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Modernismo y 98: historia de encuentros y desencuentros

12 11 2010

Edith Marsiglia

“Los maestros españoles se mantienen apartados de esas corrientes modernistas y sobre todo de los entusiasmos por la gente excéntrica y exótica que los jóvenes escritores admiran […] los españoles son hombres del pasado, y en su literatura, en su arte en la guerra, en todas sus manifestaciones manifiestan un espíritu y una inteligencia superiores cuando emplean las viejas fórmulas, que cuando emplean las nuevas” (Pío Baroja, “Literatura y bellas artes”)

El epígrafe pertenece a unos de los miembros de la denominada Generación del 98 española. El mismo está estructurado a partir de la dicotomía entre lo nuevo y lo viejo que, a su vez, a grandes rasgos se puede extender a la conocida bipartición  entre la Generación del 98 y el Modernismo. Este movimiento tuvo su punto de origen y apogeo en el continente latinoamericano y abarcó uno de los períodos en los que se instauró un prolífico diálogo entre América Latina y España. En esta dirección, el presente estudio se interroga sobre la naturaleza del intercambio discursivo transatlántico, enfoque analítico que ha derivado, a su vez, en un cuestionamiento sobre la pertinencia de la distinción entre las denominaciones Generación del 98 y Modernismo.

El crítico Geoffrey Ribbans vincula la distinción mencionada  a valoraciones de carácter nacional. Las lecturas de los fenómenos culturales adquirirían diferentes rasgos según provengan de América Latina o de España. En este entramado de relaciones el Hispanismo se vuelve una de las claves interpretativas para el abordaje del fenómeno.

Nicolas Shumway, en efecto, considera  dicho paradigma epistemológico como una estrategia desarrollada por España durante el siglo diecinueve para sustituir el dominio político imperial sobre las colonias por un control de carácter espiritual. Esta ideología cobra vigor a finales de siglo tanto en los países latinoamericanos de habla hispana como en la Península como arma de batalla contra la hegemonía creciente de Estados Unidos.

Uno de los grandes propulsores de la espiritualidad hispánica fue Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912). En sus estudios sobre la Edad Media encontró nutrición para su visión de España como garante de la unidad espiritual hispánica. Asimismo, Menéndez y Pelayo fue un defensor de la monarquía, del catolicismo y, en líneas generales, de la tradición nacional. En su opinión, el materialismo y el cientifismo de la modernidad, así como la importación de valores extranjeros, minaban la espiritualidad hispánica.

La ideología del filólogo español tuvo su continuación en algunos de los noventayochistas. En 1898 las últimas colonias de ultramar se pierden consolidando, de este modo, la decadencia imperial. Al mismo tiempo,  España y sus ex colonias se encontraban excluidas de los progresos que la Europa moderna estaba alcanzando gracias al desarrollo de la ciencia, el comercio y la industria.  Algunos de los miembros de la Generación del 98 intentaron buscar justificación y refugio en el Hispanismo, entre ellos cabe mencionar a Ramiro de Maeztu quien, siguiendo la línea de Menéndez y Pelayo, expresó una férrea crítica a la ideología liberal en su Defensa de la Hispanidad (1934).

Del otro lado del Atlántico, por el contrario, Simón Bolívar  declaraba que la herencia española era un impedimento para la consolidación de la independencia latinoamericana. En su opinión, la hispanidad debía ser combatida más que celebrada. Más adelante, Domingo Faustino Sarmiento afirmará en su  Facundo (1845) que el único legado de España a sus colonias hispánicas había sido la Inquisición y el absolutismo. Durante su viaje a España en 1847 “he found a retrogade and paradoxical country where all democratic tendencies had been crushed by popular despots and Counter-Reformation fanaticism” (cit. en Shumway 288).

José Enrique Rodó, por el contrario, proclamaba en las páginas de Ariel (1900) la superioridad espiritual de la raza latina frente al consumismo y materialismo norteamericanos. Asimismo, advertía sobre la peligrosa creciente hegemonía de los Estados Unidos y atacaba a la democracia argumentando que sólo producía mediocracia, es decir mediocridad. De esta manera, coincidía con la defensa de la hispanidad que, desde territorio español, realizaban simultáneamente algunos de los noventayochistas.

