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Rosalía de Castro y Rubén Darío: la incertidumbre y angustia de la existencia humana

15 11 2009

Ana María López-Aguilera

Rosalía de Castro y Rubén Darío se enfrentaron de modos distintos al problema de la existencia y la angustia inherente en ésta: en el caso de la gallega hay una aceptación estoica; en el  nicaragüense, rebeldía consciente y esperanza en futuras generaciones. 

Aunque pertenecientes a épocas y corrientes literarias distintas, Rosalía de Castro (1837-1885) y Rubén Darío (1867-1916) comparten el sentimiento de dolor ante la dificultad de dotar de sentido a la vida. Nuestro propósito es exponer la forma en que estos dos poetas se aproximan a algunas preocupaciones existenciales, entendiendo este concepto de “existencial”, como plantea Peñas-Bermejo, no en el sentido de sistema filosófico, sino como una hermandad de preocupaciones comunes en torno a temas como la muerte y la posibilidad de trascendencia, el sentido de la existencia, el porqué del dolor y la duda sobre Dios.

Rosalía de Castro y Rubén Darío comparten la necesidad por conocer la respuesta a cuestiones cuya raíz se halla en la naturaleza humana. Por esta razón la actitud de ambos ante la existencia del ser humano, en general, y la propia, en particular, viene marcada por la incertidumbre. Esta duda se traducirá en su obra en un uso frecuente de interrogaciones y de interpelaciones dirigidas a interlocutores diversos, quienes nunca responden, persistiendo la duda de los poetas y tornándose, finalmente, en angustia.

Rosalía de Castro, por ejemplo, en el poema “5” del libro En las orillas del Sar, se plantea la cuestión de la trascendencia (“¿qué es al fin lo que acaba y lo que queda?”), buscando respuestas en la ciencia y en lo divino, sin que parezca hallarlas.

Una luciérnaga entre el musgo brilla

y un astro en las alturas centellea;

abismo arriba, y en el fondo abismo;

¿qué es al fin lo que acaba y lo que queda?

En vano el pensamiento

indaga y busca en lo insondable, ¡oh, ciencia!

Siempre, al llegar al término, ignoramos

qué es al fin lo que acaba y lo que queda.

Arrodillada ante la tosca imagen,

mi espíritu, abismado en lo infinito,

impía acaso, interrogando al cielo

y al infierno a la vez, tiemblo y vacilo.

¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? (77, 1-13)

Todos los elementos del universo, desde los más humildes o pequeños (insectos como la luciérnaga) a los más grandiosos y espectaculares (como los astros) se ven sujetos al mismo destino: “¿qué es al fin lo que acaba y lo que queda?”. Igualados en su función en el mundo (“brilla” y “centellea”) y en su final (la muerte), la luciérnaga y el astro se hallan en extremos opuestos de la cadena vital, entre los cuales se encuentra el ser humano, representado por la poetisa. Y este ser humano es el único, de entre todos los seres destinados a la muerte, que se plantea la cuestión de qué existe “al llegar al término”.

La autora busca una respuesta a esa pregunta, primero en la ciencia. Sin embargo, desde el primer momento, niega la posibilidad de hallarla en la razón, puesto que comienza con la expresión “En vano…”. Ya en la tercera estrofa, la cuestión se plantea de forma más personal, al incorporarse el “nosotros”, en el cual se incluiría la poetisa: “¿Qué somos? ¿Qué es la muerte?”

Esta interrogación es una expresión directa de su angustia que, esta vez, será dirigida a Dios, a esa imagen ante la que se arrodilla. Tampoco, en este caso, espera respuesta la poetisa. Su falta de confianza se percibe en el hecho de que, aunque parezca dirigirse a Dios, en realidad, a quien interroga es “al cielo y al infierno a la vez”, indiferente a quien le responda, siempre y cuando obtenga respuesta. Asimismo, la caracterización de la divinidad como una “tosca imagen” la convierte en un objeto, es decir, en algo muerto, de quien no puede esperar contestación. Lo cual queda confirmado cuando en versos posteriores se lamenta de su silencio: “Sigue tocando a muerto, y siempre mudo / e impasible el divino / rostro del Redentor, […]  / Silencio siempre”. (78, 27-29 y 31).

