El público femenino del Modernismo
16 10 2008
FRANCISCO LEÓN RIVERO. Un trabajo de investigación del crítico y estudioso José María Martínez muestra cómo los escritores modernistas generaron hábilmente en torno a sí un público femenino deseoso de leer aquellos textos literarios ubicados en la estética del Modernismo.
El crítico José María Martínez publicó recientemente un interesante trabajo sobre el público femenino del Modernismo. Su artículo no podría comenzar de una manera más sorprendente, y a la vez atractiva para el lector: echando por tierra la vieja idea (una más entre el fardo de prejuicios que los actuales críticos del Modernismo van cortando y dejando atrás con encomiables trabajos como este de Martínez) de que Darío y sus compañeros fueron poetas de minorías, encumbrados en su torre de marfil y bien alejados del mundanal ruido emergente de las máquinas que comenzaban a poblar la vida a finales del siglo XIX. Sin incurrir en una opinión opuesta tan exagerada como inútil, afirmar que Darío no fue poeta de minorías, sin conllevar necesariamente que lo fuera de la vasta e inmensa mayoría del momento, supone reconocerle al nicaragüense y a sus compañeros el mérito de contar con un público considerable, cuya aprobación resultaba fundamental a la hora de echar el cierre al proceso social que todo texto literario necesariamente ha de padecer: un autor (Rubén Darío, Julián del Casal, Manuel Gutiérrez Nájera…), un texto (sus obras) y un receptor, ¿quién?: la mujer.
Así nos lo hace ver José María Martínez con numerosos datos, tomados de la época y de los textos legados por Darío y por otros poetas coetáneos. El magnífico, por elocuente, ejemplo que se trae a colación es el del prólogo de Azul…, no el de Juan Valera (ése que consagró a su autor como uno de los maestros del moderno canon poético occidental), sino el que originalmente precedió al poemario: el prólogo elaborado por Eduardo de la Barra, donde éste no había dudado en dirigirse a “las posibles y probables lectoras del libro a la hora de justificar la belleza parnasiana y la carga emocional del mismo” (235). Además, la conciencia de este elemento puede incluso ampliar las consideraciones que existen actualmente, y con acierto, sobre el Modernismo: si bien es cierto que éste se entiende como inicio de la modernidad literaria y simultáneamente como extensión, ampliación y ruptura con todo lo anterior, la presencia de un destinatario femenino, el mismo que durante todo el Romanticismo y el Realismo había disfrutado (y quería seguir disfrutando) de las manifestaciones más marginales de la literatura (novela de folletín, etc.), condiciona la existencia de piezas literarias del mismo estilo dentro del Modernismo.
“Los juegos florales, las veladas literarias, las reuniones de salón, las salidas al teatro o a la ópera, o los paseos por las zonas urbanas privilegiadas” (234), ritos sociales todos ellos en los que la mujer se erigía como protagonista y tomaba contacto con las letras, constituyeron el camino principal que llevó al encuentro entre estos dos extremos ya planteados del camino: el autor decimonónico (romántico-realista-modernista) y su público femenino. En el caso concreto del Modernismo, J. M. Martínez concreta esos ritos colectivos en la cultura de salón y muy especialmente en la poesía de álbumes (vigente asimismo durante todo el siglo XIX), y ese público femenino, en la mujer burguesa y aristocrática que gracias a la llegada del nuevo sistema económico disfrutaba de un considerable tiempo de ocio para entregarlo a tales pasatiempos.
A continuación, se analiza el salón en su doble faceta de espacio positivo (donde el intelectual, pensemos en Amado Nervo, puede exhibir su talento e iniciar fructíferas conversaciones estéticas con los contertulios -entre ellos, las mujeres-) y negativo (como lugar donde habita la superficialidad y las “formalidades institucionalizadas” -238-). Entre ambas coordenadas se mueve también la literatura de álbumes, cuya temática y finalidad (ensalzar las virtudes de la dueña del álbum) no impidió ciertos logros originales por parte de modernistas como Darío o Nervo, pero sí desembocó frecuentemente en el empleo constante de una retórica laudatoria huera y la recurrencia constante a lugares comunes ya trillados. El estudioso nos describe con magnífica soltura algunas de las principales características de esta poesía: la suntuosidad material que lo rodeaba por fuera, el sincretismo artístico de su apariencia (sincretismo que luego el poeta incluía también en sus composiciones, lográndose así una unidad entre dueña, texto y álbum) y finalmente su carácter democrático (pues en él dejaban sus huellas desde los escritores más olvidados hasta los más reconocidos en la actualidad).
Después de la aparición de este bien planteado trabajo de investigación, es imposible ya ignorar la importancia de un género marginal (soy consciente de la paradoja) como fue la poesía de álbumes. El ensayo corrobora su relevancia en la medida en que permitió al escritor modernista generar en torno a sí un público femenino deseoso, ansioso por leer aquellos otros textos literarios más canónicos que salían ocasionalmente de las casas editoriales de la época. Este trabajo investigador no busca gratuitamente subirse al tren de los estudios culturales que tan en boga están en la actualidad, sino hacer justicia a la realidad de lo que fue la recepción del fenómeno literario modernista y señalar que el Modernismo, la definición de su esencia, no se comprende sin esta circunstancia sociocultural y sus consecuentes repercusiones en la literatura. José María Martínez ha estudiado a fondo el asunto con la intención de describírnoslo aquí y abrir el camino con toda su riqueza. Tras la lectura de su trabajo, sentimos la necesidad de abrir nuevas brechas, nuevas perspectivas desde las que leer a los modernistas. Una de ellas podría ser precisamente el análisis de una posible conexión entre el Darío de los textos canónicos y el Darío de la literatura de álbumes demandada por el público femenino, del mismo modo que en las grandes obras de Benito Pérez Galdós podemos rastrear las huellas de la novela folletinesca decimonónica que él, por cierto, leía con fruición. Lo que este trabajo demuestra, en suma, es que restan todavía muchos caminos por investigar en lo que constituyó el Modernismo literario. José María Martínez logra dar muy buena cuenta de ello.
José María Martínez. “El público femenino del Modernismo: Darío, el primer prólogo de Azul… y la poesía de álbumes”. Crítica Hispánica 27. 2 (2005): 231-248.




