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Manuel Machado, “Caprichos” y su engarce con “El Mal Poema”

15 11 2009

MIGUEL ÁNGEL BAAMONDE. “El Mal Poema” viene a ser en la obra total de Manuel Machado algo así como un final. Final buscado conscientemente por lo que respecta a una época, la del Modernismo, que inició la brillante apertura poética del pasado siglo.

Final o término, porque Manuel Machado empieza, a partir de un determinado año cercano a la composición de El Mal Poema, a acusar un cierto cansancio vital; también poéticamente queda manifiesta esa laxitud, o agotamiento, que encontrará su adiós, no definitivo por fortuna, en esa otra confesión espiritual que es su “Ars moriendi” de 1921. A partir de este título, el resto de su obra poética no es más que sobrevivencia, una larga etapa en la que el poeta rezaga intencionadamente una decadencia progresiva que alcanzará sus cotas más bajas en ese último libro que es “Cadencias de cadencias”, en el que la lado de viejos poemas de sus primeros años y libros semiolvidados figuran  otros de creación última que no son precisamente clarificadores de la gran poesía que le dio justificado renombre.

Después de Ars Moriendi el poeta elige otros caminos, entre ellos el teatro en colaboración con su hermano Antonio, alejándose cada vez más de la poesía, aunque mantenga su relación con ella a través de poemas más o menos circunstanciales, y sin ánimo alguno de publicación, ya que como dice Pérez Ferrero: Lejos del prodigio adolescente, del genio vetusto, igualmente lejos de ambos, estima que el callarse es una oportunidad [1] hasta que el poeta-impresor Manuel Altolaguirre, en 1935 lo convenza de que su deber como poeta es publicar todo aquello que permanece inédito. Y así nace esa especie de coletánea de poemas que es Phoenix, no sin cierta resistencia por parte de Manuel Machado que, a la insistencia del poeta-impresor, acaba por ceder [2].   

Naturalmente, no todo es denotativo de una decadencia; hay, desde ese Phoenix renaciente hasta ese último “Horario. Poemas religiosos”, libro ya póstumo y que acoge la mayoría de su poesía religiosa ya publicada, más tres villancicos nuevos, relámpagos de gran poesía,  que vienen a decirnos que todavía la vena poética que hizo de él uno de los nombres fundamentales de la poesía inicial del siglo, no se ha apagado de forma total, pero ya sin la chispa genial que propicia el paso a otro título de importancia, como los publicados a lo largo del primer cuarto del siglo. 

Pero no es momento de señalar defectos, escasos por cierto y ceñidos a esa última época, sino de subrayar aciertos y centrarnos en el que se considera su mejor período; el que abarca los tres primeros libros: Alma, Caprichos y El Mal Poema, que cierra el ciclo, posiblemente más espléndido del poeta.

Alma es el título que abre el camino, en el año 1902, pues aunque la edición carece de fecha es la que con más posibilidades cuenta, tras la publicación previa de algunos de sus poemas en la revista Electra, primera de las muchas manifestaciones juveniles, de 1901. Atrás quedan aquellos primeros tanteos al alimón con Enrique Paradas, desperdigados en La Caricatura y los libros que firmaron juntos: Tristes y Alegres y & Versos, título por demás ambiguo y discutible [3], que algunos críticos y editores del poeta dieron en retitular Etcétera, sin base alguna que lo justifique [4].

A Alma le continúan, en 1905 un segundo libro: Caprichos; el poema taurino La Fiesta Nacional, de 1906; y una recopilación de todo lo anterior: Alma, Museo, los Cantares, en 1907, libro en el que Manuel Machado inicia esa costumbre de reestructurar todo lo anterior, recomponiendo contenidos y trasladando poemas de un título a otro [5]; cierra el ciclo, El Mal Poema, de 1909, que no supone solamente la cancelación de un ciclo poético y la apertura hacia un nuevo modo de concebir la poesía, sino también vital, al dar a su forma de vida un sesgo casi radical, diciendo adiós a la bohemia y entrando de lleno en la carrera del funcionariado.