Temas semejantes podemos hallar en diferentes poemas de Rubén Darío. Tomemos como ejemplo “Sum…” del libro El canto errante. Tanto en este poema de Darío, como en el anterior de Rosalía, percibimos que el verdadero protagonista es el “yo” del poeta. Aún pareciendo que se dirige a Dios, reconoce la imposibilidad de recibir una respuesta divina, por ello retorna siempre a sí mismo, a su ser, para continuar con la búsqueda, aún consciente de la inutilidad del intento. De ahí, la desesperación con que finalizan ambos poemas. Para Rosalía, el pesimismo es absoluto, al identificar a Dios como ídolo de barro: “un corazón que de la vil materia / y del barro de Adán formó sus ídolos” (O.S., “5”, 79, 55-56). Y para Darío, esa desesperación resulta evidente en la calificación de “Miserere” dirigida al hombre y en la petición final de ayuda dirigida a Dios y finalizada en puntos suspensivos, expresión de la falta de respuesta divina: “Miserere! Miserere!… / Dame la mano, Señor…” (Poesía, 333, 23-24).

En ambos poemas hallamos el recurso a la imagen del abismo existencial, expresión de la pregunta y de la incertidumbre. Este abismo rodea al ser humano: “abismo arriba, y en el fondo abismo” (“poema 5”, 3), “cuatro horizontes de abismo” (“Sum”, 5); pero donde más profundo resulta es en el interior del poeta: “mi espíritu, abismado en lo infinito” (“poema 5”, 10), “el abismo que más siento / es el que siento en mí mismo” (“Sum”, 7-8).

Asimismo la pérdida de la fe antigua, vivida con dolor, acompaña a los dos poetas: “mi Dios, cayó al abismo, / y al buscarle anhelante, sólo encuentro / la soledad inmensa del vacío” (“poema 5”, 44-46), “¡Señor, que la fe se muere! / Señor, mira mi dolor” (“Sum”, 21-22).

Como hemos podido comprobar en la comparación de estos dos poetas, tanto Rosalía como Darío se lamentan de este impulso, esta necesidad, que sienten de buscar respuestas a preguntas imposibles. Problemática que sólo se plantean los seres humanos. De ahí que envidien a aquellos elementos que carecen de autoconciencia. Rosalía de Castro, en el libro En las orillas del Sar, anhela dejar atrás la humanidad para convertirse en naturaleza: “en pájaro o fuente, / en árbol o roca” (75, 21-27), “Como la dura roca / de algún arroyo solitario al pie” (163, 5-6); o bien, en las estatuas de piedra de la catedral, en el poema “Amigos viejos”: “¡Quién fuera piedra, quién fuera santo / sin miedo a la vida, que da tormentos, / sin miedo a la muerte, que espanto da” (Obra Poética Bilingüe [1], 177, 23 y 28-29).

Esta estrofa se asemeja extraordinariamente a la imagen presente en “Lo fatal” de Rubén Darío, como también señala Mayoral, y con la misma idea de fondo: preferible resultaría no haber nacido hombre, sino piedra insensible, pues la vida humana, por consciente, significa dolor: “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, / y más la piedra dura porque esa ya no siente, / pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, / ni mayor pesadumbre que la vida consciente. (“Lo Fatal”, Poesía, 297).

La incertidumbre irresoluble, pues no pueden hallar respuesta en Dios ni en la razón, deviene en un profundo sufrimiento por el mero hecho de existir. Esta angustia a la que se enfrentan los dos autores nunca acaba, puesto que no pueden hallar una explicación satisfactoria a dicha existencia. No obstante, convertirán esta angustia y este dolor en un elemento fundamental de su obra. Por ejemplo, ambos escritores coinciden a la hora de nombrar a una de sus colecciones de poemas, y esta coincidencia se explica en la visión dolorida de la vida que los dos comparten y en su decisión de que ésta sea el tema de una parte muy importante de su obra. Así, como señala Mayoral, Rosalía de Castro, en uno de los primeros poemas del libro Follas Novas u Hojas nuevas, resalta la ironía de haberle dado tal nombre, cuando dichos poemas proceden de su ser angustiado y dolorido:

¡Follas novas!, risa me da

ese nombre que lleváis, […]

No Hojas nuevas, ramo

de tojos y zarzas sois,

ásperas como mis penas,

fieras, como mi dolor. (O.P.B., 146, 1-2 y 5-8)

Por su parte, Rubén Darío nombra uno de sus primeros libros como Abrojos y, al igual que la poetisa gallega, encuentra el origen de estos poemas en “penas y agravios”: “las amarguras, los duelos, / los desengaños y anhelos…/ Y nacieron mis Abrojos” (Poesía, 126).

