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La noble locura de Alfonso Cortés

10 08 2009

David Parker

María Luisa Cortés en la biografía sobre su hermano (Biografía de Alfonso Cortés) afirma: “Una noche de mediados de febrero de 1927, después de varios días de libaciones se levantó a media noche y le dijo a mi papá: “papá no sé lo que me pasa, pero me siento como que no soy yo, me parece que soy el Papa o el Anti-Papa. Se me vienen unas ideas horribles, no puedo dormir”. Mi padre le dice: “hijo, eso es que has comido algo con los tragos que has tomado estos días y estás indigesto, te daré un purgante de Magnesia”. Diole mi papa el purgante y él se fue de nuevo a su cuarto, pero al rato volvió y le dijo: “no, papá, a mí me pasa algo muy serio, no puedo conciliar el sueño y se me vienen ideas terribles”. Desde ese mismo momento nos levantamos todos y ya nadie pudo dormir en casa. El sólo decía: “Vengan para acá conmigo allí está el Infierno. Allí están los condenados. Aquí es el Termino Medio. Quiten a mis hermanitas de allí, que se vengan conmigo; aquí es la Gloria”. Así pasamos todo el resto de esa trágica noche viviendo con él La Divina Comedia, y amanecimos en las mismas. Al día siguiente que llamaron a los médicos: Dr. Abraham Marín, su padrino de pila, y su primo hermano Dr.  Fernando Cortés Rocha, declararon que estaba  loco”. (p. 74)

Para entender los temas del pensamiento de Alfonso Cortés (1893-1969), primero hay que investigar su locura. Hay dos intelectuales titánicos de Nicaragua -Pablo Antonio Cuadra y Jorge Eduardo Arellano- que tienen dos puntos de vista distintos sobre la locura de Alfonso Cortés. Arellano afirma: “¿depende su poesía de su locura? y ¿determina ésta totalmente a aquélla? No, de ninguna manera: porque antes de su explosión catatónica, ya estaba obsesionado por los elementos vistos atrás -yo, sentidos, tiempo, inmensidad intima-; sin embargo, la enfermedad única perturbó su capacidad creadora: antes bien la impulsó enormemente y, sin ella, no hubiera sido el poeta sin descendencia visible que hoy reconocemos, el caso singular que constituye.¨ (Los tres grandes, p. 38)

Cuadra, por su parte, señala: “su locura es un instrumento inseparable de su vuelo místico. Quiero decir que su salto es tan arriba de su propia razón y de sus propias medidas que sólo enajenado pudo lograr la ingravidez necesaria para sostenerse en esos espacios contemplativos.” (“Alfonso Cortés, discípulo del Centauro Quirón”).

Aquí vale preguntarse, por tanto: ¿Qué causó la locura de Alfonso Cortés? ¿Cuál es, o cuáles son las explicaciones? Yo mismo llegué a Nicaragua en junio de 2001 con esta misma pregunta. Desde entonces, en conversaciones y en libros, mi investigación me ha llevado a encontrar varias explicaciones distintas respecto a la locura de Alfonso Cortés. Aquí se evaluarán dichas explicaciones. Primero, se mostrará la lista de esas varias causas de la locura para ya, en segundo lugar, intentar documentar, elaborar y evaluar esta cuestión.

Empecemos por exponer la lista de las explicaciones o causas de su locura hasta hoy apuntadas: Un golpe de cabeza (según  María Luisa Cortés); Sífilis (según María Luisa Cortés); Una crisis sexual (según Jorge Eduardo Arellano); Alcoholismo (según Edgardo Buitrago); Los númenes de Rubén Darío que quedaban en su famosa casa solariega que es ahora el Museo-Archivo Rubén Darío y donde también vivió Cortés (según Juan de Dios Vanegas); La muerte de su madre y problemas económicos (según Alfonso Cortés); “su intimidad con Dios” (según Ernesto Cardenal); El viaje interno (según José Varela-Ibarra); El imperialismo estadounidense (especialmente la ocupación de Nicaragua por tropas norteamericanas) y el resultante sufrimiento de su pueblo ( según, o por lo menos fuertemente implicado en un ensayo de Salomón de la Selva; quizás yo mismo soy el autor de esta explicación); la esquizofrenia (documentada por varios nicaragüenses). Aun así, varios leoneses que conocieron a Alfonso Cortés certifican que no estaba loco.

