Top

La dramática vida de Rubén Darío

14 02 2010

Edelberto Torres  

En la Introducción de la primera edición guatemalteca de este libro (La Dramática vida de Rubén Darío) en 1952, decíamos que “La biografía de Rubén Darío es una empresa todavía inédita…”. Podemos decir en 1979 que esa aserción todavía está latente, si se piensa en una obra que abarque el aspecto biográfico realmente total, y el aspecto crítico completo, fundidos en una unidad que armoniosamente los conforme. Este sería un tipo de gran biografía-ensayo, que ojalá el futuro la vea aparecer. Nuestro afán ha sido esencialmente rastreador de los pasos del poeta desde su nacimiento hasta la extinción de su aliento vital. La vida de Rubén Darío escrita por sí mismo, sigue siendo la infraestructura inevitable para los biógrafos, a pesar de las muchas omisiones, anacronismos, invenciones y tergiversaciones.

Amén de la premura de tiempo que explica esos numerosos errores, la principal fuente de ellos es la memoria de la poeta, fabulosa para retener palabras y pobre para conservar hechos. El caso más ejemplificador que refiere el poeta, es la anécdota del capitán Andrews, que correctamente narró como incidente de su primer viaje a España (1892), y al contar el segundo viaje (1898), rectifica, diciendo que fue en este que ocurrió. El doctor Oliver Belmás da la fecha de llegada del capitán Andrews a Palos de Moguer.

Nuestras fuentes —como en otra ocasión lo hemos dicho— más aprovechadas han sido sus obras, los artículos y poemas que tienen fecha de composición o de publicación si esta se hizo en más o menos breve lapso posterior. Las recopilaciones de E. K. Mapes, Diego Manuel Sequeira, Alberto Ghiraldo y Roberto Ibáñez son, por eso, preciosas. Un joven investigador argentino, el doctor Pedro Luís Barcia, llevó a cabo una ingente labor de esa índole concretada en dos volúmenes, el primero de los cuales, que ya vio la luz, 1 nos ha prestado un servicio difícil de exagerar. El segundo volumen no ha tenido la fortuna de ser impreso, y en Buenos Aires nos fue imposible aprovechar los originales, ni siquiera el fi chero bibliográfico, porque el acucioso compilador no quiso facilitarlo entonces ni después, ni prestadas, ni vendidas las copias fotostáticas de las fi chas. Contrasta esta conducta con la de otros investigadores, algunos de los cuales llegaron hasta la munificencia como con placer lo diremos más adelante.

El último viaje de investigación realizado en la primavera de 1972 con mi esposa Marta Rivas de Torres, fue tan fructífero que este libro se ha enriquecido con la afluencia de un caudal de información que lo hacen diferente de las ediciones anteriores, gracias, principalmente, al Seminario-Archivo Rubén Darío, que ahora acapara el mayor interés por su cuantioso acervo documental. Pero no queremos significar con esto, ni mucho menos, que no dejamos nada por leer, anotar, copiar o fotocopiar en ese viaje. En seis meses era imposible realizar el programa preparado; lo impidió, ante todo, el factor económico, que tantas bellas intenciones malogra. En Bogotá, copiamos algunos artículos de prensa, pero el engorroso acceso a libros y documentos en la Biblioteca Nacional no permitió esclarecer algunos puntos dudosos en las relaciones de Rubén Darío y Colombia. Dichosamente, el libro del doctor Publio González-Rodas, Rubén Darío and Colombia, cubre casi toda esa área.

En Quito, tuvimos la fortuna de recibir la cooperación del Director de la Biblioteca Nacional, licenciado Delgado, y su secretaria, señorita Carrión, así como del jefe de la hemeroteca del archivo del Diario El Comercio, señor Nelson Páez, siendo el resultado la fotocopia de ciento veinte artículos periodísticos. En la Biblioteca Nacional de Lima todo se realizó como a pedir de boca por haber en ella un personal administrativo que casi se anticipa a los deseos del visitante. Allí, pues, nos brindaron sus servicios la encargada del Departamento de Consulta y Lectura, señora Alivia Ojeda de Padrón, y su secretaria; en la Casa de la Cultura la señora Delfina Otero Villarán; en dicha Institución nos introdujo la ciceronía simpática del escritor Francisco Izquierdo Ríos, autor de La literatura infantil en el Perú y de novelas y cuentos numerosos en que ha aprisionado el paisaje natal y el alma de su pueblo. El señor Grégor Díaz, del Club de Teatro de Lima, también nos atendió con gentileza.

