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La violación de las musas: Rubén Darío, el modernismo y la sexualidad

15 02 2010

JORGE CAMACHO (University of South Carolina-Columbia)

 

Muchos de los temas que aparecían en los debates de finales de la década del XX, ya estaban presentes en los textos modernistas del siglo anterior donde, una y otra vez, aparecía un interés por las sexualidades heterodoxas.

“Y la primera ley, creador: crear. Bufe el eunuco. Cuando una musa te de un hijo, queden las otras ocho encinta.” (Rubén Darío).

Desde la aparición de Azul… en 1888, el modernismo ha sido uno de los tópicos más debatidos en la historia intelectual de Hispanoamérica. Admirados por unos y satanizados por otros, los modernistas no han dejado de qué hablar a la crítica, y tanto es así que a penas hay temas por explorar en su ya abultada bibliografía. Uno de estos temas es el de la sexualidad. Desde la década de 1980, a raíz de los debates que promovieron el feminismo y la lucha por el reconocimiento de las minorías sexuales (gays, lesbianas, transgéneros), los investigadores del modernismo han regresado a los antiguos textos finiseculares con nuevos bríos y nuevas herramientas teóricas. Descubrieron que muchos de los temas que aparecían en los debates de finales de la década del XX, ya estaban presentes en los textos modernistas del siglo anterior donde, una y otra vez, aparecía un interés por las sexualidades heterodoxas, cada vez más visibles en las grandes urbes metropolitanas como New York y París. La prostitución femenina, la incorporación de la mujer a nuevos sectores productivos de la sociedad, así como la existencia de clubes para varones hizo posible que a un nivel social, pudiéramos constatar que la preocupación que aparecían en muchos de estos textos no fue únicamente literaria, sino también y sobretodo, una preocupación esencial para muchos hombres y mujeres.

En los poemas y narraciones de Rubén Darío, José Martí, Amado Nervo, Gutiérrez Nájera, y Fabio Fiallo -para mencionar solamente algunos de los escritores más representativos de este periodo-, ésta preocupación se hace presente de diversas formas, pero casi siempre unida al temor que significaba cruzar los marcos establecidos por la sociedad patriarcal y parroquiana de la época, resguardada por la iglesia, la política y el Estado liberal. Por ello la escritura modernista nace atravesada por el signo de la contradicción, por un lado el deseo de ir más allá de lo socialmente permitido, de trasgredir todos los límites, y por otro, la preocupación de sentirse jalonado por las restricciones morales que impusieron estas instituciones. En tal sentido el decadentismo francés y los prerrafaelistas ingleses fueron más hozados que los modernistas hispanoamericanos. Su “perversidad” fue mucho más lejos, y sus deseos de “espantar a los burgueses” más consistente y arriesgado. Esto lo demuestra el “affaire Oscar Wilde” y la reacción que sucintó en Hispanoamérica, en especial, en dos de las figuras más importantes de ese movimiento Rubén Darío y José Enrique Rodó. 

Según Sylvia Molloy en “Too Wilde for Comfort: Desire and Ideology in fin-de-siècle Latin America” ni Rubén Darío ni José Martí veían con buenos ojos el intento de Wilde por trascender los límites sexuales que había impuesto la mentalidad vitoriana de su época. Y tampoco Enrique Rodó pensaba que la literatura finisecular –especialmente la de Darío- era apropiada para enseñarle moral a las nuevas generaciones de varones. Según Aníbal González, Martí rechazó a Oscar Wilde y en general la literatura decadentista por encontrarla demasiado “afeminada” para conformar el nuevo canon de la literatura que se proponía construir (90). Esta opinión, sin embargo, es matizada por Emilio Bejel quien aclara de forma muy acertada que en su respuesta al periódico The Manufacturer Martí asume una posición ambivalente ante los cargos de homosexualismo, que el periódico le había hecho a los cubanos (14). La tesis que subyace por tanto en los análisis de Montero “Modernismo and Homophobia: Darío and Rodó,”  y Molloy sobre Darío, Rodó y Martí es la intolerancia por parte de una parte de los modernistas y el miedo de estos a transgredir las normas impuestas por la sociedad y sus posibles repercusiones para la nación. Valga señalar, no obstante, que no todos los modernistas pensaban así, ya que como demuestra el mismo Montero en Erotismo y representación en Julián del Casal (1993), el autor de Nieve se aparta de este grupo.

