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Unas notas sobre el krausismo

10 08 2009

Kenneth Wise

Eugenio Rezende De Carvalho publicó recientemente un estudio sobre la influencia del filósofo alemán Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832) titulado “El krausismo en Latinoamérica y Cuba”.

Lo curioso, como se descubre en este trabajo, es que la filosofía krausista se extendió más allá de sus fronteras y estableció sus raíces en España, mientras que su influencia se perdió en su país natal a favor de otros filósofos contemporáneos como J.G. Fichte (1762-1831), G.W.F. Hegel (1770-1831) y F.W.J. Schelling (1775-1854).

En cuanto a la presencia krausista en el mundo hispanohablante, ésta se dio especialmente en España y de la cuestión del krausismo ya se ocuparon críticos como Juan López Morillas o Enrique M. Ureña. En cuanto a su ligazón con el Modernismo ya trataron críticos como José Luis Gómez Martínez, éste al hilo del género ensayístico. De Carvalho señala que para los seguidores de un filósofo o de una filosofía concreta, es típico que dichos seguidores se centren sobre un cierto elemento de su pensamiento en vez de en todo el corpus doctrinal e intelectual del pensador. Por ejemplo, en cuanto a Hegel, hay divisiones entre las diversas lecturas e influencias: se habla así, por un lado, de hegelianos en línea ideológica cercana a lo que después traerá Marx, Engels, David Strauss y Feuerbach y, por otro lado, otros hegelianos que tratan de reconciliar el cristianismo con el pensamiento de Hegel.

En el caso de Krause, se ve dentro del mundo hispanohablante una tendencia a descuidar casi completamente sus teorías acerca de la metafísica para concentrarse más en Krause como crítico social: el hombre con una visión y un método científico para lograr la que él juzgó como la sociedad “ideal”. Es por ello que al tratar del krausismo debamos tener la suficiente prudencia para entender lo que hubo realmente de este filósofo en el mundo hispánico y, particularmente, en el fin de siglo y el Modernismo. La tarea no resulta fácil pues siempre se hace difícil afirmar o negar influencias y huellas.

Como inicio de su artículo, De Carvalho establece un breve resumen del pensamiento krausista en cuanto a lo que el autor juzga que le interesó al mundo español e hispanoamericano del momento. ¿Por qué tantos  intelectuales españoles e hispanoamericanos se interesan por su filosofía? El punto de vista corriente es que la filosofía de Krause representó algo deseado en la España de fines del siglo XIX, sobre todo en lo que se ha llamado la espiritualidad dentro del liberalismo. Como describe De Carvalho, “la parte metafísica de Krause no fue exactamente la que tuvo una mayor repercusión” (79) y “[su filosofía] superado al nivel estrictamente filosófico, intelectual, religioso y político de reforma social, aproximándose mucho más a un estilo de vida” (79).

Otra pregunta que cabe plantearse es: ¿cómo se hizo tan famoso en el mundo hispanohablante un filósofo alemán que había sido ignorado hasta en su propio país? Krause parece haber servido las necesidades intelectuales y sociales de la España de la época en la que se tradujeron sus obras. En este sentido, la traducción española, titulada Ideal de la humanidad del catedrático español Julián Sanz del Río apareció en 1860 y le reveló a aquella sociedad española sus visiones utópicas para la humanidad. Pero como una traducción en sí misma no era suficiente, Sanz del Río tuvo que propagar la filosofía krausista, algo que  hizo con pasión principalmente en las décadas de 1860 y 1870. Junto a la Institución Libre de Enseñanza, dirigida por Francisco Giner de los Ríos y otras figuras como Federico de Castro, el krausismo se presentó en España como una suerte de armónica alianza entre el teísmo y el panteísmo.

Aunque Karl Marx (1818-1883) había formulado sus ideas sociales durante esa misma época, una escuela de pensamiento ligado a un espiritualismo, por vago que éste fuera, tenía un atrayente impacto para una sociedad religiosa como la española y en una época donde se daban conflictos y debates anticlericales respecto al poder eclesiástico y particularmente católico en la España de fin de siglo. De esta manera, el krausismo se presentó como una especie de guía y ayuda espiritual sin ser una ruptura completa con la sociedad establecida.

En el caso español, el krausismo que se perfiló a fines del XIX entroncaba con una suerte de progresismo que incluía un proyecto de desvincularse de Roma y que tenía, además, filiaciones masónicas -al igual que el propio Krause y sus seguidores españoles-. El krausismo aparecía así como algo menos radical que las transformaciones propuestas por los ateos Marx y Engels. Sin embargo, existen interesantes paralelos entre estos pensadores y sus sistemas filosóficos incluyen muchas reflexiones comunes sobre las esferas sociales (a partir de la economía en el caso de Marx), como De Carvalho nos recuerda de nuevo:

“En el Ideal se percibe la preocupación de Krause por presentar una guía práctica para la conducta individual y la organización social, con el propósito de orientar el progreso de las sociedades humanas en las esferas de la religión, el estudio, el arte, la educación, etc. No hay que olvidar que dicho concepto de progreso significa actuar en cada una de esas esferas para lograr la perfección moral inherentes a la idea de la humanidad” (80).

Bien fundamentado en España durante el siglo XIX, y con personalidades e intelectuales que se sirvieron del krausismo para avanzar sus ideas, en lo que toca a Hispanoamérica el krausismo llegó mediante las traducciones europeas. Asimismo, fue difundido por quienes habían estudiado en Europa y por las universidades que incluían en sus estudios el mensaje de Krause. Citados como difusores del krausismo son José de la Luz y Caballero y Antonio Bachiller y Morales, dos filósofos cubanos destacados en la historia intelectual caribeña. Aun así, cabe reconocer que algunos críticos juzgan que no es del todo cierta la idea de que la filosofía krausista llegara a Hispanoamérica por medio de España.

Importa, en suma, realizar una exploración del vínculo entre el krausismo y el Modernismo hispánico. Conocido relativamente en Cuba, De Carvalho trata de entender el krausismo en el icono modernista José Martí, quien exiliado en España tuvo la posibilidad de conocer e introducirse en las ideas del filósofo. Sin embargo, De Carvalho nos recuerda, con la ayuda del escritor Raúl Gómez Treto, que la conciencia martiana se había formado antes del exilio y su introducción a esta filosofía parece más bien escasa.

Gómez Treto, sin embargo, no tiene el veredicto absoluto,  pues hay otros críticos que proponen una influencia krausista en el desarrollo intelectual de Martí, más notablemente Miguel Jorrín en Martí y la filosofía. (La Habana, Hércules, 1954) percibe: “Se trata de un krausismo español, en su perspectiva moralista y liberal y no de un krausismo alemán con su obscura metafísica. Un krausismo español que había reelaborado, ampliado y mejorado el oscuro pensamiento de Krause” (14-15).

Aunque hay un reconocimiento del krausismo en la cosmovisión y en los escritos de Martí, lo que tenemos es más bien una filosofía redactada y traducida, una filosofía -digamos- de segunda mano. Por eso, resulta difícil afirmar una rotunda defensa del componente del krausismo en el pensamiento martiano. En otras palabras, argumenta De Carvalho, no se puede señalar un krausismo puro sino algo descafeinado, un krausismo importado y a menudo entremezclado con las otras ideas de Sanz del Río.

Eugenio Rezende De Carvalho. “El krausismo en Latinoamérica y Cuba.” Cuadernos Americanos 119 (2007): 77-88.

Kenneth Wise. Arizona State University.

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