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Juan Ramón Jiménez, y su “obra en marcha” (Estío y Diario)

12 11 2010

Miguel Ángel Baamonde

Yo no sé como saltar

a la orilla de mañana

desde la orilla de hoy.

 

Los tres versos transcritos se corresponden con el inicio del poema 95 del libro  Estío (1) y son, de alguna forma, el compendio de una inquietud que anida en el poeta respecto a su obra, y a la que pretende dar salida, o solución, afrontándola a través de lo que es mas suyo: el verso.

La inquietud trasciende al resto del poema:

                                            

El río se lleva, mientras,

la realidad de esta tarde

a mares sin esperanza.

 

Miro al oriente, al poniente,

miro al sur y miro al norte.

Toda la verdad dorada

que cercaba el alma mía,

cual con un cielo completo,

se cae, partida y falsa.

 

…Y no sé como saltar

desde la orilla de hoy

a la orilla de mañana.

El poema es complejo, pues no solo acusa esa imperiosa necesidad de cambio, ante el peligro de estancamiento de su poesía, también la inquietud que viene arrastrando desde el inicio del libro; la impaciente espera que lo acosa desde que el viaje de Zenobia a Estados Unidos ha dejado abierta la brecha de la separación, aunque por lo que respecta a esta segunda inquietud, la solución no presenta más dificultad que la impaciencia por el reencuentro, ya que tan solo es cuestión de tiempo que este coadyuve a la satisfacción plena de la pareja. Con un carácter más problemático se presenta esa otra inquietud, la de tratar de rehacer su poesía so pena de quedarse, como tantas otras, detenida en el tiempo, en los límites de la perfección, literariamente hablando, pero dentro de lo puramente formal, sin nervio ni valor.

En realidad Juan Ramón, poeta puro donde los haya, arrastra esta inquietud desde sus personales inicios; no es hombre que se conforme con lo establecido, con la inanidad de un simple buen hacer; pretende más; ahondar, explorar en la Poesía hasta que ésta se presente ante él, tal como la siente aunque tarde en encontrar la forma justa de expresarlo hasta algunos años más tarde.

Vino, primero, pura,

vestida de inocencia;

y la amé como un niño.

                                               

Luego se fue vistiendo

de no sé que ropajes:

y la fui odiando sin saberlo.

                                                

Llegó a ser una reina,

fastuosa de tesoros…

¡Que iracundia de yel y sin sentido!

 

… Mas se fue desnudando,

y yo le sonreía.

Se quedó con la túnica

de su inocencia antigua.

Creí de nuevo en ella.

                                                

Y se quitó la túnica

y apareció desnuda toda…

¡Oh pasión de mi vida, poesía

desnuda, mía para siempre(2)!

Gustoso de las imágenes eróticas, que le dan un cierto trasfondo de urgencia a su manifestación poética, deja traslucir en ellas el afán que siempre ha perseguido de alcanzar la más acendrada palabra que le permita llegar a la raíz de sí mismo.

Su primer hacer, anterior a la primera selección de su obra, se apoya en  una  melancolía enfermiza que va a ir depurando poco a poco hasta trocarla por una permanente sensación de añoranza que llegó a asentarse como principio básico de su obra, lejana todavía de la forma y el sentir consustanciales a su posterior poetizar la palabra. Dentro de un conjunto que a pesar de sus titubeos y búsquedas a veces fallidas llega a fraguar en esos dos libros iniciales: Ninfeas y Almas de violeta, ambos de 1900 (3), se albergan ráfagas de verdadera poesía que ya presagian el gran poeta que devendrá, y que a él le hubiera gustado hacer desaparecer –“yo no hubiera nunca recogido estos versos por mi gusto. Pero, como mañana, alguien los recojerá -¡filólogos!- prefiero hacerlo yo mismo y sufrir en vida lo que no podría sufrir muerto(4)-, pero que conllevan en sí mismas, ya, ese innato deseo de trascender, como proyección hacia el futuro.