Sin dejar de mostrar mi agradecimiento a los comentaristas de la obra y la vida de Alfonso Cortés, quisiera expresar aquí mis opiniones y desacuerdos. Por ejemplo, discrepo con la explicación de Edgardo Buitrago. Buitrago es fundador del Museo-Archivo Rubén Darío con su compañero Mariano Fiallos Gil y autor de muchos ensayos valiosos sobre Darío y también de una biografía del compositor leones José de la Cruz Mena. Junto a Ernesto Cardenal y Carlos Tunnermann, Buitrago es uno de los maravillosos patriarcas de la cultura nicaragüense. Sin embargo, su explicación sobre la locura de Cortés, compartida conmigo cuando visité su casa por primera vez, no resulta convincente. Bajo mi punto de vista el alcoholismo no es el resultado de la locura de Cortés, sino que ésta fue causada por otras razones, influencias o traumas, aunque sí sabemos por la hermana del poeta, María Luisa Cortés, que Cortés estaba tomando licor días antes de la noche de enloquecer en febrero de 1927.

También, con todo el respeto merecido a Jorge Eduardo Arellano, mantengo mi desacuerdo con su teoría de la crisis sexual. Filólogo, poeta, historiador, amigo de Pablo Antonio Cuadra y uno de los gigantes de la literatura nicaragüense, Arellano conoce muy bien la poesía nicaragüense y dedica justo espacio a Alfonso Cortés. En este sentido, es recomendable su capítulo “Los vanguardistas de León en los años veinte”, incluido en su libro León de Nicaragua, que muestra el contexto histórico intelectual de nuestro Alfonso Cortés. Este capítulo, además, incluye “un  poema en prosa -muy revelador- de Alfonso Cortés (“En la tarde”). En su antología Los Tres Grandes, Arellano dice: “Otro elemento, accidental también, aunque más importante como clave simbólica es el erótico. En efecto, basados en los Símbolos de transformación de C.G. Jung,  sostenemos que la serpiente funciona en Alfonso como lugar común psicoanalítico, es decir, significando la última etapa del erotismo: el éxtasis sexual”. Más adelante, prosigue: “En el poema ´Cuadro´, el pájaro que llevaba el Amor (“tiraba el carrito del divino Flechero / y (eso) me trajo a diario manojos de delicias”) regresa, pero cae muerto con el niño simbólico: Cupido. Para interpretarlo bien, debe tomarse en cuenta que en este poema Alfonso conjuga dos situaciones temporales distintas: una que pertenece al pasado, a la desbordante sexualidad juvenil (énfasis mío), y otra presente coetánea de su locura: “…ha vuelto ahora…” (el pajarito con el Amor, digamos, con el acto sexual); entonces lo rechaza;  “…pero fatigado ha caído junto a mí”, [énfasis en el original], afirma expresando el coito como un acto prohibido: la serpiente …su ínbikim según el psicoanalista citado-  aparece muerta, liquidada, al lado del Amor”. En otro poema, “Danza negra”, se opera el mismo fenómeno: la significación simbólica de la serpiente es la misma. Desde el principio devora al ave (seguramente la mujer) y, con la autora, el poeta ve otra vez su cadáver manteniendo su represión ética- producto de la crisis sexual que debió acompañarle siempre a partir de 1927  (énfasis mío).

