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El hilo último de la memoria de los Sawa – Poirier: Carmen Calleja

9 05 2011

CARMEN CALLEJA ROVETA Y JUAN MANUEL GONZÁLEZ MARTEL.  Tras una evocación de Sawa a cargo de Carmen Calleja Roveta, Juan Manuel González Martel, recrea la personalidad de la viuda de López Sawa, elogiando su labor como conservadora de la documentación del escritor.

En 1999, Carmen Calleja y Juan Manuel González empezaron a elaborar una catalogación que titularían Alejandro Sawa. Un legado para el patrimonio de la bohemia literaria española. Sawa-Martínez y Poirier-Mercier (1862-1960). Aunque este trabajo no se publicó, fue registrado, con Depósito Legal: M100668- -2001, y, luego, ha sido facilitado a algunos investigadores del modernismo hispánico. Terminado el catálogo en 2001, Carmen Calleja resumió, bajo el título “Un gran bohemio”, sus recuerdos de la familia de los Sawa-Poirier y López-Martín. Son las palabras que reproducimos, puestas como prólogo a dicho legado. Y, a partir de esta evocación, Juan Manuel González, recrea la personalidad de la viuda de López Sawa, elogiando su labor como conservadora de la documentación del escritor. Actualmente, después de ciertos anecdóticos avatares, lo principal de dicho patrimonio pertenece a la Fundación Residencia de Estudiantes de Madrid.

Un gran bohemio.  Por Carmen Calleja Roveta, viuda de López Sawa

¡Las vueltas que da la vida! Nunca pude pensar, cuando era joven, que un día llegaría a ser la única heredera, nieta por matrimonio con uno de sus dos únicos descendientes, del célebre escritor bohemio Alejandro Sawa. Una persona valiosísima, merecedora de haber tenido unas posibilidades más dignas para vivir, sobre todo en sus últimos tiempos, por ser de una inteligencia excepcional, aunque lamentablemente mal aprovechada dado su carácter y las circunstancias sociales y políticas de la España de su tiempo. Fue un bohemio cien por cien.

Tuve la gran suerte de casarme con su nieto, Fernando López, una persona sencilla y buena, que llenó por completo mi vida con su hombría de bien y total dedicación hacia mí. Nos casamos en 1948, y hemos convivido 36 años completamente felices a pesar de las muchas contrariedades que surgen en la vida; pero fueron superadas por nuestro cariño y comprensión. No tuvimos hijos, lo que ha sido triste para mí, porque ahora soy una persona, mayor, en soledad.

De Alejandro sólo se ha escrito últimamente sobre la parte sensacionalista y escabrosa de su vida. No es justo, porque toda persona tiene su lado positivo y digno de encomio. Luchó por su “santa” mujer y su hija. Así se referían a ella todos sus familiares, y yo lo corroboro, porque la conocí. Luchó por Jeanne Poirier y por su hija Elena, a las que adoraba, aunque sufrieran las consecuencias de sus excentricidades o de su misma honestidad ideológica. Ellas, a su vez, consiguieron, dentro de lo poco que permitía el carácter orgulloso y dominante de Alejandro, facilitarle la vida hogareña y que, en la medida de lo posible, con amor y tranquilidad, que su trabajo literario fuese continuado, si no prolífico.

Fue Alejandro Sawa un magnífico orador. Decían quienes le conocieron que si hubiese escrito cómo y algo más de cuanto hablaba, nos habría dejado una obra amplísima y de gran habilidad estilística. Contaba su yerno, el gran dramaturgo y poeta, Fernando López Martín, también injustamente olvidado, que cuando conoció a don Alejandro, ¡ya estaba casi ciego!, acostumbraba, cuando recibía visitas, cerrar las contraventanas para que no entrase la intensidad de la luz del día. La primera vez en que Fernando –mi suegro-, acompañado por su amigo Prudencio Iglesias Hermida, llegó a la calle de Conde Duque, a la casa en que vivía el escritor, eran las cuatro de la tarde. Empezaron a hablar, y cuando quisieron recordar, se habían hecho las doce de la noche. Había pasado el tiempo tan agradablemente, que fue como si el reloj se hubiese parado. Las horas habían pasado como durante un sueño fantástico del cual no se quisiera despertar.

