Top

“Pensamiento de otoño”

11 11 2010

Ricardo Llopesa

Los cuentos y las poesías de Azul… constituyen el primer conjunto renovador de la prosa y el verso castellanos. Las poesías, en total seis, han centrado la atención de críticos y estudiosos del modernismo. Pero existe un único poema obviado y hasta silenciado por haberse prestado a confusiones desde su primera publicación en la prensa chilena.

Del poema se ha dicho poco, demasiado poco. Casi nada. Es el titulado “Pensamiento de otoño”, que junto a “Anagke”, son los títulos que acompañan a los cuatro restantes de “El año Lírico”. Sobre “Pensamiento de otoño” ha caído el silencio y hasta errores de interpretación, debido al epígrafe que figura bajo el título: “(De Armand Silvestre)”, en un libro de tanta originalidad.

En el presente artículo se hace un recorrido de cuanto se ha escrito sobre el poema a lo largo de un siglo.

Pensamiento de otoño

El poema más oscuro de Azul… que figura en la primera edición [Darío, 1888], por las dudas que presenta con respecto a los restantes, en cuanto a estilo, es “Pensamiento de otoño”. El tema es una vaga idea etérea, más que el símbolo de una metáfora. Pictóricamente refleja los trazos impresionistas donde la perfección de la línea se pierde. Dicho de otro modo, es el símbolo difuminado en la transparencia del lenguaje. Lo que supone un planteamiento moderno en la temática, con algunos ingredientes técnicos. A su vez, es el único poema del libro sobre el que nadie se ha detenido a analizar, ni siquiera para dedicarle un artículo.

Su oscuridad viene condicionada por su extraña procedencia. En primer lugar, “Pensamiento de otoño” no es un poema original de Rubén Darío, sino traducción suya del poema del mismo título, del francés Armand Silvestre (1837-1902). En segundo lugar, si es un texto traducido, ¿cómo es posible que en un libro de tanta originalidad como Azul…, con pretensiones de moderno, pudiese Darío incluir un texto foráneo, creación de otro poeta? Además, sorprende que un poeta tan exigente en sus páginas como Rubén Darío, que en la tercera edición y la definitiva de Azul… [Darío, 1905] eliminase los poemas agregados a la segunda [Darío, 1890], que son los escritos en francés, el soneto alejandrino “Parodi” y las “Notas”, pero no expurgase la endecha “Pensamiento de otoño”.

Desde el punto de visto léxico el poema se aleja de la escritura lógica impuesta por el discurso ortodoxo latino. En el aspecto lingüístico tiene la complejidad de la pintura impresionista. A partir de ahora, esta técnica será la búsqueda constante de Darío, tanto en la poesía como en la prosa. Y es en este punto, donde ni Pedro Balmaceda, ni Eduardo de la Barra pudieron comprender su contenido. Sobre todo, éste último, por edad y estética, más asentado sobre la corriente de la tradición.

La razón no puede ser otra que la enorme influencia que Armand Silvestre ejerció en el momento en que Darío descubre la poesía del francés y la novedad que representa su técnica en el contexto de la poesía castellana. La publicación de este poema venía a supone el descubrimiento de un hallazgo sin precedente. Sin lugar a dudas, la poesía de Armand Silvestre fue determinante en la búsqueda de Darío de dar con una poesía que le señalase el norte, de la misma manera que lo fue Catulle Mendès para la estilo de la prosa. Es más, el nombre de Silvestre era el de un desconocido para los lectores castellanos de España y América. Ni siquiera gozaba del prestigio de los grandes maestros del primer parnasianismo como Leconte de Lisle, Gautier o Banville.