Poeta en el más lato sentido de la palabra -siempre tras la perfección última que, irremisiblemente se le escapa entre los dedos, obligándolo, afortunadamente, a continuar acendrando la pureza de la poesía (pura poesía, que no poesía pura)- Juan Ramón manifiesta de forma constante esta inquietud que le obliga a mantener día a día esa obra en marcha, como gusta denominarla, hasta llegar a tocar lo que calificará, como lejanía posible, de OBRA, pues desde aquellos titubeantes inicios –muy propios de todo poeta, algo que él reconoce abiertamente- más tarde destruidos con auténtica saña en búsqueda obsesiva de aquellos dos primeros volúmenes, Almas de violeta y Ninfeas para borrar toda posible huella de esos orígenes, hasta la fecha de 1916, ha ido acumulando títulos y colaboraciones múltiples. No es difícil la búsqueda; con acercarse, si no se dispone de las publicaciones individuales, a la más conocida y popular Segunda Antología poética (5), en la que lleva a cabo una pulcra selección de su quehacer, y espigar en ella, de forma más especial en sus primeras páginas, se asiste a una progresión de verso y forma que va despojando la última de su dependencia del primero. Desde la composición que abre el libro: Alba, puede seguirse toda una evolución lírico-amorosa que conforma a lo largo de la personal antología una especie de continuidad central con el final espléndido y total del Diario de un poeta reciencasado, publicado un año después de su redacción, y asistiendo a lo que él mismo califica de mi renovación, que empieza cuando el viaje a América (…), lo que manifiesta algo más adelante, en conversaciones con Ricardo Gullón: “El mar me hace revivir, porque es el contacto con lo natural, con los elementos, y gracias a él viene la poesía abstracta; así nace el Diario, y muchos años después, gracias también al mar, con ocasión del viaje a la Argentina, surge Dios deseado y deseante(6), lo que ya había confirmado en anteriores fechas al señalar la importancia del libro como renovación de su línea poética, sin abandonar, por eso, las directrices originales.

El latente tirón erótico –que dirá Abel Martín a través de la exposición de Antonio Machado- es permanente en Juan Ramón llegando a ser parte consustancial de su poesía que cada vez se tensa más, sin que esa personal tensión conduzca su verso hacia salacidades de mal gusto. Muy claramente se ve en un seguimiento desde sus poemas iniciales –esos que nunca publicó aunque conservó celosamente- como Lucero en flor de almendro o Recuerdos, ambos fechados en Moguer entre 1896 y 1902, o Las amantes del miserable, publicado ya en Vida Nueva, Año II, núm. 78, en los que unifica, dentro de un sentimiento entre enfermizo y protervo, muy característico de la época, tentaciones carnales con la turbadora atracción de la Muerte como unión entre deleitosa y erótica finalizadora de todas las ansias (7).

No es esto, sin embargo, único y obsesivo, pero sí en paralelo con un agudo lirismo que le hace ser, como siempre se le ha considerado, un poeta único e irrepetible en temas y exposición, que persigue la depuración del verso hasta límites rompedores con la tradición del mismo; desde aquel inicial y delicioso Adolescencia a esa Sencillez que cierra el ciclo poemático del Diario…, por ceñir los ejemplos al límite propuesto, hay todo un universo de poemas acumulativos de sensaciones que suplen con acierto lo posiblemente descriptivo de cada poema, pues poco a poco la pormenorizada descripción va dejando lugar a una quintaesenciada sensibilidad que acaba, también, por perderse en ganancia de nuevas sensaciones que van adueñándose de su mirar.   

Aunque ha de ser, con anterioridad al cambio y todavía ausente la sensación de infinitud que le va a causar el mar, en su más expresivo y melancólico tono lírico donde alcance sus mejores momentos poéticos. Así en este poema de su libro Poemas mágicos y dolientes:

Al fin nos hallaremos. Las temblorosas manos

apretarán, suaves, la dicha conseguida,

por un sendero solo, muy lejos de los vanos

cuidados que ahora inquietan la fe de nuestra vida.

