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Eguren y la metafísica de la belleza

16 10 2008

JOSÉ MARÍA EGUREN (1874-1942) fue uno de los autores modernistas más significativos del Modernismo en el Perú. Pasados los años de la efervescencia modernista, Eguren siguió escribiendo a lo modernista y vivió cercando el misterio de las palabras y de las cosas. Reproducimos su “Metafísica de la belleza”, publicado por vez primera en la revista “La noche” (Lima, 20 de enero de 1931) e incluido póstumamente en su libro “Motivos estéticos” (1958).

“Los sueños como signos básicos comprenden la metafísica de la belleza. Se diría que el primer movimiento metafísico es el sueño. El filósofo forja sus hipótesis en estado transparente, como el músico escribe sobre la pauta su sueño armónico. Los primarios de la música y de la poesía, surgen en esta admirable suspensión de los sentidos. El sueño es una frase a la sordina, un bajo de silencio para oír mejor la vida. Apagados los sentidos físicos, quedan los espirituales tan afinados que sería una razón de su primacía en la escala de valores estéticos. Se dice generalmente que los sueños nada demuestran, pero es evidente que la tercera parte de nuestra existencia la transcurrimos en sueños. Son una realidad vital. Si los sentidos son los transmisores del conocimiento, sutilizados éstos, alcanzaremos mayor saber. El mundo de los sueños es un astro nuevo, tan verdadero como el que circunda la vigilia; sus senderos son más plateados y penetrantes, sus beldades más transparentes y abriles. Son edénicos y ocultos sus móviles, no se investigan directamente como la existencia despierta. Es elemental la especulación de este paraíso sin tiempo ni espacio conocidos, profundamente bello.

La música es la más metafísica, la menos grávida de las artes; mora en cámara dulce y paisajes alados, en la fantasía y en el alma. El sueño se acerca a la comprensión objetiva. En su escala hay una música primordial, indeciblemente bella, que dicta los secretos de la noche con superior videncia. El médium actúa en semi-sueño, en un cuarto de tono; va por metagnomía, o telepatía a los planos adivinatorios, así sean contingentes. En los últimos instantes de la vida, la placa del conocimiento se torna más sensible y recibe las transmisiones del pensamiento, con vividez sorprendente. Al correr los años surgen hechos causales y se encarnan nuestras fantasías; pero cuando esto se repite parecen misteriosas afirmaciones. En el sueño con los sentidos apagados está la comprensión máxima, próxima a la belleza, que es la verdad.

Los sueños son el álgebra del recuerdo, si se encarnaran formarían un mundo de perfección, y otro plano si les fijáramos leyes y rituales distintos. La religión de los sueños será siempre del Creador. El sueño es una segunda causa, parte selectiva de la vida. La metafísica de la música está en otra música que se desprende de la primera. Como Corot ante un paisaje se abstraía y abocetaba su visión lejana, en la audición de la Heroica de Beethoven o en la Pantomima de Falla, percibimos una resonancia muda que se levanta sobre las notas. Es un sueño. Así la canción luminosa divinamente dulce que parece oírse cuando miramos la Santa Cecilia de Rafael, que con una luz clarísima en el semblante y el instrumento descendente, olvidada del canto de la Tierra, oye la luz del cielo. Tiépolo, Botticelli con sus ángeles frívolos, un momento arrobados en el silencio de Dios, Chopin con los arrullos gentiles, Rosamunda Gérard, fina de finuras, con sus paisajes infinitos, son ángeles de sueño. Este estado transparente explica la óptima belleza. Los ojos son más brillantes y las manos más blancas porque estamos en actitud más sensible. En el enigma hermoso, por el boscaje de los velos y las plantas narcóticas, hallamos en nuestros sueños un guía santo, una voz canora que de tarde en tarde nos visita.

Hace poco en una casa recién construida, dormía en un diván el sueño de media noche y sentí que la voz me conducía a una sala iluminada por arañas cristalinas. Una niña color de nieve me esperaba risueña, tras una cortina verde. Le pregunté su nombre y me contestó: Me llamo Despierta. Como obedeciendo a este nombre procuré disipar mi sueño. Desperté en el instante que caía sobre mi cabecera una araña como una gema, de hilos cristalinos con perlas y amatistas. Me hubiera envenenado los ojos. No practico juegos de palabras; rara vez se cumplen mis sueños. ¿Será telepatía, desdoblamiento, objetivación viviente del espíritu? Nada afirmo. ¿En qué mundo misterioso gravitarán los sentires pasados y los sueños?

Hoy que el concepto del tiempo se transforma y vivimos en constante devenir, no sabemos si nuestra esencia es inmutable y nuestro misterio infinito. Si la esfera terrestre no evolucionara, cada descubrimiento nos parecería renovación. La teoría de los sueños alcanza nueva línea espiritual, todo ser busca su consonancia en la beldad; es un nómade de la esperanza. El tiempo es un derivado del espacio, y éste no tiene medida. Alguien dijo que si durante un sueño el Orbe se tornara diminuto, como una nuez, reducidos proporcionalmente no notaríamos la mutación de estatura. El sueño carece de tiempo y de espacio; admite una sucesión que puede ser inmediata como una respuesta. Sus planos distanciales son borrosos o nulos; ni la nube ni el aire se oponen a nuestro vuelo diáfano. En el cerrado dilema del Universo y el átomo, el sueño es la voluntad más libre; como el mago salva distancias y despierta maravillas. En el sueño late siempre una pasión; de aquí su llama estética. En su hiperestesia, en el sonambulismo se adquiere el sexto sentido de la paloma mensajera; una virtud telepática que siempre gira en belleza.

En el panorama del pasado se confunden con los sueños los infantiles recuerdos. El primer paisaje que vivimos en la vida, lleno de claridad celeste, la primera canción de dulzura, la niña luminosa que más tarde buscó nuestra juventud para el amor. Todo fue un sueño. La estética se compone de ciencia y arte. No es un deporte, sino parte primordial de la filosofía, por la prestancia de la belleza; porque todo movimiento creador, sea científico, es en principio bello. Es un método evolutivo como todas las ciencias. Las generaciones aviadoras dilatarán la estética.

El hombre ambiciona tocar el cielo con sus alas y transponer el vértice sombrío. Un viaje en sueño por los futuros años sería muy hermoso. Conocer las beldades que no volveríamos a ver, pues antes que nacieran en el mundo, habríamos muerto. Sería una tristeza; pero la hermosura es tristeza; porque es la vida y el amor. ¿Dónde estará Despierta? ¿Será una llamada? ¿No habrá nacido todavía o vivirá a mis ojos ignorados? Lo sabrá el Poder que encarna las fantasías y dramatiza la sombra. En la noche de las noches, cuando los sueños se vuelven perfumes y las almas sueños, tiembla un aroma alado donde canta la esperanza, con la belleza del amor que es un vidente sueño”.

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