Además de infinito, el sufrimiento existencial es consustancial a la naturaleza humana y se transmite de generación en generación. Si analizamos dos poemas de estos autores dedicados a sus hijos observaremos el reconocimiento, por parte de sus propios padres, de que sus hijos están condenados a una vida de dolor por el mero hecho de nacer humanos. La conciencia de si mismo impulsa al ser humano a cuestionar su existencia y el mundo que le rodea. Así, estos niños también se enfrentarán a la dificultad y angustia de encontrar una respuesta a las preguntas planteadas por esa autoconciencia.

En el poema “25” del libro En las orillas del Sar, Rosalía de Castro se lamenta del triste sino de sus hijos. El que remita a la cuna como el inicio de su desgracia, se interpreta como que el mero hecho de nacer, de ser humano, sentencia a sus hijos a esa misma angustia de la vida consciente que ella experimenta: “En su cárcel de espinos y rosas  / cantan y juegan mis pobres niños, / hermosos seres, desde la cuna / por la desgracia ya perseguidos”. (103, 1-4)

Por su parte, en el poema “Phocas, el campesino”, Darío atribuye al “fatal pensar” el dolor que sufre su hijo de pocos meses. También para este poeta, es desde el nacimiento (“en apenas escasos meses de vida”) que el hombre empieza a sufrir y sin remedio. Por ello, la calificación de “fatal” para la vida en el verso 10. Precisamente es a través de este adjetivo que el poeta aúna pensamiento y vida (versos 4 y 10), por lo que podemos interpretar como atributo esencial de esa vida “fatal” (desgraciada), el pensamiento consciente:

Phocas el campesino, hijo mío, que tienes,

en apenas escasos meses de vida, tantos

dolores en tus ojos que esperan tantos llantos

por el fatal pensar que revelan tus sienes […]

Sueña, hijo mío, todavía, y cuando crezcas,

perdóname el fatal don de darte la vida

que yo hubiera querido de azul y rosas frescas; (Poesía, 279, 1-4; 9-11)

No obstante, podemos percibir una diferencia entre el poema de Rosalía y el de Darío. La primera no deja lugar para la esperanza, pues el poema acaba reiterando la idea expuesta en los primeros versos, la de que los niños son cautivos de su naturaleza humana: “¿adónde llevaros, mis pobres cautivos, / que no hayan de ataros las mismas cadenas? (“25”, 104, 25-26). Mientras que Darío ofrece una oportunidad al optimismo: quizás la futura generación (personificada en su hijo) podrá hallar sentido a la vida, aunque su propia generación no pueda hacerlo: “pues tú eres la crisálida de mi alma entristecida, / y te he de ver en medio del triunfo que merezcas / renovando el fulgor de mi psique abolida” (Poesía, 279, 12-14). 

A este sentimiento de angustia, contribuye, no sólo la incertidumbre por desconocer el objetivo de su vida, sino también la conciencia de que se encuentra sometida a un límite temporal, pues la muerte siempre acecha. Rosalía de Castro se lamenta de la muerte y del misterio que ésta representa, así como de la contradicción entre el extraordinario potencial humano y el plazo limitado que se le concede para desarrollarlo. Estas preocupaciones resultan centrales en su libro En las Orillas del Sar, lo cual se pone de manifiesto en versos como los siguientes: “¿Qué somos? ¿Qué es la muerte?” (“5”, 77, 13), “¿Es verdad que todo / para siempre acabó ya?” (“4”, 76, 21-22), “el loco pensamiento sueña y cree / que el hombre es, cual, los dioses, inmortal” (“6”, 79, 9-10), “[soy] nada, en fin…, y que al cabo en la nada / han de perderse mis restos” (“63”, 139, 9-10), “¡Morir! Esto es lo cierto, / y todo lo demás mentira y humo…” (“104”, 169, 17-18).

