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Oscar Wilde en España

14 11 2009

José María Fernández

El libro Wilde en España. La presencia de Oscar Wilde en la literatura española (1882-1936), de Sergio Constán es una investigación muy documentada y hasta apasionada, resultado de la tesis doctoral de este investigador canario.

Tras su lectura, deja la impresión en el lector de haber vivido toda una interesante época de la literatura española siguiendo las relaciones (aceptaciones y rechazos) de Oscar Wilde por parte de los escritores españoles del período acotado en el título.

Hay un asunto que está omnipresente en el libro, y que no se aclara expresamente. Es un caso señero en su vida, la de Oscar Wilde (1854-1900). Se trata de la historia de su encarcelamiento, aunque antes quiero señalar que lo que normalmente no pasaría de un lance de honor durante la hipócrita y pacata época de la Inglaterra victoriana, se convirtió en algo de mayor importancia: un juicio al arte moderno con resonancias universales, un juicio que le costó la cárcel a Oscar Wilde.

Estamos en marzo de 1895. El padre de Alfred Douglas no ve bien que su hijo se relacione con Oscar Wilde, principalmente por los insidiosos rumores que circulan por Londres acerca de los dos dandys. El padre de Douglas, lord y marqués de Queensberry, tras una serie de lances que omito, lleva a juicio al escritor. La cosa no hubiese pasado de un rifirrafe en los tribunales si no se juntan dos aspectos notables, uno el tipo de sociedad victoriana y, otro, que Oscar Wilde se vanaglorió durante el juicio de ser un defensor de la “amoralidad” del arte. Resultado: que Oscar Wilde fue considerado culpable de un feo pecado y a dar con su persona en dos años de trabajos forzados en la cárcel de Reading.

Tenemos ya descrito el episodio, un episodio que explica la mentalidad de la época y que da noticia fehaciente e inequívoca del tipo de literatura, libre de ataduras morales (o al margen de las mismas) que defendía Oscar Wilde.

El libro consta de una especie de presentación breve de Luis Antonio de Villena, una “Nota preliminar” del propio Sergio Constán, y cuatro capítulos titulados respectivamente: “Historia de una recepción”, “Wilde y los prosistas”, “Wilde y los dramaturgos” y “Wilde y los poetas”. Finaliza con una bibliografía organizada en cuatro apartados para hacerla más operativa y se cierra con un “Índice onomástico”.

De la “Nota preliminar” ( p. 15), me interesa, porque es esclarecedor acerca del contenido, el segundo párrafo: “Tal es la razón de este libro, su insaciable apetencia indagadora: saber có­mo fue recibida la obra y la figura del controvertido esteta en nuestras fronteras: qué huellas dejó, qué alientos provocó; cuáles y cómo fueron, entre tanto humo de inmoralidad acompañando siempre al hombre, los desvelos patrios de unos y los alineamientos «modernistas» (¡oh, aquella palabra que tan terrible hostili­dad sufrió!) de otros; por encima del tamiz sociológico, tan revelador y definidor de culturas siempre, lo puramente literario: qué aprendieron del teatro de Wilde nuestros dramaturgos; qué ejercicios líricos inspiró aquel autor o aquella obra en nuestros poetas; qué nuevos doriangrays pergeñaron acaso nuestros novelistas.”

Queda hecha la declaración de intenciones. Ahora resta saber si se cumplen. Vamos a ello.

El primer capítulo, la “Historia de una recepción” reúne los nombres de los escritores españoles que, por diversas razones, en alguna ocasión citaban o comentaban textos e ideas de Oscar Wilde. Contiene asimismo la noticia de las aceptaciones, los rechazos y los contactos personales de Oscar Wilde con quienes escribían en España entonces. Es, por lo tanto, un capítulo en el que se suceden nombres, conceptos, ideas acerca de la literatura y particularmente de la estética o estéticas predominantes en la época. Y la indicación de las dichas aceptaciones o rechazos.