 

Las ramas de los sauces mojados y amarillos

nos rozarán las frentes. En la arena perlada,

verbenas llenas de agua, de cálices amarillos,

ornarán la indolente paz de nuestra pisada.

 

Mi brazo rodeará tu mimosa cintura,

tú dejarás caer en mi hombro tu cabeza,

y el ideal vendrá entre la tarde pura

a envolver nuestro amor en su eterna belleza.

(Perfume y nostalgia) (8)

o en este otro anterior, perteneciente a Jardines lejanos (9):

Hay un oro dulce y fresco,

en el malva de la tarde,

que da realeza a la bella

suntuosidad de los parques.

Y bajo el malva y el oro,

se han recogido los árboles

verdes, rosados y verdes

de brotes primaverales.

… Está preso el corazón

en este sueño inefable,

que le echa su red; ve sólo

luces altas, alas de anjeles.

Solo le queda esperar

a los luceros; la carne

se le hace incienso y penumbra

por las sendas de rosales…

Y, de repente, una voz

melancólica y distante,

ha temblado sobre el agua

en el silencio del aire.

Es una voz de mujer

-y de piano-, es un suave

bienestar para las rosas

soñolientas de la tarde;

voz que me hace, otra vez,

llorar por nadie y por alguien,

bajo esta triste y dorada

suntuosidad de los parques.

Ningún elemento descriptivo –solo vagas sugerencias- da cercanía a esos jardines que, sin embargo, se perciben como una exposición real, transmitiendo el frescor de sus rincones umbrosos y esa exhuberancia verde que lo procura.    

Así, de título en título, de poema en poema, se llega a ese libro anterior al Diario…, Estío, donde a lo largo de 106 composiciones de muy distinta extensión, se propicia ese cambio permanentemente suscitado, deseado y finalmente alcanzado, como algo necesario e inevitable si el poeta quiere, y desea, continuar siendo poeta (10), y en donde la serie Jardín –ocho poemas que se desligan, en parte, del conjunto más genérico, por su personalísimo mensaje- es el eje que encauza su sentimiento hacia quien orienta su impaciencia esperanzada a lo largo de la espera impuesta por las circunstancias (11), desde la aparente lejanía entre uno y otra hasta la integración de ambos en una sola unidad, todo un proceso lento pero irresistible de integración. El poeta expresa su sentimiento de amor y espera, quizás un tanto desalentado por esa temporal separación que da forma a los poemas, la consecución de su ansia, que ya se manifiesta en el inicio del poemario, en el que el sentimiento de amor consigue su más impaciente exposición, al acusar la imposibilidad material que fija la lejanía, iniciada a partir de su poema núm. 1: Tú.

Pasan todas, verdes, granas…

Tú estás allá arriba, blanca.

 

Todas, bullangueras, agrias…

Tú estás allá  arriba, plácida.

 

Pasan arteras, livianas…

Tú estás allá arriba, casta.

El poema lo subraya todo. Ese “Pasan todas –alegrías, penas, esperanzas, dudas…- señala claramente el alargamiento el calendario, que parece no llegar nunca a la fecha que se ha señalado como límite; por su parte, ella –– está “allá arriba” esto es, inalcanzable, lejana, transcontinental; “blanca”, toda una connotación de pureza que, no obstante, lleva en si misma una fuerte alusión erótica que asocia el color blanco con la insistencia en carne y cuerpo (12), y que hace deseable su rompimiento; “plácida, o sea, tranquila en  la distancia, sin sentimientos de premura o angustias por ausencias forzosas e inevitables. ¿Supuestas acusaciones con o sin fundamento? No. No es Juan Ramón, en esa circunstancia tan personal, capaz de ello, pero sí, como cualquiera, de angustiarse, de sentir la impaciencia que la espera provoca; finalmente, “casta”, pura, intocada aún pero en la risueña perspectiva de dejar de serlo sin perder por eso el valor de pureza que aporta lo casto. Porque la lejanía en la que está asentada la novia, siempre deseable, es para el atribulado poeta como un límite inalcanzable que se agranda con su impaciencia por superar el tiempo que resta