La actitud de desprecio de Pedro Salinas y Guillermo Díaz-Plaja hacia el Modernismo a expensas de los noventayochistas vehicularía resabios de la ideología colonial que, en esta perspectiva de análisis, se extendería a través del paradigma político y cultural transnacional del Hispanismo. Los autores recién mencionados han desacreditado al movimiento Modernista en cuanto fenómeno de raíces latinoamericanas calificándolo, además, como fenómeno exótico, fuertemente influido por la cultura francesa y de escasa trascendencia.

En uno de sus ensayos Salinas afirma que los noventayochistas “verdades y no bellezas es lo que van buscando” (cit. en Ribbans 106). Más allá de su insistencia en afirmar la dicotomía entre la profundidad y autenticidad de los noventayochistas frente a la superficialidad y foráneo de los modernistas,  Salinas reconoce en otro texto suyo sobre Valle-Inclán la interacción entre los que él considera dos movimientos distintos:

Errónea y artificiosa es la tentativa de dividir tajantemente a los autores del nuevo siglo en campos cerrados, Modernismo y 98, porque tanto una modalidad como la otra laten en todos y a todos animan. Lo diferencial es pura cuestión de psicología: en tal autor la dosis 98 predominará notablemente sobre la modernista; en otro sucederá a la inversa. Si me permitiera imaginar la literatura de nuestro siglo XX como paño de tapiz, la urdimbre sería el modernismo; la trama, el 98; de éste vive lo más recio de la hilaza, mientras que los hilos de oro que realzan el conjunto deben ponerse a cuenta del Modernismo cursado perito en brillantez. (cit. en Ribbans 106-7)

El pasaje, más allá de que insista en la dicotomía esencialista vigoroso/frágil que subyace a las expresiones “lo más recio de la hilaza/los hilos de oro”, al menos supone la existencia de una interconexión entre los escritores  de ambos movimientos.

Desde la perspectiva peninsular, la influencia tanto latinoamericana como francesa, fue vista como nociva. La Generación del 98 era portadora de valores nacionales, auténticos y viriles. En efecto, Ribbans sostiene que el lenguaje de Díaz-Plaja utiliza una “suspect sexual terminology” (106) que estaría vinculada con conceptos empleados por Nietzsche, Maurras y D’Ors. Los noventayochistas serían portadores de una masculinidad y superioridad, de acuerdo a Plaja, que se opondría a la feminidad y, por tanto, supuesta inferioridad de los modernistas.

Desde una perspectiva anticolonialista y tomando en consideración el contexto histórico-cultural latinoamericano, el Modernismo, como movimiento cultural y literario que emerge y se desarrolla en suelo hispanoamericano, representaría una instancia significativa en el proceso de autonomización respecto a la hegemonía cultural peninsular. En esta dirección, es de vital importancia la apertura hacia otros universos culturales, especialmente el francés, que derivó en una renovación del lenguaje poético. Por otro lado, frente a la acusación de exacerbado esteticismo y falta de responsabilidad social de los modernistas bastaría pensar, para contradecirlo, en los textos de José Martí.

En esta dirección, los aportes de Ricardo Gullón al debate son fundamentales. El crítico considera el Modernismo en términos de una actitud frente a la crisis de fin de siglo:

El Modernismo se caracteriza por los cambios operados en el modo de pensar… a consecuencia de las transformaciones ocurridas en la sociedad occidental del siglo XIX, desde el Volga al cabo de Hornos. La industrialización, el positivismo filosófico, la politización creciente de la vida, el amarguismo ideológico y práctico, el marxismo incipiente, el militarismo, la lucha de clases, la ciencia experimental, el auge del capitalismo […] provoca en las gentes, y desde luego en los artistas, una reacción compleja y a veces devastadora. (cit. en Ribbans 105)

Asimismo, Gullón cuestiona la invención del término Generación del 98, considerándola el “suceso más perturbador y regresivo de cuantos afligieron a nuestra crítica en el presente siglo” (cit. en Ribbans 106).