Arellano prosigue señalando que la prueba textual más firme nos la da su paráfrasis del Génesis: “Eva”, poema no alfonsino, asistido por el simbolismo erótico de la serpiente. Allí la serpiente simboliza, además del contacto amoroso sexual  (“…la sagrada chispa que diviniza el lodo”), el preanuncio del mismo y el miedo: “Adán sintiese ardiente en deseos distintos / a todos los deseos que colmaban su infancia / su ser se bañó en la onda de una extraña fragancia / y lanzó – ansiosa y trémula – una mirada nueva, / al ver tras la cortina de árboles a Eva. / La madre de los hombres, virgen y soñadora / ya sentía en su ser la fuerza misteriosa, / y mientras contemplaba su cuerpo en una fuente, / escuchó entre sonrisa la voz de la serpiente: / la serpiente hablaba, irónica y lasciva, / y en tanto las palomas, arrullándose arriba / constelaban de cantos el cielo de ladrona. / Eva sintió que su cuerpo se estremecía en la onda / y  sintió un calofrío, que gracia de amor es, / cuando fue la serpiente a lamerle los pies, / entonces por la senda florecida de lirios,/ se alejó meditando en sus vagos delirios, / y, como quien contesta a un íntimo reclamo, / mientras se iba alejando iba diciendo: Amo… / y sintió que la espiaba,  se fue tras de sus huellas, / mientras el cielo cubrí las primeras estrellas…”. Entonces es seguro que la serpiente simboliza el hombre y también, especialmente, su sexualidad. En “La danza negra” se simboliza el hombre sexual y su capaz de violar. Pero Jorge Eduardo Arellano no nos da nada con que podamos concluir que todo eso tiene que ver con su imaginada idea de “la desbordante sexualidad juvenil” y la “crisis sexual”. 

Más recientemente, (el 18 de febrero, 2009, en La Mesa Redonda del V Festival Internacional de Poesía en Granada, (y reproducido en el diario La Prensa, 1 de marzo 2009, pagina 10B), Jorge Eduardo Arellano, nos ofrece la siguiente explicación:

“Alfonso siguió refiriéndonos que en su adolescencia, habiendo dormido con una serpiente, al despertar la había matado: tema de su poema ´Cuadro´, que Pablo Antonio Cuadra, en su estudio  ´Alfonso, discípulo del Centauro Quirón´, interpretaba como un símbolo siniestro y enigmático de su meta-poesía, “cuyo significado nunca me quiso entregar”, reveló Cuadra. Sin embargo, pocos años más tarde -recibiendo clases de Psicología en la Universidad Centroamericana- advertí que en ese breve poema (y en otro, “Danza negra”) operaba uno de los símbolos de transformación explicados por el psicoanalista C.G. Jung: la serpiente como lugar común, es decir, significando la última etapa del erotismo: el éxtasis sexual. Así, lo he desarrollado en una de mis estudios sobre su poesía”. (…) “En realidad, el poeta -a partir del 18 de febrero de 1927, a sus 34 años, cuando perdió la razón- debió sufrir una represión sexual que lo acompañaría siempre. En su juventud sólo había tenido una seminovia en una hacienda cerca de Honduras, donde permaneció tres meses. Las demás habían sido amantes leonesas: Felícitas Aragón,  - de ojos verdes y piel canela,- Graciela Sirias – “La Chela”, – María Alemán y Julia Capacharro.”

El artículo de Arellano, “Encuentro con Alfonso Cortés” interesa mucho por incluir las experiencias personales del propio autor con Alfonso Cortés. Sin embargo, está todavía por demostrarse con pruebas reales dicha crisis sexual de Cortés. Por eso, y para rebatir esa idea, ofrezco la misma fuente que Jorge Eduardo Arellano usó para escribirlo, es decir la biografía de Alfonso Cortés preparada por María Luisa Cortés Bendaña (pg. 101):