 

-Tu reír suena, fino,

muy cerca… desde lejos.- (13)

en esa cuenta inevitable de los días:

¡Días, días, días, días!

Pero el día nunca llega.

¡Abril, cromo imaginado,

no abril de la primavera!

La voluntad se sonríe.

debajo, llora la tierra.

 

-En medio, la tarde. Un oro

vivo pasa la arboleda

y es, alrededor, la vida

el incendio que la incendia;

ríe el pájaro al amor

su cristalina promesa;

por la carne, hasta el sentido

entra su olor la flor fresca.-

 

Cada cima nuevos llanos

con luna solo nos muestra.

Siempre canta en otra fronda

lo que cantaba tan cerca…

¡Noches, noches, noches, noches!

Mas la noche nunca llega. (14)

Va a ser, concluso ya Estío, y dado a la imprenta para su publicación, cuando decida ese rompimiento que lo mueve a crear, al compás de los acontecimientos, el libro que va a marcar, como quicio, su cambio de perspectiva poética. Algo que reconocerá con posterioridad en más de una ocasión: “El Diario fue saludado como un segundo primer libro mío y el primero de una segunda parte. Era el libro en que yo soñaba cuando escribía Ninfeas; era yo mismo en lo mismo que yo quería. Y determinó una influencia súbita y benéfica en los jóvenes españoles e hispanoamericanos, y la burla de todos los césares de España. La crítica mayor y mejor está de acuerdo en que con él comenzó una nueva vida en la poesía española (un “gran incendio poético”, dijo uno). En realidad, el Diario es mi mejor libro. Me lo trajeron unidos el mar, el alto cielo, el verso libre, las Américas distintas y mi largo recorrido anterior. Es un punto de partidas (15). En efecto, libro en mano asistimos a ese renacer de su poesía, sin romper con la misma, pero rehaciéndola distinta, no como un lógico proceso evolutivo, sino como fractura con lo anterior que así, queda reducido, siguiendo su criterio, a previos ensayos de su logro final. Y para ello depura hasta el extremo todos los sentimientos anteriores, empezando por su personal erotismo, al que pone punto final en el espléndido poema con el que inicia la Tercera Parte del libro: América del Este:

Te deshoje, como una rosa,

para verte tu alma,

y no la vi.

                  Mas todo en torno

-horizontes de tierras y de mares-

todo, hasta el infinito

se colmó de una esencia

inmensa y viva.

Fechado el 20 de Febrero, en Birkendene, Caldwell, días antes de la boda (Juan Ramón desembarca en Nueva York el 12 de Febrero y acompañado de Zenobia pasa algunos días invitado por la familia de ésta, antes de la ceremonia matrimonial, que se celebra el día 2 de Marzo en la iglesia católica de Saint Stephen de Nueva York) es una clara muestra de ruptura con todo lo anterior –costumbres, limitaciones, vivencias y poesía misma-, algo que da comienzo en el mismo inicio del viaje, aunque la libertad lograda ya en la travesía no se manifiesta con esa plenitud hasta la llegada a los Estados Unidos, donde tiene lugar la revolucionaria combinación de verso y prosa, así como la utilización del verso blanco y el formato de diario con que se inicia, como reza su propio título, al ir fechando uno a uno los poemas que escribe, dándoles así esa dimensión de escritura íntima; todo ello acto rompedor con el quehacer tradicional de la poesía española, que pugna por deshacerse de los viejos moldes que todavía perviven en no pocos nombres. Son años de lucha, de rupturas novedosas que se enfrentan a lo antiguo y convencional, al tiempo que al trabajo silencioso de algunos nombres jóvenes en el momento, pero que, como él, sienten la necesidad del cambio.  