El chileno Armando Donoso [1927, 92], que fue amigo de Rubén Darío, nos dejó el marco físico de aquel momento vivido por Darío en la capital chilena, donde tuvo la fortuna de rodearse de un ambiente cultural de la mano de sus primeros amigos, el periodista Manuel Rodríguez Mendoza y Pedro Balmaceda Toro, hijo del presidente de la República. Escribe Donoso: “tanto en las habituales tertulias de La Época como en la charla cotidiana, Rubén Darío veía abrirse ante su imaginación nuevos horizontes para sus inquietudes artísticas, que contribuían a ampliar sus constantes lecturas de los escritores franceses: los Goncourt y Mendès, Flaubert y Taine, Silvestre y Hugo, Gautier y Daudet”. Darío, por su parte, supo ver en cada uno de ellos lo mejor de cada uno para adaptarlo y volcarlo dentro de la tradición castellana. Es el punto de divergencia y discrepancia, la ruptura que se produce en la poesía, entre tradición castellana y el inicio de la literatura hispanoamericana. Esta cita nos ubica en el contexto de algunos de los autores de la preferencia de Darío, en Santiago de Chile, y contamos con la casi ausencia de Silvestre entre los autores de su predilección.

El poema “Pensamiento de otoño” fue publicado en el diario La Época (Santiago de Chile, 15 de febrero de 1887). Para entonces Darío sólo había escrito el cuento “El pájaro azul” (07-12-87) y el poema, “Anagke”, aparecido cuatro días antes, en el mismo diario, el 11 de febrero. La lectura del poema de Silvestre dio a Darío la dimensión de una nueva manera de interpretar la corriente poética frente a la anquilosada poesía que se escribía en España y en América a finales del siglo XIX, empobrecida por la tradición. En el momento de la publicación de “Pensamiento de otoño”, Darío no ha concebido la idea de los cuatro poemas que integran la sección “El año lírico”, la única del libro en la primera edición. Esta idea, desde nuestro punto de vista, la concebió a raíz de leer en el Parnasse contemporaine [1876, 11-14], los cuatro poemas de Banville, titulados “le Pritemps”, “l’Eté”, “l’Automne” y “l’Hiver”, respectivamente.

Sabemos por Darío [1949, 126] que primero descubrió la magia de la prosa, a través de Théophile Gautier (a quien nunca cita entre sus maestros) y Catulle Mendès, de quien habla en Historia de mis libros: “Fue Catulle Mendès mi verdadero iniciador, un Mendès traducido, pues mi francés era precario. Algunos de sus cuentos lírico-eróticos, una que otra poesía, de las comprendidas en el Parnasse Contemporaine, fueron para mí una revelación”. Llama la atención que en este libro de confesiones literaria Darío olvide el nombre de Gautier, su verdadero iniciador en el estilo, en cuanto a pureza y precisión en el manejo de la prosa. De él exclamó, en Nicaragua, antes de salir a Chile: “¡Es el gran estilista del siglo!”. Se refiere al siglo XIX. A quien considera por encima de su maestro Víctor Hugo. Otro olvidado fue Armand Silvestre. Pero no cabe ninguna duda. Darío trató de ocultar o simular sus fuentes verdaderas.

Cuenta Armando Donoso [1927, 94] que un día cayó en manos de Rubén Darío el libro de poesía La Mer de Richepin: “obra que le llevó a vislumbrar claramente la revolución que se operaba en las letras francesas”. Pero no dice nada de Silvestre, quizá porque Darío no hace mención en ninguno de sus escritos, libros o artículos.

En la génesis de Azul… existieron dos intentos frustrados que anunciaron su publicación. Según Raúl Silva Castro, en la cuasi biografía de Rubén Darío (1), cuenta que el primero ocurrió a la llegada de Darío a Santiago, con ocasión de recoger el segundo premio del Certamen Varela, concedido al poema “Canto épico a las glorias de Chile”. En aquella ocasión, el diario La Época (Santiago de Chile, 15 de octubre de 1887). anunció, en la sección “El Día”, firmada por Carlos Luis Hübner con el seudónimo “Kar”, la noticia de la próxima aparición, para el 1 de enero de 1888, de El año lírico (2).