En suelo español, la prosa y poesía castellana modernista tendría, en cambio, una incidencia y duración menores. Las innumerables innovaciones que los escritores modernistas hispanoamericanos, especialmente Darío, realizaron en la poesía repercutieron en una innovación general de la lengua española. La intención renovadora dariana se expresa elocuentemente en sus “Dilucidaciones”:

El predominio en España de esa especie de retórica, aún persistente en señalados reductos, es lo que combatimos los que luchamos por nuestros ideales en nombre de la amplitud de la cultura y de la libertad. No es […] la importación de otra retórica […] con nuevos preceptos […] con nuevos códigos. El clisé verbal es dañoso porque encierra en sí el clisé mental, y, juntos, perpetúan la anquilosis, la inmovilidad. (cit. en Gullón 63) 

La poética de Rubén Darío influyó en escritores como Manuel Machado, Ramón del Valle Inclán, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, más allá de que sea pertinente incluirlos o no dentro de la corriente modernista. En efecto, el Antonio Machado de las Soledades estaría, más bien, dentro de los parámetros estéticos del simbolismo, aunque sería equivocado encasillar toda su obra dentro de dicha corriente. Asimismo, las obras iniciales de Valle Inclán, se podría decir lo mismo sobre las de Alejandro Sawa, se ajustarían a una estética decadente que no implica un total acuerdo con el Modernismo.

En la Península, por otro lado, el contexto específico catalán tiñó a su Modernismo de rasgos específicos, caracterizándose por una solidez y desarrollo comparables, en cierta medida, al hispanoamericano. En este caso, estamos en presencia de una economía dinámica, con una industria pujante, una burguesía y una clase obrera. Esta vertiente del  Modernismo abarcó diversas artes y se integró a la ciudad, esto se puede constatar claramente en la arquitectura y, en particular, en la obra de Antoni Gaudí. Se trató de un movimiento optimista y abierto, como en el caso hispanoamericano, a las innovaciones extranjeras; en oposición, a menudo, a los cánones españoles establecidos. Algunos de los noventayochistas manifestaron entusiasmo por lo que estaba sucediendo en Barcelona, como ocurrió con Ramiro de Maeztu mientras que otros expresaron oposición, como se puede leer en los comentarios de Azorín respecto al mercantilismo catalán.

A los efectos de este estudio, resulta relevante considerar el hecho de que a través de la efervescencia modernista catalana ingresaron  a territorio español figuras cruciales del fin de siglo europeo como Nietzsche, Ibsen y Maeterlinck. Asimismo, siguiendo en el ámbito transnacional, las palabras de Raimon Casellas nos ayudan a comprender la cercanía que este movimiento tuvo con el movimiento cultural que, simultáneamente, se estaba dando en América Latina:

El objeto primordial a que parecen tender artes y letras del actual momento es a provocar intensidades de sensación… [es un] arte nebuloso y espléndido, caótico y radiante, prosaico y sublime, sensualista y místico, refinado y bárbaro, modernista y medieval. (cit. en Ribbans 113)

En el contexto del Modernismo finisecular cabe, entonces, preguntarse por el significado del marbete Generación del 98. En el intento de dilucidar la cuestión, Ribbans propone analizar el término a partir de la división de las obras en ensayos de carácter filosófico y, por otro lado, lo que él considera obras de imaginación que incluiría a novelas, poemas, obras teatrales y ensayos. En el primer caso el término Generación del 98 no sería adecuado porque el análisis ideológico del “problema de España” precede y es posterior a dicha fecha. Por lo que respecta al segundo grupo de textos, deberían ser analizados desde una perspectiva genérica y estructural. La catalogación generacional se volvería reduccionista en el intento de describir las innovaciones formales, las reflexiones metanarrativas de ciertas novelas, la fusión de géneros en una misma obra y demás novedades de los textos en cuestión. Esta perspectiva, asimismo, consentiría vincular ciertos escritores con sus contemporáneos de otras áreas geográficas.