Del rico fondo bibliotecario periodístico obtuvimos ciento cuarenta y nueve copias fotostáticas de artículos sobre Rubén Darío. En Santiago de Chile nos honró don Roberto Meza Fuentes, el dilecto autor de De Salvador Díaz Mirón a Rubén Darío, con su gentil trato al que sumó efusiva bondad su esposa doña Sara, y con los libros y revistas útiles a nuestra indagación, que nos obsequió. La Biblioteca Nacional fue sitio de indecibles emociones: leer colaboraciones de Rubén, las clarinadas alboreales del modernismo, en la época y tener en las manos las colecciones completas de las revistas Mundial y Elegancias. En el Fondo bibliográfico Raúl Silva Castro, que custodiaba el joven Jaime Mendoza, atentísimo, en la misma ilustre casa, hallamos documentos que se citan en la debida oportunidad.

Buenos Aires, palestra del modernismo, ofrece campo para un año de trabajo, que será menos cuando el Dr. Barcia logre publicar el segundo volumen de su compilación. Allí pudimos prolongar nuestra permanencia por dos semanas, gracias a la cooperación económica de la Universidad Autónoma de Nicaragua que nos facilitó trescientos dólares, lo que nos obliga a estampar el nombre de su rector, doctor Carlos Tünnermann Bernheim, que atendió nuestra solicitud. La Biblioteca Nacional de la “cosmópolis” de Rubén, tiene tal caudal bibliográfico del gran poeta, que se ha debido registrar en un catálogo especial mimeografiado.

La hemeroteca del Congreso de la Unión y la de la Biblioteca Municipal ofrecen el manejo de sus colecciones de la “sábana” de La Nación, La Prensa, La Tribuna, etc. Eran inevitables las visitas al Archivo de La Nación, durante las noches, y el acceso lo obvió el culto secretario don Víctor Claiman, y la facilidad de las consultas, el bibliotecólogo don Manuel Garrido. Servicio similar nos prestaron con sus

gestiones en La Prensa, el joven poeta Antonio Requeni y el continentalmente conocido escritor antiimperialista Gregorio Sélser.

Viven en Buenos Aires vástagos de los que fueron militantes del modernismo en los años noventas, cuando Rubén Darío al frente de ellos hacía todo “el daño posible al encasillamiento académico”. Lo que fue el entusiasmo de aquellos jóvenes, puede uno colegirlo por el culto que todavía rinden sus hijos al poeta libertador. Otros recibieron del seno materno el santo y seña del amor al poeta, que también les transmitió el padre admirador de las novedades poéticas que entusiasmaron su juventud. El doctor Eduardo Héctor Duffau era de estos y allí estaba su cuantiosa biblioteca dariana, amorosamente conservada, para probarlo. De allí sacaron la materia prima de artículos, ensayos y libros muchos escritores.

El doctor Duffau fue muy cortés al visitarlo, nos mostró su tesoro dariano, pero acaso por el influjo de los años que pesaban en su organismo, su cortesía se tornó casi en hosquedad cuando mi esposa empezó a copiar, de manera que solo pudimos aprovechar la primera edición de Los Raros y algún otro libro. Pero nos compensó don José María Longo al poner a nuestra disposición las primeras ediciones darianas y la rica colección de recortes, esmeradamente conservada que en largos años de atención alerta ha formado. El profesor Juan José de Urquiza, nuestro amigo epistolar de años atrás, editor de Memorias de un hombre de teatro, de su tío Enrique García Velloso, nos dio a conocer y se lo agradecemos, la copia de una preciosa anécdota y las cartas de Darío al que fue maestro del teatro argentino durante varias décadas. El doctor y académico Fermín Estrella Gutiérrez, cuyo padre fue amigo de Rubén y colega consular, nos brindó, con su acogida personal, el bien de sus libros, en que hay buena miga de lo que buscábamos. Subrayamos con placer y agradecimiento el nombre de doña Eloísa Darío de Schleh, hija de Rubén Darío Contreras, por la buena voluntad de su acogida y el obsequio de varios libros de su padre; ella es una artista del pincel, que transmite su técnica como profesora, igual que su hermana Stella, a quien no pudimos conocer, como tampoco a su hermano residente, a la sazón, en otro país.