De haber sido así, de haber aparecido El año lírico, habría sido un folleto (un folleto en la época de Darío era un libro que no llegaba a las 200 páginas) con los cuatro poemas. Pero otra hipótesis nos llevaría a la conclusión que, a fecha 1 de enero, Darío podría haber incluido los cuentos concluidos en 1887 (“El pájaro azul”, “El fardo”, “El palacio del sol”, “El velo de la reina Mab”, “En Chile”, “El rey burgués” y “La ninfa”).

Un mes después (La Época, Santiago de Chile, 16 de noviembre de 1887), el mismo diario con la misma firma, publica un suelto, anunciando el mismo libro, con otro título, El rey burgués, también para el 1 de enero de 1888, conteniendo “artículos en prosa y verso y los cuentos que han aparecido en La Época y la Revista de Artes y Letras”, acompañado de “varios juicios y apreciaciones” y “una carta de Armand Silvestre”(3).

En este punto encontramos otro rasgo característico de Azul… El nombre de Armand Silvestre, a quien Darío escribe una carta y Silvestre le responde. Todo un orgullo para el joven poeta que se vanagloria de estar en posesión de una carta manuscrita por Armand Silvestre. Pero, ¿quién era Armand Silvestre? ¿Qué importancia tiene como poeta, por una parte y, por otra, en la obra de Rubén Darío? Nació en París en 1837 y murió en Toulouse en 1901. Lo que quiere decir que cuando Darío le escribe, en 1887, el poeta francés tiene cincuenta años. Fue poeta parnasiano, colaborador de la revista Gil Blas, donde publicó novelas y cuentos llenos de humor. Su poesía, en cambio, ofrece aspectos sensuales y eróticos, lo propio en la narrativa de la época (el denominado conte parisienne), de estilo elegante y bien trabajado. Muchos de sus poemas, por el ritmo, sirvieron de letra a canciones de principios del siglo XX interpretadas por el cantante Reynald Hanh.

Esta nueva sensibilidad que opera en los cenáculos franceses, muy distinta del romanticismo, es la que seduce a Darío en la búsqueda de la música dentro del poema. Lo que Catulle Mendès para la prosa. Se trata de construir el poema basándose en la palabra, con el fin de deshacer la lógica del discurso poético, en beneficio del ritmo y la melodía. Es la nueva poesía que camina en busca del simbolismo como expresión del paso hacia la sociedad burguesa.

Pedro Balmaceda (1868-1889) fue un entusiasta admirador de Silvestre. A su temprana muerte Darío escribió una crónica autobiográfica de su breve vida, titulada A. de Gilbert, seudónimo que ocultaba la máscara de Pedro. Darío [1890, III, 34] recuerda la emoción y la expresión de alegría cuando Pedro hablaba de París. Un día, con los brazos en alto, dijo: “Iríamos a París, seríamos amigos de Armand Silvestre, de Daudet, de Catulle Mendès…”.

Fue también Balmaceda el primer crítico de “Pensamiento de otoño”. Su nota, titulada “Pensamiento de otoño”, acompañó la publicación del poema. Es decir, que poema y crítica vieron la luz el mismo día y en el mismo diario. Es decir, el 15 de febrero de 1887. El texto de Balmaceda explica el poema. Se trata de una breve reseña, a vuela pluma, donde “sólo queremos hacer notar toda la pálida alegría de esta composición, toda la languidez extenuada de sus versos”. Vale la pena reproducir la página:

“PENSAMIENTO DE OTOÑO.- En esta sección publicamos una composición inédita que nos ha remitido desde Valparaíso el joven poeta don Rubén Darío.

Hay ciertas personas para quienes la historia está de más. Darío es una de esas. No tiene biografía, y si la tuviera, nosotros la suprimiríamos, porque ese es el mérito del poeta: vivir ignorado, sin porvenir, sin presente, como las aves de paso, según la expresión de Musset.