¿De donde le proviene a Manuel Machado, hombre vitalista por excelencia, ese deseo de cambio de rumbo en su forma de vivir? ¿Cuándo, aproximadamente, pues es del todo imposible concretar fecha, empieza Manuel Machado a sentir en sí ese spleen –para decirlo con expresión muy de la época- que lo lleva a abandonar su estilo de vida tanto como su muy personal forma de poetizar? 1909 es, en el entorno familiar, un año especial. En ese año se casa su hermano Antonio y Barcelona vive su Semana Trágica, que lo sorprende en esa capital. Por cualquiera de sus dos biógrafos, Pérez Ferrero [6] y Gordon Brotherston [7], sabemos que los sucesos de Barcelona dejaron huella en él, posible testigo de brutalidades inesquivables, como que el matrimonio de su hermano lo persuade al casamiento con su novia de siempre, Eulalia Cáceres, prima suya por parte materna [8].

Así pues, ateniéndose a lo anterior, conviene precisar que se trata de un proceso lento, muy dilatado en él, como si realmente estuviese oponiendo resistencia a abandonar esa agradable bohemia en la que se mueve por otro estilo de vida que en primera y directa impresión ha denostado y que, por lo mismo, no ha de resultarle –salvo por lo que pueda concernir a su matrimonio- excesivamente halagador. Porque si Caprichos, tres años posterior a Alma, señala, como se ha apuntado, el inicio del cambio, éste ha tenido que irse fraguando a lo largo de ese periodo intermedio entre ambos libros, dado que nada surge repentinamente, sino tras un largo período de creación y meditación, así como de tanteos y dudas en el proceso creador; baste aceptar con buen criterio el hecho de ese proceso de creación poética, posiblemente imperceptible en su momento para el propio poeta, pero que, inexorable, va señalando el día a día de su desarrollo.

Cualquier conocedor de la obra manuelmachadiana percibe de inmediato el cambio, sin necesidad de llegar hasta El Mal Poema, ya que Caprichos señala con claridad el momento en el que éste da comienzo, situándolo con una cierta anterioridad al titulado Domingo, que deja clara la orientación que el poeta va a seguir en adelante.

Caprichos consta de dos partes muy diferenciadas y que parecen responder a la acertada definición que establece Dámaso Alonso en su trabajo Ligereza y gravedad en la poesía de Manuel Machado [9], donde delimita con agudeza crítica la diferencia que separa el poetizar de los dos hermanos: “Su hermano Antonio era pozo, hondura, agua adensada en sombra; Manuel Machado gracia, impulso, fuente, surtidor, Subía al cielo, salía a la calle rumorosa, subía, / bajaba, / charlaba,se irisaba al cortar soles dardeantes. Pero también como surtidor que salta, que quebraba a las rachas, alanceaba morados sombríos, atravesaba noches. No; por algo el poeta nos cuenta que el surtidor subía, / bajaba, / charlaba… Y nadie sabía / lo que decía”. [10]. Casi de inmediato, añadía que la característica esencial de esta etapa es el garbo, que pasa a definir como algo peculiarmente español, pues aunque se trata de un italianismo, adquiere carta de españolidad [11], ya que incluye el brío y la desenvoltura (…) Garbo es la elegancia animada con fuerte vitalidad. Para concluir que por debajo del garbo, es decir, más en lo hondo, hay una última elegancia inmovil de lo español: Adelfas, Felipe IV [12].

No es preciso ir muy lejos para apreciar ese garbo que tan certeramente señala Dámaso Alonso. Está en los primeros poemas de Caprichos, como ineludible continuación a los anteriores de Alma, libro muy unitario en el que sin embargo confluyen al lado de poemas como Castilla, el ya mencionado Felipe IV, o incluso Oliveretto de Fermo, otros como Eleusis, Figulinas o El jardín gris, que nada tienen que envidiar a los anteriores, más formales en su construcción por más atentos a los principios de la Preceptiva. Pero en Alma unos y otros se entremezclan, formando un todo equilibrado y que no sugiere mensaje alguno de cansancio, abandono o aburrimiento de un modo de vivir. Va a ser en ese segundo libro, Caprichos, donde se perfilen de forma muy clara esas inquietudes al dividirse en dos partes diferenciadas y en las que con claridad se perfila esa separación, que se realiza de forma muy equilibrada al situar la frontera de la misma a mitad del libro.