Así, superadas ya las iniciales novedades  de adaptación a la nueva sensibilidad, la Poesía camina paso a paso en la eterna y renovable búsqueda de nuevos logros que culminarán, por el momento, en ese Diario… que Juan Ramón desarrolla en paralelo a su vivir, como experiencia conjunta e hito esencial en su hacer poético superador de la revolucionaria, en su momento,  corriente modernista, y que alcanza su cúlmen en el posterior momento, que podría calificarse como estelar, de la creación del fundamental y ambicioso poema Espacio, al adaptar para el mismo la utilización de la prosa, por el simple procedimiento de transcribirlo como tal –“No hay prosa y verso –dice en seguida-; lo que les diferencia es la rima. Si no la hay, todo es prosa, y esta puede recortarse y escribirse en verso. Por eso estoy pensando, para sucesivas ediciones de mis obras, en dar el verso como prosa. / ¡No haga eso! –le pido. La exclamación ha salido espontánea, precediendo a la reflexión-. No haga eso; a muchos lectores les produciría, inútilmente, gran confusión. / -¿Por qué  no hacerlo? –replica-. Tome un poema y recítelo pensando que todos los oyentes son ciegos. Precisamente, la mayoría de los lectores se hacen cargo del poema, en primer término, por como lo ven. El verso libre es prosa y puede escribirse como tal. Si no fuera por la rima no habría verso y no encuentro inconveniente en que el poema se escriba seguido”- (16), lo que lleva a efecto a la inversa de cómo lo expone, esto es, partiendo del verso y no de una prosa previa (17), no llegando a adoptar dicha disposición de forma total y definitiva, ya que el resto de su obra –Una colina meridiana; Dios deseado y deseante. Animal de fondo; De ríos que se van– conserva y mantiene en todo momento la forma del verso, ya sea este convencional, libre o blanco.

De cualquier forma que haya sido, Juan Ramón mantuvo permanentemente, como afirma en determinado momento –“Yo tengo escondida en mi casa, por su gusto y por el mío, a la Poesía, como una mujer hermosa; y nuestra relación es la de los apasionados” (18)  una más que estrecha relación, a la que él mismo le otorga un carácter ligeramente erótico, con la creación poética, para él de todo punto gratificante y para el lector de su poesía absolutamente satisfactoria.

Y eso es, a fin de cuentas, lo que importa.

Miguel Ángel Baamonde

Notas: 

[1] (A punta de espina)-subtítulo, 1915; Editorial Calleja, Imprenta Fortanet, Madrid 1916; en Libros de poesía; Colec. Premios Nobel, Aguilar, Madrid 1957; pág. 196.

[2] Eternidades (1916-1917); poema 5, en Libros de poesía; pág. 577.

[3] Almas de violeta; Atrio de Francisco Villaespesa, con un retrato fotográfico del autor, Tipografía Moderna, Madrid 1900; Ninfeas; Atrio de Rubén Darío, Colección Lux II (Extraordinario), con un retrato del autor por Ricardo Baroja, Tipografía Moderna, Madrid 1900.

[4] En Poesía, revista Ilustrada de información poética; Ministerio de Cultura, núms. 13-14, Invierno 1981-1982. Dedicado a Juan Ramón Jimenez; pág. 11.

[5] Espasa Calpe para su Colección Universal en 1922. Utilizo la edición de MCMLVI, de 1956 a cuyas páginas remito las citas correspondientes.

[6] Ricardo Gullón: Conversaciones con Juan Ramón; Taurus Ediciones, Madrid 1958; pág. 120.

