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Una última batalla por el Modernismo: las reseñas en torno a “La Corte de los Poetas” (1906)

15 11 2009

MARTA PALENQUE (Universidad de Sevilla). Tras la publicación de la antología modernista de Emlio Carrere en 1906 surgieron varias reseñas con lecturas distintas, bien apoyando al arte joven o bien manifestando dudas acerca de la realidad de una nueva poesía y exponiendo reparos a la selección. Tan peculiar y confusa nómina, y el desorden del contenido, dieron pie a interrogantes y burlas. Este artículo ofrece documentalmente una valoración y los textos completos de dichas reseñas.

Emilio Carrere publica en 1906 La Corte de los Poetas. Florilegio de rimas modernas, de cuya edición se encarga Gregorio Pueyo. Desde su salida, la antología recibió parabienes y varapalos por igual, pero en absoluto pasó desapercibida. Me he ocupado de analizar su contexto y contenido al frente de una reciente edición facsimilar (Sevilla, Renacimiento, 2009) que ha querido ofrecer a los investigadores y curiosos del modernismo este volumen con absoluta fidelidad. Su considerable número de páginas, unido a las que ocupaban el ensayo introductorio y los índices añadidos al final, no hicieron posible incorporar al libro un apéndice incluyendo el que me parecía un material muy atractivo: el texto de las reseñas periodísticas surgidas en torno a La Corte desde julio hasta diciembre de 1906.

Tampoco me fue posible hacerlo en un artículo sobre la recepción crítica en la prensa del florilegio, en el que apenas pude reflexionar sobre la variedad de los juicios que despertó (“La recepción de La Corte de los Poetas (1906), antología de Emilio Carrere, en la prensa de la época”, en Obra en marcha: Ensayos en honor de Richard A. Cardwell, J. Andrews y S. G. H. Roberts eds., Nottingham, Critical, Cultural and Communications Press, 2009, 62-76). Transcribo seguidamente estas reseñas, en gran mayoría tomadas de la prensa española, aunque hay dos ejemplos americanos. No me extiendo en valoraciones generales ni añado bibliografía, que ya detallé en los trabajos anteriores.

Conozco un total de doce reseñas, a las que podrían sumarse algunas parodias y glosas humorísticas. En conjunto ven la luz en periódicos y revistas de carácter dispar: los republicanos, El País y España Nueva, y el más conservador ABC; la revista ilustrada, de amplia tirada, Nuevo Mundo; las revistas culturales Revista Contemporánea y Cultura Española; el prestigioso suplemento cultural de El Imparcial: Los Lunes de El Imparcial (reseña copiada luego en Revista Moderna de México); y el popular semanario satírico de humor Gedeón, que se burló de los políticos y de las escuelas literarias en divertidas parodias en las que los modernistas fueron un blanco repetido, aunque su tono acre tiende a suavizarse en el nuevo siglo (y es algo evidente en esta reseña). Y, por último, una segunda revista mexicana: Savia Moderna. Me ocupo de la copia de los documentos que no pasan luego a libro; es decir, no transcribo los de Ory, Ortega ni Henríquez Ureña. Relaciono las referencias por orden cronológico:

  • Cristóbal de Castro, “Crónica. La corte de los poetas”, España Nueva, 12-julio-1906, [p. 1].
  • Antonio Palomero, “Autores y libros. Noticias literarias. La corte de los poetas. Florilegio de Rimas Modernas”, ABC, 16-julio-1906, p. 5.
  • [Luis Bello], “La corte de los poetas. Antología”, 16-julio-1906, Los Lunes de El Imparcial, [p. 2]. (Reproducido en Revista Moderna de México, VII, septiembre 1906, pp. 44-50.)
  • Julio Camba, “Vida literaria. La Corte de los poetas. Florilegio de rimas modernas”, El País. Diario republicano, 20-julio-1906, p. 1.
  • Anónimo, “¡El papel vale más! Notas bibliográficas”, Gedeón, 22-julio-1906, s.p.
  • Max Henríquez Ureña, “El modernismo español”, Savia Moderna (México), tomo I, núm. 5, julio 1906, pp. 306-307. (Hay ed. facsimilar, México, F. C. E., 1980.)
  • Emilio H. del Villar, “La Corte de los poetas”, Nuevo Mundo, núm. 655, julio 1906, s. p.
  • José Martínez Albacete, “La corte de los poetas”, España Nueva, 2-agosto-1906, [p. 1].
  • José Ortega y Gasset, “Moralejas. Crítica bárbara”, Los Lunes de El Imparcial, 6 agosto 1906, [p. 1]; y “Moralejas. Poesía nueva, poesía vieja”, ídem, 13-agosto-1906, [pp. 1-2].
  • Ramón D. Perés,  “Poetas y poesías”, Cultura Española, IV, noviembre 1906, pp. 1.015-1.024.
  • José Subirá, [La corte de los poetas], Revista Contemporánea, diciembre 1906, p. 758.
  • Eduardo de Ory, [Reseña a La Corte de los poetas], en Desfile de almas, Madrid, Librería de G. Pueyo, 1909, pp. 32-37.

Sin duda son firmas muy conocidas en la época las de estos reseñadores. Procediendo por partes, Cristóbal de Castro y Antonio Palomero son plumas interesadas, pues forman parte del índice de la antología y están dentro del círculo de la poesía moderna; los restantes son asiduos colaboradores de la prensa diaria o las revistas literarias afines a la renovación literaria: Luis Bello, Julio Camba, Max Henríquez Ureña y Eduardo de Ory. Los juicios de Emilio H. del Villar y Ramón D. Perés sobre literatura y arte eran muy respetados. En cuanto al joven José Ortega y Gasset, el suyo es el texto más citado y asequible, por lo que no lo incluyo aquí. Según comentarios del propio Emilio Carrere, Ricardo J. Catarineu preparó otra reseña que no he localizado. Además de Palomero y Castro, también Catarineu, Perés y Ory fueron poetas. Me detengo en el caso de Ory por su mayor protagonismo en la recepción de La Corte de los Poetas. Activo defensor del modernismo a ambas orillas del Atlántico, compuso una nueva colección: La musa nueva. Selectas composiciones poéticas (Zaragoza, Librería de Cecilio Gasca, 1908) con el proyecto de completar la nómina del florilegio carreriano. En el prólogo de esta antología Ory valora de manera muy positiva el esfuerzo de Carrere (afirma: “Fue muy celebrada esta obra; la prensa la acogió con cariño, la elogió como merecía y el éxito fue indiscutible”), pero cree necesario reflejar en la nómina de la joven poesía a los olvidados de provincias, entre ellos Ramón del Valle-Inclán, Fernando Fortún, Rafael Lasso de la Vega o Tomás Morales.

Un testimonio repetido sobre la recepción de La Corte es el poema “A la corte de los poetas”, de Miguel de Unamuno, que empieza: “Junto a esa charca muerta de la corte/ en que croan las ranas a concierto,/ se masca como gas de los pantanos,/ ramplonería…” El texto, fácilmente accesible en las obras del autor, repite frases y criterios que había usado ya a finales de 1890 y en años posteriores como crítica negativa con respecto a la poesía retórica, afectada y falta de sinceridad que tenía a Madrid como corte y centro.

Las reseñas de La Corte de los Poetas que copio a continuación ofrecen lecturas distintas de la serie, bien situándose abiertamente junto al arte joven, subrayando la pujanza de la lírica, bien manifestando dudas acerca de la realidad de una nueva poesía y, sobre todo, exponiendo reparos a la selección. Tan peculiar y confusa nómina, y el desorden del contenido, dieron pie a interrogantes y burlas. En varios de estos comentarios es una constante el uso de un vocabulario que evoca el enfrentamiento y la pelea, como recogiendo la bandera de guerra alzada por Carrere desde el prólogo del volumen, donde califica a los poetas antologados de “valerosos poetas”, paladines en lucha con la “mula burguesa”, “apóstoles” de un nuevo credo, una “lírica aristocracia” que va ganando la difícil batalla. Carrere quiere promocionar a los jóvenes, españoles y americanos, y enterrar a los viejos.