Pero conviene caminar despacio y ver en detalle lo sostenido en el párrafo anterior. La primera parte de Caprichos mantiene todo el aspecto de un juego; es una poesía saltarina, alegre, ligera en su forma, conscientemente trivial, dentro de un movimiento rítmico que él domina a la perfección, y que ya se había manifestado en su libro anterior, en esas ingravideces tituladas Encajes, Gerineldos, Figulinas…: “Los placeres / van de prisa: / una risa / y otra risa, / y mil nombres de mujeres / y mil hojas de jazmín / desgranadas / y ligeras… / (…) / Al llegar la tarde, / pobre pajecillo, / con labios de rosa, / con ojos de idilio; / al llegar la noche, / junto a los macizos / de arrayanes, vaga, / cerca del castillo. / (…) / ¡Qué bonita es la princesa! / ¡Qué traviesa! / ¡Qué bonita! / ¡La princesa pequeñita / De los cuadros de Watteau! / (…)”. O en esa especie de desafío a las convenciones sociales que es Antífona, que ya solo en su título adelanta el espíritu de la rebeldía juvenil del momento, contra todo el conformismo anterior.

¡Hetairas y poetas somos hermanos!

El Modernismo, escuela en la que milita con todo su entusiasmo juvenil Manuel Machado, irrumpe en la poesía española como un viento devastador, adelantándose a las vanguardias posteriores, pero dejando huella bastante más perdurable que éstas, dado que su credo no es de ruptura sino de cambio. A su lado muy poco tienen que hacer los valetudinarios poetas últimos de la anterior centuria, la mayoría acogidos a un lenguaje altisonante y pomposo, que no supieron percibir la imperativa renovación de la poesía, consistente en encontrar un estilo menos acartonado, inclinado hacia la llaneza del verso, cuya primera muestra en los albores del nuevo siglo está ya en Soledades de Antonio Machado, y formulado por Campoamor, aunque con nulos resultados en su realización material.  Muestras hay, y bastantes, de lo que se afirma, y quizá una de las más características sea la muy repetida Oda al Dos de Mayo, de Bernardo Lopez García, de la que el exquisito y puro Juan Ramón Jimenez solo salvaba una única línea: “que el sol indio tornasola”. [13]

De todo ese pasado Manuel Machado ha aprendido la lección y frente a un potencial peligro de anclarse en las sonoridades modernistas, como les va a ocurrir a otros (Villaespesa es un claro ejemplo de ese temor), opta por el cambio; un cambio total, completo, que no solo se ciñe a la obra, sino también a la forma de vivir. Y tantea, prueba, hasta la confirmación del deseo, pero sin renunciar a toda la herencia acumulada por el tiempo. 

Así, si bien no de forma directa, las citadas composiciones de Alma son deudoras, al menos en su atmósfera, de los viejos romances recopilados por su buen tío Agustín Durán; la huella se mantiene, tanto por el contenido como por la forma, en este siguiente libro, pues en él leemos poemas con viejos resabios del Romancero como algunos de los acogidos al título común de Mujeres: “… Al rincón el fuego, / sentada, la hija / -soñando en los libros / de caballerías-, / con sus ojos garzos, / ve morir el día / tras el horizonte…. // Parda y desabrida, / la Mancha se hunde / en la noche fría”, donde, sin embargo, ya en el último de los que acoge -Ruth- comienza a percibirse ese cambio que hasta el momento, y a lo largo de una primera lectura, no se ha manifestado en absoluto, pues ni siquiera la armazón sonetística del doble soneto Primavera, da pista alguna para sospecharlo.