La poesía moderna se acerca día a día al ideal de la amargura, a las tristezas mundanas, a las miserias del hambre, de la oscuridad. Los verdaderos poetas son los que sufren, los que lloran, no los que cantan, porque el arte forma la música, las ideas delicadas, las sensaciones del placer, las voluptuosidades del mármol, y sólo quienes tienen el vino triste, quienes tienen la aspereza verde del ajenjo, pueden soñar en los ideales perdidos…

Y ¿quién creyera? ¡Para reír hay que llorar! Nuestro amigo, en un libro inédito que ya se encuentra en prensa, y titulado Abrojos, nos refiere alegres historias, algo del perfume del jazmín y de las rosas que tienen sus espinas y su poco de sangre.

La poesía que copiamos en esta sección es hermosa bajo muchos conceptos, y serviría de modelo ?si nuestro amigo no fuera tan joven? como intención delicada, soñadora, llena de rasgos exquisitos.

En ella se sienten todos los perfumes y murmullos que arrastra el otoño, entre torbellinos de hojas secas; algo del recuerdo de un amor inocente que sólo hablaba de los rosales trémulos, algo como una pasión expirante, un crepúsculo del alma.

No necesitan juicio los versos de nuestro amigo. Dominados por la amistad, sólo queremos hacer notar toda la pálida alegría de esta composición, toda la languidez extenuada de sus versos”.

Por otra parte, después de la lectura del texto podemos apreciar el desconocimiento de Balmaceda sobre la autenticidad del poema. Es más, durante esa época Darío se encuentra en Valparaíso, lejos de sus amigos jóvenes de Santiago, y más cerca de dos de sus amigos mayores, Eduardo Poirier, en casa de quien vive, y Eduardo de la Barra, a quien visita. En casa de uno de ellos pudo leer el poema. Y en este terreno me inclino por Poirier, quien recibía prensa francesa debido a su incesante actividad periodística, terreno en el que desempeñaba el cargo de traductor

En más de cien años sorprende que la nota escrita por Balmaceda sea la más extensa y sobre el poema haya caído una tormenta de silencio y desconcierto.

Eduardo de la Barra [1888, XI], en el prólogo que escribe para Azul… sostiene la misma opinión de Balmaceda. Es lacónico, pero sus palabras inducen a ambigüedad, cuando escribe: “El Pensamiento de Armand Silvestre es a las otras composiciones lo que la hoja a los pétalos”. No esclarece a un lector no iniciado en la poesía rubendariana. Se presta a confusión. Sin embargo, deja claro, entre líneas, oculto bajo relieves, quizá para mantener la complicidad, que en verdad se trata de un texto de Silvestre.

Dos años después, el mismo Darío no quiso poner al poema ninguna nota en la segunda edición de Azul… [1890]. Tampoco aclara nada en Historia de mis libros [1949], al confesar que se trata de “la versión de un Pensamiento de otoño de Armand Silvestre”, publicado en el diario La Nación, Buenos Aires, 6 de julio de 1913.

El investigador que por primera vez, después de la muerte de Rubén Darío, escribió con amplitud, hasta un total de doce líneas, fue Edwin K. Mapes [1925, 56], al comparar la estructura de ambos textos: “Ha llamado [Darío] ‘Pensamiento de otoño’ a una imitación del poema ‘Pensée d’autonne’ de Armand Silvestre, pero es más bien una traducción”. En esta cita Mapes utiliza dos términos diferentes, como son imitación y traducción. El primero, lo entendemos como el poema escrito “a imitación de otro. El segundo, por el contrario, es la acción de traducir de una lengua a otra, que es el caso de Darío. El uso de ambos términos, imitación y traducción, se presta a confusión y ambigüedad.

Nueve años después, el mismo Mapes había olvidado su descubrimiento, pues en el estudio sobre Azul… que suscribe con Julio Saavedra Molina [1939, 153], con quien “comparte las opiniones sustentadas” en la obra, escribe: “Pensamiento de otoño, cuyo tema no sabemos hasta qué punto se deba a Armand Silvestre, está cruzado por una plácida melancolía”. Lo que indica claramente que si Mapes había olvidado, Saavedra Molina desconocía el poema. La confusión es mayor a partir de la opinión de estos dos eruditos y estudiosos de la obra de Darío, que viene a refutar las palabras anteriores de Mapes.

