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Entrevista a Amelina Correa Ramón

14 01 2009

JAVIER MONJAS.  

“Alejandro Sawa constituye un perfecto ´síntoma´ de la crisis de fin de siglo”. Son palabras de Amelina Correa Ramón, autora de ‘Alejandro Sawa, luces de bohemia’, la premiada biografía sobre el hombre que inspiró al Max Estrella de Valle-Inclán y que ahora regresa en carne mortal desde el mito en donde lo dejó la crucial obra que inventó el esperpento como método literario.  

Amelina Correa Ramón es profesora titular en la Universidad de Granada y miembro de la Academia de Buenas Letras de esta ciudad española. Especialista en literatura española contemporánea, la profesora Correa ha dedicado una parte muy significativa de su carrera investigadora al rescate -casi detectivesco, en ocasiones- de grandes figuras heterodoxas, sin embargo enterradas por el olvido o la marginación de las historias oficiales de la literatura.

Además de su investigación sobre Alejandro Sawa -de quien se cumple este año de 2009 el primer centenario de su fallecimiento- y que ha culminado por ahora en su premiada biografía sobre el periodista y escritor andaluz que enlaza al París simbolista de Verlaine con el Madrid modernista finisecular, la profesora Correa también ha centrado su atención sobre otros raros, malditos y heterodoxos, entre ellos, el parnasiano Antonio de Zayas, el decadente Isaac Muñoz o la espiritista Amalia Domingo Soler.

Las siguientes son las respuestas de la autora de Alejandro Sawa, luces de bohemia a un cuestionario remitido por correo electrónico sobre una figura que, tras su investigación, sobrepasa ya el concepto de ‘bohemio absoluto’ que hasta ahora había perseguido, con su visión reduccionista, al hombre de carne y hueso que inspiró al Max Estrella de Valle-Inclán en Luces de bohemia.

PREGUNTA. ¿Cuál fue la importancia de Alejandro Sawa en el desarrollo del modernismo español más allá de que sirviera de introductor de Darío y de Gómez Carrillo en el París simbolista de Verlaine?

RESPUESTA. En su libro clave Direcciones del modernismo, Ricardo Gullón, en relación con los “tiempos de renovación y de esperanza” que corren a finales del siglo XIX y comienzos del XX, dice precisamente que “son los andaluces quienes primero difunden la buena nueva”. También el hispanista británico Richard A. Cardwell, en varios trabajos, pero en especial en “Cómo se escribe una historia literaria: Rubén Darío y el modernismo en España” (Marges, Perpignan, 13, 1995, núm. especial “El cisne y la paloma”, p. 45), analiza la importancia del elemento andaluz en el surgimiento autóctono del modernismo en España, pasando a un segundo plano la tradicional influencia imprescindible de Rubén Darío.

Así, analizando la trayectoria de diversos autores, se puede adivinar el proceso de renovación literaria que tiene lugar en los últimos años del siglo, que incorpora el sesgo metafísico romántico a las nuevas tendencias simbolistas, parnasianas y decadentes. “El testimonio del momento finisecular -dice Cardwell- sugiere que, en España, las condiciones necesarias existían para la aparición del simbolismo-decadencia, versión española del fenómeno europeo con todos sus rasgos similares y sus diferencias. Este fenómeno apareció en Andalucía esporádicamente y cuajó en Madrid en 1900 al colaborar Villaespesa y Jiménez con Darío”.

En esas fechas, Alejandro Sawa -andaluz de Sevilla criado en Málaga- lleva ya cuatro años de vuelta en Madrid tras su decisiva estancia parisina. El que fuera convencido apostol del credo naturalista más radical -a la manera de Zola, frente al naturalismo espiritualizado de Galdós o de Emilia Pardo Bazán- se ha convertido ahora en un firme creyente del culto a la Belleza. Así, Sawa regresa a Madrid en 1896 convertido en un modernista practicante, que predica por los cafés y las tertulias de la época la palabra verdadera: la poesía simbolista de Paul Verlaine. Numerosos testimonios confirman que fue el autor sevillano el introductor pionero de los versos verlainianos en el Madrid de los últimos años del siglo XIX, una vez que abandone París tras la muerte de su admirado vate.

De este modo, por ejemplo, Manuel Machado lo recordará recitando apasionadamente en francés por las calles de la Villa y Corte los versos de un conocido poema de Romanzas sin palabras (1874): “Il pleure dans mon coeur/ comme il pleut sur la ville./ Quelle est cette langueur/ qui pénètre mon coeur?”.