“Referente a la pregunta ¿tiene hijos?, puede decir lo que me comunicó mi primo hermano Julio Cortés Rocha: “quiero  que sepan lo que nunca les he dicho (por ese respetuoso entendimiento con que nos criaron nuestros padres); pero ahora que me voy para EE.UU. de Norteamérica a radicarme nuevamente y que por mi edad quizás no vuelva (actualmente vive con su familia en San Francisco, California) que Alfonso fue conmigo con el primo con quien más compartió todas sus correrías de juventud; le conozco todos sus amoríos que tuvo, quizá como ningún otro, y que a pesar de haber vivido plenamente como todo hombre, de haber vivido con muchas mujeres entre otras: Felícitas Alarcón, muy bien parecida, ojos verdes y color canela,  (vive actualmente en EE.UU.); otra fue María Alemán, otra Graciela Sirias a quien llamaba la chela Sirias y otras tantas como la Julia Capacharro, (el poema “Carne” de Alfonso, en sus originales dice de su puño y letra Julia Capacharro), “nunca tuvo hijos porque un defecto físico (de los que hoy se tratan muchos hombres) le impidió tener hijos”. (“Y todo el tiempo dijeron que Alfonso vivía con la Julia Capacharro, hermosa y famosa mujer del Bo. El Laborío, hija de Don José Capacharro, quien fuera encargado de la puerta de entrada a la carretera a Poneloya por muchos años cuando había que pagar y que abrir la puerta para que pasaran los vehículos a dicho balneario”)”.

Dado el interés de este tipo de testimonios, sería deseable y recomendable reeditar la biografía de María Luisa Cortés pues su contacto directo con su hermano Alfonso Cortés parece desmentir cualquier interpretación junguiana de una supuesta crisis sexual. Ademas, esta explicación está rechazada por Edgardo Buitrago, Fernando Núñez, y Ramón Gutierrez, leoneses que conocieron personalmente a Alfonso Cortés. Además de ello, mis conversaciones con amigos y conocidos del poeta no me ofrecen ninguna prueba ni mención sobre dicha crisis.

Las explicaciones de la locura ligadas a un supuesto golpe de cabeza o la enfermedad de la sífilis son también rechazadas por José Varela-Ibarra. Vamos a reproducir aquí  lo que él mismo escribe sobre esto y también su propia explicación. Escribe Valera-Ibarra en La poesía de Alfonso Cortés:

“Que estos golpes en la cabeza hayan sido la causa de la locura de Alfonso resulta difícil de creer. Los daños que ellos hubieran causado en el cerebro del poeta habrían sido permanentes. Serían inexplicables los momentos de lucidez de un cerebro fisiológicamente defectuoso. Habría también que rechazar otra posibilidad a veces mencionada para explicar el mal de Alfonso. Según le comunicó a la familia Cortés el doctor José Pasos Marciaq, eminente siquiatra nicaragüense que trató al poeta, la sífilis está descartada. Son negativos todos los análisis de sangre y exámenes que se le hicieron a Alfonso en el Hospital de Enfermos Mentales de Managua y en el Hospital del Chapui de Costa Rica, donde estuvo Cortés tres meses, así como los realizados en laboratorios particulares, tales como el del doctor Wong-Valle. De esos resultados negativos la familia Cortés Bendaña guarda fotocopias”.

Más adelante continúa:

“El comportamiento que llega a llamarse ‘locura’ es, casi sin excepción, según el siquiatra británico R.D. Laing, ‘una estrategia especial que una persona inventa para poder vivir en una situación en la que no se puede vivir’. Alfonso, por ejemplo, había regresado a Nicaragua sin realizar su sueño de viajar alrededor del mundo. Su madre muere. La situación económica del padre empeora. Sus ingresos no son lo suficientes para escapar del ambiente que le rodea. El poeta empieza, entonces, a viajar, a viajar por su espacio interior. Es significativo que el primer poema que escribió después que se le había calificado como loco se titula “La canción del espacio”. Alfonso se dedicó a navegar por su propio tiempo y espacio, por mundos que nadie entendía. En este tipo de viaje (parafraseando a R.D. Laing), se adentra uno más profundamente en su propia experiencia, se va uno adentro y atrás y a través y más allá de la experiencia común hasta vivir una experiencia universal, la del primer hombre, la de Adán, y tal vez hasta vivir la del animal, la del vegetal y la del mineral. En este viaje uno se puede perder, desorientarse (perder el Oriente, la fuente de su propia identidad), y nunca regresar. Se puede uno tropezar con gran cantidad de demonios desconocidos y aterradores, que pueden o no ser vencidos. En este viaje se embarcaron Julio Herrera y Reissig y Alejandro Sawa, quien murió loco. En este viaje se fueron Leopoldo Lugones, José Asunción Silva y Alfonsina Storni, quienes terminaron suicidándose. En este viaje se embarcó Rubén Darío, y terminó encallado en la playa de la muerte por el alcohol. En este viaje se fue Alfonso Cortés, y terminó renaciendo.”  (La Poesía de Alfonso Cortés, pp. 32-33)