En sus momentos de desesperación, por carecer de lo más imprescindible, tuvo que escribir artículos a Rubén Darío, para que este los firmara como suyos; y al no pagarle por ellos, se vio obligado a enviarle la famosa carta -conservada en los papeles del Archivo- que comienza: “¿Me impulsas a la violencia? Pues sea. Yo no soy el amigo herido por la desgracia, que pide ayuda al que consideraba como gran amigo suyo; soy un acreedor que presenta la cuenta de su trabajo”… Y la carta continúa llena de frases desesperadas, dada la adversa situación en la que se encontraba. Pienso que, al final, Rubén le recompensó con creces escribiendo un magnífico prólogo a su obra póstuma Iluminaciones en la sombra, cuyas páginas le pidió Jeanne Poirier.

El archivo que con tanto interés hemos custodiado mi marido y yo, fue legado recibido principalmente de manos de la propia Jeanne Poirier. Conocí a Jeanne, “Mamaella” para sus nietos, en Francia. Fuimos varias veces a visitarla. Para ella, nuestras temporadas a su lado supusieron siempre un auténtico acontecimiento. Todos sus recuerdos españoles cobraban vida con nuestros besos de saludo. De sus frases, entre tantas cartas, me sigue emocionando aquella en que, anciana, después de decirme, de satisfacción llena y de cariño hacia su nieto, “¿Has visto lo que quiere hacer ton cher Fernandito: tomar una habitación para mí [en Madrid]? Quítaselo de la cabeza.”, me escribe en un aparte: “Adiós, ma chère petite. Dans la vie comme dans la mort tu as une grande-mère que t´adore”. Así era: expresiva, sincera, con una simpatía arrolladora y un gran sentido del humor. Del mucho aprecio que me tomó me queda al alcance de la mano el regalo de sus últimos “tesoros”: una negra mantilla española de encaje -la luce en su retrato de 1906- y un minúsculo medallón de broche, con un retrato de juventud. Y a su hija Elena, ¡la bella adolescente Helena, la de los cuatro versos autógrafos de Rubén Darío al resguardo en los papeles de Sawa!, la traté, poco, antes de conocer a mi marido, en casa de amigos comunes, los Zalamea, que vivían en el mismo edificio de la madrileña calle Ponzano. Fue recién terminada la Guerra Civil y la pobre estaba deshecha moralmente debido a las tragedias sucedidas en la familia, que había permanecido en la capital. Al poco, en 1941, murió.

Gracias a estas dos mujeres de la vida de Alejandro Sawa, de Jeanne Poirier y de Elena Rosa Sawa Poirier, de París y Auxerre, y de Madrid, se han conservado los papeles familiares y de ellas, directamente, nos viene esta documentación que poseo. Aparte de la que ella misma, en nuestros tres viajes en la década de 1950, nos entregó amorosamente, lo principal, nos lo devolvió la familia francesa cuando murió Jeanne en 1960 en Auxerre.

Hasta aquí estos breves recuerdos que al gran Alejandro Sawa, con todo respeto, le dedica su nieta política. Ahora sólo me queda demostrar el agradecimiento que siento por personas que se han ocupado de la figura humana y literaria de Alejandro Sawa: Don Alonso Zamora Vicente, que con tanta emoción lo mencionó en su discurso de ingreso en la Real Academia Española, sobre La realidad esperpéntica (Aproximación a Luces de bohemia). Al hablar de Valle Inclán, queriendo aproximarse al secreto humano y social del primer esperpento, indaga en la figura de Sawa, puesto que, a manera de biografía dramatizada, la figura del personaje Max Estrella está inspirada, con alguna que otra fantasía, en la realidad de Alejandro Sawa. Posteriormente, el Dr. Zamora Vicente ha seguido hablando y escribiendo de él en diversas ocasiones muy dignamente. Ha sido, además, para nosotros, para mí y para Fernando López Sawa, un buen amigo; y continúa siéndolo para mí, ahora, después de tantos años.

También es digno de mi mayor estimación, Allen Phillips. Vino becado de Norteamérica para escribir una biografía de Sawa, que resultó espléndida. Se convirtió también en un entrañable amigo al haber estado con nosotros mucho tiempo, recopilando datos de nuestro Archivo para el libro Alejandro Sawa, mito y realidad.

Muchas personas, antes y después, son las que han pasado por esta casa, para tomar notas sobre la documentación que poseo. Imposible enumerarlas a todas; la mayoría amables y educadas, si bien algunas han estado interesadas más que por la figura literaria de Sawa por el propio beneficio. Y también les estoy agradecida porque han colaborado a seguir hablando de la personalidad literaria de Sawa, impidiendo así que cayese en el anonimato.

Tengo que hacer mención especial del amigo con quien he ordenado y estudiado los documentos del Archivo familiar. Nos escribió, en la década de 1960, porque quería confirmar el trato en París de Alejandro Sawa con Enrique Gómez Carrillo, una amistad en el París de final de siglo. Y luego hemos ido redescubriendo tanto a Alejandro Sawa como la calidad humana, la entereza del testimonio político y la amplitud de la obra poética y el teatro de Fernando López Martín, madrileño cabal, bisnieto del pintor Vicente López. Mis palabras son poco expresivas para manifestarle mi aprecio.