A partir de la segunda mitad del siglo XX la investigación en torno a la obra y la vida de Rubén Darío se intensifica. Un crítico tan agudo como el dominicano Max Henríquez Ureña [1954, 91], de haber leído el poema en francés lo habría diseccionado, tan dado él, por su erudición, a desvelar los misterios de la literatura, y no se habría limitado a decir que es “la traducción de ‘Pensamiento de otoño’, de Armand Silvestre”.

Otro estudioso de la obra de Darío, Raúl Silva Castro [1956, 211] al analizar la “Génesis de Azul… de Rubén Darío”, se limita a comentar: “Pensamiento de otoño, se presenta como traducido de Armand Silvestre”. Lo que interpretado de modo más directo viene a decir lo mismo que puso Darío bajo el título del poema.

Antonio Oliver Belmás [1960, 405], a quien tanto debemos, no sólo por el “Archivo Rubén Darío” de Madrid y su obra de investigación, habla de “la traducción del ‘Pensamiento de otoño’ de Armand Silvestre”.

El mexicano Jaime Torres Bidet [1966, 46], dice que “Pensamiento de otoño” es “una versión de Armand Silvestre”.

Más generoso en sus palabras es el argentino José María Ferrero [1988, 133] en su estudio sobre “El año lírico” de Rubén Darío, quien dice algo más que los anteriores: “allí aparece, primero, ‘Pensamiento de otoño’, con la siguiente acotación: ‘(de Armand Silvestre)’, descripción lírica en versos heptasílabos y variedad estrófica, de tono entre desasosegado y nostálgico, con la cual el autor traduce la composición del poeta francés”.

En el número especial que ABC dedicó al centenario de Azul…, Pero Ginferrer, en su artículo “Qué conmemoramos hoy” [1988], escribió: “Pensamiento de otoño (es) la versión de una pieza del francés Armand Silvestre”.

En su estudio sobre Azul…, Jorge Eduardo Arellano [1992, 65], en el capítulo dedicado a “Imitación y fuentes”, escribe: “¿Y las fuentes de los poemas? Darío, en su “Historia de mis libros”, apenas cita las innegables de Armand Silvestre (1837-1902), ?“poeta en ocasiones delicado, fino y sentimental”? en su versión de ‘Pensamiento de otoño”.

Ese mismo año, Ricardo Llopesa [1992, 209-215] publicó el poema original de Silvestre, la interpretación de Darío y su traducción literal, en el artículo titulado “Pensamiento de Otoño”, con anotaciones de las semejanzas y diferencias. Hasta hoy es el trabajo más amplio que se haya dedicado al poema.

José María Martínez [1995, 272], en su edición de Azul…, acompaña el texto original por envío desde París del profesor Enrique Marini Palmieri.

A través de este recorrido histórico del poema “Pensamiento de otoño”, de Rubén Darío, podemos observar la confusión en que han caído lectores y críticos, razón por la que ha sido imposible emprender un análisis que permita comprender el texto, desde la personalidad del autor y su modelo.

La estructura y contenido

El poema de Darío, como el de Armand Silvestre, consta de cinco estrofas. Mientras en Silvestre las estrofas están en versos alejandrinos (doce sílabas francesas) y constan de cinco versos; en Darío estos versos de arte mayor se convierten en arte menor, de siete sílabas, agrupados en estrofas de metros variables, de doce, diez, catorce, doce y catorce versos, respectivamente.

Si algunos versos de Darío están traducidos casi literalmente del original francés, principalmente los primeros y los últimos, no lo son otros por apartarse del rigor del texto.