El halagüeño comentario a la primera edición de este libro, cuyo recuerdo está penetrado de reconocimiento, movió nuestros pasos hacia la calle Caseros 2695 donde vivía el profesor, escritor y en buenos ratos, poeta Germán Berdiales cantor y educador de niños en lejanos ayeres. Modesto hasta la humildad y bueno como un digno personaje de santoral, vencía la resistencia de su organismo claudicante para atendernos y en esa gentileza lo aupaba su incomparable esposa Paulita, con su subyugante ternura. Don Germán sentía por Rubén Darío una devoción que solo iba en zaga a la que tenía por Jesucristo. En cada libro de Rubén había escrito una estrofa traductora de su casi idolatría y como para demostrarnos su solidaridad dariana nos obsequió un ejemplar de la primera edición del gran libro de Arturo Marasso Rubén Darío y su creación poética, dedicado a él, y en el cual, en el reverso de la tapa, adosó, engomada, una carta elogiosa de aquel que fue buzo explorador de la obra oceánica del poeta, provisto del más poderoso escafandro de sabiduría en letras humanas.

Saludamos con gozo y honra al doctor Juan Carlos Ghiano, eminente en la cátedra y en la crítica literaria, a quien debemos los barristas compactos puñados de juicios saturados de certeza, que se aprecian en Rubén Darío, Análisis de Prosas profanas y en otras páginas suyas. Saludamos también a un escritor y poeta de nombre que ha aparecido en rotativos del Continente y cuyas colaboraciones en El Nacional, de México, leíamos con apasionado interés. César Tiempo estaba en compañía de su esposa doña Helena y de su hija Blanca Hizo da, tan bella como talentosa. Las orientaciones de César fueron guías claras en varios quehaceres que nos inquietaban, tal es la cuestión de la nacionalización argentina de Enrique Gómez Carrillo y Rubén Darío, que no llegó a efectuarse.

Contrariamos el deseo de reseñar más contactos e incidentes gratos como la excursión al Tigre Hotel donde Rubén escribió el poema “Divagación” y otros. Pero el tiempo urgía el traslado a Montevideo. Por siempre imborrable en nuestra memoria es la visita al gran poeta Carlos Sabat Ercasty, varón de alta

estatura y que a los ochenta y cinco años conserva la lucidez del cerebro que por medio siglo irradió su saber humanístico en la juventud uruguaya. Nos refirió su preciosa anécdota con de Rubén en el Ateneo de Montevideo y nos obsequió varias de sus obras, entre ellas la gran Oda secular a Rubén Darío. Su sala de recibo era su biblioteca en un minúsculo cuarto con menos espacio que libros; vivía de una mísera jubilación y lo asistía con sus cuidados y con su trabajo de maestra, su abnegada compañera.

En la oficina del leidísimo semanario Marcha, estrechamos la mano de su director, el inclaudicable e infatigable combatiente por los derechos de nuestros pueblos, Carlos Quijano, por cordial presentación de su compañero de labor y de idénticas virtudes cívicas, profesor Julio Castro. Un momento nos ocupó Rubén porque Marcha editó la compilación de artículos realizada por Roberto Ibáñez; pero fueron los problemas de nuestra América, infestada de tiranías y acogotada por el imperialismo, el tema de nuestra conversación.

Queremos dar las gracias a la alta poetisa y escritora Dora Isella Russell, cuya amistad epistolar provocó la primera edición de este libro y que siempre fue atenta a nuestros ruegos; al eminente catedrático, poeta y ciudadano del Continente, maestro del civismo sin fronteras de patria y partido, Roberto Ibáñez, a quien encontramos todo envuelto en la nube de dolor por la falta de la compañera, imponderable por sus condiciones de mujer y de erguido prestigio como poeta, Sara de Ibáñez, como ella pronunciaba, con acento de mantenido amor. A Roberto Ibáñez agradecemos el valioso presente de las Páginas desconocidas de Rubén Darío, con textos exactos y con páginas introductorias en que rectifica entuertos literarios y cronológicos importantes.

