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Modernismo y Vanguardia

14 11 2009

Francisco León Rivero

Pronunciar hoy la expresión “Vanguardia hispanoamericana” es evocar una remota época convulsa desde el punto de vista social que, sin embargo, no fue por ello menos fructífera en el campo literario, y, de hecho, dio a luz a algunas de las más grandes figuras del siglo XX: estoy hablando de Borges, el gran Borges, pero los nombres de Neruda y Vallejo son también inexcusables. A estas alturas, gracias a la visión panorámica ofrecida en los trabajos de Guillermo de Torre o Gloria Videla, por citar dos clásicos a los que cabe añadir los estudios que se han centrado particularmente en una u otra corriente dentro de la Vanguardia, podemos afirmar que tenemos un conocimiento nada desdeñable (si bien abierto a nuevas aportaciones) sobre la esencia del movimiento vanguardista y su significado dentro de la tradición literaria.

El libro de Octavio Corvalán, Modernismo y Vanguardia. Coordenadas de la literatura hispanoamericana del siglo XX, publicado hace ya algo más de cuatro décadas, puede considerarse entre aquellos textos académicos antes mencionados que han contribuido a difundir el conocimiento sobre el movimiento que estoy considerando aquí. No obstante, ya desde el comienzo su título remite a un rasgo de originalidad que lo diferencia de otros estudios sobre la materia: su arduo intento por ubicar la Vanguardia dentro de su contexto literario, atendiendo a lo que existía antes y a lo que vendría después.

Desde el punto de vista metodológico, nada más acertado para entender lo que realmente supuso el movimiento que poner en relación sus rasgos constitutivos con el ocaso del Modernismo en los primeros años del XX, por un lado, y las nuevas generaciones de mediados de siglo, por otro. Como quien sabe que el tiempo es el mejor juez de la literatura, Corvalán es consciente de que, por muy rupturistas que pretendieran ser las proclamas vanguardistas en su momento, lo cierto es que su esfuerzo sólo adquiere pleno sentido y coherencia dentro de una tradición literaria (de ahí que en sus primeras páginas emplee el concepto de “continuidad histórica” -13-).

Para el estudioso, el de la primera mitad del siglo XX es fundamentalmente un arte de crisis, un arte creado como respuesta a los grandes cambios que, iniciados ya en el siglo XIX (el Manifiesto Comunista, y las obras filosóficas de Nietzsche, Schopenhauer y Kierkegaard son la cara visible de la descomposición social y la desaparición de los valores tradicionales), producen auténtica conmoción en las primeras décadas del XX: la Primera Guerra Mundial y la rapidez de los avances tecnológicos. Este arte de crisis se equipara, no obstante, con la imagen de una sinfonía en la que las diversas tendencias literarias de la primera mitad conviven armónicamente (Modernismo, “Postmodernismo”, Estridentismo, Surrealismo, etc.).

Por ello, con vistas a poder llevar a cabo un análisis lo más exhaustivo posible, el autor comienza estableciendo los dos vectores principales que articularán la coherencia de un cuadro general integrado por literatos de tendencias tan dispares entre sí: por un lado, el Modernismo y su búsqueda primordial de la belleza (ricas metáforas, cuidada prosodia, ritmo, lengua elaborada); por otro, las Vanguardias y su rechazo hacia la literatura pura propia de la escuela rubendariana. Tras estas primeras páginas de introducción, Corvalán se lanza al estudio de los autores y sus textos más representativos. Su estrategia no es la de proporcionar una explicación general de lo que significó el “Postmodernismo” o, posteriormente, las Vanguardias. Sin desdeñar unas breves notas explicativas en los lugares pertinentes, se decanta, en cambio, por confrontar al lector directamente con las figuras clave de cada tendencia, de manera que aquél vaya extrayendo sus conclusiones al hilo de la lectura.

Esta opción limita (y, en ocasiones, pone en riesgo) la comprensión del fenómeno literario en cuestión, ya que se presuponen en el receptor algunos conocimientos previos si quiere entender, por ejemplo, el Modernismo, del que no se dan sino unas sucintas definiciones que, además, etiquetan superficialmente a sus creadores como habitantes encerrados en una “torre de marfil” y consagrados por entero al arte sin ningún tipo de preocupación por la realidad circundante. Sin embargo, más allá de esta consideración, la primera parte del libro, dedicada al llamado “Postmodernismo”, recoge una rica selección de escritores.

En el apartado de la poesía (campo que el crítico juzga como el menos original y el más fiel a la escuela primigenia), el enfoque resulta muy acertado por dos motivos: en primer lugar, se atiende no sólo a la descripción de las obras más importantes, sino a lo que de transición a la inminente Vanguardia hay en ellas (Enrique González Martínez y su concepción de una poesía que emane del intelecto; José María Eguren y Rodríguez y su eliminación de los verbos; Andrés Eloy Blanco, etc.); en segundo lugar, se dedica espacio a los nombres femeninos, que tanto relieve dieron al movimiento modernista y a sus postrimerías, además de suponer, asimismo, un ineludible puente hacia la poesía vanguardista (el tono conversacional de Gabriela Mistral, las rupturas sintácticas de Delmira Agustini en Cantos de la mañana, y, finalmente, la poesía de Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni).