Destacamos el empleo del leitmotiv, utilizado por Silvestre, en cada una de las estrofas, repitiéndose el primer verso en el último, diferente en cada una de las cinco estrofas. En Darío también son cinco estrofas. En cada una de ellas el leitmotiv ocupa dos versos que se repiten al final. Excepto en la última estrofa, donde Darío utiliza cuatro versos de leitmotiv, iniciales y finales, los que abarcan por completo la estrofa, sumando ocho versos, frente a los seis restantes.

Por la fecha de publicación, “Pensamiento de otoño” es anterior, en pocos meses, al uso del leitmotiv que figura en el cuento “El palacio del sol” y la silva “Primaveral”, de Azul

Esta afirmación viene a confirmar que Darío conoció el leitmotiv a través de Armand Silvestre, cuya lectura fue anterior al libro de cuentos Les tríos chansons (1887), de Catulle Mendès. Aunque fue en éste libro donde Darío encontró la posibilidad de aplicarlo a la prosa y desarrollarlo, con mayor libertad de combinación, tal como lo hace en “El palacio del sol”.

Mientras el texto de Silvestre, en su traducción literal, está más próximo a la primera etapa modernista, principalmente la de los sonetos de Azul…, por la carga simbólica, la versión de Darío tiene los giros propios del romanticismo, debido a ese sonsonete del verso de arte menor. Por otra parte, resulta chocante el uso de arcaísmos, cito el adverbio “do”, de reminiscencia romántica y dieciochesca, de lo que Darío se percata alejándose.

La única estrofa, que por el número de versos se corresponde, en su duplicidad, con el original francés, es la segunda, y la que mayor comentario merece. El segundo verso de Armand Silvestre hace alusión a “des lents volúbilis et des roses-trémières”, cuya traducción literal sería: “de las lentas enredaderas y las rosas-trémulas”. Aquí Silvestre se refiere, por supuesto, a dos plantas, la enredadera y el rosal. Darío, en cambio, traduce de la siguiente manera: “de las tardas volúbilis / y los rosales trémulos”, y así figura en las ediciones de 1888 y 1890. En la tercera edición, que data de 1905 y es, por tanto, la definitiva, cambia “volúbilis” por “volúbiles”. La variante es leve, pero significativa. La primera es un vocablo latino que significa “voluble”. La segunda sería un galicismo castellanizado, que vendría a significar “enredadera”, si admitimos el vocablo como neologismo. Pero este vendría a ser un neologismo desgraciado que nadie comprendería, si no es con el texto francés en la mano. A la postre, un neologismo erróneo. Saavedra Molina y Mapes, en la edición citada, explica el vocablo “volúbilis” como “las lentas o últimas campanillas”.

No obstante, para su comprensión, ofrecemos el texto íntegro de Armand Silvestre, tal como apareció en Rosas d’octobre, donde figura en la tercera parte, “Paisajes et fleurs” [1890, 79-80], aunque es seguro que Darío lo leyó en una publicación anterior a 1887.

 

Armand Silvestre

PENSÉE D’AUTOMNE

 

                        L’an fuit son déclin, comme un ruisseau qui passe

                        emportant du couchant les fuyantes clartés;

                        et, pareil à celui des oiseaux attristés,

                        le vol des souvenirs s’alanguit dans l’espace.

                        L’an fuit vers son déclin, comme un ruisseau qui passe.

 

                        Un peu d’âme erre encore aux calices défunts

                        des lents volubilis et des roses-trémières;

                        et, vers le firmament des lointaines lumières,

                        un rêve monte encore sur l’aile des perfums.

                        Un peu d’âme erre encore aux calices défunts.

 

                        Une chanson d’adieu sort des sources troublées.

                        S’il vous plait, mon amour, reprenons le chemin

                        où, tout deux, au printemps, et la main dans la main,

                        nous suivons le caprice odorant des allées.

                        Une chanson d’adieu sort des sources troublées.

 

                        Une chanson d’amour sort de mon coeur fervent

                        Qu’un éternel avril a fleuri de jeunesse.

                        Que meurent les beaux jours! que l’âpre hiver renaisse!