Con este escrito, a la luz de ahora, manifiesto el orgullo que siento de mi pequeño protagonismo al haber sido la conservadora de un legado que encierra no sólo una emoción exclusivamente familiar sino la de una época literaria, la de Alejandro Sawa, otras Iluminaciones en la sombra en la literatura española. No he querido, y sólo en esto está mi empeño, que estos documentos desaparezcan el día en que Dios me llame para volver a estar con mis seres queridos.

Madrid, 2001

 

Carmen Calleja y la primera catalogación de los papeles de Sawa. Por  Juan Manuel González Martel

En 1984, para un estudio sobre Enrique Gómez Carrillo, quise recuperar un ofrecimiento que, por carta de junio de 1965, me hizo Fernando López-Sawa, el segundo de los dos únicos nietos de Alejandro Sawa: la fotografía del homenaje que al gran cronista guatemalteco se le dedicó en Madrid en abril de 1899.

 ¿A cuántos de aquellos escritores y periodistas podría reconocer ahora? Primero, Díaz Plaja había publicado la imagen en uno de sus manuales de Literatura Española para el bachillerato, y Zamora Vicente disponía de copia fotográfica que generosamente ya me había facilitado. A ambos se las había facilitado don Fernando López Sawa. Y a la vuelta de 1984, me ilusionaba ver la calidad del original conservado por Sawa. Localizado Gómez Carrillo, en la última fila –y no en el centro, como se creía- y, evidentes por sus rotundas presencias, la elegancia de Alejandro Sawa y formal seriedad de Rubén Darío, y fácilmente identificable la figura de Valle Inclán, inquieto y bromista, haciéndose el dormido en hombro vecino de Candamo, el reconocimiento del resto de los presentes, todos intentando mostrar a la cámara su mejor semblante, podría depender de la calidad de la foto original. De ahí mi interés por el original. Estaba claro que aquella fotografía era más que un recuerdo del homenaje de La Vida Literaria al centroamericano era estampa de parte de una generación que, con la presencia de Darío y de Gómez Carrillo, podía considerarse también hispano-americana.

Con la misma prontitud que su marido, viuda de Fernando López desde 1985, doña Carmen, como contestación, al tiempo que me adjuntaba copia de la foto, me comunicaba que el original estaba a mi disposición y, como a otros investigadores, generosamente, me dejaba consultar los papeles y las otras fotografías conservadas por la familia López Sawa.

Carmen Calleja ha sido testigo de la vida familiar, de las últimas fechas, de Elena Sawa Poirier en la dura posguerra de Madrid, y de la amabilidad y generosidad, de la poesía, de Fernando López Martín -¡cómo me impresionaba su emocionada forma de recitar!, suele repetir; y, excepcionalmente, fue interlocutora durante sus cortas temporadas en París y La Yonne de la lucidez de Jeanne Poirier, anciana ya.  Y durante años, Carmen Calleja Roveta, alma y enriquecida memoria sentimental de los documentos que guardó.

Continuadora en solitario desde 1985 de la labor de López Sawa, Calleja Roveta ha custodiado el archivo familiar con igual pasión con la que lo estudiaba Fernando. No se limitó a conservarlo en las mejores condiciones sino que procuró ir conociendo más de los Sawa-Poirier. Así Carmen sumó, a la hora de revisar sus papeles, la glosa de la feliz, dura o secreta circunstancia que, en la intensa y entrecortada biografía de los Sawa, cada documento conlleva.

Aunque tuvo que desprenderse de sus papeles e imágenes, siempre supo del valor, además del sentimental, para la historia literaria de sus documentos, por lo que procuró favorecer el estudio y la difusión de la documentación y, sobre todo, facilitar la tarea al investigador, sin interferir en conclusión alguna. ¡Lo avalan las cartas a los estudiosos que solicitaron consultarlos!

Cuando Carmen, en una de nuestras conversaciones, habló de buscar buen recaudo, por venta o donación, en razón de su edad, su archivo, la animé a comenzar un recuento y catalogación de los documentos para que tuviese conciencia exacta del material de que disponía y poder valorarlo en su conjunto.