En el ámbito de la novela, el realismo de la narrativa postmodernista resulta, para Corvalán, un elemento claramente precursor de la dirección que irá adquiriendo el género por los años 20 y 30. Para ilustrar la cuestión, el crítico se adentra en manifestaciones de diferentes países latinoamericanos, brindando una visión sucinta, pero no por ello insuficiente, de los escritores más representativos: en México, Mariano Azuela; en Argentina, los esfuerzos de Roberto J. Payró, Alberto Gerchunoff y Ricardo Güiraldes; en Bolivia, Alcides Arguedas, el iniciador de la novela de tema indígena; Eduardo Barrios y Pedro Prado en Chile; Rómulo Gallegos en Venezuela y José Eustasio Rivera en Colombia.

Al llegar las Vanguardias, “esta vez”, escribe Corvalán, olvidando tal vez que el Modernismo hispánico tuvo en el nicaragüense Darío a su principal iniciador e impulsor, “América hispánica quiere participar en la creación misma de un mundo nuevo. Por lo tanto, la poesía hispanoamericana no es ya eco, sino voz” (91). El estudioso define la Vanguardia como una literatura revolucionaria, en manos de escritores que se afiliaban a ideologías de izquierda como reacción a los sucesos que conmocionaban la época: la Guerra Mundial, la revolución bolchevique y la crisis social estadounidense. En las páginas iniciales de esta segunda parte, se define la Vanguardia como un movimiento que, desdeñando la belleza, se orienta hacia la búsqueda de conocimiento, para lo cual se precisa romper las barreras que limitan la expresión artística (rupturas sintácticas y estróficas, variada disposición espacial del poema, etc.).

Las creaciones artísticas de este período se dividen en dos tipologías: la Vanguardia que sólo alberga preocupaciones formales y entiende el arte como un juego, y la Vanguardia que remite a un mundo objetivo, desde una perspectiva realista, cultivada mayoritariamente por escritores de izquierdas. Dentro del primer grupo podría contarse la producción de Vicente Huidobro en Chile o la del primer Jorge Luis Borges en Argentina. El vanguardismo revolucionario en el aspecto social integraría la etapa marxista de Pablo Neruda o las novelas del argentino Roberto Arlt y el guatemalteco Miguel Ángel Asturias. Si bien hasta aquí la clasificación resulta eficiente, adolece de cierto reduccionismo al considerar que el Neruda de Veinte poemas de amor y una canción desesperada y Residencia en la tierra, la poesía de tonos existenciales de César Vallejo (Perú) y de los “Contemporáneos” en México, así como la poesía negrista de Luis Palés Matos en Puerto Rico, todas ellas abordadas en el estudio, son claros ejemplos de una línea que, sin proyectarse sobre la realidad objetiva de su sociedad, tampoco se queda en un nivel puramente formal, sino que echa mano de los juegos vanguardistas para reflexionar sobre la naturaleza interior del hombre.

En cualquier caso, este bloque del libro destaca especialmente por la interesante descripción que proporciona sobre las obras y autores de todo el continente latinoamericano (como ya sucediera con el “Postmodernismo”). Además de los literatos ya mencionados, esta estrategia resulta palpable en la presentación del panorama ensayístico, esbozado tanto en su vertiente más idealista, dedicada a reflexionar sobre la esencia americanista (Pedro Henríquez Ureña, José Vasconcelos y Alfonso Reyes), como en su dimensión nacional, atenta a describir los males de una sociedad en particular (José Carlos Mariátegui en Perú, Ezequiel Martínez Estrada y Eduardo Mallea en Argentina). La novela se nutre también de esta visión de conjunto, pues además de la narrativa vanguardista, Corvalán nos acerca a otros esfuerzos como el de Enrique Amorim (novela comprometida), Ciro Alegría (novela de protesta), Arturo Uslar Pietri (novela histórica) o Agustín Yáñez, entre otros.

Corvalán llevó a cabo una intensa labor de recopilación y explicación de los nombres y los estilos más importantes de la Hispanoamérica de la primera mitad del XX. El mismo estudioso no deja de reconocer los límites de su trabajo, por lo que el lector documentará ciertas ausencias, pero lo realmente perdurable, sin duda, es su propósito de poner ante nuestros ojos un vasto panorama en el que la Vanguardia, enmarcada en la línea evolutiva de la tradición, adquiere significado gracias a su correlación con lo anterior, el Modernismo, y lo posterior, la poesía existencialista que en el momento estaban llevando a cabo autores como Pablo Neruda, Eduardo Mallea, Octavio Paz o, más recientemente, Alejo Carpentier.

Francisco León Rivero. Arizona State University

Octavio Corvalán. Modernismo y Vanguardia. Coordenadas de la literatura hispanoamericana del siglo XX. New York: Las Americas Publishing Co., 1967. 

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