¿Por qué ese cambio cuando en 1905 Manuel Machado está todavía muy lejos de acusar ese spleen que lo conducirá a darle nuevo rumbo a su vida? Es más que probable que de lo que realmente esté cansado no es de vivir, sino de volcarse en una poesía que si bien hasta el momento no le ha causado más que satisfacciones y que es, en realidad, un fiel reflejo de sus sentimientos acordes con el momento que vive –Vino, sentimientos, guitarra y poesía…-, no acaba de sentir como totalmente suya. Siente que él puede dar, y decir, algo más que el contenido externo de esas dos entregas que hasta el momento recogen todo su caudal; ya empieza a acusar ese hartazgo del Modernismo que lo va a llevar hasta la renovación y la renuncia; no es ya el sonoro verbo rubeniano el que prima y aunque la amistad se mantiene sobre todo lo demás, se va encontrando cada día más alejado de los jardines, las princesas y las decadentes marquesas de Era un aire suave…; la desazón, esa desazón que siente anidar en su interior, le aleja de esas musicalidades del nicaragüense tanto como de las de Villaespesa y otros cultivadores de la escuela.

En realidad a Manuel Machado le atrae esa otra poesía que asoma ya en los poemas de su hermano Antonio, dentro de esa primera entrega de Soledades; lo manifiesta claramente años después en ese imprescindible libro, para intentar comprender esa mudanza, titulado La Guerra Literaria, cuando escribe sobre su hermano que lo tengo por el más fuerte y hondo poeta español, (que) trabaja para simplificar la forma hasta lo lapidario y lo popular [14]. Aunque correspondiente a años posteriores, como se ha indicado, en este elogio a su hermano Antonio, Manuel está justificando esa evolución, en la que también va a cosechar éxitos, en ocasiones tan rotundos como el que se corresponde con Cante Hondo, ese libro de coplas cuya primera edición se agotó el mismo día de su salida al mercado, y que supone un retorno a las propuestas populares patrocinadas por su padre.

Rafael Alarcón Sierra, en su interesante trabajo Manuel Machado: cien años de El mal poema, señala el soneto titulado Domingo, como el primer apunte de ese giro anunciado [15]; desde luego nos aleja de ese mundo que ha conformado tanto Alma como gran parte de Caprichos, pero sin menoscabo de esa señalización como punto final de lo anterior y arranque de lo que se pretende, creo que existe un terreno fluctuante en el que ambas tendencias comparten la inquietud del poeta; comienza, a mi modo de ver con el último de los retratos de Mujeres, en el que se recrea la figura bíblica de Ruth, que da título al soneto, alternando contenido y títulos que resultan bastante clarificadores de la nueva tendencia que empieza a dominar en su quehacer. Por ejemplo esa Despedida a la luna, en donde dice claramente que: “Volví de París, en fin, / donde nos hemos querido, / y he puesto ya en el olvido / mis venturas de Arlequín”; o La buena canción, donde trata de recuperar, aunque tardará algunos años todavía en llevarlo a la realidad, ese primer amor que ha vivido en su Sevilla natal y que sabe que, paciente y enamorada, lo espera todavía: “¡Y un amor solo y grande: aquel primero /  que floreció en la senda, tan seguro / que aguarda siempre y, sin quemarnos, arde!… / ¡Aquel primer amor, que fue el lucero /  de la mañana y brilla ahora tan puro / en la seda tranquila de la tarde!”

Son ráfagas inquietas que empiezan a apuntar el nuevo camino que, ya impaciente, lo asalta una y otra vez, como si ya le pesase el pasado modernista.

Pero todavía tienen que transcurrir algunos años desde este Caprichos que ya apunta, hasta alcanzar su plenitud en El Mal Poema, que llega en el momento justo, cuando ya el Manuel Machado que antes que un tal poeta, mi deseo primero/ hubiera sido ser un buen banderillero siente en su fuero interno que debe ya sentar la cabeza, contraer matrimonio con quien lo espera desde siempre tras la reja sevillana y asegurar su inmediata forma de vivir.