La explicación ligada a  la muerte de su madre y problemas económicos fue dada por nuestro poeta mismo en su “Proemio” de su libro El Poema Cotidiano  (Y otros poemas) (Autobiografía). José Varela-Ibarra tiene la misma cita en su libro. Dice Alfonso Cortés:

“Como resultado de la pérdida en aquellos días del ser más querido que hay en la vida, de estas luchas mentales llevadas a efecto y de haber provenido el desequilibrio económico al hogar paterno, me provino a mí  haber tenido que sufrir de un estado de confusión, lindante con el desequilibrio mental, y que no era otra cosa que la teratología que suele atacar frecuentemente a los intelectuales de labor intensiva y honda. Como esto me aconteció a mí con no poco desorden mental y nervioso, pues hube de sobrellevar en aquellos momentos el espectáculo extranatural de una visión espeluznante como la que en profundo estilo refiere el profeta Job en su libro, mi buen progenitor decidió que me trasladara a curar a la clínica del Hospital de Enfermos Mentales de la capital, donde pude, mediante largo tratamiento, recobrar la salud.” (El Poema Cotidiano, p.11)

Esta explicación del mismo Cortés merece consideración y es posible que sea la mejor explicación. Es realista. En su caso, la amenaza de la pobreza para un pensador puede ser espantadora. Combinando la amenaza de la pobreza con la perdida de la madre, la explicación de Alfonso Cortés tiene mucho sentido y recuérdese que estaba cuerdo cuando él así lo escribió en “León, Nicaragua, C.A. julio 7 de 1967” (El Poema Cotidiano (Y Otros Poemas) (Autobiografía), publicado en el mes de agosto de 1967 en los talleres gráficos de la Editorial Hospicio, Hospicio San Juan de Dios, León, Nicaragua.

Sobre las explicaciones ligadas a los espíritus en la casa de Rubén Darío donde habitó Cortés y la intimidad de éste con Dios, estas ideas están bien resumidas por Carlos Tunnermann Bernheim en su ensayo “Alfonso Cortés: Un caso singular en la poesía nicaragüense” de su libro Valores de la Cultura Nicaragüense. Sobre la locura de nuestro poeta Alfonso, dice Carlos Tunnermann:

“¿Qué pudo provocar su locura? Juan de Dios Vanegas, jurista y escritor modernista leonés, daba una explicación, por cierto no muy científica: aseguraba que un Maestro Rosacruz lo había profetizado, años antes, cuando al visitar la casa de las Cuatro Esquinas de Darío, donde a la sazón vivía el joven poeta, dijo: “En esta casa están los númenes de Rubén. Son muy fuertes. No los podrá resistir este muchacho; se volverá”. (…) El poeta Ernesto Cardenal sostiene que la locura de Alfonso la provocó su intimidad con Dios.  Y es que en pocos poetas la presencia de Dios es tan fuerte, tan cercana, casi palpable, que en la poesía de Alfonso (‘buscaré una mujer grande y tranquila que haya tocado a Dios con la mano’, ‘huele a gas, huele a infancia, huele a mujer y a Dios…’) Dice Cardenal: “Y ha de ser una intimidad terrible la de Dios, para volverse loco: “Ya no quiero sentir más las cosquillas de Dios en mi cerebro”,  grita Alfonso en uno de sus poemas. Esto no es sólo una pedrada en la frente al regreso del mar de Poneloya (según relata Ordóñez Arguello el origen de su locura), ni tara familiar, ní sífilis, es algo peor aún, y más difícil de curar sin duda”… “una clase de locura no anotada aún por la ciencia, y que se llama ‘cosquillas de Dios’ en el cerebro”. (…) El estudioso de su poesía José Varela-Ibarra, siguiendo las más modernas teorías psiquiátricas, sostiene que la locura de Alfonso fue una forma de evadirse hacia otra vida y de viajar por su espacio interior, hasta vivir una experiencia universal de identificación del yo con el cosmos. “En este viaje se embarcaron Julián del Casal, Julio Herrera y Reissig, Leopoldo Lugones, José Asunción Silva y Alfonsina Storni”,  afirma Varela-Ibarra”.