La consulta en la Biblioteca Nacional de Montevideo de los diarios El Día, El Siglo, El Diario del Plata, La Razón, El Bien, La Democracia, El Tiempo, El Pueblo, Ecos del Progreso, El Telégrafo y libros uruguayos atañentes al modernismo, fue fácil gracias a la señorita directora del Departamento de Servicios Públicos, Herminia Costa Valles, y al señor Visco, Director del Instituto Nacional de Investigaciones y Archivos Literarios.

En Madrid, que llegó a convertirse en capital del modernismo como anexo a la capital idiomática, la extensión del campo de investigación es oceánica. Por esto fue lamentable perder el mes entero de agosto arrebatado al trabajo por el ardiente verano. Menos mal que nos lo compensó el mosaico de paisajes de una docena de provincias visitadas y París. La Biblioteca Nacional, con su rápido servicio de xerocopias, dio eficacia a la labor pesquisadora de incógnitas darianas. También fueron sitios que coadyuvaron a saciar la inquietud, la Biblioteca Municipal, la Hemeroteca Municipal y sobre todo el Seminario-Archivo Rubén Darío, fundado por el catedrático de Literatura Iberoamericana, escritor y poeta Antonio Oliver Belmás. No olvidemos que con aquel nombre se rubrica el cuantioso acervo epistolar de Rubén Darío, que doña Francisca Sánchez conservaba y que cedió al Estado español después de las persuasivas gestiones del Dr. Oliver Belmás y de su esposa la poetisa doña Carmen Conde. El Seminario-Archivo estaba —y creemos que dichosamente aún está— bajo la alerta y celosa custodia de su director Dr. Francisco Sánchez-Castañer, de su adjunto Dr. Luís Sáinz de Medrano, y de la secretaria, señorita Rosa Martín Villacastín, nieta de doña Francisca Sánchez, que en la Facultad de Filosofía y Letras distribuye su actividad en la secretaría, en el estudio y en la vigilancia inmediata del Seminario-Archivo sancta santorum del culto a Rubén Darío.

El doctor Sánchez-Castañer nos obsequió su libro Rubén Darío y el mar, en que agota hasta el último residuo de la rica veta poética que el titulo confronta; y es importante recordar que dirige la voluminosa revista Anales de literatura hispanoamericana, publicación sucesora del Boletín del Seminario-Archivo Rubén Darío, que el Dr. Oliver Belmás fundó y dirigió hasta su muerte. En la nueva publicación se reserva espacio al Seminario-Archivo Rubén Darío, de manera que los devotos tienen allí ara para su culto. Con la constante cooperación de la señorita Martín Villacastín, pudimos escudriñar la entraña del Seminario-Archivo, obtener varios centenares de copias fotostáticas de cartas de Rubén y para él, y leer muchas más que mi esposa anotó. Aquí estamos obligados a dar las gracias otra vez al Dr. Carlos Tünnermann Bernheim, rector de la Universidad Autónoma de Nicaragua, por su generosa  ayuda, que nos permitió no solo prolongar la estancia en Madrid, si no completar, suficiente para ampliar bastante la investigación. Los dariístas nicaragüenses deben reconocimiento al Dr. Tünnermann Bernheim, porque, gracias a él, el Museo Archivo Rubén Darío de la Alma Máter nicaragüense se enriqueció con todas las fotocopias que adquirimos en nuestro viaje: cerca de un millar.

Con el título original de este libro La Dramática vida de Rubén Darío se abriga un contenido que dista ya mucho del que ofreció la primera edición, que en su momento fue el más nutrido de información biográfica. El cincuentenario de la muerte y el centenario del nacimiento de Rubén Darío, provocaron una diluvial producción de ensayos críticos, prólogos notables en antologías y libros, en que los hitos biográficos no escasean, ora como recuerdos, ora como referencias rápidas a lugares, fechas y sucesos. Se hizo nueva edición de la biografía escrita por Charles D. Watland y de la culminante del Dr. Oliver Belmás. Este otro Rubén Darío.

En ese alud publicitario rodó también la cuarta edición de La Dramática… egresada prestigiosa Editorial Grijalbo, de Barcelona. En las notas se señala el aporte que debemos a los autores cuyos trabajos aprovechamos. Sus nombres llenarían una página aflictiva para el lector, pero no resistimos el impulso que nos mueve a mencionar tres y sus hazañas; doctor Boyd G. Carter, descubridor de la Revista de América, de Darío y Jaimes Freyre; José Jirón Terán desenterró un buen puñado de poemas totalmente ignorados de Rubén y Fidel Coloma González descubrió el primer libro de Rubén Darío, que publicado en dos ediciones, la primera facsimilar, fue el homenaje cumbre en las fi estas por su centenario en Nicaragua.