Sin embargo, llega un momento en que, para la poetisa, el dolor de la existencia resulta superior al miedo a la muerte. De ahí, que ésta se presente como medio para lograr el descanso frente a la angustia que la vida provoca en el ser humano. Como indica Mayoral en su ensayo sobre la poesía de Rosalía, igual que ha deseado ser piedra, es decir, insensible, ahora desea la muerte, como “otra forma de descansar del peso de la vida” (312). Así se pone de manifiesto en los siguientes versos de En las orillas del Sar: “hoy bebiera anhelosa / las aguas del olvido, que es de la muerte hermano” (“2”, 72, 92-93), “en mis entrañas tanta hiel / que pienso con placer que ella, la eterna /  ha de pasar también. (“37”, 113, 8-10), “Yo ansío de la muerte / la soledad terrible” (“104”, 7-8).

Tan intensa resulta esta angustia vital que algunos de sus poemas llegan hasta el tema tabú del suicidio. Por ejemplo, en la obra En las orillas del Sar, manifiesta la atracción que representa para ella la muerte en el mar: “Del mar azul las transparentes olas/… pienso que me llaman, que me atraen / hacia sus salas húmedas” (“62”, 1, 7-8); o describe actos de suicidio: “por el vacío envuelto, / y en él queriendo hundirse / fue a estrellarse en las rocas” (“67”, 146, 16-17 y 19). Y en Follas Novas, expone su defensa del suicido como forma de liberación de la aflicción de la vida: “¿Por qué, Dios piadoso, / por qué llaman crimen / ir en busca de la muerte que tarda, / cuando a uno esta vida / le cansa y le aflige?” (O.P.B., 187, 1-5)

Por su parte, Darío percibe la muerte con miedo pues representa el final de lo conocido. Pero ante ella, en lugar de la rendición como Rosalía de Castro, opone la resistencia a través del arte. Así, en diversos poemas habla de su lucha contra la muerte a través de su labor poética. Por ejemplo, los versos finales de “Yo soy aquel que ayer no más decía” explican cómo “con el fuego interior todo se abrasa; / se triunfa del rencor y de la muerte” (Poesía, 247, 114-15). Este fuego interior que actúa como arma contra la muerte es el arte que habita en el poeta, si atendemos a los versos previos en que ha venido explicando su dedicación a la poesía: “Tal fue mi intento, hacer del alma pura / mía, una fuente sonora” (102-03), “Del crepúsculo azul que da la pauta / que los celestes éxtasis inspira” (106-07). También en “Helios”, la llegada del dios “padre del Arte” representa la victoria de la poesía sobre la muerte: “¡Helios!, tu triunfo es ése, […]. Abres todos los nidos, cierras todas las tumbas” (Poesía, 259, 30 y 41).    

No obstante, ha de tenerse en cuenta que, la muerte no es unívoca en Darío. Como señalan Acereda y Guevara, “death is thus a bifacial theme in Dario” (164). No representa sólo el misterio y terror a lo que pueda existir tras ella, sino que aparece como el umbral a través del cual acceder al conocimiento final sobre la vida, lo que Aguado-Andreut llama “la muerte como señal-límite, se sitúa ésta entre la vida y la eternidad” (199). Por esta razón, en la poesía de Darío, puede reconocerse también “an impetus for death since he believed that at the end, everything would agglutinate and ultimately through death one might only then fully live” (Acereda y Guevara, 164). Por ejemplo, en el final del poema “En la muerte de Rafael Núñez”, la llegada del espíritu fallecido al otro mundo presencia la resolución del enigma que es la muerte y que está representado por la esfinge; y esta resolución ocurre, precisamente, de mano de la propia muerte: “y halló al pie de la sacra Vencedora / el helado cadáver de la Esfinge” (Poesía, 264, 15-16).  