                        Comme un hymne joyeux dans la plainte du vent,

                        une chanson d’amour sort de mon coeur fervent.

 

                        Une chanson d’amour vers ta beauté sacrée,

                        femme, inmortel été! Femme, inmortel printemps!

                        Soeur de l’étoile en feu qui, par les cieux flottants,

                        verse en toute saison sa lumière doré.

                        Une chanson d’amour vers ta beauté sacrée,

                        femme, inmortel été! Femme, inmortel printemps!.

 

  Traducción literal:

 

PENSAMIENTO DE OTOÑO

 

                        El año huye hacia su término, como un arroyo que pasa

                        llevando del poniente las fugaces claridades;

                        y, semejante al de los pájaros entristecidos,

                        el vuelo de los recuerdos languidece en el espacio.

                        El año huye hacia su término, como un arroyo que pasa.

 

                        Un algo de alma aún yerra por los cálices muertos

                        de las lentas enredaderas y las rosas trémulas;

                        y, hacia el firmamento de las lejanas luces,

                        un sueño remonta aún en el ala de los perfumes.

                        Un algo de alma aún yerra por los cálices muertos.

 

                        Una canción de adiós brota de las fuentes turbias.

                        Si le place, amor mío, prosigamos el camino

                        donde, ambos, en la primavera, y la mano en la mano,

                        seguíamos el capricho perfumado de las alamedas.

                        Una canción de adiós brota de las fuentes turbias.

                        Una canción de amor brota de mi corazón ferviente

                        que un eterno abril floreció de juventud.

                        ¡Qué mueran los días felices! ¡que áspero invierno renazca!

                        Como un himno alegre en el quejido del viento,

                        una canción de amor brota de mi corazón ferviente.

 

                        Una canción de amor para tu belleza sacra,

                        ¡mujer, eterno estío! ¡Mujer, inmortal primavera!

                        Hermana de la estrella encendida que, por los cielos flotantes,

                        vierte en toda estación su luz dorada.

                        Una canción de amor para tu belleza sacra,

                        ¡mujer, eterno estío! ¡Mujer, inmortal primavera!

 

Rubén Darío

PENSAMIENTO DE OTOÑO

(De Armand Silvestre)

 

  Huye el año a su término

como un arroyo que pasa,

llevando del Poniente

luz fugitiva y pálida.

Y así como el del pájaro

que triste tiende el ala,

el vuelo del recuerdo

que al espacio se lanza

languidece en lo inmenso

del azur por do vaga.

Huye el año a su término

como arroyo que pasa.

 

*

 

  Un algo de alma aun yerra

por los cálices muertos

de las tardas volúbiles

y los rosales trémulos.

Y, de luces lejanas

al hondo firmamento,

en alas de perfume,

aun se remonta un sueño.

Un algo de alma aun yerra

por los cálices muertos.

 

*

 

  Canción de despedida

fingen las fuentes turbias.

Si te place, amor mío,

volvamos a la ruta

que allá en la primavera

ambos, las manos juntas,

seguimos, embriagados

de amor y de ternura,

por los gratos senderos

do sus ramas columpian

olientes avenidas

que las flores perfuman.

Canción de despedida

fingen las fuentes turbias.

 

*

 

  Un cántico de amores

brota mi pecho ardiente

                                               que eterno Abril fecundo

de juventud florece.

¡Que mueran en buena hora

los bellos días! Llegue

otra vez el invierno;

renazca áspero y fuerte.

Del viento entre el quejido,

cual mágico himno alegre,

un cántico de amores

brota mi pecho ardiente.

 

*

 

  Un cántico de amores

a tu sacra beldad,

¡mujer, eterno estío,

primavera inmortal!

Hermana del ígneo astro

que por la inmensidad

en toda estación vierte

fecundo, sin cesar,

de su luz esplendente

el dorado raudal.

Un cántico de amores

a tu sacra beldad,

¡mujer, eterno estío,

primavera inmortal!