Carlos Tunnermann continúa indicando: “Se ha dicho, y con buen fundamento que “Alfonso perdió la razón pero no la poesía”, pues siempre siguió escribiendo versos, algunos extraordinarios y otros de inferior calidad. Por ejemplo, al poco tiempo de volverse loco, en un momento de lucidez, escribió “La Canción del Espacio”, que es uno de sus mejores poemas: “La distancia que hay de aquí a / una estrella que nunca ha existido / porque Dios no ha alcanzado a  / pellizcar tan lejos la piel de la / noche!…”. Su locura, en los últimos años de su vida se tornó apacible, de suerte que fue posible para sus hermanas, que tan solícitamente siempre lo atendieron trasladarlo, en 1965, a su hogar en León. En los años iniciales, su locura, tuvo frecuentes momentos de furor, que obligaron a los padres de Alfonso a encadenarlo  a la cintura, sujeta la cadena de las grandes vigas del techo del cuarto que da a la Calle Real, hoy Calle Rubén Darío. En una ocasión su furia le hizo doblar los barrotes de la ventana, que aún Ernesto Cardenal, en su infancia: “Yo recuerdo sus ojos pálidos, azules, y su barba rojiza, cuando los chiquillos de la escuela pasábamos por su casa haciendo burlas”…”Los chiquillos no sabíamos entonces, y tampoco los mayores, que ese hombre era uno de los más grandes poetas de la lengua castellana”. “

Tal vez la explicación más interesante y elocuente de todas sobre la locura de Alfonso Cortés radica en el tema del imperialismo estadounidense (especialmente la ocupación de Nicaragua por tropas norteamericanas) y el resultado sufrimiento de su pueblo que se percibe en el ensayo de Salomón de Selva, “Alfonso y los Locos de León”. Observo que el poeta no escribe precisamente las palabras de dicha explicación, pero aparece implicada fuertemente. Por eso, por su brevedad, porque es difícil su localización de este ensayo y especialmente para que el lector pueda juzgar por sí mismo, reproduzco aquí el ensayo entero de Salomón de Selva:

“En casona vieja de León, casa que fue ilustre y donde antaño holgadamente vivió la hidalguía de antigua familia descendiente de españoles, hay ahora la aflicción de la estrechez que sobre Nicaragua toda ha acarreado la intervención yanqui en sus diversos aspectos desde hace veinte años, y acentuándose se personifica en la figura de un loco: Alfonso Cortés.

A  Alfonso Cortés hay que tenerlo encadenado. Para casa de locos no hay dinero en Nicaragua, donde sin embargo el gobierno que los yanquis han impuesto (la bayoneta turnándose con el hambre para llevar a los ciudadanos a las urnas electorales a consagrar a los candidatos escogidos por el interventor) ha podido comprar caro para revender barato al gobierno de los Estados Unidos terrenos de particulares donde actualmente con dinero del pueblo se construyen los puertos y las carreteras para esos puertos sobre el golfo de Fonseca que el gobierno de los Estados Unidos ha deseado. De manera que hay que encadenar a los locos en casa.