De acuerdo a esta interpretación de la muerte, como medio a través del cual resolver el enigma de la existencia humana y otorgarle pleno sentido, sí que puede reconocerse una aceptación de la muerte por parte de Darío. Pudiera pensarse asimilable al anhelo de muerte como medio de alcanzar la paz que plantea Rosalía de Castro, aunque Darío nunca llegará al extremo de desear el suicidio.

Estrechamente vinculada al tema de la trascendencia aparece la cuestión religiosa. Al fin y al cabo, uno de los propósitos de la religión es proporcionar a sus creyentes la seguridad en una vida posterior a la terrenal. Sin embargo, a partir del siglo XIX, la confianza en la religión como sistema que dé sentido al mundo y a la existencia humana, se ha debilitado. Las respuestas provenientes de la religión tradicional ya no resultan suficientes. La lucha entre razón y fe subyace a la experiencia religiosa de Rosalía de Castro y Rubén Darío, aunque este último conseguirá unificar ambas en un sistema religioso propio.

Marina Mayoral comenta lo complejo y contradictorio de la religiosidad de Rosalía de Castro, reflejo de “su espíritu torturado”, pero también fuertemente influenciada por las presiones sociales del entorno y por su percepción de la religión como elemento de vinculación con la tradición regional (60). No obstante, junto al intento de mantener sus lazos con la tradición, es decir, con el pasado idealizado, representados por el catolicismo tradicional, está presente en Rosalía un fuerte escepticismo religioso. Peñas-Bermejo señala este rasgo como “la parte más original de su actitud existencialista” (178).

El poema “5” de En las Orillas del Sar (77-78) expone la raíz del escepticismo en Rosalía: la duda sobre la trascendencia y el consecuente sufrimiento que para el ser humano esto supone. Pero el rasgo más interesante se halla en el cambio de lo que, en un primer momento, es duda dirigida a Dios (“¿qué es al fin lo que acaba y lo que queda?”) para transformarse en un ataque cuando Dios no responde: “¿Es verdad que lo ves?” (19). Para Rosalía, resulta incomprensible que exista un Dios que permite su “horrible sufrimiento” (17). Y, tras la duda, la afirmación, la constatación, de que Dios nunca va a responder: “siempre mudo / e impasible el divino / rostro del Redentor” (27-29), “Silencio siempre” (31), “despoblado el cielo” (39), “en mil pedazos roto / mi Dios, cayó al abismo” (43-44). Y con esta constatación, Rosalía afirma su escepticismo.

Pero esto no significa la inutilidad de la religión. De igual forma que acepta la nada que es la muerte por lo insoportable de la angustia que representa la vida, también acepta la mentira que, para ella, supone la religión, como otro medio de paliar esa angustia. La religión representa para ella el autoengaño, otra forma que hace más tolerable la vida: “vuelve a mis ojos la celeste venda / de la fe bienhechora que he perdido” (21-22). Rosalía parece moverse en un mundo en blanco y negro, con escasas opciones: autoengaño religioso o la angustia del ateismo.

Por el contrario, Rubén Darío es capaz de imaginar distintas alternativas a su escepticismo. Aún partiendo de un origen común, la duda sobre la trascendencia y la existencia de Dios, se transformará en conciliación, en la forma de lo que Anderson Imbert denomina el sincretismo religioso de Rubén Darío. Ward pone de manifiesto en su artículo “El pensamiento religioso de Rubén Darío” el modo en que este autor supera las religiones dualistas, caso del cristianismo tradicional, para configurar una concepción personal de la religión más acorde con la mentalidad del hombre moderno.

Una religión dualista, según Ferrater Mora, citado en el artículo antes mencionado, es “toda doctrina metafísica que supone la existencia de los dos principios o realidades irreductibles entre sí y no subordinables, que sirven para la explicación del universo” (364). Tanto el cristianismo, como el pitagorismo, sistemas religiosos que subyacen al sistema de creencias de Darío, son religiones dualistas basadas en la oposición de dos principios. En el caso del cristianismo, el Bien (presencia de Dios) y el Mal (ausencia de Dios). Por su parte, Ward, también citando a Ferrater Mora, expone cómo el pitagorismo “opone lo perfecto a lo imperfecto, lo limitado a lo ilimitado, lo masculino a lo femenino, etc. y hace de estas oposiciones los principios de la formación de las cosas” (364).