Y así, lo expresa, de forma tan clara que no deja lugar a duda alguna, en los versos de ese libro que, si es de despedida, también lo es de apertura a un nuevo sentir poético: “Yo, poeta decadente, / español del siglo veinte, / que los toros he elogiado, / y cantado las golfas y el aguardiente… / (…) / Harto estar un poco debo; / ya estoy malo, y ya no bebo / lo que han dicho que bebía”; hasta llegar, tras un ir pasando por todo ese mundillo marginal que menciona y ve tras una cierta atmósfera de pesadilla que se concreta en La canción del alba: “El alba son las manos sucias, / y los ojos ribeteados / y el acabarse las argucias / para acabar encantados”, a alcanzar, como un deseo anhelado, esa ¡Paz! que no encierra otro deseo que el descanso; un descanso que acoge en sí el nuevo rumbo que desea dar a su vida: “¡Qué harto estoy de luchar!… Tirar a un lado / el puñal, el revólver y la espada, / y el mentir y las uñas aceradas, / y la sonrisa falsa y el veneno… / ¡Y ser un día bueno, bueno, bueno!”.

Pero este cambio, ese deseo de concluir y llegar a ser bueno, como desea en este último verso, conlleva en ello toda una renovación de actitud, y no solo de índole vital y moral, sino también formal en su poesía. Y como todo buen poeta, Manuel Machado va creando un libro totalmente nuevo que, como tal novedad, no pretende que encaje dentro de los cánones ya establecidos; supone esto, naturalmente, un nuevo luchar para conquistar el puesto que, todavía sin dueño, espera a quién llegue hasta él.  De ahí esa autocrítica que en forma de carta a Juan Ramón Jimenez, el más puro de los modernistas, le dirige al presentarle el nuevo libro: Habrás recibido El mal poema, por el que te suplico que no me quieras del todo mal. Conozco la delicadeza de tu espíritu y sé que te chocan ciertas trivialidades y malsonancias de que por desgracia está lleno nuestro vivir [16]. Una justificación al defensor de la pureza poética por el regalo de un libro tan a ras de tierra.

Desconozco si Juan Ramón Jimenez supo apreciar la valía del esfuerzo y la valentía que encerraba ese cambio casi radical en la poesía de Manuel Machado [17]. Y sin embargo, en ese intento novedoso, que no todos intentaron realizar, radica la grandeza de Manuel Machado como poeta.

Y es de justicia el señalarlo, ahora que las razones simplificadoras, por partidistas, de anteriores decenios comienzan a dejar sitio a una más objetiva visión de su quehacer.

Miguel Ángel Baamonde.

Notas:

[1] Vida de Antonio Machado y Manuel; Colección Austral, Espasa Calpe Argentina, Buenos Aires 1952; pág. 154.

[2] Lo cuenta con acierto Pérez Ferrero, que concluye la información con diálogo posiblemente recreado por el propio poeta narrador: El joven poeta –Manuel Altolaguirre- acude a la tertulia especialmente a ver a Manuel Machado. Su perspicacia averiguó que Manuel tenía labor inédita pero que, fiel a su despedida del público en Ars moriendi, no quería darla a las prensas. (…) pero al fin, a fuerza de tesón, lo logra. (…) –El poeta ha muerto –afirma Manuel- y no tiene por qué resucitar. –El poeta –replica su contradictor- es como el ave fénix; resucita siempre cuando es un poeta verdadero como usted. Surge, pues, de su misma muerte. –Entonces, ya que usted se empeña –concede Manuel-, el libro se titulará Phoenix. MPF: Ob. cit.; págs. 197-198.

[3] Puede consultarse a este respecto, lo que dice sobre el mismo Luisa Cotoner Cerdó en su Génesis y evolución de los libros modernistas de Manuel Machado (EUB, Barcelona 1996; págs. 21-23), que no obstante la limitación temporal del título, abarca la totalidad de la obra poética de Manuel Machado.