En cuanto a la recepción de “La Corte de los Poetas” después de 1906, los juicios en torno a la colección siguieron en años siguientes. Se trata tanto de breves citas como de más extensas alusiones. Del año 1907: Miquel S. Oliver, “Las letras castellanas en 1907”, I y II, La Almudaina (Palma de Mallorca), 24-marzo-1908 y 1-abril-1908 (artículos recogidos luego en La literatura del desastre, Barcelona, Península, 1974, pp. 123-129) y Doctor Tiquismiquis, Florilegio modernista, Valencia, Escuela Tipográfica Salesiana, 1907 (un texto de crítica antimodernista inspirado tal vez por la antología). Pasado el tiempo, en 1911 un poema paródico de Francisco Vives Liern (“Epístola a García. Poeta modernista”, Heraldo de Madrid, 9-junio-1911, s. p.) obliga a  Carrere a salir en defensa de su selección (“Retablillo literario”, Madrid Cómico, 24-junio-1911, s.p.). No transcribo estas referencias, pero sí doy el facsímil del artículo carreriano como punto final de este artículo.

Marta Palenque. Universidad de Sevilla

DOCUMENTOS

Cristóbal de Castro, “Crónica. La corte de los poetas”, España Nueva. Diario de la noche (Madrid), 12-julio-1906, [p. 1].

  ¡Paso y honor al libro de la juventud! Haya un aplauso reverente para sus páginas sinceras, y que los buenos corazones se abran ante él, como se abren las flores ante el sol.

Un bohemio de espíritu y figura, Emilio Carrere, altivo con su pipa y su melena, como un D. Juan con su ropilla y con su espada, hizo el milagro de esta serena antología. Paciente y entusiasta y sincerísimo, en este libro de La corte de los poetas da un solemne mentís a los escépticos. ¡No ha muerto la poesía, no! Su latido español trovadoresco resuena aún pomposo y aún bizarro; y el alma universal del siglo XX dice, en el rico verbo español, odios, tormentos o ironías.

Junto al padre Rubén Darío –que en la romana copa ovídica ha puesto el vino cordobés de Góngora– están, inquietos y galantes, aureolados de romanceros y de místicos, Villaespesa y los dos Machados. Sonoro y berceoísta, la pluma castellana de Antonio de Zayas destella en sus paisajes andaluces rayos del sol de Heredia, a quien tradujo; la ardorosa Alma América abre en este jardín pomposas flores; Chocano, deslumbrante y sacerdotal, como un cacique Inca; Díaz Mirón, avictorhugado y quintanesco; Amado Nervo con sus funambulismos de Banville, pero también con sus horacianas a lo León; Lugones, alto y reflexivo; Leopoldo Díaz, mansamente erótico…

Y luego, en desfilar brillante, en rica y abundosa fuente emocional, las intensas ternuras colegiales de Juan R. Jiménez; el llanto jornalero de Vicente Medina; la unción enamorada, a lo Sully Proudhomme, de Ricardo Catarineu; los vistosos byronistas ropajes de Manuel Reina; la hidalga trovavillamedianesca de Godoy; los sueños alcohólicos de Pedro Barrantes; las finas elegancias de Pérez Pujol [error por Juan Pujol]; la sorprendente, irónica, personalidad de Díez Canedo; esos paisajes, a lo Amiel, de Ramón Pérez de Ayala; aquellas ráfagas de sabrosa melancolía que hacen decir a Icaza, querelloso:

¡No puedo verla! ¡No puedo!

¡Será tan triste encontrarla

con hijos que no son míos

durmiendo sobre su falda!

         Y Eugenio D’Ors, apostrofador y mordiente, como Jean Richepin en sus Chansons des gueux; y Antonio Palomero, intensamente revolucionario o grata y blandamente idílico, volando hacia la altura con un ala de Garcilaso y otra de Leopardi; y Fernández y Gutiérrez, inofensivamente lujurioso; y Alcaide Zafra, pulidor de la rima y esclavo del sonar, como Banville –La rime est l’unique harmonie du vers et elle est tout le vers–; y este gran parnasiano malagueño, González Anaya, en cuyos inolvidables Medallones hay versos en pendant con los de Meleagro:

En el bosque de mirtos que el crepúsculo irisa,

alrededor de la fuente donde forja su risa,

pétreo Fauno ceñido de verbenas en flor,

danza un coro de ninfas, sudorosas y ardientes,

con los labios ya secos, las pupilas rientes

y las almas henchidas de ansiedades de amor.

         Y después, indecisos y trémulos como las primeras estrellas de la tarde, oliendo a rosas del abril de un alma, vienen esos poetas valerosos, en lucha con la firma y la colaboración, bisoños en las encrucijadas del periódico, catecúmenos en fogueos de polémica, que se llaman Valero Martín, y Hernández Catá, y Pérez Ortiz, y Luis de Oteyza…

*

          Una frase del crítico Lemaitre cae sobre mí como un jarro de agua: “Les poètes, petits ou grands, ne sont vraiment lus que par les autres poètes”. ¿Por qué esta sinrazón? Leen las gentes cosas de política, se interesan por el teatro, se beben, como aquel que dice, cosas de crímenes y toros, y dan de lado a los poetas “como quien huye de acreedores”, dice Quevedo. Lemaitre, por consolarse exclama: “Ello es quizás porque la poesía en estos tiempos es un arte especial para refinados”. Está claro el error, clarísimo; la de estos tiempos, la de todos, trata el asunto más humano: amor. Y a mí que no me vengan con historias; podrá un hombre pasarse sin Congreso, sin teatro y ¡qué diablo! sin toros; pero pasarse sin amor, es grilla. El no leer a los poetas, más que problema filosófico, es problema de acción social. ¿Cómo en otros países son leídos? ¿Por qué en Francia –en Italia sobre todo–, en Alemania y aun en Inglaterra, se venden las poesías que da gusto? ¿Por qué en España no se venden ni siquiera por casualidad? Vamos por partes, que la cosa lo merece. En las otras Naciones –y hable Francia– el Estado acoge al poeta con prestigios sociales y aun económicos. Las subvenciones académicas con preferencia al verso, los poetas son, y sólo a esto lo deben, los críticos y redactores de los periódicos; teatros y salones del gran mundo les abren sus puertas de par en par; la aristocracia, en sus representaciones y veladas caseras, les premia y aun les agasaja: el Elíseo es para ellos pan comido, y la burocracia poética es allí moneda corriente. Cuando los jefes de Estado y los mangoneadores del país los favorecen de este modo, ¿qué no ha de hacer la burguesía, que va, como el Vicente del refrán, a donde va la gente?

Está claro que al pueblo no llegan, ni han llegado, ni llegarán nunca otros poetas que los copleros de romance o café-concert. Sólo en este sentido ha de admitirse la frase de Julio Lemaitre de que la poesía es un arte de refinados. Y no se diga que si Lord Byron, que si Campoamor. ¿Qué campesino inglés, qué portera española saben siquiera un verso de uno u otro? Aquí la queja va contra Palacio, que mima y agasaja a los cortesanos y a los políticos –lo cual no digo que esté mal– y deja a los poetas, menos a Grilo, que se las compongan como puedan; aquí la denuncia va contra el Gobierno, que, entre los yernos y sobrinos, forma una red de credenciales, de manera que no pase un poeta; aquí la queja es contra el aristócrata, que es capaz de leerse un discurso de Maura y dos de La Época y de El Universo, y es capaz de creer que Rubén Darío es un camelo recién inventado; aquí la queja va contra nuestra papanatas burguesía, que aplaude a Echegaray y a los Quintero y es muy capaz de confundir a Machado con un banderillero y a Villaespesa con un barítono; aquí la queja, finalmente, es contra los periódicos en bloque, que en cuanto se les habla de poesía se ponen hechos unas fieras, porque se creen ¡infelices! que el poeta no sabe de política, y no saben la frase de Eusebio Blasco:

–¿Qué es un poeta?– le dijeron:

–Un hombre como los demás y que, además, sabe hacer versos.

*

No es cosa de poner un paño al púlpito y endilgar un sermón a los que no leen poesía. Allá se las compongan. No nos indignemos siquiera; tengamos para su rutina la más leve ironía amable. Allá las aristócratas con sus soirées; creerán las pobres que están poniendo el mingo, y no saben que en Londres y en París y en Roma y en Berlín y en San Petersburgo la aristocracia de verdad hace lo que aquí María de Bushental y la duquesa de Medinaceli –Kasabal amigo, perdón.

Allá el Estado subvencionando las Academias para premiar una comedia cursi de los Quintero o una Memoria de abogado sobre la emigración o sobre la usura. El Estado no sabe que en París se reparten anualmente entre poetas varios miles de francos y en justicia.

