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Raquel Meller vista por Gómez Carrillo y otros modernistas

14 11 2009

Se acaba de reeditar el libro que el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo le dedicó a su esposa, la actriz Raquel Meller.

Raquel Meller (1888-1962) fue musa para los intelectuales y escritores de inicios de siglo: para los hermanos Alvárez Quintero, Manuel Machado, Benito Pérez Galdós, Jacinto Benavente, Eduardo Marquina, Angel Guimerá,y también para Enrique Gómez Carrillo, que acabó casándose con ella y escribiendo un curioso libro sobre su figura.  Todos la convirtieron en musa de lo popular, porque ella estaba en la frontera entre lo aristocrático y lo plebeyo.

Antón Castro cuenta en El Heraldo de Soria cómo Raquel Meller siempre despertó grandes pasiones. En un joven marinero belga, Peter Moeller, de quien tomaría su nombre artístico; en el pintor Joaquín Sorolla, que le realizó un espléndido retrato en 1918; en el propio Charles Chaplin. Quizá el mayor acto de amor que recibió Francisca Marqués López (Tarazona, 1888-Barcelona, 1962), de artista Raquel Meller, fue el de su primer marido, Enrique Gómez Carrillo (Guatemala, 1873-París, 1927), con el cual se casó en el verano de 1919 y se separó tres años después.

Aquella boda civil en Biarritz tuvo por testigos de excepción a Benito Pérez Galdós y al conde de Romanones. En ese lapso de convivencia, el bohemio, diplomático y escritor guatemalteco redactó un curioso libro titulado sencillamente Raquel Meller, para el que escribió un elaborado retrato de la mujer y la artista, y además logró que un conjunto de intelectuales españoles -desde Manuel Machado a Benavente, desde María Guerrero a Leopoldo Romeo, director de La correspondencia, desde Tórtola Valencia a Mariano Benlliure- definiesen las virtudes de la intérprete en un auténtico torrente de elogios.

La reedición de este libro, fechado entre 1919 y 1922, acaba de inaugurar una nueva colección en el sello Reino de Cordelia de Jesús Egido.

El volumen, ilustrado por dibujos de Carlos Vázquez (1869-1944), lleva un prólogo de José Esteban, que comienza: “Sin temor a equivocarnos, Raquel Meller fue y sigue siendo la más internacional de nuestras artistas de todos los tiempos. Sus triunfos en Europa y América lo atestiguan y certifican”. La define como “cantante, cupletista y actriz del cine español”, y realiza una travesía por su vida.

Raquel Meller residió en Tarazona, Tudela y Montpellier, donde la reclamó una tía para que ingresase en el convento, y luego se trasladó a Barcelona. Trabajó de modista. Gracias a la cantante Marta Oliver, se inició en el mundo de la farándula: primero fue La Bella Raquel, y luego abrazó su nombre definitivo. Inició sus actuaciones en la sala La Gran Peña y en 1911 debutó en el Teatro Arnau. Ya por entonces cantó dos canciones del maestro Padilla, a las que debe su inmortalidad: La violetera y El relicario. El éxito la llevaría a diversos países de Latinoamérica.

En 1917 había conocido a Enrique Gómez Carrillo, de quien la leyenda decía que había sido amante de Mata-Hari. Se casaron en 1919. La luna de miel transcurrió por París, Londres, donde se dice que coincidieron con Aldous Huxley, y por Buenos Aires. No se entendían: tenían caracteres opuestos, ella era dada a la soledad y a la reclusión, él era mundano y seductor.

Después de la separación, rodó Violetas imperiales (1923) y Carmen (1926), su mejor película. En ese mismo año de 1926, Raquel Meller realizó una importante gira por Estados Unidos, “con éxitos en Nueva York, Filadelfia, Chicago, Boston, Baltimore y Los Ángeles -escribe Esteban-. Hacia 1930, Raquel Meller atrajo la atención de Charles Chaplin. El gran cómico quiso incorporarla al elenco de su película Luces de la ciudad de 1931″, pero al final no participó. En 1932 rodó la versión sonora de Violetas imperiales y en 1936 interrumpió el rodaje de Carmen de Triana. Tras la Guerra Civil se casó con el banquero Edmond Saiac (o Demon Sayac), aunque se separaron pronto, trabajó con los vieneses Franz Johan y Arthur Kaps, y murió en el olvido.

El cronista y viajero modernista Gómez Carrillo elogia su “la armonía impecable de su dicción y la ciencia exenta de sus gestos”, y le aconseja que no abandone “el arte ligero”. Agrega: “Su poesía, su armonía, su malicia y su ternura están en su propio ser y resultan siempre originales, siempre admirables, a veces sublimes”. Sus elogios discurren por el desmesurado afecto y la excesiva elocuencia. Dice que encarna “todas las mujeres y toda la mujer, bella de mil bellezas, tierna de mil ternuras, picaresca de las infinitas picardías del instinto y fogosa hasta el punto de parecer, a veces, arder en una llama que la acaricia y la devora. ¡Raquel la innumerable?!”.

Gómez Carrillo finaliza así su breve retrato: “Todo su arte, podemos agregar, es un suspiro, una confidencia, un anhelo íntimo (?) se nota que no canta más que para sí y para su amante.(?) Siendo múltiple e inexplicable, en suma, es siempre ella misma y no es más que ella; es decir, el más armonioso, el más inquietante y el más divino de los misterios humanos”.

El nivel de los elogios se mantiene a lo largo del libro. Manuel Machado escribe este ripio: “Esta Raquel, por su aquel, // por su genio y por su sal, // ha hecho el nombre de Raquel, // una vez más, inmortal”. Para Gregorio Martínez Sierra es la “emperatriz de la emoción”. Leopoldo Romeo va algo más allá y la llama “emperatriz o sol, la única, la incomparable”. María Guerrero tampoco es ajena a este río de alabanzas: “La fuerza enorme de expresión de sus ojos interesa y atrae desde el primer momento. ¡Qué estupenda actriz se ha perdido con esa moda del cuplé en España!”. El libro, con los dibujos de Carlos Vázquez, es un objeto entrañable, muy recomendable para mitómanos.

La virtud de este libro está en que nos acerca a la pasión que profesaron a la artista autores tan influyentes en la época como Manuel Machado, los hermanos Álvarez Quintero, Apeles Mestres, Benavente, Benlliure o Guimerá. “He aquí una mujer menuda y terrible. Ojos de mar, carne traslúcida que deja entrever en cada momento la luz del alma, movilidad suave de gestos y casi de facciones por la cual se transforma en muchas mujeres, en todas las mujeres; en la mujer eterno vampiro y meta eterna del anhelo viril” subraya el cubano Hernández Catá.

Esta publicación hay que contrastarla con los estudios de Javier Barreiro Raquel Meller y su tiempo o el monográfico sobre la misma actriz publicado por María Dolores Calvo Romero titulado Raquel Meller. Una mujer. Una artista, preparado dentro de la Asociación Cultural Raquel Meller.

Enrique Gómez Carrillo. Raquel Meyer. Madrid: Editorial Reino de Cordelia, 2009, 80 páginas.

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