El resultado fue Alejandro Sawa. Un legado para el patrimonio de la bohemia literaria española. Sawa-Martínez y Poirier-Mercier (1862-1960), de 183 páginas. Con el prólogo “Un gran bohemio” (páginas10-13) y la introducción “De la historia y valoración del patrimonio literario de Alejandro Sawa”, páginas 18-60, se presentan quinientos dieciocho registros. Como el objetivo era una catalogación a fin de encaminar ese patrimonio hacia una posible donación o venta, no se hizo una catalogación con criterios estrictamente técnicos. Se prefirió destacar esa reducida documentación biográfica por su exclusividad, y a pesar de ser sólo un resto conservado de un patrimonio que fue más amplio, destacando los datos novedosos que aún encerraba para sumarlos a la vida de Sawa, relacionándolos ampliamente con los aspectos conocidos de su biografía.

Este catálogo fue el resultado del trabajo, en absoluta colaboración, en horas de los viernes. Tras su grato recibimiento, la compañía de Carmen Calleja durante tantas tardes fue una lección de puntual y eficaz labor en el manejo y discurrir sobre los documentos. Cuando llegaba a su casa de la calle de Magallanes, 16 –una fachada neomudéjar madrileña-, ya tenía el material dispuesto en su mesa de un extremo de la sala, junto a la ventana. Cercanas sus dos fotografías más queridas, la de Fernando, como si aún releyese con ella los papeles, y la de su madre, italiana, bellísima sonrisa y grandes ojos del Piamonte, Ada Roveta, de dulce mirada y voz en la misma estancia hasta hacía muy poco.

Después de una primera hora de trabajo, como discreto aviso de que era momento de descansar la vista un ratito, con sencillo gesto apartaba el visillo de la ventana y miraba, desde su pequeña atalaya –un segundo piso-, la concurrida calle que nace bajo su balcón y discurre, desde Chamberí hacia la Moncloa, bajo el cielo del oeste madrileño. “Hay que tomar el café, de lo contrario no seremos capaces de descifrar estas endiabladas letras, las firmas, tantas fechas”. Entre libros, fotografías y documentos que desbordan la estantería dispuesta para la documentación, la mesita baja y las sillas vecinas, la luz de la tarde reanima en la sala el color de los óleos -rostros populares, bodegones y paisajes- del joven Fernando Villegas López, ¡de temprana muerte!, descendiente de Vicente y Bernardo López, los retratistas por excelencia de la pintura española de finales del siglo XVIII y del XIX; y en esa vespertina claridad, nos miran los adormilados ojos de un poco conocido lienzo de un Sawa sin barba, puño en la mejilla, colorín del vistoso chaleco bajo la negra chaqueta.

En una esquina brilla la colección de los iconos de Carmen, su dedicación artística durante un tiempo, años atrás, y la torre de discos de música con sus compositores clásicos, su pasión. A mano, una hermosa escribanía. La correspondencia con la familia, muchos ratos de otras tardes “¡No es un adorno! Era de mi padre. ¡Sigo escribiendo con tinta, a pluma, a la familia, a Génova, a Auxerre!”, dice sonriente. “¡Aunque cada vez tengo menos gente a quien escribir… Las cartas de ahora a los míos son, más que cúmulo de noticias, retahíla de palabras de cariño; en verdad que procuro que sean repetido agradecimiento por tantos días bellos que viví con ellos! Ya sabe usted… ¡Apenas hace unas semanas que murió una de mis dos últimas tías maternas en Génova! Se parecía mucho con mi madre, y yo se la recordaba a ella. ¡Este es uno más de los riesgos, inevitable lágrima, de esta delicada tarea y detallado trabajo, del releer y del contemplar tanta memoria!… ¡Las tardes de los viernes, en cuanto acabemos, habrá que llenarlas de música nuevamente! ¡Más bien, seguramente, desmontar el piso, dejar esta casa, irme a una Residencia! ¡Voy viendo que…! ”

Hoy, fecha de la primavera de 2011, Carmen Calleja vive en la Residencia Nuestra Señora del Socorro. Es un luminoso lugar, donde, a parte de leer, se esfuerza por caminar todos los días. Son muy pocas las visitas que recibe. Con ochenta y ocho años, aunque, al igual que Alejandro Sawa, nació en Sevilla, no quiere dejar Madrid por nada. Ni sus parientes italianos consiguen que se vaya a Génova donde reside su amplia familia materna.

¡Un hilo último de la memoria de los Sawa! A veces, repasando esta última década, repite. “¡A pesar de los pesares, querido amigo, he logrado que no se hayan perdido ni que se hayan dispersado esos papeles, esas fotografías. Era lo que deseaba Fernando, el seguro recaudo de un archivo público!”

Madrid, 2011

 

Caricatura de Alejandro Sawa a cargo de José Ramírez en exclusiva para Magazine Modernista.

 

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