Además de esta especie de homofobia latente en los escritos de quienes fueron sus figuras más representativas, a los modernistas se les ha acusado de ser misóginos, por referirse muchas veces a las mujeres en términos despectivos o machistas y por considerar además que tampoco ellas podían servir de modelo a las nuevas generaciones de mujeres hispanoamericanas.  Sus críticas se enfocaron en lo que se llamó en la época “la nueva mujer”, que era vista por estos escritores como una especie de marimacha, “mujer viril” amenazante y asexual. Esta “nueva mujer” no solamente exigía el derecho al voto, sino también ocupaba un lugar en las empresas junto a los hombres y amenazaba con volcar de forma definitiva el mundo lleno de reglas que habían impuesto los hombres.

En el caso de Martí, este papel lo ocupa la protagonista de su novela Amistad funesta (1885), Lucía, quien encarna todos los miedos del escritor finisecular: una mujer histérica, dominante, celosa e incapaz de armonizar con su prometido. En esta novela, Lucía termina asesinando a Sol del Valle que representa (como su mismo nombre lo indica) todas las características positivas en la novela. Sol y Ana, una mujer al borde de la muerte con una intensa vida espiritual, representan aquí los ideales femeninos por excelencia. De modo que en términos generales, la crítica modernista se ha acercado a estos textos de dos formas. Primero, cuestionando la actitud de los poetas y escritores ante la tipificación de la mujer ya sea como “ángel del hogar” o “femme fatal” y la otra, analizando el papel de la “nueva mujer” en la sociedad a través de su activismo, sus demandas y la consecuente “efebización” de los hombres. Esta segunda forma, si bien resalta la importancia que tuvieron las mujeres en esta sociedad, las ven más como catalizadoras de la redefinición de la masculinidad a finales del siglo XIX: por un lado como paradigmática del patriarcado, y por otra como la consecuencia directa de su afeminamiento. En lo que sigue me referiré a algunas de estas estrategias de lecturas, en especial, en la medida que la representación de la mujer agrega sentido a la masculinidad fin de siglo, ya que es a través de ella y de la actitud que asumen los hombres en el hogar (considerando la teoría de las dos esferas), vemos la exaltación de un tipo de mujer perfecta y un hombre femenino o machista. Esta mujer ideal es delicada, inocente y hermosa, y es quien espera de forma paciente en la casa al marido/ caballero, que como en el poema de Darío “Sonatina”, viene desde muy lejos a rescatarla de la muerte.

Bram Dijkstra en Idols of Perversity ha demostrado como ambas figuras, la mujer perversa y la mujer “ángel” postrada por alguna condición física, reaparecen continuamente en la iconografía de finales de siglo, en especial en la pintura prerrafaelista, donde abundan tantos caballeros y princesas esperando en los balcones a sus príncipes. Para ilustrar el primer tipo de mujer en la poesía de Darío, valga observar la representación que hace el nicaragüense del poeta y de la Poesía en uno de sus textos más conocidos: “El Cisne”. Dice Darío en las últimas dos estrofas de este poema: “Oh Cisne! ¡Oh sacro pájaro! Si antes la blanca Helena / Del huevo azul de Leda brotó de gracia llena, / Siendo de la Hermosura la princesa inmortal / Bajo tus blancas alas la nueva Poesía / Concibe en una gloria de luz y de harmonía / La Helena eterna y pura que encarna el ideal”. (110)

Por lo general, “El Cisne” se ha leído como el ejemplo más perfecto del esteticismo rubendariano, como un símbolo de la representación del arte, la poesía y lo bello encarnados todos en esta figura estilizada, que justamente utilizaron sus críticos para atacarlo. Sin embargo, si leemos este poema como un ejemplo de la representación de ambos sexos en el modernismo tenemos que está basado en un mito que representa un acto violento en el texto original. Está basado en la historia de Zeus quien acostumbraba a transformarse en diversos animales para poder tener relaciones sexuales con las mujeres que le gustaban. En uno de estos lances amorosos, Zeus se transformó en Cisne y pudo así tener relaciones sexuales con Leda. De tal encuentro nació “Helena”, otro de los íconos “perversos” del modernismo y el decadentismo francés: la belleza fría y distante de la mujer fatal. Helena, como nos recuerda Gustave Moreau, Puvis de Chavannes y otros pintores simbolistas de la época, fue quien causó la destrucción de Troya. En el poema de Darío, sin embargo, el poeta ocuparía el lugar del Cisne “sacro pájaro” y el lugar de Leda, la nueva amante de Zeus/poeta, sería la “nueva Poesía”, quien da a luz o “concibe”: “La Helena eterna y pura que encarna el ideal”. Lógicamente, Darío se está refiriendo aquí por “nueva Poesía” a una de las musas que se tenían como patronas de este arte en la antigua Grecia (Calliope, Polyhymnia, Erato), pero de todas formas el acto es el mismo, con lo cual Darío estaría comparando el acto amoroso y violento de Zeus con la forma en que el poeta concibe el (nuevo) poema / arte modernista.

