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Alejandro Sawa, padre y maestro mágico de la bohemia infernal

14 01 2009

Javier Monjas

A veces se olvida que en el Callejón del Gato también colgaba un espejo plano, además de los dos, cóncavo y convexo, frente a los que Valle-Inclán hizo posar a una España a partir de entonces para siempre deformada en el esperpento. Allí, en el estrecho y sucio callejón del Madrid “absurdo, brillante y hambriento” de principios de siglo, Valle puso a Alejandro Sawa en los espejos de la distorsión y lo convirtió en el eterno Max Estrella iluminado por las luces alteradas de una bohemia engreída y tragicómica. La profesora Amelina Correa, sin embargo, ha rescatado ahora el espejo más maldito del Callejón del Gato, el normal, el que nos devuelve la figura exacta de lo que somos. Y esa figura es tan terrible o más que la combada en la ridícula extravagancia del dramatismo.

En realidad, a Alejandro Sawa ya le había llegado la hora del espejo plano más que la ya clásica del corvo con que Valle le inmortalizó para siempre, llevando al olvido la triste pero real figura de caballero perdedor enamorado de una triste y también real dulcinea francesa. Pero antes de terminar en el peor camastro de una lúgubre decadencia, la profesora Correa describe en su reciente y premiada biografía los inicios de un furioso paladín del naturalismo, en muchas ocasiones hozando en el turbio regusto de la repugnancia obscena. Nada más lejos del tópico Sawa como arquetipo máximo de la alegre bohemia madrileña que el del hombre de fuerte conciencia social, siempre atento a la preocupación directa y, en ocasiones, reivindicativa, del siglo frente a la eternidad. Así nació Sawa para la literatura, y así murió para sí mismo, como una demostración lógica de su propia creación, convertido él mismo en su mejor personaje. Y, ya muerto, sólo Valle pudo darle paz haciendo que el telón bajara del todo.

El aprendiz de bohemio desembarca en Madrid desde su Andalucía natal con trabajo de funcionario en el mismo Ministerio de la Gobernación, en la Casa de Correos de la Puerta del Sol, al que, tras su muerte, Valle le llevará detenido en la noche infernal de Max Estrella y Don Latino. Sawa llega allí como hombre de su tiempo para ponerse a las órdenes de algún Serafín, El Bonito, que le terminaría demandando filiación policial años después desde el cerebro de Valle, trabajándose la España de las recomendaciones en la España de la Restauración, y consiguiendo penetrar en el áureo templo del sueldo fijo a perpetuidad merced a las bien engrasadas recomendaciones de Alarcón y de Campoamor. Su paso por la administración fue efímero, pero, como un rito de iniciación inversa, reaparecerá a lo largo de su vida en sus repetidos intentos por obtener la laureada corona del sueldo seguro y la plaza fija sobre su personaje de bohemio cesante.

El Sawa que la profesora Correa retrata en los comienzos del escritor es el Sawa del anticlericalismo, del progresismo con coqueteos hacia el socialismo y la revolución, el de la defensa de la sexualidad de las mujeres a través de un descarnado naturalismo en ocasiones de manual de obstetricia, el Sawa de la ‘Gente Nueva’ enfrentado a la ‘Gente Vieja’ del viejo romanticismo, del que, sin embargo, tanta quincalla hereda como un Zola hispano abrumado por incontenibles ataques de sentimentalidad y tremendismos varios que convierten las desbocadas pasiones del alma en chorreantes humores de los cuerpos descritos con naturalismo antes que con naturalidad. Las personas se personajizan, y los personajes se animalizan. Y el pueblo de su profunda preocupación social se convierte en una masa estúpida del que vuelve a resurgir el elitismo romántico del que Sawa jamás se despegará.

“Quiero al pueblo y odio la democracia (…). He querido decir que no concibo en política sistema de gobierno tan absurdo como aquel que reposa sobre la mayoría hecha bloque de las ignorancias”, nos dice el implacable Sawa devuelto por el espejo plano del Callejón del Gato. En esas condiciones, el naturalismo salvaje más primario no deja más salida que un determinismo feroz, abocado a su propio fracaso, ahogado por su propia retórica de detalles escabrosos. Y, entonces, Sawa llega a París, primero en una estancia breve -que la profesora Correa saca del olvido donde la dejó su protagonista- y, más tarde, el momento crucial por antonomasia, aquel instante cósmico en que Sawa se convierte en el enlace necesario que une a Verlaine con Darío y Gómez Carrillo entre las brumas simbolistas aventadas por el Sena hacia el Barrio Latino.

Estremece fantasear con la posibilidad de que el viejo Verlaine no sintiera removerse sus alcoholizadas entrañas con el joven, guapo y apasionado escritor español que pronto convirtió en su preferido, en ocasiones nunca confesas rememorando al infernal Arthur. Rimbaud comerciaba aún por entonces con negros y armas en Abisinia y se preparaba para el regreso de la amputación y la muerte, mientras, lejos, muy lejos, en París, la Virgen Loca también se disponía a abandonar su temporada en el infierno con la creación del malditismo literario canónico, aquél en el que, por primera vez, los paraísos artificiales y los infiernos naturales crean casa propia y dinastía eterna. Sawa se enfrenta, bajo la fría llovizna de París, a una tradición de furia criminal convertida en literatura furiosa que va desde el homicida Villon al perverso Rimbaud pasando por un Baudelaire revolcándose en el Mal y por un Verlaine ya entonces aspirando al Bien de los altares humeantes de incienso tras las iluminaciones del hachís de los asesinos. Y, en medio, la suntuaria presencia de la bohemia como una especie de malditismo de baja intensidad, algo así como un continuo cascabelero en una descarnada sonata barroca, un romanticismo bohemio al que Sawa se abandona con la delectación del goloso rendido a su propia naturaleza. Y, entonces, aparece su propia Virgen Loca.