En este punto, para avanzar en el planteamiento del tema y abrir nuevas perspectivas de abordaje, resulta pertinente considerar el debate que a fines de los años sesenta se dio en España sobre la denominación Generación del 98. El crítico Jordi Gracia ha realizado un exhaustivo estudio sobre el tema que aquí se pasará a tomar en consideración. La iniciativa partió, como señala el crítico catalán, de un grupo de jóvenes académicos que se abocaron a practicar un revisionismo de la lectura de la realidad española enmarcado en un cuestionamiento ideológico de la dictadura franquista.

Durante los años sesenta se da en la Península un movimiento de resistencia cultural que desde una perspectiva liberal se propone hacer una relectura de la España contemporánea. Esto se acompañará de un movimiento intelectual interdisciplinario, que llega hasta los años setenta,  que hará una relectura de la historia nacional—se puede mencionar entre otros a Jaime Vicens Vives—indagando en realidades tergiversadas por el discurso oficial y con una definida postura política en el contexto del tardofranquismo. La crisis finisecular será uno de los temas abordados. El contexto histórico español de transición entre los siglos XIX y XX, en cuanto transición hacia la modernidad, será el lugar en donde se reubicará a escritores como Unamuno, Ortega y Gasset, Azorín, Antonio Machado y otros.

Al igual que Geoffrey Ribbans y Ricardo Gullón, este grupo de estudiosos cuestionó el criterio generacional como base para la periodización, esto es, como instrumento historiográfico. En esta dirección, se realizaron indagaciones sobre las biografías de los autores, a través de investigaciones hemerográficas, como modo de descubrir particularidades, sutilezas sobre los mismos.

Por otro lado, los estudios estilísticos fueron ampliados por aproximaciones culturales e históricas, dando mayor alcance y espesor a los estudios literarios. A través de un enfoque ideológico, estético, histórico y político, se cuestionó la visión reduccionista de la historia y, en concreto, la bipartición literaria finisecular.

El aporte de Ricardo Gullón en el replanteamiento crítico fue de vital importancia. Los estudios de Adolfo Sotelo (1988) sobre la obra y vida de Leopoldo Alas participan de la misma intención de considerar a los noventayochistas y a los modernistas como escritores que compartieron la crisis de fin de siglo y, por tanto, con vivencias y rasgos artísticos comunes.

Asismismo, se efectuaron, como fue dicho precedentemente, indagaciones más abarcadoras de las que son testimonio Medio siglo de cultura española, de Manuel Tuñón de Lara (1968) y La edad de plata. Ensayo de interpretación de un proceso cultural, de José-Carlos Mainer (1975). Entre esas dos fechas se esbozarán las bases teóricas para cuestionar los argumentos subyacentes que plantean la bifurcación entre  modernistas y noventayochistas.

Además, la idea de que el Modernismo es expresión de una época que comprende identidades disímiles, se ve favorecida por el debate internacional que lo extiende al ámbito europeo y americano. Al respecto, indica Jordi Gracia, son relevantes los ensayos de Hans Hinterhäuser recogidos en Fin de siglo: figuras y mitos (1980) y Modernismo (1983 y 1988) de Rafael Gutiérrez Girardot.

En el intento de avanzar con el análisis es pertinente tratar de elucidar, luego de haber tratado desde un punto de vista historiográfico la denominación Generación del 98 en España,  qué rol tuvo el Modernismo en América Latina. Gerard Aching indaga sobre dicho movimiento en cuanto estética que se vincularía, como sostiene Ribbans, con la expresión de una autonomía cultural latinoamericana, cubriendo aspectos que se relacionan con las dimensiones de la identidad y de la diferencia culturales.