Antes que el yanqui creara esa situación no había casa de locos tampoco. Es cierto. Pero para el loco había la libertad de la ciudad. Los locos de León eran famosos: la Gabriela, incansable contadora de un cuento de hadas del que ella era la protagonista principal: le habían robado la cabeza y puesto otra que no era de ella; le habían robado su cabeza bellísima, de cabellos de oro, de ojos de hurí, la misma que lucía sobre hombros de nieve doña Margarita Lacayo de Lacayo, y ella, la pobre Gabriela, había perdido no sólo su encanto y su novio sino que también su fortuna, en cuanto recobrara su cabeza le serían entregados sus tesoros, y me enviaría una carretada de oro y de diamantes: yo, niño, la escuchaba deleitado: los niños la escuchábamos con encanto.  –Y  había don Goyo, que se había vuelto loco de ser tan sabio en matemáticas; viejecito sin iras, preocupado sólo por el misterio de que cinco y cinco son diez,  de que tres y dos son cinco, para lo que, efectivamente, no hay razón válida ninguna: !Cuanto mejor no fuera el mundo si, de repente, cinco y cinco diesen veinte, o diesen nueve! Se podría creer en todo, y seríamos como los ángeles, libres, que no encadenados por unas crueles leyes de lógica inquebrantables pero sin razón  para que nada sea nada y ser Dios es poder sumar nada y nada y que resulte algo. –Y había Batallón “Batallón conchudo, hijo de la vaca pinta”, como le gritábamos todos, chicos y grandes, para enfurecerlo. Batallón era más eficiente que cuanto yanqui experto en sanidad nos ha llegado después. Valía por una docena de Instituciones Rockefeller. Batallón recorría la ciudad recogiendo papeles y cuanto fuese fácil de quemar, y les pegaba fuego a grandes montones de basuras recogidas contra los muros de la Catedral. Odiaba a Dios, odiaba a Cristo, quería incendiar el imponente templo que los españoles construyeron en León. Y sin embargo, era manso con los animales. Saludaba a los bueyes. Amaba a los perros sin dueño, a los perros de la ciudad que iban de casa en casa mendigando y que también, sin ser contratados por ministros de Nicaragua en Washington, cooperaban en la limpieza de la ciudad. Hoy se gasta un dineral en yanquis, y si no fuera por los zopilotes, la peste nos arrasaría a todos en Nicaragua. A Batallón, un muchacho con mejor puntería que los demás, y que los grandes, le sacó un ojo de una pedrada. Tuvo que irse de León el desgraciado muchacho, tal fue la ira que la ciudad le lanzó encima. Porque León quiere a sus locos. Orgullo mío de niño era que en ninguna parte del mundo había locos más locos que en  León. –Y  había la Palaca. La Palaca valía una comedia de Bernard Shaw.  Cuando se enfurecía, que era cosa de una vez por año, durante no sé qué movimiento de la luna, se la llevaban presa. León es una ciudad moral y con todo que a los locos se les quiere hay ciertas cosas que sólo a los perros les es permitido. La Palaca siempre salía de la cárcel en estado interesante.  En la cárcel también la querían mucho.

Todo eso se acabó. ¡Cualquiera se atreve a ser loco en León con las cosas como andan! Porque hay cada yanqui con rifle y con mando ¡que Dios Guarde! En los Estados Unidos tal vez no hay locos. Son un pueblo privilegiado. O, si los hay tal vez destripándolos a bayonetazo limpio es como salen de ellos. En León de Nicaragua hay ahora que ser cuerdo, muy cuerdo.

Alfonso Cortés sabía eso muy bien. Pero ahí lo tienen. Encadenado en su casona. ¡Ay de él si lo dejan salir! Hasta que pase la intervención tiene que llevar cadena, por su propio bien.

No fue su culpa que se haya vuelto loco. No quería volverse loco. Quería ser de gran cordura.  Amaba a León y por León quiso ser grande. Era poeta y buen poeta. En León, sin embargo, se asfixiaba. El León que él amaba era un León metafísico, la ciudad que está toda en los versos de Darío; ciudad segunda sólo a la ciudad de Dios. El León físico agobiaba al poeta Cortés. Era un León muy estúpido, muy mezquino, muy lleno de calumnias y de odios; de calumnias sobre todo. Ciudad sin libros, sin escuela, sin maestros. Era preciso salir de ella, y el joven salió. Era hermoso. Lozano de cuerpo, separados los grandes ojos claros, bella la cara ancha de gato o de león. ¡Qué brillante porvenir el suyo! En tierras de Centroamérica, en Guatemala principalmente anduvo errando. Y estudiando y ensayando su canto a pleno cuello. De entonces  (1921) es La epopeya del Istmo; poco posterior (1923) es El buey. Tiene muchos bellos versos más, regados en periódicos y revistas. Algunos figuran en libros de otros: versos que le han robado del bolsillo, o que le han comprado en sus días de hambre para hacerlos aparecer como propios. Pero se le ocurrió volver a León, ¡y a León no hay que volver nunca! Y en León, ya en plena intervención y prostitución del sentimiento nacional, y en plena miseria que ha sembrado el yanqui, Alfonso Cortés fue sintiéndose raro, fue cantando menos, pasó hambres agudas, grandes desprecios, y un buen día la ciudad entera se decía unos a otros: “Sucedió lo que le dije”. Alfonso Cortés  se había vuelto loco.

