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Enrique Larreta y Anatole France

14 11 2009

Ricardo Valerga Enrique Larreta es figura clave de la prosa modernista. Este artículo nos retrotrae al París de la Belle Epoque e incluye dos fragmentos (inéditos) que unen a Enrique Larreta con Anatole France. Los mismos no figuran en sus memorias, Tiempos iluminados.

Ambos egregios, mundanos, de análogo destino literario –leídos y aclamados en su época y relegados en la nuestra- son los autores de La Gloria de Don Ramiro y Les dieux ont soif. Estas novelas, escritas en distintas lenguas y recreadas una en la España de Felipe II y otra en tiempos de la Revolución Francesa tendrían, sin embargo, una relación insospechada.

Ignoramos –contrariamente a sus encuentros con Barrès o D’Annunzio- el modo en que Larreta traba relación con Jacques Anatole François Thibault, célebre bajo el nombre de Anatole France. La naranja nos lo muestra entre libros: 

Nos encontrábamos en una librería del Quai Malaquais, en París. El gran escritor, con las manos hundidas en los bolsillos de su estrecho pantalón, se paseaba lentamente entre las mesas cubiertas de antiguos volúmenes. Era su manera de monologar; porque, de costumbre, era él solo el que hablaba, y siempre sin mirar a nadie, ni siquiera de reojo [1]. 

En este fragmento se ensalza a France como “gran amador y artista”. Leve indicio de la “mujercita encantadora” que los acompañará al banquete rabelesiano. En Tiempos iluminados: … al manifestar mi entusiasmo por la obra de Anatole France, alguien exclamó: France? Un malfaiteur [2]. 

¿Resabio ante el inimputable plagiario de Les dieux ont soif?

Como bien aclara Larreta, la novela de Anatole France es dos años posterior a la traducción francesa de La Gloria de Don Ramiro. Aquella traducción de Remy de Gourmont que halló eco instantáneo. Es posible que France haya leído el trabajo de su amigo Gourmont.

La principal prueba que esgrime Larreta contra France es algo imprecisa: la literatura está plagada de héroes escindidos por pasiones contrapuestas. Más llamativas son las coincidencias textuales: el oeillet rouge y el rojo clavel de Aixa; el rumor de celosías y los misteriosos brazos femeninos que asoman desde ventanas. Pero es el propio Larreta quien desestima estas similitudes, estas “sugestiones literarias”. Como creador, conocía harto bien el laboratorio del novelista, su fragua, su cerebro, y lo justifica. Razón de ello es que desistiera de estas páginas, y que defendiera el arte de Anatole France cuando era atacado por Valéry o los surrealistas.

Quizás la posteridad reserve a Larreta compartir el presagio que, con su “sentido délfico”, hiciera en su momento sobre el autor de Thaïs: que su arte, con el correr de los años volverá a triunfar…, en la sonrisa del tiempo

Notas: 

[1] La naranja, Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1947; p.41-42.

[2] Tiempos iluminados, Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1939; p. 181. El título hace referencia a los años en que E. Larreta fuera embajador Argentino en Paris (1910-1916). 

Ricardo Valerga. Museo de Arte Español Enrique Larreta, Buenos Aires (Argentina)

 

TEXTOS INÉDITOS DE ENRIQUE LARRETA

Texto 1: El banquete rabelesiano 

Creo que era en otoño, al regresar a Paris cuando tuve la dicha de asistir al curioso banquete rabelesiano que se celebraba todos los años en un viejo restaurant de la orilla izquierda. Eduardo Champion me había pedido que me encargara yo de traerlo en automóvil a Anatole France que vivía muy cerca de mi casa. France debía presidir el banquete y no era difícil que en el último momento se olvidara. Fue él por cierto quien se presentó en mi casa. Yo vivía en la calle de La Faisanderie nº 49 y él en la de Villa Saïd. No tuvo sino que atravesar la Avenida del Bosque de Boloña. Bajé a recibirle. El hall estaba a oscuras. Los ventanales brillaban soslayados por el resplandor lunar de un foco eléctrico del jardín. Sobre aquella claridad azul se recortaba un espectro largo, espigado, fumando con el cuello envuelto en una bufanda. Era France. Una vez en el coche y ya en camino:

-¿No sería demasiado impertinente, me preguntó, pedirle a ud. que pasáramos a buscar a una mujercita encantadora que quiere asistir a esta fiesta?

