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El modernismo en la posguerra civil española

11 11 2010

Emilio Quintana

Normalmente se le presta poca atención a la obra que algunos poetas de la generación modernista que vuelven a publicar una vez terminada la Guerra Civil. Esto me parece una negligencia. Si bien en general se trata de autores que no alcanzan la altura de nombres del momento como Agustín de Foxá o Rafael Sánchez Mazas (en los que perviven elementos de un modernismo tardío), el hecho de que varios poetas que habían estado preteridos desde hacía lustros (desde que el triunfo de la Modernidad poética los dejara a un lado) vuelvan a escribir y publicar poesía después de la guerra, es un hecho que merece particular atención.

Recordemos algunos títulos a vuelapluma: Juan de Contreras, Marqués de Lozoya: Poemas (Madrid, Biblioteca Nueva, s. f.), Cristóbal de Castro: Joyel de enamorados (1940), Manuel de Góngora: Dolor y resplandor de España (1940), Antonio de Zayas: Ante el altar y el la lid (1942), Ricardo León: Lira de bronce y Alivio de caminantes (1942), Manuel Machado: Cadencias de cadencias (1943).

Creo que el motivo radica en la propia retórica del primer franquismo, que ha sido estudiada por Cano Ballesta bajo la forma de una “utopía antimoderna” (en Las estategias de la imaginación, 1994), un ejercicio de melancolía condenado al fracaso pero que prendió en un buen número de poetas modernistas supervivientes que engancharon así con el propio Ideal antimoderno presente en el modernismo histórico.

Aunque superiores en calidad poética por lo general, los libros de falangistas como Rafael Sánchez Mazas o Agustín de Foxá, sobre todo El almendro y la espada (San Sebastián, 1940) contribuyen a este ambiente (prefigurado en el cuadro “Accidente” del también falangista Ponce de León, asesinado a principios de la Guerra Civil). Acaso del mismo modo habría que entender otros libros como Sombra del paraíso (1944) de Vicente Aleixandre, en cuyos poemas la ciudad no existe como tal (por la calle no circulan tranvías) sino como proyección utópica de una sociedad en la que lo moderno (incluyendo la guerra) no ha dejado huella.

Sería interesante ampliar esta nota con estudios más amplios que devolvieran a esta poesía modernista rezagada la importancia o el significado que, sin duda, tuvo.

El fin de este discurso de resurgimiento antimoderno puede verse cinematográficamente en una película de Edgard Neville (que había llevado a la pantalla en 1944 la novela de Carrere La torre de los siete jorobados, obra maestra del cine español). Me refiero a El último caballo (1950), en la que un joven Fernán Gómez, trabajador de una compañía eléctrica que acaba de ser desmovilizado del cuerpo de Caballería del Ejército, trata de buscar sitio en Madrid para dejar su caballo, algo que le resulta imposible en una ciudad de nuevo en proceso de modernización y llena de garajes, no de cuadras.

Hay una escena de esta película en la que los tres protagonistas –Fernán Gómez, un bombero también desmovilizado, y una florista (la mujer flor del modernismo a lo Edgar Maxence)- se reúnen en torno a una botella de vino en el café “La cruzada” (nombre que no parece casual) para emboraracharse y lanzar gritos subversivos del tipo “Abajo los camiones”, “Hay que acabar con la vida moderna”, “Abajo los automóviles” o “No a la mecanización”.

Posiblemente en esta escena (hay edición de la película en DVD) Neville filme el epitafio perfecto que certifica la muerte de la “utopía antimoderna” del modernismo posbélico.

Emilio Quintana. Instituto Cervantes Estocolmo. Dirige Hallali. Revista de estudios culturales sobre la Gran Guerra y el mundo hispánico.

 

Grabado: Alfonso Ponce de León: “Accidente” (1936)

 

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