Su representación del poeta y de la mujer coincidiría por lo tanto aquí con la que hacen otros bates del mismo periodo quienes se ven como una especie de ser elegido, (Zeus, Cristo, profeta o sacerdote) predestinado a la grandeza y la mujer como el objeto pasivo y oscuro del deseo. Ella es la materia que concibe, la materia moldeable, y él una especie de Dios, dador de la vida. De modo que ésta separación de los géneros de acuerdo a los patrones tradicionales que existían en la sociedad finisecular deja claro quien tenía la fuerza y la autoridad en la pareja y quien debía cumplir con el rol de subalterno en la sociedad. Pero sobretodo, de forma efectiva esta representación destruye cualquier acusación de afeminamiento del poeta que los críticos del modernismo veían con gustos demasiado provocadores, amanerados y por esta razón los llegaron a tildar de “poetas liliales”. De hecho, Darío no fue el único en escribir un poema utilizando la historia de la violación de Leda. William Butler Yeats (1865-1939) en “Leda and the Swan” (escrito en 1923) reconstruye el mismo instante en que el dios se convertido en la figura de Zeus y la posee. Ambos poetas ponen en verso lo que innumerables pintores del renacimiento y la época moderna plasmaron en sus cuadros.

El poema comienza con una frase que resume todo el poema. Dice Yeats: “A sudden blow: the great wings beating still / Above the staggering girl, her thighs caressed / By the dark webs, her nape caught in his bill, / He holds her helpless breast upon his breast. / How can those terrified vague fingers push / The feathered glory from her loosening thighs? / And how can body, laid in that white rush, / But feel the strange heart beating where it lies? / A shudder in the loins engenders there / The broken wall, the burning roof and tower / And Agamemnon dead. / Being so caught up, / So mastered by the brute blood of the air, / Did she put on his knowledge with his power / Before the indifferent beak could let her drop?” (182). 

Un golpe rápido e inesperado es todo lo que marca el momento de la violación. Las grandes alas (una sinécdoque para referirse al ave en este caso) baten sobre el cuerpo de la muchacha, indefensa y aterrorizada ante la fuerza del dios. Yeats a diferencia de Darío, sin embargo, siente compasión por la muchacha, y mucho menos ocupa el lugar de Zeus, todo poderoso y omnipotente. Para Yeats la pregunta es como se puede sobrevivir a una experiencia tan horrible, que el poeta irlandés describe con imágenes propias de una ciudad que se desmorona o se quema, “la pared rota, el techo y la torre quemada”. Son lógicamente dos formas de percibir a la mujer, y la acción del macho. Para Darío, fue también una forma de expresar la capacidad de crear, su enorme talento de fecundar a la musas para que parieran el poema. De ese acto monstruoso, parece decirnos el nicaragüense, sale la luz y la belleza.

Obras Citadas

Bejel, Emilio. Gay Cuban Nation. Chicago: University of Chicago Press, 2001.

Darío, Rubén. Prosas profanas y otros poemas. Paris: Librería de la vda de C. de Bouret, 1901.

Dijkstra, Bram. Idols of Perversity: Fantasies of Feminine Evil in Fin-de-Siecle Culture. New York: Oxford University Press, 1986.

González, Aníbal. “Modernist prose.” The Cambridge History of Latin American Literature. Eds. Roberto González Echevarría y Enrique Pupo Walker. Cambridge UP, 1996. 87-112.

Martí, José. Obras completas.  28 vols.  La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1963-75.

Molloy, Sylvia. “Too Wilde for Comfort: Desire and Ideology in fin-de-siècle Latin America.” Social Text 31-32 (1992): 187-201.

Montero, Oscar. “Modernismo and Homophobia: Darío and Rodó.” Sex and Sexuality in Latin America. New York University Press, 1997. 101-117.

_____. Erotismo y representación en Julián del Casal. Amsterdan, Atlanta: Rodopi, 1993.

Yeats, William Butler. The Collected Poems of W.B. Yeats.  Ware: Wordsworth Editions, 1994. 

 

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