[4] Luisa Cotoner: Ob. cit.; pág. 22. 

[5] Ver en Luisa Cotoner: Ob. cit.; pág. 145, la confirmación de lo que aquí se sustenta.

[6] Vida…; págs. 95-104.

[7] Manuel Machado, Ediciones Taurus, Madrid 1976; pág. 47.

[8] No he podido aclarar la genealogía de Eulalia, aunque sí determinar que el parentesco es por la parte de la madre de Manuel, Ana Ruiz, prima de su madre.

[9] En Poetas españoles contemporáneos; Biblioteca Románica Hispánica, Editorial Gredos, Madrid 1958; págs. 50-102. 

[10] Ob. cit.; pág. 50.

[11] Ob. cit.; pág. 51.

[12] Ob. cit.; págs. 50-51.

[13] Ver Cuadernos de Juan Ramón Jiménez, edición preparada por Francisco Garfias; Taurus, Madrid 1960; pág. 167.

[14] La Guerra Literaria, Bitácora, Biblioteca del Estudiante; edición a cargo de María Pilar Celma Valero y Francisco J. Blasco Pascual, Narcea S. A. de ediciones, Madrid 1981; pág. 116.

[15] Quizá convenga fechar estos cambios que comentamos a partir de ese 1905 en el que aparentemente todavía se encuentra muy alejado de las inquietudes que los han promovido; es en ese año cuando la juventud modernista manifiesta su inconformismo con los “viejos valores” a través de la protesta contra la concesión del Nobel a José Echegaray. Punto de arranque que el citado Rafael Alarcón Sierra sitúa en ese año, tal como indica el interesante y completo trabajo del Rafael Alarcón Sierra: Entre el Modernismo y la modernidad. La poesía de Manuel Machado (Alma y Caprichos); Diputación de Sevilla, 1909, págs. 389-393: Revueltas estético-ideológicas: “Los intelectuales en campaña”. La Anarquía Literaria, en su Segunda Parte: Caprichos, y en su Apartado número 6; así como el estudio que dedica al mencionado poemario en su edición de Alma, Caprichos, El mal poema; Clásicos Castalia, Madrid 2000, págs. 44 a 53 de la Introducción, así como las 151 a 107 a las que se acoge este segundo libro con las notas al mismo. 

[16]  La guerra literaria, edic. cit.; pág. 166.  

[17] Tampoco supo apreciar el intento del hermano en La tierra de Alvargonzalez, tomándolo por un retroceso en su quehacer poético, y una caída en –como dice- lo castúo, en clara alusión a la poesía de los cultivadores del regionalismo como Gabriel y Galán y Luis Chamizo.

Bibliografía  

Alarcón Sierra, Rafael.- Entre el Modernismo y la modernidad. La poesía de Manuel Machado (Alma, Caprichos); Diputación de Sevilla, 1909.

—. Alma, Caprichos, El mal poema; edición de… Clásicos Castalia, Madrid 2000.

—. Manuel Machado. Cien años de El mal poema; en Magazine Modernista, 27 de Marzo de 2009.

Alonso, Dámaso.- Poetas españoles contemporáneos, Biblioteca Románico Hispánica, Editorial Grados, Madrid 1958.

Brotherston, Gordon.- Manuel Machado, Taurus, Madrid 1976.

Cotoner Cerdó, Luisa.- EUB, Barcelona 1976.

Garfias, Francisco.- Cuadernos de Juan Ramón Jimenez, edición preparada por…, Taurus, Madrid 1960.

Machado, Manuel.- La guerra literaria, edición a cargo de P. Celma y J. L. Blasco, Biblioteca del estudiante, Bitácora; Narcea S. A. de ediciones, Madrid 1981.

Pérez Ferrero, Miguel.- Vida de Antonio Machado y Manuel, Colec. Austral, Espasa Calpe Argentina, Buenos Aires 1953.   

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