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“Un des Esseintes porteño”

12 11 2010

Ricardo Valerga

Sobre La degollación de los inocentes de Atilio Chiáppori (1880-1947). Fue éste un artífice de la prosa modernista. Su obra de ficción es breve: Borderland (1907, cuentos), La eterna angustia (1908, novela), La isla de las rosas rojas (1925, cuentos). En su historia de la literatura, Rafael Alberto Arrieta titula así el capítulo dedicado a este autor: “Esteticismo y esoterismo: Borderland de Atilio Chiáppori”.

Acaso lo primero que me sugirió una cercanía entre el Conde Jean Florissas des Esseintes y Edgardo Siemens fue la debilidad de ambos por las encuadernaciones en materiales raros. El argentino poseía “Le Bien qu’on dit des Femmes, por Emile Deschanel, y las Poesies d’Anacreon, encuadernadas: el primero en piel de mujer blanca y el otro con piel de negra”. Esto no era del todo extraño en aquellos años, donde en su catálogo de de septiembre de 1895, Leonard Smithers ofrecía a su selecta clientela un ejemplar de los grabados de la Danza de la Muerte de Holbein, enriquecido con sentencias latinas y cuartetas en inglés seleccionadas por Anatole de Montaignon, “appropiately bound in human skin”. Sin embargo no son meros detalles lo que hermana ambos antihéroes, sino sus êtats d´ame. Así describe Atilio Chiáppori al protagonista de La degollación de los inocentes:

“Espíritu femenino, con todos los entusiasmos exagerados y los hondos desfallecimientos genéricos (…) Su voluntad de acción, nunca muy fuerte, declinara, en ese lapso, a grados alarmantes de abulia. Los deseos nacíanle muertos (…)”

La nouvelle de Chiappori es la historia del amor imposible –la consumación de ese amor- de Edgardo Siemens por Blanca Gavarni. Siemens aparece como un ser inerme frente a los embates de la vida. Malentendidos, insignificancias, vuelven a alejarlos una y otra vez. Cuando no es una cocotte despechada, es la ruina de su fortuna: estando en Venecia, Siemens le firma ingenuamente un poder a un “empresario” que le ha prometido montar una fábrica de cerámicas en Buenos Aires y que lo estafa. Sin embargo Siemens no le guarda rencor: “Era un tipo original”, se dice.

Blanca Gavarni simboliza la felicidad siempre inasible, inalcanzable. Pero las causas de este fracaso no corresponden sólo a la fatalidad, sino que anidan también el propio Edgardo Siemens. Joven sufrió un traumático rechazo cuando presentara varias acuarelas a una exposición de aficionados:

“Pero su orgullo salvólo de la miseria de las lamentaciones y no volvió a tocar pinceles. Después de aquel suicidio artístico, derivara en el diletantismo (…)” 

Tienta la literatura, edita una plaquette, “Presencias y fantasmas”, que circula sólo entre sus raros amigos. Para Siemens “la sabiduría consiste en vivir, no fuera de él (el mundo) sino a su margen; y entrar cuando nos conviene o nos refocila, como quien pasa una hora en una fiesta…”  Con una postura semejante todo acaba languideciendo, y no sorprende que Siemens se entregue a lo “que se entregan todos los débiles: a los paraísos artificiales”. Opta por el haschish.

Entre los recursos materiales que llevan al olvido, ese era no solamente el menos nocivo sino también el más simpático, acaso el único de legítimo, de clásico prestigio literario; ya que se le presumía substractum de los “nepenthes” de Homero; y todo el mundo sabe con que eficacia lo empleara durante las Cruzadas aquel Terrible Fascinador de Multitudes –Hassaubeau-Sabah-Homari, El Viejo de la Montaña.

Pero pronto la simple mezcla con el tabaco rubio se muestra insuficiente. Intenta otras variantes tomadas de “El jardín Perfumado del Cheik Nefazaoui, célebre por su fórmulas de Bálsamos, opiatos y alquermes afrodisíacos”. Hasta que da con un hallazgo: la mezcla de las hojas y flores con la yerba mate.

¡Cuanta visitante curiosa de sus colecciones o de su vida extraña, después de dos infusiones satánicas –sorbidas en aquel raro mate colonial, de plata martillada, que parecía un primitivo cáliz eucarístico- había abandonado la biblioteca con las venas latientes y las pupilas deslumbradas en repentina midriasis!

La degollación de los inocentes fue publicada en La novela semanal en abril de 1918. Llevaba allí una dedicatoria a Emilio Becher, que fue suprimida al ser integrada la nouvelle al volumen La isla de las rosas rojas. Quizás Chiáppori percibió en Edgardo Siemens –que tiene también mucho de sí mismo- cierto parecido con su amigo Becher. 

Manuel Gálvez ha descripto en Amigos y maestros de mi juventud (Buenos Aires: Kraft, 1944) con cierta complacencia los sufrimientos del pobre Becher –un talento desperdiciado- como también los del propio Chiáppori; de éste afirma que padecía del “mismo vicio que Verlaine y Rubén”. Emilio Becher falleció en 1921; en 1926 sale La isla de las rosas rojas y en él La degollación… carece de dedicatario.

En el prefacio de 1903 a su novela, Huysmans recuerda la frase premonitoria de Barbey d’Aurevilly: “Después de semejante libro, al autor no le quedan más que dos opciones lógicas; o escoge el disparo de una pistola o se postra ante la Cruz”. Chiáppori no revela el final de Edgardo Siemens, pero intuimos al leer el sueño que cierra el relato, que éste será incapaz de alguna de estas acciones, y sólo permanecerá aguardando, siempre, inmerso en su biblioteca revestida de cortinados verde-hiedra. 

Ricardo Valerga. Biblioteca Museo Larreta (Buenos Aires) 

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