Allá la funeraria Asociación de Escritores y Artistas dejando el mangoneo de sus fondos a la inventiva escuálida de Pérez Zúñiga y de Castillo Soriano. Ignora la funeraria Asociación que la de Gens de lettres, de París, ofrece premios cada año al mejor libro de poetas nuevos.

Allá Palacio, con su orfandad de Grilo y su desdén por los poetas independientes; Palacio y sus vulgares camarillas no tienen ni la idea más remota de que ante el rey Alfonso XIII desfiló allá en París, por el Elíseo, con grande honor, con singular honor, toda la poesía francesa. Y allá, en fin, nuestra burguesía papanatas, reata y noria del gran mundo en sus reuniones sin poesía, dándose de codazos por entrar a una velada de beaterio en los Luises, y dejando el Ateneo solo cuando leen Chocano o Villaespesa; allá todos, los negros y los blancos, y con su pan que se lo coman. Yo sólo digo a los independientes y a los buenos, que ha aparecido un libro singular; que este libro, La corte de los poetas, es un jardín de juventud, y que su gestador, Emilio Carrere –un bohemio de espíritu y figura, altivo, con su pipa y su melena, como Don Juan con su ropilla y con su espada–, merece un apretón de manos.

Ahora, el libro en la plaza, ya hemos de ver quién de él se ocupa. Es un jardín de juventud, donde las rosas de la envidia no han brotado: quizás sobre sus páginas se haga un silencio de vejez. Mas, ensalzado o preterido, sabe, lector, que el libro este es el libro más bello que aparece en España ha muchos años…

 

Antonio Palomero, “Autores y libros. Noticias literarias. La corte de los poetas. Florilegio de Rimas Modernas”, ABC, 16-julio-1906, p. 5.

Hay en Madrid un librero modesto, Gregorio Pueyo, que desempeña actualmente el mismo papel de León Vannier, el librero de París que editó las obras de Paul Verlaine y de sus discípulos. Pueyo se ha dedicado a la tarea, digna de aplauso en este país, más que en ningún otro, de editar los libros de los poetas jóvenes que él mismo califica de “modernistas”, colmándoles, como es justo, de amplios y retumbantes elogios en sus catálogos comerciales. Estos elogios y aquel calificativo le serán perdonados a Pueyo en gracia a su buena intención, ya que por ella puede el público enterarse de que no anda entre nosotros la poesía tan mal como aseguran los tontos y los ignorantes.

Gregorio Pueyo es también el editor de este florilegio de rimas modernas, que su colector –un joven entusiasta y culto, Emilio Carrére– ha bautizado con  un bello título: La corte de los poetas. En la nota preliminar Carrére arremete contra los poetas viejos, más que por su edad, por su arte, y presenta a los nuevos nacidos por evocación de la musa de Rubén Darío, verdadero apóstol de la reforma poética. Este juicio escandalizará seguramente a cuantos emplean como una injuria la palabra “modernista”, aplicándola a todo poeta que pretende sacudir el yugo tradicional de nuestra métrica. Creo que es hora –y la publicación de este libro ofrece indudable oportunidad– de que la crítica diga su palabra. La influencia de Rubén Darío en la poesía castellana es evidente. No el fresco y juvenil Azul, elogiado con rara sinceridad por D. Juan Valera, sino Prosas profanas, es el libro de Rubén que ha engendrado en España toda una generación de poetas. Sus estrofas se recitan de memoria en los pequeños cenáculos literarios, sus ritmos se admiran y se imitan sus rimas y sus frases. Y los que, más independientes, no se han dejado influir por la letra fueron influidos por el espíritu, que les ha sugerido el afán de perseguir los matices de las cosas, lo recóndito de las almas, lo misterioso de los lugares, ciertas sutilezas, en fin, hasta ahora desconocidas o despreciadas.

En lo que se refiere a la forma de expresión –que es el verdadero caballo de batalla– yo no me explico el odio que ha excitado este deseo de los poetas nuevos de ensanchar el arte de la rima. ¿Es un crimen literario querer castellanizar ciertos ritmos franceses, o el pretender evocar los ritmos de la antigüedad clásica? No puede serlo, puesto que la métrica castellana, desde los tiempos de Boscán y Garcilaso, vive exclusivamente a expensas de la métrica italiana, con desprecio de su castizo abolengo. Anótese, como un triunfo de la joven “escuela”, su amor por el verso alejandrino –empleado en los orígenes de la poesía castellana– y su entusiasmo por los tiempos ingenuos y sencillos de nuestros trovadores. El mismo Rubén ha escrito admirables decires, layes y canciones a la manera del siglo XV. Tal vez por esto, el Sr. Ferrari, en su discurso de recepción en la Academia Española, se asombraba de que leyendo a los poetas nuevos creía estar oyendo a los del Cancionero de Baena.

Así, pues, en La corte de los poetas, se encuentran reunidos, junto a los anteriores a la reforma –Rueda, Reina, Ricardo Gil, Vicente Medina, Gabriel y Galán, Bobadilla, Catarineu, Castro, etc., etc.– los jóvenes escritores bautizados por la ignara plebe literaria con el colectivo de “modernistas”, nombre cuya significación y alcance ignora por completo la susodicha plebe… Villaespesa, los hermanos Machado, Juan R. Jiménez, Zayas, Godoy, Répide, Pérez de Ayala, D’Ors, González Anaya, Díez Canedo, Fabra, Oteiza [sic], Alcaide de Zafra, Martínez Sierra, Verdugo, Ortiz de Pinedo, etc., etc… Y están algunos de los poetas americanos modernos ya conocidos y estimados de nosotros, como Juan de Dios Peza, Olegario Andrade, Icaza, Amado Nervo, Lugones, Chocano, Díaz Mirón, Silva (el del admirable Nocturno), Othón, Julián del Casal, Leopoldo Díaz… Figura también el malogrado autor de las Nieblas, Manuel Paso, y su exhumación es obra de justicia.

El lector desapasionado encontrará grandes bellezas en la nueva “manera”, y leerá con gusto casi todas las poesías de este libro de los jóvenes poetas castellanos… Cierto que hay algunas dignas del olvido, lo mismo que sus autores, pero ellas son precisamente los lunares de toda colección… ¿No los hay, y enormes, en la Antología de poetas del siglo XIX, hecha por D. Juan Valera?

Merece, en fin, este Florilegio un caluroso elogio, y el colector y el librero que lo edita aplausos entusiastas.

 

[Luis Bello], “La corte de los poetas. Antología”, Los Lunes de El Imparcial, 16-julio-1906, [p. 2]. (Reproducida completa en Revista Moderna de México, VII, septiembre 1906, pp. 44-50).

La “Corte de los Poetas” es un libro de versos lanzado al público con gentil osadía por un grupo de escritores jóvenes. La “Nota preliminar” escrita por uno de los más inspirados –Emilio Carrere– revela una agresividad innecesaria, pero no del todo inadecuada. Es un penacho airoso que sienta bien al yelmo del mantenedor de ideales. Los tiempos le parecen hostiles a la poesía y devuelve la hostilidad proclamando su reto.

Como estas líneas no tratan de resolver el tenebroso problema de si falta público para los poetas o faltan poetas para el público, sino de contribuir a la divulgación de la última antología, huelga el dogmatismo. Sesenta y siete poetas, la mayor parte estimabilísimos, geniales algunos, constituyen un buen argumento de hecho. Recuérdese, por otra parte, que en las épocas de mayor florecimiento no han faltado nunca plañideros: ¡Ya no hay poetas! Todo es cuestión de perspectiva, y quizá este periodo sea con el tiempo, en nuestra historia literaria, un bello renacer. El gran público puede juzgar leyendo algunas poesías que entresacamos del volumen sin ánimo de dar la flor de la flor. Aunque “ni son todos los que están, ni están todos los que son”, habría necesidad de reproducir casi todo el libro para ser justos.

