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Alejandro Sawa y su legendaria alma de artista

9 05 2011

Amelina Correa Ramón

Sabido es que el personaje histórico de Alejandro Sawa, de quien se acaba de cumplir el ciento dos aniversario de su muerte el pasado día 3 de marzo de este 2011 [1], ha estado siempre rodeado -incluso lo estuvo en vida- de un halo legendario. La prensa de la época, las autobiografías y libros de memorias de sus coetáneos, las semblanzas y los retratos abundan en anécdotas que semejan en muchos casos leyendas, en las que resulta difícil discernir, quizás, dónde termina la literatura y dónde empieza la auténtica vida [2], quizás porque el propio Sawa, como Rubén Darío dejaría escrito en el prólogo que le compuso para su póstuma Iluminaciones en la sombra (1910), “siempre vivió en leyenda” [3]. 

Pues bien, una leyenda nueva, o bien una probable anécdota con muchos visos de poder ser real (porque todo es posible tratándose de la tan particular personalidad de Alejandro Sawa) ha sido rescatada recientemente de ese riquísimo vivero de maravillas que son las hemerotecas, gracias al olfato detectivesco de Miguel Ángel Buil Pueyo, bisnieto de aquel Zaratustra en que el genial Valle-Inclán trasmutara al librero y editor de los modernistas, Gregorio Pueyo. Con su habitual generosidad, Buil Pueyo me ha hecho entrega de un curiosísimo artículo publicado en La España Nueva el 29 de diciembre de 1917 (es decir, casi nueve años después de morir el lúcido bohemio en la más desesperante de las miserias). En él, Antonio de la Villa, quien fue autor en las primeras décadas del siglo XX de algún texto dramático, así como de varias obras de temática taurina, lleva a cabo una especie de reseña/comentario de un libro recién publicado por el muy prolífico Luis de Oteyza y titulado La Cigarra. Y elogiando la profesionalidad de Oteyza como periodista, a pesar de tratarse de un campo de trabajo mal remunerado, Antonio de la Villa saca a relucir el nombre ya casi mítico de Alejandro Sawa, de un Alejandro Sawa que siempre pudo jactarse orgulloso de no vender su palabra, y de quien Francisco Macein había dicho “Si su pluma tuviese dientes, mordería” [4]. De él recuerda una anécdota -deliciosa, como podrá comprobar ahora el lector-, que debe datarse entre 1889 y 1896, puesto que sucede durante la estancia de Sawa en París. Lo que se relata en palabras de Antonio de la Villa parece ciertamente encajar con lo que se conoce del carácter sawiano, con su concepción bohemia de la vida y del arte y con su escala de prioridades, por lo que… se non è vero, è ben trovato:

“Es verdad que Oteyza es un periodista, todo un periodista. Y es verdad que tiene la vanidad de serlo. Y es verdad que trabaja mucho. Y es verdad, también, que gana poco, muy poco dinero con la profesión.

Pero, ¿qué importa eso? Alejandro Sawa, en el día más negro de su vida, un mal día de duelo en el estómago y en los bolsillos, un día de melancolías y de recuerdos, iba por una calle de París en busca de un restaurante donde estaba citado por un editor que le había invitado a comer. Sawa llevaba tres días a base de café. El editor le citaba para darle de comer y darle, de paso, algún dinero a cuenta de un libro que preparaba. Sawa era un admirador insaciable del poeta Lorrain. El editor, su enemigo más encarnizado. Unos pasos antes de llegar al restaurante se encontraron el editor y el novelista. Sawa, antes de nada, quiso saber con quién iba a tratar: -Me han dicho que usted no tiene admiración por Lorrain, que usted ha perseguido, que usted no transige con sus versos. ¿Es cierto? –Sí que es cierto, contestó el editor. –Pues entonces almuerce usted con su madre, y que le haga novelas su mujer. Yo soy escritor, y escritor español; me muero de hambre antes de venderme. En estética, como en moral, tengo mis convicciones.

Y Sawa sacudió sus melenas, levantó el brazo y arrojó lejos de sí al mercader con toda la dignidad de su alma de artista” [5].

 

Amelina Correa Ramón. Universidad de Granada

 

Notas

[1] Así como el pasado quince de marzo se acaba de cumplir el ciento cuarenta y nueve aniversario de su nacimiento.

[2] Cf. CORREA RAMÓN, Amelina, Alejandro Sawa, luces de bohemia, Sevilla, Fundación José Manuel Lara/Fundación Cajasur, 2008.

[3] DARÍO, Rubén, “Alejandro Sawa”, en SAWA, Alejandro, Iluminaciones en la sombra (1910), ed., estudio y notas de Iris M. Zavala, Madrid, Alhambra, 1977, p. 70.

[4] MACEIN, Francisco, “Bohemios españoles. Alejandro Sawa”, La Revista Blanca (Madrid), 13, 1 de enero de 1899, pp. 399-400.

[5] VILLA, Antonio de la, “Obras del día. La Cigarra”, España Nueva (Madrid), 29 de diciembre de 1917.

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