Pero lo que nos está atizando el ánimo es la urgencia de declarar a voz en cuello nuestro agradecimiento a los señores José Jirón Terán, de León, Nicaragua, y Hensley C. Woodbridge, de Carbondale, Illinois EE. UU., que de la bondad pasaron a la prodigalidad y de esta a la munifi cencia, con el envío de fotocopias, indicación de pistas, referencias y rectificaciones oportunas. El Dr. Woodbridge nos ha enviado libros enteros, xerografiados, y el correo aéreo ha traído de León —y luego de regreso llevados— libros y folletos de la biblioteca dariana del señor Jirón, la más cuantiosa del mundo. El que quiera saber lo que es la devoción pura, total, absoluta, a un personaje, que se acerque a Jirón Terán y conozca lo que ha hecho, hace y seguirá haciendo por acumular papeles de y sobre Rubén Darío.

La inclusión de más de un centenar de nuevos datos, fruto de la investigación en que la parte dura correspondió realizar a doña Marta de Torres, así como la copia definitiva del texto, y de la lectura de trabajos de investigadores como Evelyn U. Irving, Fred. P. Ellison, Sergio Fernández Larraín, George O. Schanzer, Boris Gaidasz, Donald F. Foguelquist, que nos favorecieron y honraron con sus envíos gentilmente dedicados, han enriquecido considerablemente la obra hasta hacerla, quizás —ojalá que no— perder la amenidad que fue el principal propósito original.

Fue motivo de censura haber registrado en el relato biográfico el alcoholismo de Rubén. La investigación reciente nos hizo topar con ignoradas crisis que la lente biográfica no ha podido menos que reflejar. Ese doloroso declive en que resbaló la vida de Rubén Darío, desde su juventud hasta los días postreros fue, desgraciadamente, una constante de su existencia. Es comprensible la repugnancia de los que tienen una imagen mítica del poeta; pero les aseguramos que no lo aman más que nosotros, que somos sus hermanos en ese amor; pero como historiadores tenemos que ser fi eles a la verdad de esa vida preciosa, gloriosa y desdichada. Es cierto que hay algunos otros grandes de nuestra América que gozan de la casi deificación, y sus adeptos no soportan ni un mínimo señalamiento de sus aristas humanas.

Celebramos esa conducta, porque es la sublimación de un sentimiento ennoblecedor del hombre: la admiración. Y es más, los acompañamos en esa actitud, pero no nos empecinamos en reconocer los lunares, a veces manchas, de sus magnas personalidades. No hay duda que la historia destruye mitos y afea leyendas, amarga creencias y derrumba altares. Pero el “rompeolas” que dijo Rubén, ha resultado ser de cemento romano y sigue resistiendo los embates del olvido. Él emerge del barro del cotidiano vivir, purificado por el amor a la belleza y su realización en estrofas de perpetua lozanía. Amar la belleza inclaudicablemente y sin tregua es la máxima lección de su vida.

Nuestra última expresión de agradecimiento es para el público, y es la más acendrada, que ha hecho posible con su halagadora acogida esta sexta edición de La dramática vida de Rubén Darío. Abundantes fueron los reclamos de universitarios distinguidos para que pusiéramos notas indicadoras de las fuentes del texto. Ya hemos contestado esta objeción en introducciones anteriores. Nuestro trabajo no ha tenido intención erudita; quisimos ofrecer un libro de lectura fácil, amena en lo posible, y  consideramos las notas contrarias a ese objetivo. Ahora hemos optado por algo difícil de lograr, que es complacer a los eruditos y a los lectores corrientes, poniendo notas al final de cada capítulo que corresponden cada una a un pasaje del texto.

Y si a los compatriotas del idioma, y a los hispanoamericanistas de otras lenguas agrada nuestro esfuerzo, creeremos que hemos contribuido a dar perpetuidad al recuerdo de Rubén Darío, aunque nada ni nadie puede hacer más en ese sentido que su propia obra.

 

Edelberto Torres*

San José, Costa Rica,

noviembre de 1972 – julio de 1977.

 

* Falleció en San José de Costa Rica, el 20 de agosto de 1994

Bottom