Figuran en la antología varios poetas de América, al frente de ellos Rubén Darío, en cierto modo –al menos en la forma y en una exótica fusión de los viejos clásicos y los novísimos franceses– generador de la nueva tendencia poética española. Sus poesías son bien conocidas para que necesitemos reproducirlas aquí. En estas mismas columnas han de hablar plumas doctas de la trascendencia e influencia de la poesía castellana de América, desde José Asunción Silva, Juan de Dios Peza y Díaz Mirón, hasta Darío, Nervo, Lugones, Chocano, Díaz, Naón, Icaza, Bobadilla, Othón, Ugarte. Alguno habremos olvidado en esta rápida reseña. Los poetas españoles –de España– son tantos y de tan varia personalidad, que necesitarían mucho más espacio del que disponemos. Sin intención crítica reproduciremos en estos folletones de LOS LUNES algunas poesías o algunos fragmentos que pueden servir de cebo para el lector deseoso de apreciar por sí mismo el rumbo de la poesía castellana a principios del siglo XX.

*

(Siguen los poemas de Juan R. Jiménez [sic]: “Rimas”, Enrique Díez-Canedo: “El maestro”, Emilio Carrere: “El caballero de la muerte”, Eduardo Marquina: “Los viejos”, Antonio Palomero: “Mi mano derecha”, Manuel Machado: “La hija del ventero”, Pérez de Ayala: “Almas paralíticas”, Francisco Villaespesa: “La hermana”, Antonio Machado: “Del camino”, Pedro de Répide: “Letrilla”, José María Gabriel y Galán: “El embargo”.)

 

Julio Camba, “Vida literaria. La Corte de los poetas. Florilegio de rimas modernas”, El País. Diario republicano, 20-julio-1906, p. 1.

He aquí un libro de versos. Un libro de versos no suele servir para nada. “Cuando yo necesite viajar –decía cierto escritor– en vez de un libro de versos me procuraré un billete de ferrocarril desde el punto en donde me encuentre hasta aquél a donde necesite hacer mi viaje”. Todo hombre práctico haría exactamente lo mismo. Un libro de versos no resuelve ningún problema, ni siquiera indica la manera de resolverlo. Y, aún sin necesidad de comparar al libro de versos con un billete de ferrocarril, sino comparándolo con un libro de cualquier otro género, observaremos siempre su inferioridad. Un manual, por ejemplo, un manual de mecánica, de medicina o de carpintería puede alguna vez sernos útil. Un libro de versos, nunca. Hasta como libro de entretenimiento resultará preferible un folletín, una historia, una vida de un santo, en fin, a un libro de versos.

La Corte de los poetas es un libro de versos. ¿Qué interés puede tener o representar este libro? Yo no voy a hablar de su aspecto artístico. La Corte de los poetas es una antología de autores españoles e hispano-americanos, todos los cuales han sido ya juzgados individualmente. Los españoles han sido estudiados en conjunto, y hace muy poco, por Rubén Darío en el Mercure de France y por doña Emilia en la Revue.

Pero, después de su interés artístico, La Corte de los poetas representa un grande interés social. Este florilegio, en el cual se han reunido las flores de tan distintos y tan distantes jardines, no tiene menos utilidad que la que pudiera tener un antiestético y nutritivo plantío de coles. Y en este sentido, yo quiero apuntar unas ligerísimas consideraciones acerca de La Corte de los poetas.

La Corte de los poetas resume el esfuerzo de unos cuantos soñadores absolutamente desinteresados. Los unos son españoles y los otros han nacido en las Repúblicas americanas de habla española. A través de la distancia y de las diferencias de nacionalidad, todos esos soñadores se han sentido hermanos en un mismo ideal de arte y en una misma materia de expresión: el castellano. Durante un largo periodo la verdadera confraternidad hispanoamericana ha corrido a cuenta de esos hombres, cuyas únicas virtudes diplomáticas son el desinterés y la sinceridad. Rubén Darío ha hecho infinitamente más por el prestigio de América en España que todos los políticos y que todos los comerciantes. Y en América, si nos van estimando algo, no es ciertamente por Moret, ni siquiera por el marqués de Comillas, sino por la labor de una falange de escritores, muchos de ellos catalogados en La Corte de los poetas, y los cuales no venden aquí la mitad de los libros que venden allá.

Esta confraternidad intelectual ha contribuido a impedir lo que pudiéramos llamar una bifurcación del idioma en su evolución. Los emigrantes que marchan a América a enriquecerse van casi tan pobres de lenguaje como de dinero; llegan allí y no pueden poner en circulación ni una moneda ni una palabra. Al cabo de los años retornan ya enriquecidos; pero, si traen un pequeño o regular capital, no traen en cambio más que una media docena de bárbaros americanismos que no tienen aquí utilidad alguna. En cuanto a los comerciantes y a los banqueros, su léxico es tan ruin que no pueden hacer nada por la unidad del idioma entre España y América.

Esta labor de unificación la realizan únicamente unos cuantos jóvenes poetas, enemigos de la rutina académica y hermanados tanto por el odio a ella como por el amor a los nuevos ideales artísticos. El caso está en que un poeta español de la generación nueva, como Villaespesa, como Machado, como Carrere, como Fabra, como Díez Canedo, tiene grandísimas analogías con un poeta americano como Nervo, como Darío, como Lugones o como Leopoldo Díaz y no tiene absolutamente ninguna con un poeta español de la vieja serie, como el Sr. Zapata, a pesar de su larga residencia en Buenos Aires o como el Sr. Casanova del cual Doña Carmen de Burgos Seguí  dice que es uno de los más ilustres poetas españoles contemporáneos. Los poetas jóvenes –algunos de los cuales no son jóvenes– de América y España son quienes realizan, influyéndose los unos a los otros y colaborando juntos en las revistas de ambos países, el verdadero intercambio del idioma, que es el vínculo más poderoso de las razas y base de otro intercambio.

La Corte de los poetas viene a ser como una síntesis de la magna labor de esos hombres, labor realizada con la maravillosa inconsciencia del árbol que da flores para dar frutos. Yo no recomendaré el libro a la consideración de los políticos porque ello sería perfectamente estéril. Pero véase como un libro de versos puede ser más útil todavía que un billete de ferrocarril o un manual de mecánica; véase como un canto a la luna importa de igual modo a la prosperidad de un pueblo que la estadística arancelaria y cómo los sembradores de flores no desempeñan una función menos trascendental que los cultivadores de patatas y hortalizas.

 

Anónimo, “¡El papel vale más! Notas bibliográficas” [fragmento], Gedeón, 22-julio-1906, s.p.

También daríamos un bombo, más o menos hiperbólico [esta reseña aparece tras la del libro Cosas del día, de Carlos Miranda, que comienza: “Y ahora vamos a dar un bombo hiperbólico…”], a La corte de los poetas –libro de 344 páginas en verso… casi todas– si no hubiera en él algunas cosas que están pidiendo un palo.

Excelente nos parece la idea, casi realizada en La corte de los poetas, de reunir en un libro los mejores versos de los vates nuevos, muchos de ellos superiores de toda superioridad, los vates y sus versos. Y así lo declaramos, sin miedo a que intenten gedeonizarnos algunos ocultos censores gedeónicos. Porque hay muchas personas insaciables, amigas de Gedeón, que suelen quejarse de nosotros porque nos metemos pocas veces con los jóvenes escritores, ya en camino de la popularidad.

Y no ha faltado quien dijera: “¡En GEDEÓN debe de haber un modernista…!” No, noble amigo, no. En GEDEÓN se procura conservar cierta ecuanimidad, que suele ser el mejor fundamento de la justicia, para poder distinguir entre lo bueno y lo malo, sea de quien sea: de los viejos o de los jóvenes. Por eso no hemos caído nunca en la tentación de llamar modernistas a los que escriben sinceramente y con perfecta conciencia de lo que hacen, precisamente porque sabemos lo que es modernismo y lo que tiene de admirable. Para nosotros no hay más que bueno y malo –según nuestro entender leal– y así estimamos lo estimable de la nueva labor, y hacemos como que no nos enteramos de las tonterías que escriben algunos chicos que a sí mismos se creen innovadores, modernistas, novísimos, etccétera, etc… bien seguros de que el tiempo les hará entrar en razón, convenciéndoles de su propia tontería.

Viene todo este serio y fatigoso paréntesis, a justificar nuestra declaración respecto a la idea de hacer una Antología de poetas jóvenes. Por eso damos un bombo a La corte de los poetas, donde hay muchas poesías dignas de su nombre. Y éste sera siempre el mayor elogio.