Éstas son religiones de tipo dualistas que se hallan presentes en la poesía de Rubén Darío en la oposición entre cuerpo y espíritu, entre el bien y el mal, o entre lo femenino y lo masculino. Por ejemplo, en el poema “El reino interior” se expone la dualidad del alma del poeta encerrada en la torre que representa a su cuerpo: “Mi alma frágil se asoma a la ventana obscura / de la torre terrible en que ha treinta años sueña” (Poesía, 225, 10-11); también la dualidad virtud-vicio representada por las princesas y los príncipes: “Y esas bellas princesas / son las siete Virtudes” (226, 39-40), ”esos siete mancebos. Y son los siete vicios” (226, 56-57). Aunque, en los últimos versos, se unifican todas (cielo-tierra, princesas-príncipes, espiritualidad ¾“blancos velos”¾ y sensualidad ¾“brazos rojos”) a través de la repetición de estructuras y palabras: “Y en sueño dice: ¡Oh, dulces delicias de los cielos! / ¡Oh, tierra sonrosada que acarició mis ojos! / ¾¡Princesas, envolvedme con vuestros blancos velos!  / ¾¡Príncipes, estrechadme con vuestros brazos rojos!” (Poesía, 227, 76-79).

En el poema “Por el influjo de la primavera” vuelve a aparecer la dualidad cuerpo-alma. El cuerpo se relaciona con la sensualidad a través de las referencias al fauno, la rosa y el color rojo, mientras que el resto hace referencia al alma: “Despertó un fauno bicorne / tras un alma sensitiva” (Poesía, 267, 4-5), “¡Rosa roja! ¡Palio azul! / ¡Y todo por ti, oh alma! / ¡Y por ti, cuerpo…” (Poesía, 268, 45-47). El hecho de que aparezcan en pares opuestos pero insertos en estructuras similares nos hace interpretarlo como una muestra de que el poeta consigue unir ambos conceptos en este poema a través de la “idea, que los enlazas” (48).

Así, comprobamos que Darío no se queda en el nivel de dualidad, sino que consigue una síntesis, su sincretismo religioso. Ward relaciona esta visión unificada de Darío con la adaptación que del panteísmo realiza este poeta. Gracias a este sistema religioso, Ward explica que Darío superara las oposiciones presentes en el resto de religiones a las que recurre previamente: “así como el Dios masculino del cristianismo tradicional no era suficiente para el espíritu profundo de Darío, tampoco lo era el Dios cristiano aliado con el Gran Maestro, Director de la sinfonía celestial” pitagórica (371). Por ello, logrará la armonía del cosmos en la idea panteísta de la armonía terrestre (Dios y el mundo son la misma cosa), “que tiene como elemento fundamental el erotismo carnal” (373).

La mujer ofrece a Darío la oportunidad de alcanzar lo divino a través del acto sexual. De ahí, la divinización del cuerpo de la mujer en, por ejemplo, su poema “Carne, celeste carne de la mujer”, ya que “en ella está la ciencia armoniosa, / en ella se respira / el perfume vital de toda cosa” (Poesía, 280, 11-13); y gracias al sexo, se puede soportar la conciencia de la muerte y la incertidumbre de la inmortalidad del alma: “¡Porque en ti existe / el placer de vivir hasta la muerte / ante la eternidad de lo probable!…” (43-45); “Nada mejor para cantar la vida / y aun para dar sonrisas a la muerte, / que la áurea copa en donde Venus vierte / la esencia azul de su viña encendida” (“Balada en honor de las musas de carne y hueso”, Poesía, 353, 1-4)  Es en el sexo, representado por el cuerpo de la mujer, donde Darío consigue la síntesis de su pensamiento religioso, superando las dualidades de las religiones tradicionales, y con ello, la lucha contra Dios del hombre moderno.

