergüenza y del engaño pero también con alguna dosis de ingenio. Melchor de Almagro San Martín, en su Biografía del 900, lo expresó con estas palabras: “Yo no confundo, naturalmente, a la pobretería, dada al morapio o al Chinchón, que a causa de haber escrito algunos poemas con mayor o menor talento, generalmente menor, de llevar melenas sucias y de vestirse en el Rastro, se llaman a sí mismos bohemios”

Pero hay más asuntos del momento histórico que le tocó vivir que convergen en Gregorio Pueyo, como la masonería que, representada por el Gran Oriente Español, dedica su culto a tres deidades: la verdad, el progreso y la virtud. Si bien es cierto que no editó ningún libro masónico, sin embargo en su librería tenía a la venta muchos libros de esta temática. Vender e incluir este tipo de libros en su Catálogo era, sin duda, una apuesta atrevida, una más a las que hizo frente a lo largo de su vida. José Nakens llega a afirmar en El Motín, con motivo de la aparición de su libro ¡Libertad y a ellos!: “No lo busquen en las librerías, porque sólo hay una en toda España que se atreva a llevar libros de esta casa: La de Gregorio Pueyo, Mesonero Romanos, núm. 10”

La teosofía es una filosofía ecléctica en la que confluyen tanto doctrinas idealistas como racionalistas. Procura un estudio comparado de las religiones para reconciliarlas e intentar alcanzar la sabiduría divina. Gregorio Pueyo creó una “Biblioteca Teosófica” que, bajo la dirección de Enediel Shaiah, seudónimo del pontevedrés Alfredo Rodríguez de Aldao, contribuyó al desarrollo y divulgación de la literatura teosófica en España, e incluía a autores como Mario Roso de Luna, Julio Lermina, la escritora Lionel Dalsace o Aymerich, que fue otro de los seudónimos utilizados por Alfredo Rodríguez de Aldao. No podía estar el librero y editor ajeno al mundo de la teosofía teniendo en cuenta no sólo que tanto él como, posteriormente, su viuda editaron numerosos libros de su máximo representante en España, Mario Roso de Luna, “El Mago de Logrosán”, “mortal, teósofo y ateneísta”, como él mismo se auto-definió, y con el que le unía una gran amistad. 

El espiritismo y las ciencias ocultas tuvieron abundantes seguidores. Muchos fueron los escritores que, desde distintas perspectivas, sacaron a colación estos asuntos que escapaban al conocimiento humano, novelándolos. Ángeles Vicente, cuyo nombre figura en su catálogo, abordó en muchos de sus libros cuestiones espíritas. No ha de extrañar. Los periódicos informaban muy frecuentemente sobre noticias relativas al hipnotismo, al magnetismo, al arte de descubrir el porvenir por la lectura de las rayas de la mano, a la quirognomonia (o arte de conocer a las personas por la configuración de la mano y forma de los dedos), a la fisiognomonia (o arte  de  conocer a las personas por los rasgos del semblante), a la metoscopia (o arte de adivinar mediante los lunares), etcétera.

La labor editorial de Gregorio Pueyo hay que calificarla de “infatigable”. Pensemos que desde 1901, año en el que vio la luz el primer libro por él editado del que se tiene constancia, muy alejado de la poesía ya que formaba parte de una pequeña Biblioteca de Vulgarización de las Ciencias Ocultas, y que llevaba por título Los misterios de la mano. La quiromancia. Arte de adivinar el porvenir de las personas por las rayas de las manos, hasta 1913, año de su fallecimiento, son casi 250 ejemplares, repito, ¡casi 250 los ejemplares por él editados! Con razón Emiliano Ramírez Ángel se refería a él llamándole “hormiga editorial”.

Valle-Inclán en su esperpento Luces de Bohemia le inmortalizará ya para siempre con su prosopografía característica con el sobrenombre de “Zaratustra”. El librero y editor y las características personales que le adornaban fueron una importante fuente de inspiración de muchos escritores y el rico anecdotario, en ocasiones con un claro trasfondo filosófico, no escasea. He seleccionado para esta presentación un sucedido que contó el que fuera cronista de Madrid, Pedro de Répide, y que, por razones de espacio, extracto:

Descuidado en su atavío, apresurado al vestirse para correr a su puesto de trabajo, más de una vez, abierto al desgaire el cuello de la camisa, ostentábale libre, sin la traba de la corbata, prenda, si bien se mira, completamente ociosa y sin utilidad verdadera. Cierto día penetró en el zaquizamí, laboratorio de su fortuna, determinada poetisa, quien llamándole la atención su abandono, le dirigió chanzas al verle descorbatado. A lo que Pueyo contestó filosóficamente con frase grave:

– Señora, sin corbata se vive.

No sabía, o sí sabía, el rudo Gregorio, hombre recio del Alto Aragón, todo el alcance de sus palabras. Pero había un mundo en ellas”.

Así era Gregorio Pueyo. De lo que queda dicho y de mucho más se habla en este libro que pretende cubrir un vacío bibliográfico, rescatando para ello algunas de sus pautas: su biografía personal pero también el conocimiento de su intensa labor profesional, de la que su amplio y variado catálogo es un manifiesto ejemplo. Completa el volumen una cuidada selección de ilustraciones, en color y en blanco y negro, la mayoría inéditas o escasamente reproducidas en los manuales sobre la historia de la edición en España, que introducen al lector en la enorme riqueza de la “Edad de Plata”.

Escribía en 1923 el escritor Pedro Morante que “para un hombre como Gregorio Pueyo no hace falta una sesuda biografía. Esta fue su vida: trabajó, trabajó, trabajó …; murió joven y pudo hacer mucho aún; mas cuando la Truncadora apareció ante él, ya su gran obra estaba consolidada, ya que los laureles del triunfo ceñían su frente …” He hecho caso omiso de sus palabras y, a las puertas del primer centenario de su fallecimiento, no se me ha ocurrido una manera mejor de recordarle que compendiar en tinta una aproximación a su interesante periplo vital, porque Gregorio Pueyo, haciendo honor a su apellido, que procede de latín podium, ocupa con dignidad un lugar elevado en el mundo y vida literarios de principios del siglo pasado.   

Miguel Ángel Buil Pueyo

BUIL PUEYO, Miguel Ángel, Gregorio Pueyo (1860-1913). Librero y editor, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas/Instituto de Estudios Madrileños/Ediciones Doce Calles, 2010, 176 págs.

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