Pero por lo mismo que nos parece excelente la publicación de este libro, tenemos que protestar airados de que en él se hayan colado de momio unos cuantos señores que no son poetas ni lo serán nunca. ¿Cómo se ha tolerado esa intrusión? ¿Cómo se ha descuidado el coleccionista para que pasara el contrabando?… Con decirles a ustedes que en La corte de los poetas figura hasta el mismísimo Cuquerella, con su famosa composición-telegrama:

Suspiros,

imprecaciones,

esperanzas risueñas,

fútiles goces

y lágrimas,

y placenteros sones

y vivires honrados… [Versos de “Los dolores del poeta”.]

está dicho todo.

Hay una poesía (!) premiada con accésit en unos Juegos florales; hay una elegía a un alelí, que con gran prisa languidece; hay, en fin, unos versos, “Tus postales” –entre otras muchas cosas que afean un libro que pudo ser impecable y que debió serlo–, versos que parten los corazones… ¿La prueba? ¡Allá va!

El mar, ¡larga distancia!, a entrambos nos separa;

pero nos une a entrambos un pensamiento igual:

que venga, sin demora, que arribe pronto y clara,

con su elocuencia muda, la sápida postal [versos de Calixto Perlado].

¡Voto al sápido…! El mismo poeta nos dice también en otra página inolvidable:

Con el agrado que es en mí innato… [Primer verso de “Al recibir tu retrato”.]

Cierto que toda afectación es mala, pero ¡caramba! eso es ya demasiada llaneza…

Con el agrado que es en mí innato…

Francamente, ese verso no puede figurar en una Antología, como no sea en la Antología a la inversa, es decir de atrocidades, que tiene en cartera nuestro querido amigo el poeta Icaza, a quien felicitamos cordialmente por su nuevo libro La canción del camino.

¡Y se acabaron los bombos!

 

Emilio H. del Villar, “La Corte de los poetas” [incluida en la sección “Crónica de la semana”], Nuevo Mundo, núm. 655, julio 1906, s. p.

Que la poesía está llamada a desaparecer; que los versos no interesan hoy a nadie; que eso no da dinero, etc., etc.: estas cosas se oyen decir con frecuencia. Pero el hecho es que los poetas siguen existiendo y haciendo versos; y que a un editor se le ha ocurrido ahora reunir una nutrida colección de composiciones de los poetas actuales de lengua castellana, y el libro es de que los que han hecho ruido. Porque la poesía, por lo regular, no da dinero, es cierto, pero es al poeta, que a otros sí que se lo da, y testigos viven que podrían afirmarlo porque a ellos les ha sucedido.

La colección a que me refiero es numerosa, demasiado: puede decirse que figura en ella una cantidad de poetas mayor de la que existe. El coleccionador no ha pretendido seleccionar, sino presentar al lector lo que hay para que él seleccione. Como documento para la historia literaria resulta así más amplio. No hay mal que por bien no venga.

Pero en cambio, por si el editor llega al caso, como a pesar de su profesión se lo deseo, de hacer una segunda edición de la obra, me permitiré hacerle observar algunas deficiencias que podrá entonces remediar. En la corte de los poetas faltan dos de primerísima fila.

Si se busca en España un representante de un género tan castizo y de tan difícil facilidad como la copla popular, creo que a nadie se puede considerar como a tal en más alto grado que a D. Melchor de Palau. Es de esos poetas cuyos versos se oyen con frecuencia repetir de memoria a las gentes más ajenas a la vida literaria. Entre sus quinientos y tantos cantares abundan los de tanta valía como los siguientes:

Agua me dio una zagala

viéndome morir de sed;

mucha sed antes tenía,

pero más tuve después.

 

Cuando nacemos lloramos,

y sonríen los demás;

al morir nos sonreímos

y ellos se echan a llorar.

 

En las rosas de tu cara

un beso acaban de dar;

rosas que picó un gusano

presto se deshojarán.

¿No es verdad que estos cantares valen más que la obra entera de muchos de los poetas de la Corte recién publicada?

Acaso no fue Palau incluido en el libro por destinarse éste exclusivamente a los jóvenes. Ignoro a punto fijo la edad del citado poeta e ingeniero por más señas; sólo me consta que su bigote y su perilla son canosos; pero sé también que nació después de los poetas incluidos y que sus versos siguen siendo tan jóvenes y lozanos como cuando nacieron.

Otra de las omisiones es Antonio de Zayas. Bien he visto que, bajo este nombre, se publican dos poesías: Velázquez y El Escorial. Pero el Zayas que las escribió debió ser el Zayas niño de hace quince o más años. Por su estilo pertenecen a los ensayos de la primera juventud, y ni siquiera figuran en la colección de sus primicias que dicho autor publicó en 1902. El Zayas de hoy, poeta de delicadas sensaciones, gran maestro de la rima, que ha sabido como ninguno de sus contemporáneos traducir en frases rítmicas la naturaleza de España y la vida que a través de la historia se desarrolló en ella, ese quedará desconocido para los lectores de la Corte.

Otras deficiencias pudieran citarse: la de Narciso Díaz de Escovar, por ejemplo, y la de Arturo Reyes, que con más legítimo derecho que buena parte de los que figuran en la antología, debieran haber tenido en ella un lugar.

En cuanto a los poetas americanos aparecen en representación pequeña pero muy selecta. La mayor parte pertenecen a la juventud triunfante, como Darío, Chocano, Nervo y Lugones. Pero también los hay viejos y fallecidos como el argentino Olegario de Andrade. En esta parte no se ha tratado, por lo visto, de presentar cantidad, sino calidad, ni se ha pensado en ceñirse de un modo exclusivo a los poetas del día.

De la parte española, que ocupa casi todo el libro, habría mucho, muchísimo que decir; pero me limitaré a dos observaciones de carácter general que me ha sugerido tan variada lectura.

Los poetas españoles de hoy, tanto los buenos como los medianos y los malos, se esfuerzan por realizar su arte a la moderna: destierran el estilo oratorio (enfermedad crónica, durante largo tiempo, de nuestras letras), la retórica huera, y tratan de impresionar la sensibilidad por intermedio de la sensación: parecen haber comprendido los más que es preferible seleccionar que acumular las pinceladas, y persiguen la sobriedad aunque no siempre la alcancen.

Esta es la orientación que parecen perseguir nuestros poetas de hoy, por lo menos los más geniales.

Pero al lado de esta sana tendencia continúa endémica la gran enfermedad de los poetas españoles: la ignorancia. Existen excepciones, pero lo general es que nuestros poetas miren la ciencia y todo estudio concienzudo, no sólo con indiferencia, sino con verdadero desprecio. Creen que sin cultura sólida pueden tener ideas y expresar sensaciones con que impresionar al lector. Es una equivocación lamentable. La interpretación de la naturaleza y de la vida hecha por un ignorante, no puede interesar más que a otro ignorante. Cuando las ciencias estaban en mantillas y no se tenían del mundo y del hombre sino conceptos infantiles, pudo no suceder así, aunque precisamente en esos tiempos era cuando los poetas españoles demostraban más empeño en adquirir la cultura que la época podía brindarles.

Hoy las cosas han variado. El nivel intelectual del siglo está muy alto, y el que quiera ser intérprete de la vida debe ponerse a ese nivel.

Este desprecio de los poetas por la ciencia y cuanto con ella se relaciona, va tan lejos que no son ya los conocimientos positivos, sino el mismo sentido común, lo que condena. Uno de los que figuran en la Corte llega a decir con la mayor serenidad:

…………………………………

El sentido común, razón menguada,

nunca ha sido ni artista, ni vidente,

ni paladín, ni redentor… ni nada. [Versos de “A Byron”, por Salvador Díaz Mirón.]

La verdad es que cuando se leen cosas como estas, dan ganas de pedir la desaparición definitiva de la poesía.

Gracias que ni la poesía es eso precisamente, ni todos los que hacen versos llevan tan lejos sus radicalismos.

 

J. Martínez Albacete, “La corte de los poetas”, España Nueva. Diario de la noche (Madrid), 2-agosto-1906, [p. 1]. [En la misma página, inmediata a la columna en la que figura esta reseña, se inserta, dentro de la sección “Nuestros poetas contemporáneos”, “Era un aire suave…”, de Darío, con una caricatura. En la misma sección, aparecieron poemas de Villaespesa o Carrere.]