Un día del París de 1893, Gómez Carrillo presenta mutuamente a Sawa y a Rubén Darío. Y Sawa, a su vez, introduce a su nuevo amigo a Paul Verlaine, de profesión, liróforo celeste, y de afición, reina madre de poetas malditos y alcoholizados. Lo que sucede a partir de entonces es ya historia de la literatura. Sawa, cumpliendo quizás con su único y principal destino cósmico, confirma su papel sobre la tierra paseando al nicaragüense por el Madrid literario a su regreso del París simbolista con que revolucionará la vieja y reseca literatura castellana. Mientras Darío flota entre los nenúfares de lánguidas damiselas prerrafaelitas en plena gloria hispana, en París, Verlaine ya agoniza y Sawa se encuentra a su lado mientras Mallarmé ultima el responso por el poeta con la misión cumplida. Todo va alcanzando la perfección de su función necesaria.

A partir de entonces, todo parece precipitarse también hacia su destino final. Con la Reina Madre muerta, y un Príncipe Azul latinoamericano exigiendo el cetro del imperio español, el ‘destino’ de Sawa se oscurece hacia su propio malditismo, el auténtico, el de verdad, no el del provocador que busca el escándalo, sino el de quien intenta, intenta y no deja de intentar salir a flote, retomar el barco en cuya cubierta un día se posó ufano junto al Gran Capitán. El relato de la profesora Correa se abandona en ocasiones a la tristeza de episodios tan patéticos como el de los intentos de Sawa de hacer saltar la banca del casino de Spa con un método propio “infalible” o al de la desolada existencia de la pobreza, cada vez más angustiosa, que el bohemio, ahora ‘malgré lui’, comparte con su esposa Jeanne Poirier, la “Santa Juana” de Luces de Bohemia, de quien Sawa no deja jamás de estar enamorado, a la vez con furia romántica y con nostalgia modernista.

Sawa se convierte en el auténtico bohemio, en el representante de una “existencia puramente efímera y de brillo fugitivo”, como describe la profesora Correa, con implacable precisión, a un movimiento de perdedores, exiliados forzosos respecto a los eternos personajes de la gloria satánica. Lejos del París triunfal, lejos de la Ciudad de la Luz, lejos incluso de la Oscuridad de los príncipes dañinos, el relato de los años finales de Sawa se abandona a una triste historia de dificultosas minucias mezcladas con alguna gran tragedia que Valle conocía bien y que, sin embargo, tuvo el pudor de no masacrar en Luces de Bohemia. Por ejemplo, la actitud extremadamente miserable con que Rubén Darío, que tanto debía a Sawa, se portó con el pobre hombre que agonizaba, ciego, enfermo y medio loco, en un sucio caserón del Madrid más absurdo, brillante y hambriento.

Los detalles se los dejamos a la biografía de la profesora Correa y a quienes tengan estómago para soportar, sin alterarse, la gran traición del Príncipe Azul. La angustia, la humillación, la impotencia, la agonía con que Sawa suplica ayuda a quien creyó su amigo se esparce, con su olor siniestro, por algunas de las cartas más patéticas que se puedan leer en español. Y, como respuesta, el silencio de Darío, con la única excusa confesa de que no podía soportar la presencia de Ella, de la Muerte. Y, si estremecedores son los clamores de auxilio que inútilmente lanza Sawa desde su agonizante camastro de Max Estrella futuro, peor aún es el último brillo de la desesperación que le hace reclamar, ahora como un “acreedor”, en un último chispazo de furia mucho más estremecedora que la propia humillación, el pago de los artículos que le había escrito como negro, a un Darío demasiado importante y ocupado, para ‘La Nación’ de Buenos Aires. Que se sepa, el Príncipe Azul aún se los debe, y sólo tranquilizó su conciencia prolongando, con el cadáver de Sawa pudriéndose ya en el cementerio, las ‘Iluminaciones en la sombra’ que el bohemio agotado dejó por todo testamento inédito.

El paseante que transite por el Callejón del Gato de Madrid debe saber que ni el Callejón se llama Del Gato (sino de Álvarez Gato), ni los espejos que verá en la fachada son los originales en los que Valle vio reflejada toda la ridícula miseria de la desgracia. Hace una década, en noche de bestial furia futbolera, los espejos originales fueron destrozados a pedradas por quienes, sin duda, tampoco pudieron soportar lo que vieron de sí mismos reflejado. Pero, en sus réplicas, junto con el espejo cóncavo y el espejo convexo, hay otro plano, vulgar, común, en el que nadie repara marginado por la fama y la gloria de los otros dos exultantes a su lado, reclamando eternidad desde las enciclopedias de literatura, estudiados por profesores de medio mundo. Ese es el implacable espejo plano en el que Amelina Correa ha reflejado al Sawa que respiró y amó con pasión a su ‘Santa Juana’. Ese es el Sawa palpitante de vida puramente efímera y brillo fugitivo que su biografía nos presenta. Pero sin duda, es en el espejo destrozado a pedradas de los hooligans de fútbol donde Sawa y Valle, ya juntos, hacen brillar para siempre las luces de una bohemia eternizada en los añicos de un olvido abrumado por su periódica y espasmódica memoria.—

 

Amelina Correa Ramón. Alejandro Sawa, luces de bohemia. Sevilla: Fundación José Manuel Lara, 2008. 352 págs. (Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías 2008).  

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