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Amado Nervo y la muerte del ateísmo

15 11 2008

AMADO NERVO (1870-1919)  es una de las voces más personales -y también más olvidadas o postergadas- del Modernismo. En su obra, hay un componente espiritual que llama poderosamente la atención y que debe explicarse al hilo de sus primeros estudios en el Seminario y sus intereses por la mística y el misterio. Este breve ensayo del mexicano Amado Nervo titulado “La muerte del ateísmo” es una muestra de ello.

 

 

Un trabajo que hará época -relativamente, es claro, dentro de lo efímero de la actualidad periodística- es el intitulado El ateísmo se muere, de Jean Finot, director de La Revue, en el número co­rrespondiente a la segunda quincena de junio.

El ateísmo de nuestros días no es, dice Finot, más que una palabra vacía de sentido.

Un hombre culto no puede ya proclamarse ateo (conforme a la antigua definición). No puede ya negar la influencia de fuerzas que escapan a su cerebro y de principios que ignora.

La ciencia, en efecto, desde algunos años, se encuentra invadida por la fe. Hay, desde luego, una ley universal que rige todo el mundo cósmico, y esta ley destruye nuestra fe en la materia: trátase de la ley soberana de la gravitación. Las miriadas de mundos que nos rodean (comprendidos los ciento veinte millones de estrellas que ante nues­tros ojos maravillados descubren los grandes te­lescopios modernos. (Vastas y ardientes hogue­ras que, casi todas, arrastran mundos, muchas ve­ces más grandes que los del sistema solar.) No están, sin embargo, sostenidos más que por una fuerza espiritual e invisible.

¿Cómo se mantienen todos esos orbes? ¿Cómo funcionan, si las fuerzas y leyes que los rigen son inmateriales? Leyes, abstractas, cuyo alcance y cuya significación no comprendemos y que tienen, no obstante, una realidad innegable.

Las nuevas concepciones, relativas a lo infinita­mente grande y a lo infinitamente pequeño, se han metido de rondón en todas las ciencias exactas y han ampliado hasta el vértigo el horizonte de nues­tras ideas.

El infinito se ha mezclado en nuestros cálculos; llena nuestras visiones, anima nuestras espe­ranzas…

Vemos mucho más lejos que los hombres de hace cincuenta años. Hemos comprobado -científicamente- la existencia de agentes, de fuerzas, de energías (rayos X, luz ultravioleta, radium, ondas hertzianas, energía intra-atómica en general) abso­lutamente invisibles.

Por otra parte, a medida que aumenta el poder de nuestros ultra-microscopios, la materia se empequeñece; la célula nos resulta un compuesto de complejidad extraordinaria… tenemos que ir más allá, siempre mas allá…, y si un día encontramos el átomo, el átomo mismo, se disociara en quién sabe cuántos elementos, hasta llevarnos al seno de lo invisible absoluto…

Meditando en estas cosas tan hondas y buscándoles una sencilla expresión rítmica y mnemónica, escribía yo no ha mucho en una página de mi libro Serenidad:

Células, protozoarios, microbios… Mas allá de vosotros, ¿hay algo?

Pronto nos lo dirá el microscopio, intruso, perti­naz y paciente.

Y tal vez la materia se empequeñecerá tanto bajo su lente.

Que un día, como espectro, se desvanecerá ante el ojo del sabio, quedando solamente la fuerza creado­ra, cuyo oleaje va y viene omnipotente.

Y fuera de la cual nada es ni será…

El espíritu y el misterio penetran por donde quiera, sigue diciendo Jean Finot. Florecen hasta en el dominio, considerado como exclusivamente materialista, a saber: el dominio de la riqueza. La concepción de la riqueza ha cambiado, en efecto, radicalmente. La economía política de nuestros días no es ya la de los fisiócratas, que no veían la riqueza sino en un elemento palpable, en el pro­ducto de la superficie o de las profundidades de la tierra. No es ni siquiera la de los socialistas, que quieren identificar la riqueza con el trabajo ma­nual.

Cada día comprendemos más que el precio de los objetos depende, en primer lugar, del deseo, que es el que les da valor. La riqueza se vuelve, pues, de esta suerte algo de esencia psicológica. Está en el hombre porque está en sus deseos.

Ahora bien, ¿qué es un deseo, sino la fe que tenemos de que el objeto ambicionado debe procu­rarnos cierta cantidad de servicios o de placeres?

El deseo reposa así por entero en la creencia. Y un Espinas podrá decir con razón que el porvenir estará hecho de aquello en que más hayamos creído. La riqueza es, por otra parte, el crédito. Ahora bien, el crédito es la confianza, es decir, una cosa vaga, creada y limitada para la fe.

Es el crédito el que levanta las montañas de la vida moderna, cuyo mecanismo reposa sobre un acto de fe. Así vemos, pues, que en el dominio de la economía política el principio espiritualista reina como amo y señor. ¡Crea la riqueza y le da valor!

Finot piensa que los espiritualistas y los materia­listas acabarán por llegar a la conciliación en el te­rreno científico. Yo lo creo también firmemente.

En realidad, todos los grandes filósofos moder­nos -Bergson entre ellos- esperan de la ciencia la fórmula religiosa del porvenir.

Miers, en su libro, ya clásico, sobre la supervi­vencia de la personalidad humana, dice:

«Yo creo que existe un método para llegar al conocimiento de las cosas divinas, con la misma certidumbre y la misma seguridad tranquila, a las cuales debemos el progreso en el conocimiento de las cosas terrestres. La autoridad de las religiones y de las Iglesias será de esta suerte reemplazada por la de la observación y de la experiencia. Los impulsos de la fe se transformarán en convicciones razonadas y resueltas, que harán nacer un ideal superior a todos los que la Humanidad ha conocido pasta ahora».

¿Quién sabe si el siglo actual -añado yo- vea el alborear de una religión universal, eminente­mente científica, de la propia manera que lenta, pero seguramente, va progresando el Esperanto, que hará en breve que nos entendamos los hom­bres de todas las regiones de la tierra?

El día en que esto suceda desaparecerán las pa­trias, el planeta será como un gran nido fraternal y, por fin, a través de los milenarios, se habrá reali­zado la unión de las almas.

 

(Amado Nervo. Ensayos)

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