Luego, ¿hay poetas?… Yo ni afirmo ni niego. Recojo el título de un libro para encabezar estos renglones, y aún no atacado del panglosismo –irónico o escéptico– del Sr. Castro, pido la palabra en contra de lo que éste dijo días atrás: “¡Paso y honor al libro de la juventud!” ¡Buena esta la juventud si sólo da de sí una Antología como esa! Leyendo la crónica del Sr. Castro, los lectores que no estén en el secreto de cuántos puntos de poeta calzan los antologiados [sic] creerán que, efectivamente, D. Leopoldo Díaz, “mansamente exótico”, es un gran rimador; que Zayas –¡el estupendo Sr. Zayas!– es un vate extraordinario; que, en fin, los Mirón, Lugones, Reina (¡q. e. p. d.!!), Oteyza, han hecho algo en pro de la que pudiera llamarse “regeneración de la poética española”. El decadentismo viene de lejos; ya en 1887, Clarín, en el prólogo de Nueva campaña, lo hace constar con hondo desconsuelo: “Estamos en dos decadencias, la una, general; si no universal, por lo menos, de todos los países con que más afinidades tenemos; la otra especial, la nuestra, la larga y triste decadencia de España… En las letras, el mismo horizonte gris, iguales destinos de mediocridad y movimiento pausado y por extraño impulso… Nuestra literatura, como empresa colectiva, es deplorable…”

Las cosas no han cambiado; han muerto unos cuantos señores poetas, literatos, novelistas, y han surgido otros, pero el tono general es el mismo gris; hay individualidades de positivo valer que hacen obra personal duradera; pero colectivamente un monótono inconformismo de vulgaridad, de ramplonería, llena la vida literaria española.

*

En razón a todo esto, con la venia del Sr. Carrere poeta, bohemio, sentimental y heráldico, voy a permitirme hacer a su Corte de los poetas unas observaciones, apuntando desde luego que el libro es muy malo, francamente malo; no se incomode el Sr. Pueyo, su editor, que de todas maneras, con mi afirmación o sin mi afirmación, nadie había de comprar el libro; cuatro pesetas en libros son muchas pesetas. ¿Se atreverá el Sr. Pueyo a dudarlo? ¿Acaso él no opina lo mismo y, hombre de convicciones profundas lleva al negocio mercantil sus opiniones literario-monetarias?

El libro es malo, lector, malo por todos conceptos; el Sr. Carrere, recopilador de las poesías y prologuista de la obra, no tuvo gran acierto al seleccionar –lo mismo poetas que composiciones–, y nos ofrece casi de aperitivo versos del abracadabrante señor Chocano, martirio de las letras patrias y solaz de sus dos únicos admiradores, D. F. de la Escalera y D. Cándido Chamorro. No hay derecho, Sr. Carrere, al comenzar una antología de poetas contemporáneos con rimas como aquellas:

Amo las corridas de tus bravos toros,

en que los cohetes, de ímpetus sonoros,

mienten en el cielo rúbricas de luz (¡¡¡¡),

y en que los toreros, todos relumbrantes,

hunden, con el puño lleno de diamantes,

los estoques hasta la sangrienta cruz (¡¡¡¡).

[Versos de “Pandereta”, de José Santos Chocano.]

Si no fuera más que esto, ¡pase!; empero, ¿por qué anteponer Chocano a Rubén Darío? Dice en el prólogo el recopilador que D. Rubén fue quien trajo las nuevas gallinas poéticas, y, aunque la aseveración sea muy discutible, si lo cree así debió colocar al “mago de la rima” en las páginas preferentes de la obra, no encasillar la admirable Sonatina y la maravillosa Marcha triunfal después los esperpentos chocanescos. A D. Rubén, liróforo más o menos excelso, se le pueden discutir sus errores, que no son escasos, pero no se le puede posponer a la mayoría de los seres que colaboran en La corte de los poetas; muchos no han dado todavía de sí más que “ventajosos comienzos, prendas de más opimos frutos”, como diría el Sr. Zeda en su galano zoilismo de La Época.

Eso, la falta de personalidad de casi todos los firmantes, es lo que priva de valer al libro: hay en él hermosas composiciones, medianas y malas; pero la obra en total no prueba que exista un núcleo de poetas jóvenes; a lo más, concediendo mucho, demostrará la acción de una tendencia modernizadora en nuestra poesía y cómo ésta se va alejando de las extravagancias y las insensateces a que recurrió, bebiendo del francés, en sus comienzos.

*

No se disguste el Sr. Carrere; él goza de mis simpatías por sus melenas largas y sus versos buenos, por su pipa y por el gesto de desdén con que contempla pasar la vida; y por lo mismo que siento hacia este raro un íntimo aprecio, le hablo la verdad. La corte de los poetas no ha venido a llenar otro vacío que el que hubiera en los estantes de la librería del señor Pueyo; para la gente literaria nada significa; para el público no sirve ni vale.

El público español –una muchedumbre de bachilleres, de abogados, de analfabetos, de horteras– agotaría, por grande que fuese una Antología formada con versos de López Silva, de Pérez Zúñiga, de todo aquel enjambre que D. Sinesio (¡salve, bandera de la patria, salve!…), reunió en Madrid Cómico, síntesis de la vacuidad, cifra del plebeyismo mental a que se había llegado en los homéricos tiempos de la Marcha de Cádiz. Ese público no comprará esta Antología, que, aun siendo mala como es, quizás le pudiera dar una idea de nuestros poetas jóvenes, los buenos Villaespesa, Rueda, Machado, Jiménez, Medina, Marquina, Nervo…; y de los malos Zayas, Peza, Lugones, Neón, Godoy y un centenar más que figuran en La corte de los poetas, ignoro que si por ironía del Sr. Carrere o por debilidades de amistad, que nunca debió tener en cuenta. Para el otro público, para la minoría culta y pensante que hay en España, el libro no tiene el menor interés; sabemos de memoria los versos de Darío, las rimas selectas de Villaespesa, todo cuanto bueno se ha publicado de unos años a esta parte. ¡Fue tan poco!… Muchos que comenzaron a poetizar, demostrando no ser vulgares rimadores, han abandonado el campo; otros, aunque continúan escribiendo versos, han perdido la fe; el ambiente español mata a los poetas, a los artistas todos; Machaquito triunfador, candidato dominguero al sepulcro, se pavonea “con el puño lleno de diamantes” –como diría Chocano–, sobre todo y ante todo, el torerismo, el chulapismo y la política han hecho presa en el espíritu español…

Pero, ¿cómo se entiende? ¿Indignarme?… La honda filosofía escéptica del Sr. Carrere, melenudo y sentimental sea conmigo.

 

R[amón] D[omingo] Perés, “Poetas y poesías”, Cultura Española (Madrid), núm IV, noviembre 1906, pp. 1.015-1.024.

A tout seigneur tout honneur. Un Florilegio de rimas modernas, como el reciente, titulado La Corte de los poetas, que cuenta más de trescientas cuarenta páginas, merece el primer lugar en este artículo, porque sesenta y siete poetas distintos parece que han de constituir una fuerza respetable, superior a la de uno solo. Bien es verdad que el trigo que contienen innumerables gavillas esparcidas por un campo cabe a veces en muy reducido granero; pero nada tan imponente como el número y el gran espacio ocupado, nada tan instructivo como un espigueo a través de ese campo.

Nos hallamos ante una colección de poesía modernista en su mayor parte, y digo en su mayor parte, porque he de empezar por negar que todas las contenidas en el volumen y todos los autores de ellas lo sean, como acaso se pretenda afirmar por algunos. La poesía moderna es una cosa, y la modernista, tal como hoy la entendemos, ya que no sea otra distinta, no ha venido a constituir más que un matiz especial de la misma, que puede seguirse con toda fidelidad y sumisión o no, sin que, en caso de no hacerlo, haya de considerarse necesariamente a un autor como anticuado. Antes de que el modernismo de última hora viniera al mundo, había ya una poesía moderna que luchaba por romper moldes viejos, y algún derecho tengo yo a hablar de ella, pues hace más de veinte años que la defiendo y propago con la teoría y el ejemplo, lo que no podrán decir, por cierto, algunos de los que figuran en La Corte de los poetas. Apresúrome, sin embargo, a añadir que mi humilde predicación ha sido hecha desde Cataluña, con lo cual no pasa de la categoría provinciana, que es como decir que no ha existido nunca para muchos, o que no habrá merecido la atención más que de algún otro provinciano tan empedernido como yo. Y puesta por delante esta inmodesta declaración, a modo de profesión de fe, para que sepamos todos a qué atenernos y no me vea yo clasificado donde no merezco por quienes nunca se han tomado la molestia de leerme, sigamos con La Corte de los poetas.