No vamos a enumerar a todos los escritores, pero en este capítulo, para bien o para mal, es decir, para acercarse y asumir las ideas literarias de Oscar Wilde, o para rechazarlas o reprobarlas, nos encontramos, en primer lugar, con José Martí. Y siguen Alejandro Sawa (y las tertulias de café), Enrique Gómez Carrillo, Pardo Bazán, Clarín, Rubén Darío… Y, para finalizar, las fotos de tres escritores: Alejandro Sawa, Eugenio d´Ors y Rubén Darío y la caricatura de Ricardo Baeza, todas ellas acompañadas de un texto al pie de las mismas que en tres de los casos me parece de enjundia. En, o al pie de  la de Alejandro Sawa: “Ya me ve usted, aquí, hundido en este chamizo, oscuro y fracasado como mi pobre amigo Wilde, cuando no era más que Sébastien Melmoth…”.  

El texto de la de Ricardo Baeza: “Conviene parar esta paletada de cieno contra la memoria de un artista que ya tiene bastante, ante los ojos del vulgo, con el sambenito de su fatalidad natural, para que encima se quiera degradar al hombre ante los ojos de los que aman su obra”.

Y la que acompaña a la de Rubén Darío: “Era el gran poeta desgraciado Oscar Wilde. Rara vez he encontrado una distinción mayor, una cultura más elegante y una urbanidad más gentil”. Queda, por lo tanto, , muy gráficamente expresado y plasmado lo que fue y significó Oscar Wilde en España. La recepción. Y, evidentemente antes y a lo largo del capítulo se desgranan ideas acerca del “malditismo” finisecular, sobre la estética y sobre la moral y el arte, sobre todo.

Si la “Historia de una recepción” se cerraba con unos pies de fotos, el capítulo II, “Wilde y los prosistas” se abre con otros pies, los de las fotos de Rafael Cansinos Assens, Emilia Pardo Bazán, Ramón Gómez de la Serna y Manuel Machado. El crítico más famoso, tal vez, de la época, Cansinos Assens, llegó a afirmar: “…hablo sin saber lo que digo, apelando a la paradoja sin convicción, sintiendo que debería ser un Wilde para estar a la altura de mi papel y que, naturalmente no lo soy”. Sin duda, un gran elogio para Wilde.

El comentario que figura al pie de la de Pardo Bazán es, nada más ni nada menos, que la declaración acerca de la estética dominante en la época: “No nos envanezcamos de no tener “decadentistas”; acaso el no tenerlos descubre nuestra incultura, nuestra atonía, muchas cosas malas”.

Dicho lo anterior, señalamos que el capítulo se abre con lo que Sergio Constán titula La novela de un literato o wildianos en Madrid y lo hace de la mano de  La novela de un literato, que son las memorias de Rafael Cansinos Assens, publicadas después, ya en 1996 en Madrid, por Alianza Editorial. Desfilan, haciendo justicia a la época, y en primer lugar, por este capítulo, los autores etiquetados por la historia de la literatura como de segunda fila, pero que fueron de los primeros lectores de Wilde y que, marcados por él, dejaron de alguna forma su huella en la propia escritura.

Empieza por el singular bohemio Alejandro Sawa, que habla con ilusión de su amistad con Wilde, sigue con Francisco Villaespesa, quien se refiere a Leonor como la esfinge morena de ojos pasionales y perversos que resulta todavía más irresistible en “su escala comparativa wildiana” y termina con el caso de Isaac Muñoz. Y en el etcétera aparecen el de Pedro de Répide, el de Andrés González Blanco, el de Carmen de Burgos (Colombine), el de Hoyos y Vinent y el de Ricardo Baeza para no hacer más larga la lista.