No hay casa de locos adonde enviarlo. Soltarlo sería que lo destripara alguna bayoneta made in U.S.A.  Encadenado lo tienen en su casa Y la locura se le agrava porque la alimentación que dicen los médicos que necesita no hay quien se la dé. De cuánto prometió son prueba los versos de El buey y La epopeya del Istmo.  Muchos de los versos suyos perdidos son de igual o superior valor que estos. Cuando Nicaragua sea libre, si acaso es tarde ya para que un gobierno nacional acuda en socorro del gran poeta enloquecido de hambre –y apenas tiene 35 años de edad, — lo menos que habrá que hacer es recoger esos versos dispersos y editarlos. La poesía toda del continente ganará con ello. Alfonso Cortés era el primer poeta de Centroamérica después de Darío”.   (San José de Costa Rica, diciembre de 1930).

Tras el anterior análisis, mi conclusión personal es que la causa de la locura de Alfonso Cortés puede hallarse en varias explicaciones: los númenes de Rubén Darío que quedaban en su famosa casa solariega que es ahora el Museo-Archivo Rubén Darío (según Juan de Dios Vanegas); la muerte de su madre y problemas económicos (según Alfonso Cortés); “su intimidad con Dios” (según Ernesto Cardenal); el viaje interno (según José Varela-Ibarra); el imperialismo estadounidense (especialmente la ocupación de Nicaragua por tropas norteamericanas) y el resultado sufrimiento de su pueblo (según, o por lo menos fuertemente implicado en un ensayo de Salomón de la Selva); o cabe incluso que Alfonso Cortés no estuviera loco.

Parece razonable rechazar las cuatro primeras explicaciones: Un golpe de cabeza; la sífilis; la crisis sexual y el alcoholismo. Las explicaciones que apuntan a la muerte de su madre y los problemas económicos, “su intimidad con Dios”, el viaje interno y el imperialismo estadounidense son las más histórico-materialistas, pero no pueden descartarse otras. En cualquier caso, ¿qué es loco y qué es cuerdo? ¿Qué significan estas palabras? Decía Rubén Darío que “cada palabra tiene un alma”. Las palabras son mágicas se metamorfosean con el contexto del espacio-tiempo, como los seres humanos.

Alfonso Cortés sufría de la locura noble. Se puede conseguir esta locura noble a través de los siguientes principios universales: la sinceridad (“Ser sincero es ser potente”), la noble intención (“Le pido a mi vida, buena voluntad, y a mi voluntad, noble intención.” (Alfonso Cortés,  “Avant Propos” que es el prólogo de su primer libro Poesías, 1931),  el andar estudioso (una maravillosa tradición nicaragüense de quienes son divinos ejemplos Rubén Darío y Alfonso Cortés) y el contacto con el pueblo (“Con gran sentimiento y simpatía por las clases proletarias, al poeta le gustaba pasear por los barrios bajos de su ciudad natal, escrutando el alma humana”  escribe María Luisa Cortés en su “Sinopsis Literaria” que sirve para prologo de Las Rimas Universales. ), y todo esto en un periodo histórico que es sicológicamente traumático para el pueblo de un país. 

En su ensayo,  Salomón de Selva tiene a León como el paraíso perdido, el paraíso buscado, y en buena medida también el camino y la pista del paraíso encontrado. Para Alfonso Cortés, León sería su paraíso querido, que solamente había existido en la poesía de Rubén Darío. Quizás por eso enloqueció. Aun así, las explicaciones de su locura son múltiples, acaso infinitas.

 

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