P. Incluso si se considera a Sawa como un bohemio ‘clásico’, sus preocupaciones sociales le alejan del ‘arte por el arte’ puro del simbolismo y el decadentismo con desembocadura en el modernismo español/hispano, y le convierten en un escritor comprometido, en ocasiones más cercano al 98 -a pesar de las graves reservas que provocaba en los escritores de esa corriente- que al esteticismo post-prerrafaelita, si me permite el juego de palabras. ¿Tiene encaje la figura de un Sawa -demasiado seco para el modernismo y demasiado bohemio para el compromiso del 98- en el panorama literario entre sus contemporáneos o es un ‘outsider’ de los alineamientos de su época?

R. Diversos estudiosos de la literatura española contemporánea han puesto de relieve en el curso de los últimos años el marcado componente ideológico que subyace bajo la artificial clasificación que había venido separando durante mucho tiempo modernismo y generación del 98. No se puede perder de vista que la cultura dominante ejerce siempre su poder a través de la manipulación de la historia -que, frente a lo que solemos pensar, no es ni mucho menos un discurso natural o inocente-, que se presenta, en este caso, como un sistema de binarios antagonistas, en el que uno de los polos -el correspondiente a la generación del 98- resulta positivizado, mientras que el otro -el modernismo- resulta claramente negativizado. El poder se ejerce aquí de manera subliminal, presentando su discurso como el orden natural de la historia literaria. Pero, en la reiteración del enfrentamiento entre modernismo y 98 que, durante décadas, ha estado en la base del estudio de la época de fin de siglo en España, no hay nada de natural, y sí de ejercicio de poder.

Así pues, el modernismo se asimiló con la degeneración, con la decadencia, es decir, con la negación de todo lo que se tenía por sano, por saludable, por bueno. Se le tachó de superficial, de afectado, de enfermizo, de artificial, de extranjerizante… Y todo esto, desde sus más tempranos inicios, pues la reacción anti-modernista en España fue larga y virulenta. No en vano, los escritores modernistas se oponían a lo establecido, a la tradición en lo que suponía de estancamiento en el arte y en la literatura. Y es que, en realidad, se pueden suscribir las palabras del profesor José María Martínez Cachero cuando apunta que el movimiento modernista tuvo mucho “de transformación definitiva” (“Algunas referencias sobre el anti-Modernismo español”, Archivum (Oviedo), 3, 3, septiembre-diciembre de 1953, p. 333). Y es en esa corriente de transformación definitiva donde, sin duda, habría que situar la figura de Alejandro Sawa, así como su obra escrita con posterioridad al regreso de París.

P. Sawa obtuvo un amplio reconocimiento en su tiempo. Usted describe a un hombre que publicaba en los principales periódicos y era alabado por muchos de los ‘santones’ contemporáneos, por no hablar de su casi íntima relación con Verlaine y con otras grandes figuras en la cumbre de la literatura francesa en pleno y absoluto reconocimiento. Con independencia de su dramático final, ¿de dónde proviene la leyenda del malditismo de Sawa, más allá de su ‘relectura’ a través de Max Estrella?

R. En primer lugar conviene tener en cuenta que esos escritores que consideramos, desde nuestra perspectiva actual, “grandes nombres” de la literatura, pasaron una vida marcada igualmente por la necesidad material, a veces extrema, como puede ser el caso, precisamente, de Paul Verlaine, quien tuvo que ser atendido reiteradamente por su maltrecha salud en un hospital de beneficencia, y que fallecería en una humilde casa parisina sumido en la miseria. También el propio Valle-Inclán había padecido penurias en no pocas ocasiones, y probablemente esa cercanía bohemia contribuyó a hacerle sentirse todavía más cerca espiritualmente del Sawa de los días postreros.

