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El Modernismo de José María Vargas Vila

15 11 2008

CONCEPCIÓN BADOS. Consuelo Triviño Anzola ha escrito la novela apócrifa del escritor colombiano José María Vargas Vila (Bogotá, 1860 – Barcelona, 1933). “La semilla de la ira” reconstruye a la manera autobiográfica un personaje histórico, controvertido y polémico y da sobradas muestras del trabajo de documentación exhaustiva, de investigación, de asimilación del lenguaje propiamente modernista, a un siglo de distancia  del más cosmopolita, el más universal, y el más genuino de las letras hispanoamericanas.

La semilla de la ira presenta la estructura de un diario o cuaderno de viajes—en ella se recogen los distintos desplazamientos del autor tanto en el continente americano como en Europa—y se documenta con las pertinentes fechas e indicaciones cronológicas que reconstruyen paso a paso, día a día y año tras año, la vida de este escritor que se creía envidiado e imitado por muchos, a la vez que menospreciado y vilipendiado por otros. Se inicia en París, entre 1899 y 1990—una fecha idónea para evocar con delicadeza las emociones y sentimientos del conocido como espíritu decadentista de finales del siglo XIX y concluye con el capítulo titulado Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, fechado entre 1932 y 1933 en Barcelona,  una suerte de acto de contrición en el que el yo autobiográfico—magníficamente recreado por la autora con sus diversos matices que oscilan entre la culpabilidad y el arrepentimiento más miserables al orgullo y la soberbia más descarados—plasma reflexiones que proyectan los sentimientos y emociones de Vargas Vila en relación a su vida privada, a su vida profesional  como escritor en consonancia con su siglo y, más aún,  a su vida como ciudadano comprometido con su momento y su país. Como muestra,  las preferencias literarias de Vargas Vila en relación a sus coetáneos: admira  a Gabriele D´Annunzio, Verlaine, Lugones, José Martí, Herrera y Reissig, Rubén Darío, Valle Inclán, Julián del Casal, entre otros, pero declara abiertamente que detesta a Santos Chocano, Guillermo Valencia o Baldonero Sanín Cano.

Próximo a cumplir los cuarenta años, Vargas Vila se confiesa misógino, solitario, enemigo del matrimonio, pero también obsesionado en lo que respecta al patriotismo y a la escritura. Respecto a Colombia, su patria,  y a Latinoamérica, abundan numerosos párrafos de rechazo a las dictaduras y a los abusos de poder: en el capítulo titulado ¡Llora tus hijos muertos!, que se sitúa cronológicamente entre 1907 y 1909 se anota lo siguiente: “Intento mantenerme al margen  de cuanto sucede al otro lado del mar, olvidar que el despotismo sigue pisoteando a las repúblicas irredentas, vendidas como esclavas en pública subasta. Bolívar dio su vida en la campaña de guerra, con la que conquistó independencia, para que sus sucesores la entregaran primero a las potencias europeas y después  a los bárbaros del Norte. No puedo cerrar mis ojos a los abusos cometidos por los yanquis, que allí son recibidos con bocas repletas de himnos de adulación. Las sábanas de la vergüenza no alcanzan  a cubrir aquellos cuerpos que en el prostíbulo de la historia se hunden en el deshonro, como si se tratara de un baño de perfumes. Las madre de la patria vendida lloran a sus hijos sacrificados al despotismo, esperando que surja en el firmamento el hacha roja dispuesta a decapitar  a los cobardes (105).

Entre 1927 y 1928, Vargas Vila vive en Madrid y en la capital española se relaciona con los intelectuales más sobresalientes del momento. Se lamenta de los falsos rumores que han hecho correr sobre su persona, pero se siente orgulloso de sus muchos imitadores y declara que tras leer algunas de sus obras, algunos románticos empedernidos optaban por lanzarse al vacío del suicidio. No duda en confesar sus éxitos literarios, que le proporcionaron excelentes beneficios en determinados momentos de su vida: Declara al respecto: “Nadie me pudo perdonar la vida que llevaba, gracias  a las  regalías que me dejaba la venta de mis libros… Es verdad que adquirí  casas en Italia, Suiza, Madrid, Barcelona, Málaga y la Costa Brava, pero fue por poco tiempo ya que mi accidentada economía me obligaba a solicitar préstamos  sobre hipotecas para realizar nuevos viajes y darme los gustos y caprichos propios de un dandy (241). Particularmente interesantes en el terreno personal son los capítulos que abarcan los años comprendidos entre 1923 y 1927, ya que rememoran el último viaje del autor a tierras latinoamericanas, en barco, desde Barcelona, pasando por Buenos Aires, Montevideo, Río de Janeiro, hasta que llega al puerto de Barranquilla donde se declara un Ulises desterrado que regresa a su Ítaca natal, a la vez que se afirma en una estirpe utópica que cree en el reino de la justicia para los desheredados y despreciados como él mismo. Su breve estancia en Cuba en 1925—La Esmeralda Fúlgida—hacen escapar las emociones del escritor, que se declara discípulo de Martí y apasionado amante de las tierras del Caribe, tierras que, por otra parte, desde sus años juveniles de exilio en Venezuela habían sido especialmente benévolas y solícitas con él.

En palabras de William Ospina “Esta novela sobre Vargas Vila es un libro argumentado, poderoso, elocuente, que no sólo nos entrega el alma de un hombre sino la atmósfera de toda una época y muchas claves del destino de la América hispana. El discurso de Consuelo Triviño en La semilla de la ira es mucho más sobrio, mucho más equilibrado y controlado que la conocida retórica de Vargas Vila, si bien sabe seguirlo por el camino de su pensamiento vanidoso y profético a la par que por el de su estética modernista. En este punto reside,  sin duda,  uno de los logros claves de la autora colombiana. Porque Consuelo Triviño se ha metido en la mente de este escritor aficionado a los artificios parnasianos y simbolistas, a los pasteles y las acuarelas de la estética decadentista de finales del siglo XIX; por eso mismo, no renuncia a los cisnes ni a los ópalos, a los lirios y las ánforas, a las cabelleras áureas y las bellezas lánguidas de sus personajes de camafeo, pero logra hacernos sentir todas esas cosas, no como adjetivos de las imposturas y las decadencias de un hombre, sino como el espíritu de una época” (12/05/2008).

La semilla de la ira  es, en definitiva, un viaje literario que traslada  a los lectores desde América hasta Europa, para ilustrarnos acerca de una época sumamente brillante, también convulsa, polémica; así son las tres primeras décadas del siglo XX. Todo ello a través de la pluma de una escritora colombiana, Consuelo Triviño, establecida en Madrid, que ha asumido el difícil—a la par que atractivo—reto de escribir en el nombre y con el nombre de uno de los “padres” de las letras colombianas: José María Vargas Vila.

 

Concepción Bados Ciria (Universidad Autónoma de Madrid)

Consuelo Triviño Anzola. La semilla de la ira. Seix Barral, Bogotá, 2008.

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