Esta alternativa resultaría un imposible para Rosalía de Castro, cuya poesía se caracteriza por definir el amor sexual como algo que mancha y deshonra, especialmente, a la mujer, como también comenta Mayoral. Por ejemplo, el poema “Margarita”, incluido en En las orillas del Sar, describe una pasión amorosa que acaba en desgracia, pues la mujer es abandonada tras entregarse a su amante. A lo largo del poema este amor se relaciona con la traición del honor familiar, la oscuridad, la culpa de la mujer y su abandono y vergüenza final. La pasión se describe como “la implacable fiera” (83, 3) y el despertarla equivale a una pérdida segura para la mujer: “¡adiós gloria y honor, reposo y dicha!” (83, 6).  El poema acaba con los siguientes versos: “¡Ah! Cuando amaba el bien, ¿cómo así pudo / hacer traición a su virtud sin mancha, / malgastar las riquezas de su espíritu, / vender su cuerpo, condenar su alma?” (85, 51-54)

En ellos podemos comprobar que, para Rosalía, las dualidades virtud-pecado, cuerpo-alma se mantienen siempre en oposición. El espíritu siempre resultará superior al cuerpo, pues entregarse a lo que éste desea, significa perder lo más valioso: el alma, el espíritu.   

La lectura de la poesía de Rosalía de Castro y de Rubén Darío pone de manifiesto la conexión entre dos autores de diferentes épocas y corrientes literarias alrededor de preocupaciones nacidas de la problemática de la naturaleza humana. En ambos se plantea la lucha del hombre por conciliar sus aspiraciones infinitas (de comprender, de trascender) y sus limitaciones (personales y temporales).  

De la constatación de que esta lucha es imposible de ganar surge el horror del abismo y la angustia de vivir que encuentra forma en su poesía. Ante esta angustia, Rosalía hubiera preferido nacer “no humana”, sino piedra o animal. Incluso la muerte y el autoengaño de la fe son aceptables si pueden librarnos del dolor de la vida. Éstas son las opciones que conoce y, por tanto, son aquéllas a las que se aferra. Por su parte, la educación ecléctica, el acceso a un círculo intelectual y la dedicación libre a su arte, permiten a Darío buscar opciones alternativas más allá de las tradicionales: para él la insensibilidad o la muerte nunca serán preferibles a la vida, por mucho dolor que ésta conlleve, por lo tanto, el suicido queda excluido. Asimismo, mediante su particular concepción religiosa, consigue adaptar los preceptos de las religiones tradicionales hasta hacerlos aceptables por la razón moderna: Dios ya no es un ente fuera del mundo, sino que está en el mundo y en el ser humano, hombre y mujer, y a través de la unión sexual de ambos se accede a lo divino.  

En definitiva, hemos podido constatar que una línea de pensamiento alrededor del difícil ser del ser humano une la poesía de Rosalía de Castro y de Rubén Darío, y que cada uno se enfrentará de diferente forma a esta problemática de la existencia y a la angustia que conlleva: aceptación estoica, en el caso de Rosalía, rebeldía consciente y esperanza en futuras generaciones, en Darío.  

Ana María López-Aguilera. University of Nebraska-Lincoln

Notas:

[1] De aquí en adelante, se utilizará la abreviatura O.P.B.. para referirse a esta obra.

Obras citadas:

Acereda, Alberto y Guevara, Rigoberto. Modernism, Rubén Darío, and the Poetics of Despair. Dallas: U.P. of America, 2004.   

Aguado-Andreut, Salvador. Por el mundo poético de Rubén Darío. Guatemala: Editorial Universitaria, 1966.

Anderson Imbert, Enrique. La originalidad de Rubén Darío. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1967.

Castro, Rosalía de. En las orillas del Sar. Ed. Marina Mayoral. Madrid: Castalia, 1985.

—. Obra poética. Edición bilingüe. Ed. Benito Varela Jácome. Barcelona: Bruguera, 1972.

Darío, Rubén. Poesía. Ed. Ernesto Mejia Sánchez. Caracas: Ayacucho, 1977.

Mayoral, Marina. La poesía de Rosalía de Castro. Madrid: Gredos, 1974.

Peñas-Bermejo, Francisco. “El talante existencial de Rosalía de Castro”. Letras femeninas 22.1 2: 165-87.

Ward, Thomas. “El pensamiento religioso de Rubén Darío: un estudio de Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza”. Revista Iberoamericana 55.146-147:363-75.

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