No es, como digo, una antología exclusivamente modernista, aunque éste haya sido el principal objeto que se perseguía al publicarla, pues en tal caso no sé yo con qué razón habían de figurar en ella poetas como Manuel Reina, Ricardo Gil, Gabriel y Galán, Rueda, Icaza, Peza, Olegario Andrade, etc. Si todos estos son modernistas, entonces lo somos, con igual o mayor razón, muchos más en España y en América, y basta con ir cogiendo tomos de versos y antologías para convencerse de ello. ¿Es que estos autores, sin ser precisamente personalidades salientes y bien determinadas del modernismo actual, lo son de lo que más bien puede denominarse con aquel nombre, algo vago, de Poesía moderna, y a título de tales figuras en esta colección? Pues en tal caso lo que hay que lamentar, pues resulta injusto, es que hayan sido ellos solos los escogidos. No ha de haber habido en esto más guía que el gusto personal del colector o colectores, y hay que decir que ha resultado deficiente y caprichoso. No es aventurado el suponer que se han elegido ciertas personas gratas a los que forman parte de un grupo y se han desdeñado otras, tal vez por no conocerlas bastante, por no gustar o por no haber tenido defensores. Se ha seguido un procedimiento que, desgraciadamente, no es nuevo entre nosotros.

Parece este Florilegio destinado a completar el que no hace mucho tiempo publicó D. Juan Valera, pero inspirándose en un criterio opuesto. Bastante de lo que para aquel ilustre escritor era poesía, no lo es para el gusto que ha presidido en La Corte de los poetas, y mucho de lo que él dejó olvidado se ha recogido aquí con cariño. Nada se hubiera perdido con mostrarse menos indulgente, pues ahora figuran en el libro nombres que ni los aficionados a leer versos conocemos, y composiciones de muy escaso valor. Ha bastado que algún joven escribiera algunos renglones afortunados y que en círculos madrileños se hayan aplaudido, para que el nombre del autor figure en este Florilegio. Disiento en absoluto de tal criterio. La entrada en las antologías ha de ser más difícil, y hay que huir del sistema que puede convertir la literatura en un campo de influencias, como la política. No ha de poder decirse, como ahora, que con buenos amigos se obtiene todo y sin ellos nada. En tales bases descansan, sin embargo, no pocos juicios y no pocas reputaciones nuestras. Cuando uno lee con atención ciertos libros en la soledad de su gabinete, allá en un rincón de provincia, donde no hay atmósfera propicia formada de antemano, exclama, a veces, como el poeta: “¡Santo Dios! ¿Y éste es aquel?” Esto es: aquél de quien tanto se habla. Y bien puede decirse con frecuencia que esas opiniones lejanas son como un anticipo de la posteridad, por la sola razón de que tiene algo de la independencia de ésta y no se fundan en simpatías ni antipatía personales, sino en el hecho escueto, tras del cual desaparece la persona.

En resumen: la impresión literaria que dejará La Corte de los poetas a aquellos a quien algo se les alcance por propia experiencia en el triste y desdeñado oficio (pues nada tiene de alegre ni de bien recompensado), es que en el transcurso de algunos años se ha ido formando una poesía castellana, en la que han influido mucho Francia y el ejemplo de América, la cual, por no contar con las tradiciones de la literatura española, se ha lanzado de lleno en la imitación de los últimos modelos transpirenaicos, tratándose de asimilárselos y de mezclarlos con algo propio. Para aprender a versificar según los cánones de esta escuela novísima, antes se necesita haber leído algún tratado de versificación francesa y estar al tanto de las reformas últimamente introducidas en Francia, que todos aquellos libros en que se acostumbra a enseñar a la juventud española las reglas para escribir buenos versos. Los que hasta hace pocos años hubieran sido entre nosotros graves defectos, se han convertido en cualidades; y así como hubo tiempo en que la mayor belleza para un poeta era parecerse a un clásico castellano, ahora el ideal es la semejanza con los últimos corifeos del modernismo francés. Y conviene que sean los últimos, porque de los que cuentan algunos años de fecha suele hablarse ya con alguna indulgencia, como la que emplea una mujer joven y guapa para juzgar a una vieja que aún se conserva fresca y hermosa. Tenemos, pues, a la poesía castellana, o a una gran parte de ella, en pleno afrancesamiento de forma y de fondo, y aunque alguna vez siga usando aún mantilla, el resto del traje ha sido confeccionado por los modistos que hoy están de moda en París. Yo creo que cuando la historia literaria hable de la Poesía española en esta época, lo principal que señalará en ella no será la aparición de grandes figuras con nota propia y nacional, sino ese afrancesamiento de que hablo, la abdicación de lo genuino y tradicional, mitigada sólo por algunos rasgos de españolismo, que ha de llamar tanto más la atención cuanto que no han pasado muchos años desde que el ideal era precisamente el opuesto, y Núñez de Arce condenaba con aplauso general los suspirillos germánicos y huevos de gallina, tal vez, principalmente, por ser germánicos; es decir, extranjeros al alma nacional.

Hoy admitimos los suspirillos de todos los países pasando a través de Francia, con tal que nos ofrezcan las últimas novedades métricas y las más recientes libertades; algo parecidas, a veces, a las de alguno que otro modelo muy español. Así ahora Góngora goza de gran predicamento entre ciertos elementos nuevos aquí y en el extranjero, y de cuando en cuando pueden descubrirse huellas de ciertas travesuras de la versificación de Zorrilla en alguna de las mismas muestras que nos ofrece La Corte de los poetas.

Por todo lo dicho, creo yo que si no es conveniente para un poeta que pueda aspirar a tener personalidad propia el entregarse atado de pies y manos a cuanto le exija nuestra novísima escuela poética, tampoco es el verdadero camino para juzgarla ese aire de irreconciliable desdén y de burla que algunos adoptan al hablar de ella, midiendo con igual rasero a cuantos figuran en sus filas y a todas sus obras. A esos desdenes colectivos se contesta con otros; erígense capillas con sus ídolos intangibles, como los de antaño, y en resumidas cuentas no sabe el público si unos y otros están riendo de él. Es indudable que el error se junta con el acierto en el modernismo poético de hoy, aun en ciertas obras de las que se nos presentan como insuperables; pero entre el conceder esto y convertirse en enemigo declarado de toda novedad, media gran distancia. Precisamente a la poesía española le conviene una época de renovación (que en la parte métrica es ya patente) y el problema estriba en acertar cómo ha de ser esa renovación, para que no destruya lo mismo cuya transformación quiere conseguir.

Todo esto es, más que nada, cuestión de gusto, de tacto, de habilidad. En cada intento de reforma hay algo instructivo, hasta en lo que contiene de erróneo.

A mí me llama mucho la atención, por ejemplo, la última tendencia que noto en el modernismo francés hacia la corrección, hacia la crítica de las propias exageraciones y caprichos, que ya van pasando. Paréceme que la desbordada corriente comienza a encauzarse, y que las gentes se van convenciendo de que una continuada ascensión de audacia en audacia no es, precisamente, ninguna prueba de genio. Hoy es un crítico y mañana otro los que señalan esta nueva tendencia; pero en el número de 1º de Septiembre del Mercure de France, que nada tiene de sospechoso para el modernismo, hallo un artículo de Juan de Gourmont en el que hay observaciones muy justas, muy discretas, y ejemplos de poetas muy nuevos, que van por el camino que yo juzgo como el verdadero. No iban tanto por él los jóvenes pocos años atrás, y eso demuestra una vez más lo de siempre: que cuando en España creemos seguir la última moda que domina en el boulevard, tomándola como definitiva, nos mostramos con frecuencia algo atrasaditos, pues se nos escapa a lo mejor el último matiz, la última reacción que las propias exageraciones  pasadas han traído. A veces los démodés de ayer son los que aciertan con la nota justa de hoy, o se acercan mucho a ella. Juan de Gourmont nos habla con elogio de un poeta, León Larguier, que parece cifrar su ideal en retroceder hasta Victor Hugo y convertirse en su continuador. Tiene el “fanatismo de la métrica perfecta, de la regularidad en el verso, de la rima rica, y no admite ninguna licencia”. El articulista no piensa en todo como él; pero toma en consideración sus opiniones, lo trata como a uno de los suyos y acaba por dejar escapar esta frase con cierta timidez: “Tal vez podría decirse que las poesías que son hermosas escritas en versos libres, lo serían aún más escritas según el ritmo tradicional”. Se apresura a explicar sus palabras en una nota, pero la idea queda en el cerebro del lector y sigue trabajando allí. Yo la reconozco: es una antigua amiga mía con la cual he discutido a menudo.