Tuvimos que ir bastante lejos. Por fin, saliendo de un inmueble miserable del barrio de Batignolles subió en mi coche la mujercita que estaba esperando en la puerta. Yo quise ofrecerle mi asiento. France se opuso. Él no le ofreció tampoco el suyo. La hizo sentar delante de él, en el estrapontín [1], casi sobre sus rodillas, como si se hubiera tratado de un perrito faldero y siguió hablando conmigo de Rabelais y luego de Cervantes como si estuviéramos solos.

El banquete era un verdadero aquelarre, una graciosísima mezcla de profesores y bohemios, de literatos y aquí y allí uno que otro de aquellos pintores de entonces de cabello largo y pantalones en tirabuzón. France pronunció un magnífico discurso sobre la duda y el peligro de convertirla en certidumbre. Habló también Jaurés. Yo no lo había oído nunca. Para los parisienses aquella manera de hablar era algo nuevo. Para nosotros no. Oratoria española. Yo estuve sentado al lado de la Duquesa de Clermont Tonnerre, de quien olvidaba decir que había traducido al inglés “La Gloria de Don Ramiro”. Conocía el inglés como el propio idioma. Su presencia en aquel sitio me llenó de asombro. Después lo comprendí. Ya le interesaba mucho más un homenaje a Rabelais con buenos discursos que una Chasse à Cour. Después del café se representó una comedia de France que pasa entre [ilegible] molierescos y en que el chiste es el principal personaje, el protagonista. Tuve que traerle a su casa, al gran escritor. Ya no venía la mujercita. La habría olvidado seguramente. 

Enrique Larreta

Notas al Texto 1: 

[1]  Asiento supletorio en los vehículos. 

Texto 2: Anatole France y La Gloire de Don Ramire 

Pero mucho más inquietante fue entonces, y lo sigue siendo para mí lo que sucedió poco después si se piensa que solo recurren al cotejo de fechas los eruditos. Anatole France era gran amigo de Gourmont. Lo visitaba con frecuencia. Yo le envié uno de los primeros ejemplares de mi libro. France no me contestó. Esto fue para mí una nueva amargura [1]. Un escritor francés me consoló diciéndome que France no agradecía nunca los libros que le dedicaban, y que los arrojaba todos en su bañera hasta que venía a llevárselos de tiempo en tiempo un comprador de papel y de estropajos.

No mucho después, cuando apareció  su admirable novela Les dieux ont soif , pude comprobar que la mía no la había arrojado a la bañera.

Un año más tarde topaba yo una mañana en los Campos Elíseos con los hermanos Tharaud. Uno de ellos, el mayor, acaba de entrar en la Academia Francesa. Desde las primeras palabras me preguntaron: “¿Ha leído usted el libro de France que acaba de aparecer, Les dieux ont soif? Pues léalo, verá usted muchas cosas de su Ramiro”. Pocos días después Barrès me dijo lo mismo aunque en forma más cruda. Por último, cuando un compatriota, don Luis María Drago, cuyo olfato intelectual no era menos fino que el de aquellos amigos franceses, también me lo dijo, pensé que debía de hallarse por lo menos alguna coincidencia interesante. Leí el libro.

Ante todo la base histórica de la novela y su novedad psicológica la encarna la figura de Gamelin, integrante del Tribunal Revolucionario, contraste de tiernos y compasivos sentimientos en la vida privada con una implacable dureza cuando se trata del cumplimento de su misión superior.

Se ha dicho muchas veces que ese hombre símbolo era un notable hallazgo del gran escritor. ¿Cómo no temer que algún día se diga también que al trazar la figura del Canónigo Vargas Orozco, en quien yo expreso del mismo modo el espíritu de la Inquisición en España, me inspiré en el original personaje de France?