El Modernismo, como sucedió con la Generación del 98 durante el franquismo, ha sido objeto de politización tanto en América Latina como en España. En tal dirección, baste recordar las diferentes aproximaciones a Darío efectuadas en Nicaragua por la dictadura somocista y, de manera radicalmente diferente, por los sandinistas. Si nos desplazamos a la Península, las palabras de Manuel Olivencia son elocuentes, dado que, como señala Aching, celebran la existencia de una cultura e historia iberoamericanas comunes, si bien obviando el conflicto social y político que ha sido subyacente  a dicho vínculo:

Como Comisario General de España para la Exposición Universal de 1992, me interesa sobre todo este fenómeno como un vínculo de unión entre los pueblos. Que se llame el ‘modernismo español e iberoamericano’ viene a demostrar una vez más que es la cultura uno de los bienes del activo de nuestro patrimonio común. (cit. en Aching 2)

En esta dirección, en el contexto de las manipulaciones ideológicas discursivas, se introduce el tema del supuesto escapismo de la estética modernista. En este sentido, existiría una paradoja digna de consideración: por un lado el modernismo latinoamericano se considera el punto de partida de una producción cultural independiente; por otro lado, el registro de lengua utilizado por los escritores fue, en gran medida, el considerado académicamente correcto, favoreciendo, de esta manera, su participación en el ámbito internacional. Por lo tanto, el modernismo hispánico se habría movido en una doble dirección: de atracción hacia Europa y de autonomía respecto a España. Esta aparente contradicción, encontraría su explicación en el contexto de alianza y conflicto de clases en el ámbito internacional de ascenso de la burguesía industrial que incluía también a las sociedades latinoamericanas.

El presunto escapismo del Modernismo fue sostenido por intelectuales latinoamericanos como peninsulares. Entre otros, podemos citar a José Enrique Rodó (del que ya se ha hablado), Juan Valera y a Leopoldo Alas. Esta posición se apoyaba en la supuesta desviación de la estética modernista de la tradición cultural hispánica, concebida como entidad homogénea. Esta dimensión del vínculo transatlántico ya ha sido tratada al inicio del estudio, en donde se estableció una conexión entre la ideología del Hispanismo y las posturas de Pedro Salinas y de Guillermo Díaz-Plaja. Como voz que contradice esta visión monolítica de la cultura Aching cita a José Martí quien afirma que: “Conocer diversas literaturas es el medio mejor de libertarse de la tiranía de algunas de ellas” (12).

El crítico dirige su atención al análisis de la política de identidad modernista como experiencia estética. De la mano de Louis Althusser considera las dimensiones de la escritura y lectura en cuanto mecanismos de reconocimiento ideológico, para llegar a Fredric Jameson y su visión de la ideología y utopía como elementos integrantes de una relación dialéctica. En esta perspectiva, el Modernismo latinoamericano habría sido propulsor de una utopía/identidad que habría marcado la distancia con la tradición literaria peninsular. Y, en esta dirección, respecto al supuesto escapismo modernista Aching afirma que: “this accusation can be contextualizad as a pan-Hispanic debate about economic liberalism and the creation of a language of cultural identity” (26).

Ricardo Gullón, Juan Ramón Jiménez y Federico de Onís, en cambio, en su lectura de la experiencia modernista como fenómeno abarcador de todas las experiencias vinculadas con la crisis finisecular,  pasan por alto las circunstancias específicas de dichas manifestaciones y, en particular, la singular identidad del movimiento modernista latinoamericano.

Por encima de  los contextos específicos que condicionaron la cultura de fin de siglo en España y en los diferentes países de América Latina se vuelve necesario indagar, de manera más detallada, sobre los espacios comunes, a saber, los rasgos que marcaron ese pasaje finisecular.