Véanse ahora estas otras afirmaciones de Gourmont: “Es un hecho: los poetas simbolistas continúan ignorados, secretos, y no habrán influido ninguna influencia directa sobre el público, que no sabe de ellos más que lo que le han enseñado las deformadoras imitaciones de los discípulos. Por lo demás los ensayos del simbolismo no han dado por resultado ninguna regla, ninguna codificación. El simbolismo fue como una catedral soñada y construida por numerosos arquitectos, una catedral que no ha de terminarse nunca. Cada uno imagina una fecha, una torre de estilo diferente, y puso todo su esfuerzo en realizar su proyecto personal. ¿No se ha dado a la palabra simbolismo la significación de individualismo en arte? Ninguno de los poetas de esta escuela fue bastante dominador para imponer su plan y su estilo, y si hubiera que personificar en un solo autor esta clase de poesía, no sería cosa fácil el hacerlo”. Por medio de ciertos discípulos o intermediarios de talento es como, según el articulista, llegará al público algo del alma de Verlaine, de Regnier, de Moréas, de Jammes, etc. Y todo esto se dice desde el Mercure de France en el primer artículo del número, lo que es digno de aplauso. Hay en ello algo de melancólico que demuestra cómo todo pasa en el mundo, cómo los entusiasmos del primer momento se van enfriando inconscientemente en el hombre, y el sentido crítico va cobrando, al fin, sus fueros. Así he visto modificarse primero, y terminar después, alguna otra escuela que creí definitiva en otros tiempos, allá en el ardor de los veinte años. Aquí vamos subiendo ahora la cuesta de la que nuestros vecinos pueden afirmar que están ya de vuelta, cargados de experiencia.

“Mi poesía es objetiva, y en tal sentido, sólo quiero ser poeta de América”, nos dice D. José Santos Chocano en su grueso tomo, últimamente publicado, Alma América. Poco antes nos ha dicho también:

No tienen mis estrofas sino calor y vida:

la vida les da el Ande, y el trópico el calor;

y si hay en esta gruta donde hago mi guarida

un verso delicado, será como una flor.

El Sr. Chocano es de los autores que figuran en La Corte de los poetas; pero su personalidad necesita ser estudiada en un volumen completo, y no en unas pocas muestras de lo que es. En aquel libro se habla de él, diciéndonos que es un caso.

No quiero profundizar lo que esto significa: a mí me basta con decir que es un poeta, no un mero versificador. De los caracteres de su poesía dan alguna idea las dos citas suyas que acabo de hacer. Es uno de los que han venido de América a suplir con entusiasmo de alma joven deficiencias y decaimientos de la actual poesía española. Me parece, sin embargo, uno de los más españoles de los poetas americanos. Lo es hasta en sus defectos, y por ello le creo llamado a un éxito inmediato. Ya parecen abrírsele todas las puertas, y es que no resisten ni han resistido nunca a la llave de la elocuencia y de la pompa que él emplea. Esa misma objetividad de su poesía, de que nos habla, es una gran cualidad entre nosotros. Su modernismo se funda en mucho que es anterior al modernismo y que tiene hondas raíces en el alma española. Yo creo oír en él, a veces, el eco de Zorrilla, de Rueda, y el de celebrados oradores de exuberante forma; pero todo rejuvenecido por un hombre que ha leído desde América los modernos poetas franceses, como él nos dice que “rejuvenece la vetusta Oda”, en su poesía Ofrenda a España. No es Chocano el primero que intenta remozarla, pero el camino es bueno y agradable el resultado.

Yo he de confesar que mi ideal es precisamente contrario a esa pompa que tan honda lleva en el alma nuestro autor. Como él la busca incesantemente, y ama el restallido de látigo en el verso, y el metal sonoro y bruñido, yo tiendo a una poesía que suprima todo esto y que donde otros buscan la frondosidad, alargue la mano hacia el fruto sazonado y nutritivo; donde ellos sienten que se les ensancha el ánimo con el calor tropical, ella sienta más bien que se le eleva, tranquila y modestamente tendida bajo fresca sombra, o que va ahondando cada vez más en sí misma. Prefiero el agua que mana suave de profundo manantial, a la que corre alborotada y sin freno por los torrentes. Todo ello no ha de ser, sin embargo, obstáculo para que reconozca las dotes poéticas del Sr. Chocano y admire el metal brillante y sonoro de varias de sus composiciones; su audaz empuje; el sentido artístico con que cincela algunas veces sus versos. Podrá ser desigual; tendrá también otros defectos que afectan más al fondo que a la forma; pero no es un hombre vulgar, y gracias a Dios pueden darse cuando se tropieza con un autor así, de quien cabe esperar que en las páginas de sus libros han de hallarse poesía, alma, vida, no versillos incoloros y tenues como tela de araña.

En Chocano hay dos poetas: un poeta moderno a secas y otro modernista. El primero es el que me gusta más, es decir: el que escribe con espontaneidad poesías de forma variada y correcta, el que forja sonetos a lo Heredia. Los que amáis la Poesía en este país en que todo parece igual, bueno y malo, fijaos en José Santos Chocano (en ese hombre de letras que se presenta con la arrogancia de un conquistador) aunque sea para discutirlo. Llega oportunamente, y la oportunidad vale mucho y conduce lejos cuando va acompañada de positivas cualidades, del poder de realizar belleza, sea del modo que fuere, y de la voluntad, sin duda excesiva, en este caso, de imponerla.

De Chocano a Francisco Villaespesa la transición es brusca, y hasta es conveniente no acordarse del uno al hablar del otro. Acabo de leer Las canciones del camino, del último de estos dos autores, y han dejado en mí una impresión delicada de ensueño, de melancolía, opuesta a la que produce la lectura de Alma América. Nada aquí de pompa, de metales brillantes y sonoros: es una música suave de lejano violín que suena entre jardines a la luz de la luna. Villaespesa ama lo pagno, lo bohemio; es sensual y triste como un cantar andaluz, y gusta de la alegría que termina en una lágrima. Yo creo reconocer en él, a veces, un remoto origen heiniano, aunque exteriormente sea más fácil descubrir en sus versos la filiación francesa. Me agrada en su forma la tendencia a la corrección, al equilibrio, tendencia, sin duda, no tan apreciada como debiera serlo por otros de su misma escuela. Es poeta variado, de impresiones cortas y frecuentemente hondas, y quizá sea por ello que resulta también un buen sonetista, de aquellos que prefieren los tonos pálidos a los deslumbrantes. Cincela el verso con amor, no lo arroja como al descuido, y a menudo es feliz en la frase. Sus cualidades no son de las que más fácilmente triunfan y se imponen en el mundo; pero es de aquellos autores que se leen con gusto en la intimidad, saboreando la especie de exasperación con que siente. Su modernismo, a juzgar por este libro, me parece más atenuado que el de otros compañeros suyos. En resumidas cuentas, esa atenuación, hija del buen sentido, es acertada, y mira más al porvenir que a ciertos atrevimientos que con el tiempo no se juzgarán más que como curiosidades, después de haber entusiasmado a los espíritus inquietos. Así será ayer y así será mañana. Ya lo he indicado antes e insisto en lo mismo, porque es en mí antigua convicción que la experiencia me ha enseñado, como a otros, con el ejemplo del clasicismo, del romanticismo, del naturalismo y de la reacción idealista de ahora. A esa Poesía libérrima, que halla muchas veces, sin saberlo, su remoto origen en el norteamericano Walt Whitman (aunque nosotros la tomemos de Francia), le esperan, aun juzgándola con criterio optimista, iguales vicisitudes que a las demás. Prudente es que los autores se preparen para ellas.

[Termina prometiendo seguir en próximas entregas con una revisión de la poesía catalana.]

 

Se reproduce a continuación el facsímil del artículo de Emilio Carrere “Retablillo literario”, publicado en Madrid Cómico, 24 de junio de 1911, s.p. que es una defensa de su propia antología. 

 

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