Por otro lado, el halo de malditismo que lo rodeó procede, a mi entender, tanto de su profesión de fe bohemia como de su carácter apasionado, vehemente, insobornable y radical en la denuncia de las injusticias. Como le diría, próxima ya la fecha de su muerte, a un joven Rafael Cansinos Assens: “C’est la bohème…, el signo del genio, de los elegidos…, de los infaustamente privilegiados… […] Es preferible no tener pantalones a no tener talento… […] // Lo importante es la obra, y la obra no debe prostituirse ni venderse… Pasemos miseria, seamos incomprendidos…, vejados, zaheridos, pero tengamos siempre la ambición de hacer una obra grande, pura, sincera…, sin transigir con el vulgo, sin acatar la oclocracia que hoy domina, viviendo para los mejores, los artistas, y manteniendo en alto esta antorcha encendida en los fuegos de la vieja Hélade…” (La novela de un literato, vol. I, pp. 69-72).

P. Cuando se lee su biografía, uno tiene la tentación de pensar en Sawa como en un eslabón entre muchas cosas: entre el romanticismo y el naturalismo, entre el naturalismo y el modernismo, entre los esteticismos y el compromiso social, entre la España decimonónica católica y el virulento anticlericalismo de principios del siglo XX, etc… Sin embargo, a la vez, uno no termina de ver un golpe de mano radical y contundente que cambie de destino cualquiera de esos procesos o que los sincretice en algo nuevo. ¿Sawa se acaba en Sawa o podemos rastrear algún vestigio en lo que llegó después, más allá de la creación de su personaje vía Valle?

R. A mí me parece que Alejandro Sawa constituye, precisamente, un perfecto síntoma de la crisis de fin de siglo, lo que no es poca cosa… El momento finisecular se caracterizó justamente por su complejidad y por convertirse en ese ‘cruce de caminos’, en ocasiones incluso contrapuestos. De hecho, como afirma Ricardo Gullón en su libro ya citado, “En el modernismo […] hallaremos -y dentro del mismo hombre- junto al esteta al comprometido, el melancólico al lado del belicoso, el apagado lindando con el exaltado, y todos poseídos por la convicción de vivir un Destino (con mayúscula), sintiéndose capaces de reconocer, revelar y crear la belleza”. Así pues, Sawa fue un representante prototípico, quien, sin duda, hubiera proclamado con Gullón que “La sola presentación de la belleza puede ser un acto subversivo”.

P. ¿Qué hay de voluntad y hasta de representación en Sawa y qué de inexorabilidad de acontecimientos en un hombre que consigue puestos en ministerios o los intenta conseguir a través de amigos en España y Francia? ¿Existe el personaje de Sawa creado por el propio Sawa, o Sawa intenta el éxito y después mantener a su familia como cualquier otro escritor y periodista en circunstancias adversas?

R. Como afirma Rubén Darío en su elogioso prólogo a Iluminaciones en la sombra, Sawa “siempre vivió en leyenda”. Y su leyenda de apasionado por la literatura y amante hasta el sentido último de la Belleza, es, sin duda, la del bohemio prototípico. Un bohemio que habría que encuadrar en el turbulento contexto de la crisis de fin de siglo, cuando esa bohemia dorada, cada vez más minoritaria, de soñadores Rodolfos y Mimís que había cantado años atrás Murger, se convierta ahora en una bohemia que se puede considerar teñida de negro, marcada por una actitud provocadoramente antiburguesa en la que el toque amargo lo pondrá su acerba crítica social, que va a devenir con frecuencia en posturas revolucionarias o anarquistas. Pero, junto a ello, será siempre muy importante la consideración del aristocratismo espiritual. El bohemio se siente en el fondo un elegido, superior por la calidad de su alma a la anodina sociedad en la que se encuentra inmerso. La verdadera bohemia -en la que profesa Sawa- se vive, por tanto, como experiencia de libertad y de voluntaria marginalidad.

P. Con sinceridad, como estudiosa de la literatura española y sobrepasando la tentación de lo atractivo del personaje: ¿cuál cree usted que es la importancia real y objetiva de la literatura de Sawa leyéndola hoy día, incluyendo a las ‘Iluminaciones en la sombra’, sin duda su principal ‘testamento’ literario? Preguntado de una forma más brutal: ¿Tiene Sawa un espacio en la historia de la literatura española por sí mismo?