En este capítulo figuran otros escritores tenidos como mayores. Es el caso de Unamuno que en las primeras páginas de Abel Sánchez refiere un célebre aforismo de Wilde: Joaquín confiesa a su amigo Abel cómo Helena es, a sus ojos, una misterio­sa esfinge; Abel le contesta: «Ya sabes lo que decía Oscar Wilde, o quien fuese: que toda mujer es una esfinge sin secreto». Por la in­terdependencia espiritual entre Abel Sánchez y Joaquín Monegro (que parece derivar de la que se establece en “Dorian Gray”), por impo­nerse como tema central una teoría del Arte (así también en la no­vela de Wilde), por lo que supone de narración dialógica tan del gusto de Unamuno y, en última instancia, por esa explícita sentencia de Wilde, la crítica sólo ha presupuesto un acercamiento de esta obra de Unamuno a El retrato de Dorian Gray (página 160 de la obra que estamos reseñando).

Manuel Machado, Dorio de Gádex, Ramón Gómez de la Serna, “Azorín”, Ramiro de Maeztu, Álvaro Alcalá Galiano, Ramón Pérez de Ayala y dos o tres escritores más también ocupan un lugar aquí por la huella que se advierte en ellos de Wilde.

Sigue el capítulo III, “Wilde y los dramaturgos”. No son las primeras líneas de este capítulo, pero casi, las que Sergio Constán dedica al caso de Jacinto Benavente porque señala que “de la ingente producción teatral (la de Benavente) hay un tipo de obras que la crítica ha venido emparentando, siempre de un modo impreciso, con las de Oscar Wilde o con las de George Bernard Shaw: son éstas fundamentalmente, sus comedias de sátira social (y alguna otra de corte simbolista); en mayor medida, las compuestas entre 1898 y 1903” (p. 224).

Seguidamente, Sergio Constán se dedica a explicar y precisar, para que no se repita de esa manera, lo de “emparentando de un modo impreciso”. Y, finalizado el caso de Benavente, sigue, en la misma línea, el de Linares Rivas, el de Sofía Casanova, el de Eduardo Haro y Joaquín Aznar, el de dos comedias de Suárez de Deza; y algunos más. Una panorámica probablemente completa de la presencia de Oscar Wilde en los dramaturgos españoles de la época estudiada.

El último capítulo, el IV, es el de “Wilde y los poetas”. Una primera muestra del contenido del capítulo: “Permanentemente atento a toda la lírica esteticista que se publicaba en Europa, Herrera y Reissig sabía de Wilde antes incluso de su fallecimiento. Muy probablemente, para su elección vital del dandismo –a su afectado atuendo personal se le suman sus ideas anárquicas, su afición a las drogas y su repudio a la vulgaridad circundante-, el modelo de conducta de Oscar Wilde pudo ser un espejo perfecto.” (Página 318 de la obra que reseñamos).

Otra. Se trata de un poema de Estanislao Quiroga. Este es el texto que se cita y que nos interesa:

“He aprendido en Horacio que la vida es Amor mientras es vida.

He aprendido en la Vida que la paloma es gracia de blancura.

He aprendido en la Gracia y en la Armonía y en el Blancor que a Aquel Hombre nacerle palomas blancas en la blanca mano.

Oscar Wilde. Cisne gentil y luminoso sobre el óvalo negro. Siglo XIX. Genio del mundo.

Siglo XIX. Oscar Wilde. Hombre que encuentra un sentido de altura, de Belleza sobre Cristo y el Arte.

Oscar Wilde. Luz de pábilo que alumbra el cielo de las almas locas. Goce de goces del Señor.

Oscar Wilde. Ritmo patético del espíritu. Candor entrañañable.

Oscar Wilde. Catecismo de amores. Oscar Wilde. Y Francisco de Asís.

OSCAR WILDE”.

Por aquí discurre el amor a Oscar Wilde y su influencia en la poesía.

El resto del libro lo forman, ya lo hemos dicho, la bibliografía bien organizada en los apartados correspondientes y la lista de nombres citados.

José María Fernández. Universidad de Tarragona

Sergio Constán. Wilde en España. La presencia de Oscar Wilde en la literatura española, 1882-1936. León (España): Akrón, 2009, 372 páginas. 

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