[7] Sobre el influjo de Eros y Thanatos en el Modernismo, es de imprescindible consulta el capítulo IX del estudio de Ricardo Gullón: Direcciones del Modernismo, Alianza Universidad, Madrid 1990; págs. 155-178.

[8] Tomado de Segunda antología…; pág. 94.

[9] Segunda antología; pág. 33. De su Primera Parte: Jardines galantes.

[10] Algo similar al rompimiento del pintor que, por su mucha perfección, abandona su realismo para llevar a cabo un cambio total en estilo e intenciones: Picasso.

[11] En este año de 1915 Zenobia le da plena seguridad de su amor, pero por diversas circunstancias van a mantener una poco deseada y temporal distancia,  pues en compañía de su madre se traslada en el mes de Agosto a Aragón, estancia que se alarga hasta casi enlazar con el viaje a Estados Unidos en el mes de Diciembre, aunque reiterándole siempre –el poeta debía estar angustiado y con dudas por la demasiado larga, para él, ausencia- la confirmación de su cariño y seguridad de la próxima unión matrimonial en el siguiente año. De ahí que Estío esté pleno de alusiones al vacío que experimenta él a causa de esa separación obligada aunque no deseada. Ver Graciela Palau de Nemes: Vida y obra de Juan Ramón Jimenez. La poesía desnuda; Gredos, Madrid 1974, segunda edición muy aumentada.; págs. 587 y 598 y ss.

[12] Ver Graciela Palau de Nemes: Vida y obra…; págs. 242-244 del tomo I y 467- 477 del tomo II, en las que se desarrolla estos aspectos, y más adelante, págs. 386-395, donde comentando Baladas para después, amplía lo anterior, subrayando que en estas alcanza una de las cotas más altas de su exacerbado erotismo.

[13] Poema núm. 6.

[14] Poema núm. 35.

[15] Tomado de la Introducción de Michael P. Predmore, para la edición del Diario en Cátedra, Letras Hispánicas, Madrid 1998; pág. 17. El fragmento pertenece al ensayo: El Modernismo poético en España y en Hispano América, recogido en Política Poética. Por su parte, el autor crítico afirma en su apertura introductoria que “Con el Diario empieza el simbolismo moderno en la poesía española”; ver misma página.                  

[16] Conversaciones…; págs. 114-115.

[17] Ver en Lírica de una Atlantida (Galaxia Gutemberg/ Círculo de Lectores, Editada por  Barcelona 1999), edición a cargo de Alfonso Alegre Heitzmann, el poema, en págs. 95-114, como la versión original de las dos primeras estrofas en verso, Apéndice 1, págs. 399-415.

[18] Cuadernos de Juan Ramón Jimenez; edición preparada por Francisco Garfias, Taurus Ediciones, Madrid 1960; pág. 198.

Bibliografía:

Garfias, Francisco: Cuadernos de Juan Ramón Jimenez; Taurus Ediciones, Madrid 1960.

Gullón, Ricardo: Conversaciones con Juan Ramón, Taurus Ediciones, Madrid 1959.

—. Direcciones del Modernismo; Alianza Universidad, Madrid 1990.

Jimenez, Juan Ramón: Segunda antología poética; Espasa Calpe, Madrid, 1956..

 —. Libros de poesía; Colec. Premios Nobel, Aguilar, Madrid 1957.

 —.Primeros libros de poesía; Colec. Premios Nobel, Aguilar, Madrid 1959.

—. Diario de un poeta reciencasado, Letras Hispánicas, Cátedra, Madrid 1998. Con una Introducción de Michael P. Predmore.

—. Lírica de una Atlantida; Barcelona, 1999.

Poesía; revista ilustrada de información poética; Ministerio de Cultura, núms. 13-14, invierno 1981-1982.

Palau de Nemes, Graciela: Vida y obra de Juan Ramón. La poesía desnuda; segunda edición en dos volúmenes, Editorial Grados, Madrid 1974. 

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