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Larreta y los libros

15 11 2009

Ricardo Valerga

“No sé si soy yo quien va soñando o es Ávila quien sueña” (Enrique Larreta)

La génesis de la novela 

En tres pilares basó Enrique Larreta su imperecedera Gloria de Don Ramiro [1]: laboriosidad, desvelo estilístico, búsqueda incansable. En esto último nos detendremos; esto tan infrecuente en la literatura actual; en esta verdad que tan pocos le concedieron. Hubo excepciones, como la de Juan José de Soiza Reilly: “Pudiendo concretarse a dormir como Alí Babá, sobre talegas áureas, trabaja usted en las letras para dignificarse. Se gana usted la vida honradamente. Su pluma luminosa de obrero, avergüenza al “dolce far niente” de los aristócratas.” Gregorio Marañón, por su parte, ve en él un “hombre dedicado a la religión de las letras”

 “Al ponerme a escribir contaba yo con un gran acopio de autobiografías, algunas de las cuales eran entonces casi ignoradas, de crónicas locales, de cartas particulares, publicadas o inéditas, de ejecutorias, de probanzas de limpieza de sangre y hasta de papelotes notariales, hallados, algunos, en los cajoncillos secretos de los contadores o vargueños que me vendían los anticuarios; todo ello agregado al tesoro de las novelas picarescas, desde las más famosas hasta las más desconocidas…” (La naranja

De viaje de bodas recorre Larreta el viejo mundo: Madrid, París, Roma… Sin embargo es en Ávila donde recibe el “golpe mágico”, la iluminación. Aunque aún ignora qué forma acabará tomando la idea, responde al llamado de la inspiración; así sus valijas, sus arcones, se irán llenando de pergaminos, de cronicones donde nombres, lugares, existencias perdidas en el tiempo encenderán su fantasía. Arqueólogo literario, todo es real en La Gloria de Don Ramiro, su autor no ha hecho más que dotar de vida los materiales resultantes de sus búsquedas.  

“…podrán comprobar que, por debajo del filosófico símbolo y alucinada fantasía de mi novela, hay un suelo firme y tan auténtico como el que buscan para sus escritos los historiadores”. (Idem.)            

En Azul, en Buenos Aires comienza la tarea. Prosigue en Europa; en los balnearios, en las fiestas de Biarritz el novelista se mantiene apartado: 

“Junto a ese desenfreno, en medio de las risas y suspiros del frenesí universal, vivían los ascetas del estudio, los monjes de la creación literaria, renunciando a todo lo que pudiera distraerles de su pasión superior. No me fue, pues, difícil a mí mismo seguir ese ejemplo”. (Tiempos iluminados)  

Las fuentes de Larreta son incontables. Entre sus papeles, sus notas, se hallan largos listados de obras cotejadas o por cotejar, libros españoles y franceses, biografías, hagiografías, de historia musulmana, del Perú… Pero ante todo: 

“En una de mis correrías descubrí, en una tienda de libros del Mercado Grande, un libro providencial, sobre Ávila y su tierra, el libro de Carramolino. Ninguna ciudad de España ha tenido cronista tan minucioso. Fue desde entonces mi Libro de Horas, mi Breviario”. (Idem.) 

Se refiere a la obra del diputado abulense Juan Martín Carramolino, que en los años 1872-3 dio a la imprenta su “Historia de Ávila, su provincia y obispado” en tres volúmenes.

Pero no se conforma Larreta con la perspectiva de un contemporáneo. Aquello que sintiera al trasponer las murallas: “No creo que ciudad alguna ofrezca al viajero entrada más emocionante”; desea trasponerlo a los infolios, a las ejecutorias; retornar hacia el pasado no solo en pensamiento, sino con los sentidos.

Va en pos del espíritu de la época; no es la visión del historiador, del científico, sino la del poeta. Así el Torreón de los Guzmanes será siempre para él la casa de Ramiro del Águila y la casona del duque de Abrantes guardará “el balcón de doña Guiomar”.  

“Púseme entonces y por fin a trabajar, movido por un ímpetu incontenible. Era la ballestada del espíritu, tanto tiempo impaciente. Diez y hasta doce horas diarias me lo pasaba borroneando cuartillas”.

“El exceso de trabajo acabó por ocasionarme una grave excitación nerviosa. El ala de la demencia me rozaba las sienes. Escribía ya en un estado de completa alucinación”. (Idem.) 

Trascurrido el rapto, el trabajo, metódico, de pulimento. Allí surge el cincelador, quien, según su discípulo Manuel Mujica Láinez, remozaba palabras relegadas: “No se trata –me decía- de acumular vocablos antiguos, por justos que sean, sino de exhumar aquel, enterrado en el clásico bagaje, que de repente ilumina toda una página”. 

“Cuando después de seis años de continua labor hube terminado mi libro, quise, antes de darlo a las prensas, volver a Ávila, a fin de cotejar pormenores. Sólo dos retoques tuve que hacer como resultado de mis escrúpulos”. (Palabras Hispano – Argentinas, 1948) 

Cumplido el tributo a las musas, regresará Larreta una y otra vez  a la ciudad donde se sintiera “ungido por una inspiración misteriosa”; tal vez en alguna de aquellas visitas soñara como Gerardo ante la Alhambra: “¿Qué será de ti, espectral apariencia, cuando yo deje de verte, cuando te falten mi pasión y mis ojos?”. 

Ricardo Valerga. Biblioteca Museo Larreta (Buenos Aires)

Notas: 

[1] Editada por Victoriano Suárez (Madrid) en 1908. De ella dijo Rubén Darío: “Según mi entender, su novela es la obra en prosa que en América se ha acercado más a la perfección literaria”. 

Obras citadas: 

Larreta, Enrique: Tiempos iluminados, Espasa-Calpe; Buenos Aires, 1939. 

Larreta, Enrique: La naranja, Espasa-Calpe; Buenos Aires, 1947. 

Larreta, Enrique: Gerardo o la Torre de las Damas; Aguilar, Madrid, 1953.

 

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