Francisco Jarauta, de la mano de Karl Kraus, se refiere a lo que el define como “cambio dramático” que inaugura el siglo veinte en los términos siguientes:

“[…] tiempo en el que se invierten los grandes discursos de la época moderna, dando lugar al experimento que configura el arte y la cultura de nuestro siglo y que no es otro que el del nihilismo. Nihilismo que, como Nietzsche había dicho, es el verdadero horizonte de la cultura occidental y su destino”. (14)

El marco histórico-cultural que emerge de las palabras recién citadas se vuelve un punto de referencia adecuado para entender, de manera abarcadora, la innovación poética que significó el Modernismo hispanoamericano y que se extendió, a su vez, a la lengua española en general. Del mismo modo, dentro de ese marco abarcador, la cita de Jarauta nos brinda una herramienta interpretativa para tratar de abordar la innovación radical que en el ámbito de la narrativa realizaron autores de la Generación del 98, tales como Miguel de Unamuno (Niebla 1914), Azorín (La voluntad 1902) y Pío Baroja (El árbol de la ciencia 1911).

En efecto, en su periódico Die Fackel, Kraus escribe sobre la disolución de los viejos discursos y sobre la imposibilidad de alcanzar con el lenguaje la coherencia y exactitud que derivaba de la estética del clasicismo. La literatura austríaca expresó con genial maestría la crisis finisecular:

[…] de Hofmannsthal a Musil, de Adrian a Rilke, de Meter Altenberg a Broch o Canetti, los escritores austríacos denuncian la insuficiencia de la palabra, incapaz ya de expresar el fluir indistinto de la vida y el naufragio de un sujeto, impotente para poner entre sí y el caos vital la red del lenguaje, disolviéndose así en una especie de río de sensaciones y representaciones. (cit. en Jarauta 14)

La desilusión y descreencia respecto a los viejos sistemas de representación, incluso el mordaz cuestionamiento de los fundamentos de la ciencia positivista, derivan en el intento de crear nuevos discursos, fundados sobre nuevos paradigmas cognoscitivos. En esta dirección se expresa la intencionalidad subyacente a la filosofía de Wittgenstein o a la música de Schönberg. Los intelectuales mitteleuropeos, así como aquellos de la Generación del 98, escriben sobre la decadencia y descomposición de un Imperio. Tanto Kraus como Musil expresarán en sus textos la vacuidad y anacronía de ese mundo ilusorio.

Por otro lado, no se puede dejar de hacer referencia a la rica producción filosófica alemana, baste pensar en la honda influencia de la obra de Nietzsche tanto en la producción cultural hispanoamericana como española. Nietzsche es fundamental para entender la filosofía de la crisis. El filósofo lleva al extremo la crítica de la filosofía hegeliana y como podemos leer en el estudio de Jarauta:

Nietzsche significa ante todo la afirmación de la multiplicidad, la teorización de la irreductibilidad recíproca de los momentos particulares de lo real […] en síntesis, la crisis como lo opuesto a la resolución dialéctica […] la posibilidad de un lenguaje no mediado por la exigencia del sistema. (17)

Su cuestionamiento sobre la posibilidad de alcanzar la totalidad corroe los fundamentos que sostenían el «gran relato», derivando en una inevitable fragmentación: del tiempo, del espacio, del yo, de las cosas. Y, entonces, la experimentación estética de Rilke, Musil, Kafka, Klee, del italiano Italo Svevo; o la magistral producción narrativa de los noventayochistas antes mencionados; o la experimentación poética de Leopoldo Lugones y Julio Herrera y Reissig.

La «muerte de Dios», el tiempo lineal que se transforma en el tiempo del «eterno retorno» y, con esto:

la muerte del Yo, del sujeto clásico, penetra en el interior de la escritura misma, que se hace conflicto de fragmentos, espacio aforístico incomponible. La antigua transparencia del lenguaje, que aseguraba la verdad de la representación, se hace opaca, se fragmenta, abandona el ideal de verdad, el proyecto de un saber capaz de reunir el mundo en la perspectiva del sujeto […] En su lugar, otro discurso, ya fragmentado, interminable, repetido, angustiosamente reiterado, abierto. (Jarauta 18-19)

La crisis finisecular, entonces, acomuna, sin lugar a dudas, las manifestaciones culturales transatlánticas de entonces y una indagación sobre las mismas no puede prescindir de contextualizar el fenómeno en su ámbito internacional. Sin embargo, como afirma el crítico Alberto Acereda, cuestionando la perspectiva abarcadora de Juan Ramón Jiménez, es imprescindible considerar las distintas actitudes de las diversas manifestaciones finiseculares hispánicas, a saber, el Modernismo y la Generación del 98, a fin de no caer en una tergiversación de las mismas. [1]