R. Considero importante la necesidad continua de re-escribir la historia literaria, ampliando hacia los márgenes el canon oficial. Sawa, muchos de cuyos artículos periodísticos continúan teniendo hoy en día plena vigencia e Iluminaciones en la sombra, ejemplo modélico del dietario espiritual de ese complejo, atormentado y con frecuencia contradictorio artista de fin de siglo, podrían tener, sin duda alguna, su espacio propio. Siguiendo citas de autoridad: “Un gran poeta, un poeta realmente grande, es la más prosaica de todas las criaturas. Pero los poetas menores son absolutamente fascinantes” (Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray); “Nada me duele más que el desdén con que trata la gente a los autores secundarios, como si sólo los de primera cupiesen en el mundo” (Virginia Wolf); “No entiende nada de literatura aquel que sólo toma en consideración a los muy grandes. Un cielo con solo estrellas de primera magnitud no es un cielo” (Bertolt Brecht).

P. Cuando Sawa llega a París en su segunda y más prolongada estancia de años, los románticos son ya dioses en vida, los ‘malditos’ liderados por Verlaine también tienen su propia y paralela gloria, y hasta un Rimbaud perdido en Abisinia comienza ya a ser conocido a través de su antiguo ‘amigo’. Usted ha estudiado personajes hoy olvidados por la ‘gran historia’ cultural de España que, siendo ‘raros’ y, sin duda, heterodoxos respecto a su época, son difícilmente clasificables dentro del ‘malditismo’ tal y como lo definió en su libro el propio Verlaine, y como vemos desde el delincuente puro y duro de Villon a la extrema furia rebelde que crea el propio Rimbaud para sí mismo. Con todos estos precedentes, en su opinión, ¿por qué España nunca desarrolló los grandes malditismos de Francia, siendo una cultura totalmente dependiente de la francesa?

R. Ahí debo decir que no estoy segura, como usted dice, de que España no desarrollara su propio malditismo, aunque quizás éste no se haya estudiado convenientemente o no se haya sabido reconocer. También conviene recordar que, durante muchas décadas, se rechazó frontalmente la literatura modernista como proveniente de una serie de artistas degenerados, enfermizos, pervertidos y anti-patriotas. Así pues, no parece precisamente que los estudios literarios pudieran mostrarse demasiado propensos a profundizar en estas facetas…

Pero, ¿no resulta suficientemente maldito un escritor como Pedro Luis de Gálvez, recorriendo los cafés madrileños para sablear dinero a los conocidos, portando bajo el brazo una caja de zapatos con el cadáver de su hijo recién nacido? ¿O Manuel Paso y Pedro Barrantes, por completo alcoholizados, el primero de ellos cantando al vino en sus versos, y el segundo escribiendo el elocuente poemario Delirium tremens? ¿O Isaac Muñoz, decadente y orientalista, vestido de árabe entonando sus elogios a las primigenias culturas que han preservado su pureza y crueldad -su fiero amor por la sangre-, frente a la caduca y rutinaria sociedad occidental? ¿Y la presencia perturbadora de la muerte, en autores como Ángel Ganivet, capaz de desenterrar tiempo después el cadáver de su pequeña hija, y contemplar el cuerpo con arrobo, como describe en una de sus cartas personales?

¿Qué decir, además, de los fascinantes y consoladores “paraísos artificiales”, tan frecuentados en el fin de siglo..:? Francisco Villaespesa describirá en su elocuente soneto “La musa verde”, incluido en su poemario Tristitiae rerum (1906), las sensaciones propiciadas por un estado de conciencia alterada en honor y gloria de Baudelaire, poeta maldito donde los haya. La tristeza de las cosas acabará cobrando así un aire decadente e irreal de consunción: “Es tu hora sombría, ¡oh Baudelaire! Fumamos/ opio, se bebe ajenjo, y, embriagados, soñamos/ con tus artificiales paraísos perdidos…// Al alma invade el ansia de muertes misteriosas,/ y sentimos deseos de quedarnos dormidos/ sobre un lecho fragante de flores venenosas.

Y, como no podía ser menos, el propio Alejandro Sawa explicará, con su habitual vehemencia, la seducción irresistible que todos ellos experimentaron: “¡Oh alcohol! ¡Oh hastzchiz! ¡Oh santa morfina! ¿Por qué los desgraciados de todas las épocas han quemado ante vuestra ara sus mejores mirras, si no fuera porque sois clementes, porque sois piadosos, porque poseéis secretos de fakir para curar las más rebeldes heridas? (Iluminaciones en la sombra).

Madrid, enero de 2009. [Fotografía de Amelina Correa Ramón, tomada por el fotógrafo Luis Serrano, durante la intervención de la profesora Correa en el acto de entrega del “Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías 2008” en el Salón Gótico del Real Alcázar de Sevilla.]

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