Ricardo Llopesa, Instituto de Estudios Modernistas.

 

Notas

 [1]  Silva Castro [1956,208-209] no fue amigo de Rubén Darío, pero lo fue del primer bibliógrafo de Rubén Darío, el chileno Julio Saavedra Molina, con quien colaboró en la edición del segundo volumen de Obras escogidas de Rubén Darío publicadas en Chile (Imprenta Universal, Santiago de Chile, 1940). Libro que no llegó a salir de la imprenta porque ardió entre las llamas la edición entera.

 [2]  He aquí un fragmento que reprodujo Silva Castro.[1956, 208], según nuestras noticias los diarios de esta época se quemaron en un incendio que padeció la Biblioteca Nacional de Santiago de Chile: “EL AÑO LÍRICO.- Con este título aparecerá en breve un elegante volumen de composiciones del aplaudido poeta y escritor don Rubén Darío, tan ventajosamente conocido en nuestro movimiento literario”

 [3] Un párrafo reproducido por Silva Castro [1956. 209]: “EL REY BURGUÉS.- De Rubén Darío saldrá próximamente, tal vez el 1º de enero (1888), un volumen titulado como éste suelto, y que contendrá los artículos en prosa y verso y los cuentos que han dado a luz La Época y la Revista de Artes y Letras, producidos por dicho autor. La edición será de lujo y dirigida por don Samuel Ossa Borne. El libro llevará como introducción varios juicios y apreciaciones respecto a los artículos y composiciones en él contenidos. Entre éstos figurará una carta de Armand Silvestre, muy honrosa para el señor Darío”.

 

Bibliografía

Arellano, Jorge Eduardo: Azul… de Rubén Darío. Nuevas perspectivas. Nueva Cork, OEA, 1992.

Darío, Rubén: Azul… Prólogo de Eduardo de la Barra. Imprenta y Litografía Excelsior, 1888

Darío, Rubén: Azul… Prólogo de Juan Valera. Guatemala, Imprenta de la Unión, 1890

Darío, Rubén:  Azul… Prógo de Juan Valera. Biblioteca de “La Nación”, 1905.

Darío, Rubén: A. de Gilbert. San Salvador, Imprenta Nacional, 1889.

Darío, Rubén: Historia de mis libros. Madrid, Afrodisio Aguado, 1949.

Donoso, Armando: “Rubén Darío en Chile”, en Obras de juventud de Rubén Darío. Editorial Nacimiento, Santiago de Chile, 1927.

Ferreiro, José María: Estudios literarios, La Plata, 1988.

Ginferre, Pere: “Qué conmemoramos hoy”, ABC, Madrid, 30 de julio de 1988.

Le Parnasse Comtemporain. Recueil de vers nouveaux. Paris, Alphonse Lemerre, éditeur, 1876.

Llopesa, Ricardo: “Pensamiento de otoño”, Barcarola, núm. 39, Albacete, abril de 1992, pp. 209-215; luego en Boletín de la Dirección General de Bibliotecas, Hemerotecas y Archivos, núm. 7, Managua, Instituto Nicaragüense de Cultura, diciembre de 1996, pp. 33-37.

Mapes, Edwin K.: L’influence français dans l’oeuvre de Rubén Darío. París, 1925.

Martínez, José María: Azul… Ediciones Cátedra, Madrid, 1995.

Oliver Belmás, Antonio: Este otro Rubén Darío. Barcelona, Aedos, 1960.

Torres Bodet, Jaime: Rubén Darío. Abismo y cima. México, 1966.

Saavedra Molina, Julio y Mapes, Edwin K., Obras escogidas de Rubén Darío publicadas en Chile. Santiago de Chile, 1939.

Silva Castro, Raúl: Rubén Darío a los veinte años. Madrid, Gredos, 1956.

Silvestre, Armand: Roses d’octobre. Paris, Charpentier, 1890.

Ureña, Máx Enrique: Breve historia del modernismo. México, 1954.

Bottom