La madre de Gamelin le dice a su hijo: «Tu étais d’un naturel affectueux et doux. Tu ne pouvais voir un être souffrir sans verser des larmes » [2]. Yo digo del canónigo: “Y a pesar de aquellas ideas Vargas Orozco era hombre de una bondad profunda. Ante las desgracias de familia que su ministerio le obligaba a presenciar de continuo se  le veía sollozar a la par de los deudos. Pero cuando se entraba en el terreno de las grandes culpas colectivas…”

Habrá contra mí  muchos otros indicios, impresiones digitales. Por ejemplo, en el capítulo II p. 22 del libro de France (Edición de Calmann-Lévy) hay una escena que termina de este modo: “Tout le temps qu’elle s’etait tenue à la fenètre pour voir le regicide tenaillé, arrosé de plomb fondu, tiré à quatre cheveux et jeté au feu, M. Joseph Gamelin, debout derrière elle, n’avait pas cessé de la complimenter sur son teint, sa coiffure et sa taille” [3]. En mi descripción del Auto de Fe en Toledo desarrollase una escena de la misma audaz intención entre un caballero y su dama en una ventana de la plaza. Un capítulo de France termina con estas palabras (p. 197; cap. XI): “Quand il se trouva das la rue il vit la fenètre de la chambre d’Elodie s’entrouvrir et une petite main cueillir un oeillet rouge qui tomba à ses pieds comme une goute de sang ». Y en otra parte : « Une main de femme qui portait à l’anulaire un bague d’argent écarta le bord de la jalousie et lanca vers Gamelin un oeillet rouge » [4]. Todo ello se asemeja demasiado a este pasaje: “Un rumor de celosías resonó junto a él y antes de que pudiera admirar la blancura de un brazo cargado de brazaletes que asomó entre las molduras, una flor, un rojo clavel golpeole  con viveza en el rostro”. Es el clavel de Aixa, cuya suerte se parece bastante a la de Madame Rochemaure. Las dos igualmente generosas con el protagonista y sacrificadas por él del mismo modo, una entregada a la Sainte Guillotin, dice Gamelin (p. 204); la otra a la ¡Santa Inquisición! Dice Don Ramiro.

“La citoyènne Rochemaure aperçut Gamelin au banc des jurés (…) elle espéra en lui, lui envoya un regard suppliant et s’efforça d’être pour lui belle et touchante » [5]  (p. 308). “Acordóse de la mirada tan profunda, tan extraña que su antigua manceba le había dirigido ante el Tribunal de la Inquisición”. (D. Ramiro III parte, cap. I)  En la p. 319, el capítulo XXIV termina con esta frase: “regrettait la lumière du jour” [6]. Habla de uno que va a morir en la charrette. “La luz preciosa de la vida” digo yo del mismo modo de Bracamonte en el cadalso.

Todas estas apariencias de sugestiones literarias, como podría llamárseles, son en todo caso de muy poca monta y revelarían a lo más que France creyó conveniente utilizar algunas menudencias de mi obra como lo hacía a menudo con pormenores de antiguos mamotretos. El tiempo y el espacio suelen ser equivalentes en estas materias. Para France, un escritor actual de Sud América debió parecerle lo mismo que un clérigo francés de la Edad Media.

Considero necesario dejar aclarado y establecido que la traducción de Gourmont se publicó un año o dos antes que la aparición en librería de Les dieux ont soif. Y esta vez, sí que puede decirse uno de los mejores libros de Monsieur Anatole France.

Enrique Larreta 

Notas al Texto 2: 

[1] Se refiere a un artículo aparecido en un diario francés, donde un crítico afirmaba: La gloire de don Ramire est un de plus beaux livres de monsieur de Gourmont”. (Véase Tiempos iluminados, Op. c., p. 114)

[2] Tú eres por naturaleza afectuoso y dulce. No puedes ver alguien sufrir sin verter lágrimas.

[3] Todo el tiempo que ella permaneció en la ventana para ver al regicida atenaceado, arrasado de plomo fundido, descuartizado por cuatro caballos y lanzado a las llamas, M. Joseph Gamelin, de pie tras ella, no cesó de elogiarla por su tez, su peinado y su talle.

[4] Cuando estuvo en la calle, él vio entreabrirse la ventana del cuarto de Elodie, y una pequeña mano asir un clavel rojo que cayó a sus pies como una gota de sangre.  Una mano de mujer que llevaba en el anular un anillo de oro alzó el borde de la celosía y lanzó  hacia Gamelin un clavel rojo.

[5] La ciudadana Rochemaure advirtió a Gamelin en el banco de los jurados (…) se confió a él, le dirigió una mirada suplicante y se esforzó por parecer bella y conmovedora.

[6] Añorando la luz del día.

Ricardo Valerga. Biblioteca Museo Larreta 

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