En efecto, Ribbans, cuestionando la lectura abarcadora que sobre el fenómeno realiza Gullón, menciona algunas de las especificidades contextuales, entre ellas: las formas diversas que los procesos culturales, el militarismo y el desarrollo de la ciencia e industria asumen en España y en América Latina. Para no hablar, de las diferentes manifestaciones del Modernismo dentro del mismo continente latinoamericano derivado, en parte, de las diferencias socio-políticas: el porfiriato mexicano, la efímera prosperidad de Buenos Aires, el status colonial cubano y la específica situación centroamericana.

En suma, la consideración del punto de partida de este estudio “los encuentros y desencuentros del Modernismo y la Generación del 98” fue tomando la forma de una trayectoria que avanza a través de la producción de sucesivos círculos concéntricos. Los fenómenos analizados, como hemos tratado de demostrar, son manifestaciones de la crisis finisecular de escala internacional. Por otro lado, la específica relación que se establece en el ámbito hispánico es heredera del histórico vínculo colonial de América Latina con la Madre patria, dimensión que ha sido analizada a la luz de la ideología subyacente al Hispanismo.

Por último, a través de los aportes del crítico Gerard Aching se enriqueció el análisis desde la perspectiva de los estudios de la política de identidades, a saber, la consideración del Modernismo hispanoamericano como instancia de construcción de la identidad y, por tanto, de experiencia simbólica y, a la vez, política, que consiente un cambio cualitativo de la representatividad del continente hispanoamericano en el terreno internacional, en su calidad de sujeto autónomo respecto a España.

El fenómeno de la identidad, a su vez, fue enriquecido con las reflexiones de Ribbans sobre la diferencia. A saber, sí es fundamental ubicar ambos movimientos en el panorama de la crisis de fin de siglo pero, simultáneamente, los fenómenos en cuestión deben ser considerados desde las perspectiva de los específicos contextos socio-culturales en que se manifiestan y, a su vez, a partir del lugar de enunciación de los implicados, sin olvidar los aportes recíprocos efectuados desde ambos lados del Atlántico.

Edith Marsiglia (Arizona State University)

Notas

[1] En este sentido, consúltese la exhaustiva reflexión que sobre el tema realiza el crítico en la introducción a su ensayo El Modernismo poético. Estudio crítico y antología temática (2001).

Obras citadas

Acereda, Alberto. El Modernismo poético. Estudio crítico y antología temática. Salamanca: Almar, 2001. Print.

Aching, Gerard. “A Reevaluation of the Modernista’Detachment”. The Politics of Sapnish American Modernism: By Exquisite Design. Cambridge: University Press, 1997. 1-26. Print.

Gracia, Jordi. “En torno a la historia de un debate historiográfico”. En el 98 (Los nuevos escritores). Ed. José-Carlos Mainer y Jordi Gracia. Madrid: Visor, 1997. 161-71. Print.

Gullón, Ricardo. El modernismo visto por los modernistas. Barcelona: Editorial Labor, 1980. Print.

Jarauta, Francisco. “Fin-de-siecle: ideas y escenarios”. En el 98 (Los nuevos escritores). Ed. José-Carlos Mainer y Jordi Gracia. Madrid: Visor, 1997. 13-20. Print.

Ribbans, Geoffrey. “Some Subversive Thouths on Modernismo and the Generation of 98”. Spanish Literature: A Collection of Essays. Ed. David Foster, Daniel Altamiranda y Carmen de Urioste. New York: Garland Publishing, 2001.105-21. Print.

Shumway, Nicolas. “Hispanism in an Imperfect Past and an Uncertain Present”. Ideologies of Hispanism. Ed. Mabel Moraña. Nashville: Vanderbilt University Press, 2005. 284-99. Print.

 

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